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El cuarto invierno en las trincheras

Artículo Original: Denis Grigoriuk

El blanco de noviembre cubre el coche negro. Hacia él se acerca un medio vacío y oxidado tranvía. Desde el interior del cómodo y caliente coche es curioso ver a un niño vestido con taje de esquí caminar, con dificultad, en el blanco paisaje o la dulce sonrisa de su madre viendo los torpes primeros pasos de su hijo. Seguí mirándoles en el espejo retrovisor cubierto de hielo. Se reflejan también las ramas de los árboles, dobladas por la nieve que ha caído en los últimos días. Bayas rojas cuelgan de ramas cubiertas de blanco. La atmósfera en la ciudad ha cambiado. Del sol de noviembre se ha pasado al invierno blanco. Incluso el cielo está cubierto por nubes de nieve, aunque se filtran algunos rayos de sol. En Donetsk han empezado a aparecer regalos de Navidad, miniaturas de Ded Moroz y luces en las calles. El espíritu prenavideño está de las mentes de la población de Donetsk, pero no en la mía.

Al pasar junto a casas espolvoreadas de nieve como si fuera el azúcar de una tarta, observo las fotografías de unos días atrás. Donetsk estaba cubierta por una oscuridad en la atmósfera y en la mente, aún no había sucumbido a la felicidad universal de la primera nevada. Las imágenes comienzan a desvanecerse y finalmente desaparecen. Hay que liberar la tarjeta de memoria. Las imágenes del pacífico centro de Donetsk desaparecen para ser sustituidas por las escenas de las afueras de la ciudad.

Conocemos a Sedoy

En el asiento de atrás hay dos ciudadanos italianos armados con cámaras. En un rudimentario inglés, nos hacen preguntas. En el mismo idioma, intentamos dar respuesta a la pregunta de por qué decidimos hacer de corresponsales de guerra. La más decepcionante, y al mismo tiempo la más banal, es la pregunta de “¿qué piensas de esta guerra?”. He escuchado tantas veces esta pregunta y aun así no he encontrado una mejor definición que “es una guerra civil”.

Es difícil explicar a un extraño por qué yo, un profesor de inglés y literatura extranjera, decidí pasar al periodismo de guerra. Recordé las clases de historia en la Universidad, cuando un profesor de la ciencia más corrupta nos habló de los horrores de la guerra civil en Rusia. Entonces se nos contaba que la guerra civil había sido cruel y terrible. Ninguno de nosotros podía imaginar que, en apenas cinco años, nosotros mismos íbamos a conocer eso en primera persona. Sangrientas batallas tuvieron lugar ante nuestros ojos. Murieron personas normales que simplemente tuvieron menos suerte que nosotros. Nos convertimos en testigos de la destrucción de nuestra querida ciudad y, después, se apoderó de nosotros el deseo de hacer algo para detener este infierno. Había que defenderse. Algunos tomaron las armas, otros siguieron trabajando en beneficio de nuestra tierra y otros, como yo, comenzamos a escribir sobre los crímenes del Ejército Ucraniano en la prensa o en blogs personales.

¿Entienden los extranjeros por qué lo hicimos? ¿Por qué no nos fuimos a lugares que estaban en paz y seguimos siendo fieles a nuestra tierra? Es difícil de decir, porque vienen de un mundo con diferente punto de vista. Para ellos, la guerra es un trabajo. Otra forma de ganar dinero. Para nosotros, la guerra se convirtió en una lucha por la autodeterminación y una forma de defender nuestros derechos en un momento en que las leyes callaron.

Con esas reflexiones nos acercamos a las afueras al noreste de Donetsk, donde ya nos espera Sedoy [Gris]. Nos detenemos ante este hombre de unos cuarenta años. Riguroso, con una mirada clara y ojos azul cielo. No está armado con una cámara, como nosotros, sino con un Kalashnikov. Un arma avanzada. Habría que se un estúpido para estar aquí sin un arma. Junto a él hay otros dos jóvenes soldados. Uno porta un AK similar y el otro, otra arma. Les saludamos y nos presentamos.  “Me llamo Timofey, pero me llaman Sedoy”, dice quitándose el casco reglamentario y mostrando sus canas. Sonríe e incluso los extranjeros entienden por qué.

