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El “incorrecto” pasado ucraniano

Artículo Original: Halyna Mokrushyna / Counterpunch

1425650181-6026El vídeo del “reformista”georgiano Ilo Glonti hablando ante el consejo municipal de la ciudad de Uzhgorod, en la región de Transcarpatia en el oeste de Ucrania, se quedó grabado en mi memoria desde que lo vi en abril de 2015. Es el ejemplo perfecto de cómo los asesores extranjeros tratan de educar a los políticos ucranianos en el arte de la transformación neoliberal.

En el vídeo, el revolucionario de 23 años explica a los diputados, posiblemente varios años mayores que él, el porqué de las protestas de los héroes de Euromaidan y de la muerte de “decenas de miles” de ucranianos, georgianos e incluso rusos en la guerra civil en el frente del este de Ucrania. Murieron por la libertad, afirma en el vídeo, concretamente por librarse del pasado soviético, de los sovok, término coloquial para aquellos ucranianos que tienen una visión nostálgica del pasado de la Ucrania soviética.

Al principio de la charla están presentes 28 de los 60 diputados. En segundo plano puede oírse ruido y otras conversaciones. El orador no parece tener toda la atención de su audiencia. El número de diputados presentes sigue cayendo a medida que el ponente se acerca a una pregunta retórica: “¿Qué diferencia hay entre esta sesión y una de 1970? Ahora tienen smartphones inteligentes en sus bolsillos, conducen Jeeps. ¿Pero se han abierto más a la gente?”

“Personalmente, no lo veo. Están discutiendo cuestiones importantes: cómo distribuir el presupuesto. ¿Pero qué hacen con la burocracia en la que viven? ¿Qué hacen con la corrupción en la que viven? No están aquí para distribuir el presupuesto. El país se enfrenta a otro reto. Su tarea es acabar con la corrupción, acabar con la burocracia, acabar con el pasado, acabar con los sovok. No continuar con ello. No les conozco personalmente, ni sus escándalos de corrupción ni sé en qué están ocupados, pero les pido lo siguiente: que atraigan inversores, que luchen contra la corrupción y contra la burocracia. Pueden discutir la distribución del dinero del presupuesto cuando el presupuesto sea normal. ¿Comprenden? Solo cuando sea normal se puede redistribuir”.

“Se han producido varias propuestas de privatización. ¿Cuántos edificios han privatizado hasta ahora?”. Desde el público, alguien responde: “la población no lo permitirá”. El experto en reformas neoliberales continúa sin inmutarse. “Me preguntarán: ¿qué es la Unión Soviética? La Unión Soviética es la redistribución de la propiedad del Estado por parte de los burócratas. La propiedad estatal no existe, ni siquiera en teoría, en los países que los ucranianos y Euromaidan quieren emular: la Unión Europea o Estados Unidos. ¿Qué propiedad estatal, qué inversiones pueden atraer? ¿Qué es lo último que han privatizado?

“¿Qué hemos construido últimamente?”, pregunta alguien del público, que comienza a inquietarse. El ponente eleva el tono, prácticamente gritando: “¿Quién va a construir nada aquí, entre tanta corrupción y burocracia?” El ambiente se calienta. El presidente interviene, sin éxito, para llamar al orden. El orador no tiene otra opción que continuar con su reveladora charla reafirmándose en el deseo de que Euromaidan consiga sus objetivos: contra la corrupción, contra la burocracia y contra el robo de la propiedad de otras personas. Solo 12 diputados permanecen en la sala al final de la charla.

¿Qué deduzco de este breve episodio? Claras reticencias de las autoridades electas de Uzhgorod a escuchar a un propagandista de la ideología de Euromaidan, portador de los lemas de los occidentalizadores: “ustedes son malos, son corruptos, tienen demasiada burocracia, están estancados en su pasado soviético. ¡Acaben con él! ¡Privaticen! ¡Atraigan a los inversores! ¡Dejen de robar la propiedad ajena!”

No queda claro en la charla de Ivo Glonti la propiedad de quién están robando los diputados exactamente, aunque eso no importa. En su opinión, los diputados no están realizando su trabajo adecuadamente, así que había venido para explicarles en qué consistía Euromaidan. ¿Cómo iban a saberlo estos diputados si no? Lo único que hacen es redistribuir dinero del presupuesto, exactamente como lo hicieran sus predecesores soviéticos hace cincuenta años.

El joven revolucionario georgiano parece ser un gran conocedor del pasado soviético. Lo aprendió de su mentor –el georgiano Kakha Bendukidze, libertario, uno de los autores de las reformas liberales de Georgia. Bendukidze recomendó a Glonti leer “Camino de servidumbre”, de Friedrich von Hayek, una influyente y conocida exposición de los principios clásicos del liberalismo. Según Hayek, la economía planificada por el Gobierno desemboca inevitablemente en el totalitarismo, ya que la libertad económica es la base de todas las demás libertades del individuo, incluyendo la política. El nacionalsocialismo de la Alemania Nazi y el socialismo de la Unión Soviética supusieron un final lógico a la dominación del colectivismo sobre el individualismo, lo que deriva en la servidumbre.

