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Donetsk: el poblado de la felicidad que baila con la muerte

Artículo Original: Mark Bartalmai

Entre el deber y el miedo. Él “protege”…

Un pequeño “algo” blanco roto salta vigorosamente arriba y abajo tratando de dar un tono amenazador a su pequeña voz. Pero el ladrido es demasiado agudo. Suena como el de un dibujo animado. El pequeño perro ha comprendido perfectamente su trabajo –proteger la tierra y la casa- pero sus ojos muestran su temor. Cuando apunto la cámara en dirección a él, huye hacia la caseta y deja de ladrar inmediatamente.

El lugar está lleno de metralla y la casa está poco más que en ruinas. El pequeño ladrador protege piedras muertas en dos sentidos. Los ataques de artillería han dejado su marca. Ya nadie puede vivir aquí. Y aun así, aquí hay más de treinta familias que aguantan en este lugar. La mayoría son demasiado mayores para poder huir. Pero esa no es la única razón. Algunos de ellos simplemente no quieren marcharse. 

…donde ya no queda nada que “proteger”.

…donde ya no queda nada que “proteger”.

“Aquí” quiere decir en los suburbios más alejados del noroeste de Donetsk, a tan solo unos minutos a pie de Peski [bajo control ucraniano-Ed]. Se producen numerosos ataques de artillería de las fuerzas ucranianas. “Aquí” quiere decir en plena línea de contacto entre ambas partes y junto al esqueleto del aeropuerto de Donetsk. “Aquí” aparentemente quiere decir en el fin del mundo. Este suburbio de Donetsk lleva el nombre de “el poblado de la felicidad” (“Весёлый посёлок”).

Estamos aquí para rodar material para nuestro segundo documental, “La ciudad en el frente”, sobre la situación en Donbass. Queremos mostrar cómo vive allí la población, esa a la que nos debamos porque vivimos en Donetsk para fotografiar y rodar. Todo es normal, como el resto de la población. Lo que nos encontramos en “el poblado de la felicidad” es la vida diaria para nosotros, pero no lo es para las audiencias de la televisión y lectores de prensa occidentales. Nuestro primer documental llevaba en el título “La guerra oculta”.

No hay vivienda alguna que no haya sido afectada. El 80% de las viviendas son inhabitables y deben ser demolidas.

No hay vivienda alguna que no haya sido afectada. El 80% de las viviendas son inhabitables y deben ser demolidas.

Nada ha cambiado. Desde la farsa de Minsk-II la artillería no es solo el silencio sino que ese silencio es incluso más agudo. Esta guerra no tendrá lugar en los comedores de o en las mentes de las civilizaciones occidentales, donde sus gobiernos siguen apoyando a las ya fracasadas autoridades de Kiev con ruido rusófobo y sobre todo con dinero. Un dinero que, en una proporción importante, acaba en las cuentas extranjeras de los gobernantes de Kiev y los oligarcas que aún no han caído en desgracia o simplemente se utilizan para esta guerra contra su propio pueblo. Esa población a la que de forma absurda Kiev dejó sin salarios, pensiones y alimentos, pero a la que sigue enviando granadas. Aun así, siguen afirmando que esta zona es parte de Ucrania. ¿Eso se refiere únicamente al territorio y no a la población?

Bloqueo económico completo. Lo único que Kiev envía son tropas y granadas.

Bloqueo económico completo. Lo único que Kiev envía son tropas y granadas.

Nuestros chalecos antibalas descansan tranquilamente en el maletero del coche. Nos hemos hartado de ellos. Hemos estado demasiadas veces en estas circunstancias con esas incómodas y pesadas prendas. Grabamos nuestro material en “el poblado de la felicidad” y hacemos nuestros descubrimientos, esperados y sorprendentes. En un campo con un pintoresco lago, trato de hacer un comentario. Cuando conseguimos regresar a la carretera de pista frente a las casas a través del barro invernal, se para un vehículo. El conductor, abriendo la ventana, saluda amablemente y apunta: “Solo quería decir que puede haber minas ahí. Que pasen un buen día”. Bueno saberlo.

La mujer que vive en una de las viviendas destrozadas se llama Vita. Ya ha dejado de entrar a la casas. “Vive” en una especie de refugio junto a ella. Es un antiguo establo con el tejado cubierto con un toldo azul. El viento hace que se levante de las vigas que lo soportan. “Vivo justo aquí”, afirma. La única parte de la casa que sigue utilizando es el sótano. Cuando los bombardeos están demasiado cerca.

