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Alto el fuego, Bombardeos, Donbass, Donetsk, DPR, Ejército Ucraniano, Minsk

Mil días de muerte y destrucción

Artículo Original: Liza Reznikova / Antifashist

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Daños en viviendas civiles a consecuencia de los bombardeos de los últimos días en Donbass.

El 9 de enero, Donbass conmemoró una lamentable fecha: mil días desde el estallido de la terrible guerra civil. Mil días de miedo. Mil días de dolor. Mil días de muerte y destrucción. Mil días de un infierno en la tierra.

En previsión de esta fecha, vuelvo a visitar el pueblo de Trudovsky, al oeste de Donetsk, donde las posiciones de las tropas ucranianas se encuentran a quinientos metros de distancia.

Esta guerra afecta más que nada la población civil cuyas viviendas resultaron quedar, por capricho del destino, en las posiciones más avanzadas. La calle de los pilotos es casi adyacente a Marinka, ocupada por Ucrania. Aquí, a unos pocos cientos de metros de las posiciones ucranianas, vive Lyudmila Panchenko junto a su hija Irina, que a su vez tiene sus propios hijos. Han pasado aquí los últimos mil días, en la línea del frente.

Llego a la casa de Lyudmila. Está entre casas destruidas, frente a una pila de escombros. Al otro lado está el Ejército Ucraniano. La casa de al lado, la de sus vecinos, está completamente destrozada, quemada desde el interior. “Ocurrió en octubre”, dice señalando a la casa de los vecinos al recibirme en su puerta.

La casa se calienta con un horno de leña, con los troncos que hay en el sofá junto a un blanquísimo gato que juega con los nietos de Lyudmila. Dos de ellos están con ellas y otros tres están en la ciudad. En total, Irina, la hija de Lyudmila, tiene cinco hijos. Pese a su juventud, Irina ya es madre de todos esos hijos. Su hermano está en el trabajo.

Lyudmila e Irina con una de sus hijas

Lyudmila e Irina con una de sus hijas

Cuando entro en la casa, los temerosos niños se acercan a su madre. Lyudmila abraza a sus nietos. Dice que los niños comenzaron a tener mucho miedo cuando las bombas impactaron en la casa de los vecinos y eso provocó un fuego en su casa. Hasta entonces prestaban menos atención a los bombardeos, pero ahora los escuchan con mucho cuidado. “Hoy”, dice Lyudmila, “íbamos a dar un paseo. De repente, los ucranianos empezaron a ladrar. Inmediatamente han corrido a la casa y ahora no han querido salir a la calle en todo el día”.

“Antes no salíamos nunca, pero desde el bombardeo y el fuego, empecé a pasar la noche en el distrito de Petrovsky porque tienen miedo de dormir en casa”, añade Irina. “Ya se han convertido en unos expertos militares. Saben qué armas disparan, desde dónde vienen las bombas, dónde van a caer, lo lejos que están de nuestra casa”.

Miro a los “expertos militares” jugando con el gato y me aterroriza pensar que todos los recuerdos que tienen de su corta vida son de la guerra. Bombardeos, carreras al sótano, incendios, las lágrimas de su madre y su abuela – esos son los recuerdos que estos niños tendrán de su infancia. Esos son los recuerdos de decenas de miles de niños de Donbass. Personalmente no tengo claro si alguna vez perdonarán a Ucrania por esos recuerdos.

Pido a las mujeres que me hablen de esa terrible noche por la que los niños están tan nerviosos.

“Era sobre medianoche”, dice Lyudmila. “Nos fuimos pronto a la cama. Entramos en la casa porque estaba todo muy tranquilo. De repente, los ucranianos abrieron fuego. Una bomba impactó en la casa de los vecinos. Cayó justo en medio de la casa. Se produjo un incendio. Salimos corriendo para ayudar a los vecinos a salir de la casa, pero un soldado del Ejército Ucraniano comenzó a disparar directamente hacia nosotras. Tuvimos que retroceder. Esa noche había mucho viento, lo que ayudó a que las llamas se extendieran al tejado de nuestra casa. Explotó. Lo quemó prácticamente entero. Cuando llegaron los bomberos, lo empezaron a apagar. Nuestros bomberos son héroes como pocos. Apagaron el incendio de nuestro tejado bajo los bombardeos ucranianos. Ellos disparaban y los nuestros lo extinguían. A pesar de todo. Querían salvar al menos una parte de nuestra casa porque veían que teníamos cinco niños. Se lo agradecí después con una nota”, sonríe.