Sedoy será nuestro guía en las trincheras. Unas trincheras que, como heridas sin curar, se extienden a lo largo del campo blanco. Los cristales rotos crujen bajo nuestros pies en la nieve. Gradualmente se ve que el suelo está cada vez más alto. El barro bajo la nieve de las trincheras se pega a nuestros zapatos. Las paredes de las trincheras, fortificadas con madera y ramas, están cubiertas por una capa de nieve y gotas de hielo. Mientras nos movemos, el frío es prácticamente imperceptible, pero al quedarnos quietos, los pies comienzan a congelarse al penetrar el frío del suelo. Nos abrimos paso por los helados tablones. Agachamos la cabeza para que el casco no golpee contra el techo del refugio. Pasamos de la oscuridad al blanco día. Sedoy se vuelve y apunta con la mano hacia el ahora vacío campo.

“Al principio de la guerra, los chicos que vinieron aquí no era para atacar. Ahí había un pilón. Los jóvenes aprendían a disparar. De alguna forma nos creamos nuestra propia superstición: cuando cayera el pilón, acabaría la guerra. Lo tiramos en octubre y la guerra sigue”.

Un habitante del lugar corre hacia nosotros: un perro blanco y negro. Al vernos inmediatamente comienza a juguetear a los pies de los soldados. Le acarició y rápidamente comienza a mover la cola. Habitualmente me he encontrado con animales en las trincheras: tanto gatos como perros. Son buenos. Alguna vez fueron animales domésticos, pero empezó la guerra. Viven en las posiciones de los soldados y con ellos comparten techo y comida.

Tras los pasos de la historia

“Este lugar es histórico”, comienza Sedoy. “Al principio de la guerra, en el verano de 2014, el Ejército Ucraniano disparaba todo el tiempo con Grads. Y la gente seguía conduciendo aquí con sus coches. Aquí pasaron muchas cosas. Como el convoy del Praviy Sektor, cuando lo eliminamos al intentar adentrarse hacia la ciudad. Yo mismo, con mis chicos, los detuve. Durante mucho tiempo, la propaganda ucraniana se aferró a esta historia con falsa información y la verdad nunca llegó a la población ucraniana. En aquel momento, las milicias detuvieron a verdaderos terroristas en su intento de llegar a Donetsk “a restablecer su orden”.

En general, desde el inicio de la guerra y hasta hoy, el Ejército Ucraniano utiliza tácticas de guerra terrorista contra la población de Donbass. Además de enviar grupos de sabotaje a Donetsk, los ataques no son contra las posiciones militares sino contra localidades en las que siguen residiendo civiles. El objetivo es atemorizar a la población, forzarles a abandonar sus hogares y huir. Es lo que los soldados cuentan a los corresponsales extranjeros, que escuchan esa información sorprendente para la audiencia occidental. La prensa europea no tiene palabras para denunciar que el Ejército Ucraniano destruye deliberadamente la infraestructura de Donbass, que ha disparado contra hospitales, colegios, guarderías, fábricas y minas. Los soldados, recordando los días más calientes del verano de 2014, cuentan cómo los misiles de BM-21 volaban sobre sus posiciones y caían sobre las cabezas de la población civil. “Ante nuestros ojos ardió una casa”, explica un soldado.

Incluso ahora, tras la firma de los acuerdos de Minsk de febrero de 2015, las tropas ucranianas continúan utilizando artillería pesada contra civiles que han regresado a sus hogares con la esperanza de que la firma de Petro Poroshenko en un documento tenga algún valor, aunque en realidad no es así.