Sacando fotografías. Las granadas de anoche…

Sacando fotografías. Las granadas de anoche…

La ronda del pan

Se detiene un coche blanco. De él salen dos hombres a los que preguntamos qué hacen allí. “Distribuir pan”, contestan. Son dos jubilados de la zona que regularmente recogen pan del centro de ayuda humanitaria y la distribuyen entre los pocos que aún residen en esta zona y que no tienen forma de cruzar la larga distancia hasta la ciudad. Hacen “la ronda del pan” varias veces a la semana. Son voluntarios y no reciben nada a cambio. Desde donde residen pueden ver las posiciones ucranianas en las afueras de Peski. Los acompañamos en una parte de su ruta y nos cuentan cómo es la vida en esta zona en estas circunstancias. Ellos y sus familias pintan una imagen de la situación que resalta el contraste entre el horror y la felicidad.

Asistencia mutua.

Asistencia mutua.

La dificultad de hacer la colada.

Seguimos el camino a pie. El silencio del día queda roto por una explosión. Artillería. Me arrepiento por un momento de que el chaleco antibalas esté en el maletero del coche. Pero la gente con la que hablamos aquí tampoco tiene ningún chaleco antibalas. Después de las explosiones vuelve el silencio. En el pasado, algunos de estos ataques han hecho “difícil colgar la ropa” para una mujer mayor. Las explosiones le hicieron volar a través del jardín. Más de una vez, nos cuenta.

“Soy mayor, no estoy enferma. Pero aun así, la guerra dificulta la vida. Como colgar la ropa”, dice. Quiero saber si algo ha cambiado desde Minsk-II. No sabe qué quiere decir Minsk-II. Sin teléfono, televisión o periódicos, no sabe lo que ocurre. Todo lo que sabe es que la bombardean. Por qué lo hacen es todo un misterio para ella. Nos cruzamos con dos hombres de la milicia. Los señala y dice: “pero los chicos me protegen y siempre saludan amables…”

siempre saludan amables…

siempre saludan amables…

Preguntamos dónde está su familia. “Mis hijos están en Kiev, pero yo no quise ir allí. El piso es demasiado pequeño y no tendríamos espacio”, responde. Su pragmatismo va más allá de política e ideología.

La zona en la que nos movemos está sometida a persistentes ataques desde que comenzó la guerra. La línea del frente está aquí desde hace casi dos años. El “poblado de la felicidad” es una  mera sombra.  No hay un solo edificio que no haya sido afectado. El 80% de ellos son inhabitables y tienen que ser demolidos. Incluso los lugares con algún significado han resultado afectados. Aunque nos encontramos ante la cuestión de si pueda haber lugares de más o menos valor en la destrucción de la vida y de la tierra. Pero es verdad que algunos casos chocan más.

El monasterio de Iversky y su cementerio es uno de esos lugares. Después de que las monjas fueran evacuadas en 2014, este lugar ha sufrido la destrucción severa causada por los constantes bombardeos del Ejército Ucraniano durante la batalla por el aeropuerto de Donetsk en enero de 2015. Al verlo solo cabe un pensamiento: los muertos están verdaderamente muertos. No se les puede asesinar más. Pero parece que lo siguen intentando.

No se les puede asesinar más. Pero parece que lo siguen intentando.

No se les puede asesinar más. Pero parece que lo siguen intentando.

“Te conozco desde que eras una niña pequeña”.

“Te has hecho una chica muy guapa. Te conozco desde que eras una niña”, dice.

“Te has hecho una chica muy guapa. Te conozco desde que eras una niña”, dice.

La “ruta del pan” hace otra parada en otra vivienda demolida en la calle. Un hombre mayor se para y toma su ración. Mira a Nelya con compasión y dice: “Te has hecho una chica muy guapa. Te conozco desde que eras una niña”. Es la borrosa línea entre la memoria y la imaginación. Esta gente no puede imaginar que alguien lejos de Donbass se preocupe por ellos. Están aislados del resto del mundo y su única visita regular son dos jubilados del vecindario en su “ruta del pan”. Los periodistas, sobre todo los occidentales, nunca han estado y nunca vendrán aquí.

Nelya sonríe tímidamente. Viene de San Petersburgo, no de Donetsk. Y desde luego no del “poblado de la felicidad”.

Al volver a Donetsk al atardecer, a nuestra espalda comienzan los cañonazos. El bombardeo vuelve a ser más fuerte que en los últimos días. Hay informes de impactos a lo largo de todo el frente. Sí, a la guerra parece gustarle este lugar y simplemente no quiere marcharse de aquí.

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