“Se salvó parte del tejado”, interrumpe Irina. “pero otra parte se cayó, el papel de la pared desapareció, el estuco se derritió y todo lo que había en la casa quedó caído. Y ardió todo el cableado. Los voluntarios nos ayudaron hace un tiempo para que hubiera luz”.

Pregunto a Lyudmila cuándo ocurrió todo. “Hace poco”, dice. “El 11 de octubre”.

¿Así que no han oído nada sobre una tregua ni la han visto?

“Sí, claro. Hay una tregua. Los meses antes del Año Nuevo, los ucranianos han estado como locos. Golpeando todo el día, salir a la calle ha sido imposible. Nos pasaban las balas por encima de la cabeza. Estaba en el jardín y empezaban. Nos ven desde Marinka, porque el terreno aquí es más bajo. Es como si estuvieran en el piso de arriba y nuestro pueblo está en el valle. Nos ven perfectamente y disparan contra nuestras casas deliberadamente. Aquí sobrevivimos. He vivido aquí toda mi vida y ahora quieren echarnos de nuestra propia tierra”.

Lyudmila comienza a llorar. Irina calma a su madre. Mil días de lágrimas y de dolor. Se va calmando poco a poco y pregunto por qué no se han marchado del pueblo.

“No tengo dónde ir”, responde la mujer. “No tengo familia. No tengo a nadie más, solo a los hijos y los nietos. Todos vivimos aquí. ¿Quién nos va a ayudar?”

La casa de las mujeres dispone de sótanos. Pero de tanto usarlo está casi destrozado. La familia pasó casi todo 2014 y 2015 allí. A veces no podrían salir durante varios días porque los bombardeos no paraban en ningún momento. Los ucranianos utilizaron todo su arsenal de armas contra el pueblo: proyectiles de artillería, Grad, Uragan, granadas, balas. “Salía un par de minutos a coger agua para el biberón del niño y corría otra vez al sótano”, cuenta Irina. No había luz, así que cocinaban a fuego en la calle.

Lyudmila se echa a llorar otra vez al recordar que en estos años terribles ha ardido su garaje de dos pisos. “Las llamas llegaban a una altura de cinco metros por lo menos”, cuenta. “Al final, Ucrania nos ha dejado sin nada. ¿Para qué? No lo entiendo. ¿Para qué? ¿Para qué disparan contra personas mayores, mujeres, niños? Y los vecinos, muchos han muerto ya”.

Lyudmila cuenta que una vecina salía de la tienda. La mujer tenía 65 años. Paró un momento para descansar. Dejó las bolsas en el suelo. Empezó un bombardeo con Grad. Toda una carga cayó sobre el pueblo.  Uno de los proyectiles explotó junto a la mujer. La desgarró en pedazos. Literalmente. “Llegaron los soldados y pusieron sus restos en una bolsa. No puede imaginar lo terrible que fue”, explica.

Irina habla de la muerte de otro vecino. Ocurrió en octubre de 2016. El hombre acababa de cumplir 60 años, se había jubilado. Había comprado pollos porque había decidido empezar a criarlos. El día de su muerte fue a la cocina a comer. En ese momento comenzó el bombardeo. Una bomba cayó justo en su cocina. Tres fragmentos impactaron en su cuerpo: uno en la cabeza, el segundo en el corazón y el tercero en el pulmón. Lesiones incompatibles con la vida…

Las mujeres sentadas frente a mí han presenciado todo eso. Mil días de infierno en la tierra.

Pregunto a Lyudmila y a Irina por su actitud hacia el Gobierno de Ucrania, que convirtió Donbass en este infierno, si serían capaces de vivir en un país unido con ellos. Las mujeres responden categóricamente: nunca. “Aunque pudiéramos volver atrás en el tiempo, a cuando vivíamos en Ucrania, ahora, sabiendo lo que es Ucrania en realidad, no sería capaz de vivir allí. Nos iríamos de allí”, dice Lyudmila.

“Yo también”, asiente Irina.

“¿Cómo se puede mirar a la cara y llamar presidente a la persona que nos ha asesinado, Poroshenko? ¿Cómo puede asesinar niños, personas mayores y mujeres indefensos? ¿Cómo puede destruir una ciudad tan bonita como Donetsk? Y lo que es más importante: ¿para qué?

Mil días de miedo. Mil días de dolor. Mil días de muerte y destrucción. Mil días de infierno en la tierra.

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