***

“He estado en esta parte del frente desde mayo de 2015. Todos los chicos que tengo han estado bajo el fuego. Son todos buenos chicos, locales”, cuenta, con orgullo, el antiguo minero. Conocemos que Sedoy era minero cuando nos señala la mina, ahora bajo control ucraniano. Puede observarse la bandera amarilla y azul. “Trabajé en ella durante 25 años. Pero en 2014 tuve que tomar una decisión. Y lo hice. Mi familia también. Tengo una mujer que es la mejor. Cuando quise enviarla con mi hija a Rusia, se negó. Dijo que todo lo que me pase a mí, le pasa a ella. Así que se quedó conmigo. El año pasado nació nuestra segunda hija”.

A los extranjeros les sorprende saber que, desde la última primavera, Sedoy y sus hombres están en el frente. Preguntan: “¿no están cansados?” Me gustó tanto la respuesta de uno de los soldados, un verdadero residente de Donbass, que la memoricé literalmente: “los rusos no pueden pensar en el cansancio. Ahora todos estamos concentrados en la victoria. Simplemente no notamos el cansancio. Tenemos un objetivo y vamos a por ello. Puede que, después de la victoria, cuando todo se calme y podamos respirar, entonces pensaremos si estamos cansados. Pero no ahora”.

La primera nieve en el frente

La situación en esta zona del frente es similar a la de los otros frentes. Gracias a que la milicia fue, en su momento, capaz de alejar al enemigo, los civiles pueden vivir tranquilos durante el día. Pero en cuanto anochece, comienzan a escucharse los disparos y los bombardeos. Es una situación estresante para la que los soldados de la RPD llevan preparados desde hace mucho tiempo. No es el primer día de la guerra. Las posiciones están equipadas para poder contener una posible ofensiva enemiga. Los soldados de Donbass han cavado hasta lo profundo de la tierra de Donbass, construyendo trincheras a dos metros de profundidad que les permiten moverse por ellas sin temor a los bombardeos del enemigo. Al moverse por las trincheras se puede conocer el estado de los soldados. Uno de ellos, que no es mayor que yo, cuenta que, si en 2014 fueron capaces de parar una ofensiva prácticamente a manos vacías, ahora mucho más.

El sol desaparece detrás de las nubes. Solo algún rayo esporádico atraviesa hasta iluminar la nieve. Los trozos de hielo brillan a la luz. La nieve a nuestro alrededor es algo diferente, no como la que se ve a diario en la ciudad. Quería coger un poco y ver cómo se deshace, darle un sentido. Aquí no se utiliza como un juguete que se trata sin ningún cuidado. Y aquí la gente también es diferente, tienen algo que inmediatamente llama la atención. Sin embargo, siempre hay que recordar que las apariencias pueden engañar. El duro y veterano combatiente esconde, en realidad, la luz y la amabilidad del padre de dos hijas. Agarrado a su arma automática, Sedoy no parece ni un asesino ni un terrorista, como quieren hacer pensar al mundo la propaganda ucraniana y la occidental. Al contrario. Es un guerrero. Estos soldados no se rinden, pese a la superioridad del enemigo. No les han roto los ataques del enemigo y están aquí para defender su familia y su hogar.

Sedoy no llevó a los corresponsales extranjeros hasta donde los francotiradores ucranianos pudieran verlos. Conociendo el “amor” de los soldados del ejército por los corresponsales del enemigo, capaces de ver sus crímenes de guerra, arriesgar las vidas de estos italianos habría sido estúpido y poco sensato, así que decidimos que era hora de volver. Se ve una fila de coches en un cansado atasco de gente. Sedoy cuenta que las tropas ucranianas retienen a propósito los autobuses y coches en el puesto de control antes de cerrar, para mandarlos de vuelta. “Se ríen de la gente en silencio”, dice.

En el asiento de atrás del coche, miro las fotos en la cámara. Ahí está el retrato del valiente soldado de Donetsk, en unas trincheras cubiertas de nieve bajo el amenazante cielo, con un arma en la mano. Una imagen común, en estos tres años y medio de guerra ha habido demasiadas imágenes como esta. Cómo me gustaría que no existieran. Igual que esta guerra.

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