¿Dónde podría acabar un revolucionario libertario georgiano hoy en día salvo en Ucrania, donde Euromaidan ha llevado al poder a “reformistas” neoliberales que destruyen convencidos y de forma eficiente toda la industria y la economía ucraniana mientras empobrecen a la población? Ucrania busca a georgianos que hayan implementado con éxito las recetas neoliberales del libre mercado y gobernanza transparente de Occidente. El antiguo presidente de Georgia, Mijaíl “Misha” Saakashvili, ha sido nombrado gobernador de la región de Odessa. Aparentemente, los nuevos líderes ucranianos han decidido que no hay nadie cualificado, que no sea corrupto y que sea capaz de implementar reformas en Odessa entre los políticos ucranianos. Ucrania necesita atraer a extranjeros para llevar a cabo una misión de enormes dimensiones que los reformistas ucranianos no han conseguido realizar. Ucrania lleva viviendo entre reformas todo el periodo de su independencia. Tras Euromaidan, sus dirigentes decidieron que necesitaban ayuda. Traigamos expertos extranjeros, dijeron, que se encarguen directamente de las reformas.

El joven Glonti fue asistente personal de Misha Saakashvili, que pese a su “impresionante” actuación en la transformación de Georgia en modelo de reformas, está buscado en Georgia por malversación, abuso de poder y ataques de motivación política. Glonti ha tenido éxito en Ucrania, trabajando con varios grupos de reformas en diferentes ministerios. Lidera el Club de Jóvenes Reformistas. Da charlas en diferentes ciudades en las que explica a los experimentados oficiales y burócratas ucranianos cómo deshacerse del pasado soviético, que condena a Ucrania a mantenerse estancada en la corrupción. Pero, a juzgar por el vídeo descrito anteriormente, no parecen muy interesados en sus consejos.

Yo misma probablemente reaccionaria de forma similar si alguien a quien doblo la edad y que no me conoce iniciara una conversación diciendo que todo lo que he hecho hasta ahora está mal y que a partir de ahora debo seguir sus consejos. ¿Cómo sabe qué he hecho hasta ahora y cómo lo he hecho? ¿Quién es esta persona que trae consejos? ¿Un joven revolucionario que dice hablar en nombre de Euromaidan y que exige que me deshaga de mi pasado sovok para continuar con la causa de una “revolución” que no necesariamente apoyo? ¿Qué pasa si no quiero condenar mi pasado sovok porque veo lo bueno de él y no solo lo malo? ¿Qué pasa si quiero mantener el estado social del pasado y la red de seguridad social? ¿Qué pasa si creo que he hecho un buen trabajo como diputado, sirviendo a los votantes? No solo he “redistribuido” el presupuesto, como me está diciendo este joven experto revolucionario. Eso es lo que observo en el vídeo. Veo la resistencia de la Ucrania contraria a Euromaidan a la apasionada demanda de Euromaidan de destruir el pasado y construir un mundo neoliberal completamente nuevo. Veo la frustración de los revolucionarios de Euromaidan con esta lenta, inerte, Ucrania post-soviética y su burocracia.

Ahí va otro ejemplo: Yulia Marushevska, de 25 años, adjunta al Gobernador Saakashvili, con apenas unos meses de experiencia en la administración regional de Odesa, declaró a un periodista occidental: “Me apetece sentarme y reescribir el país desde cero”. Yulia participó activamente en Euromaidan. Ella es una de las caras de Euromaidan: grabó un videocomunicado en inglés desde las protestas en Kiev y lo publicó en YouTube. El vídeo recibió ocho millones de visitas. Pero ahora Yulia está frustrada. El país está tan mal que necesita una reescritura completa. Una reestructuración completa. No hay nada bueno, nada. Todo debe ir a la chatarrería de la historia como un viejo adagio comunista. Es difícil reformar este país, se quejan los neoliberales, que ven a los ciudadanos ucranianos como gentes estancadas en sus viejas formas corruptas. Sobornos, mercados negros, economía sumergida. Nada, nada bueno. Todo el país necesita ser reeducado.

Pero no es solo el pasado soviético el que los neoliberales tratan de castigar. También es el pasado bizantino-ortodoxo, que es más difícil de eliminar, como ya apuntó Igor Shevchenko, historiador y filólogo de Harvard de origen ucraniano, tal y como recogió el historiador ucraniano Yaroslav Hrytsak. Hrytsak cree que ambos pasados están relacionados: “el comunismo solo son flores, enfermas y asesinas, pero flores en un árbol con raíces en un pasado distante. Y solo se puede arrancar ese árbol a través de reformas profundas”.

Hrytsak apunta que es mucho más importante nombrar jueces independientes que prohibir símbolos soviéticos. En Ucrania se está haciendo exactamente lo contrario: comenzaron por prohibir los símbolos del pasado soviético y no avanzan en las reformas, mientras que en los países que han dejado atrás el pasado comunista, como Polonia, Estonia o Lituania, el orden fue el correcto: primero dejar atrás el pasado mismo y después sus manifestaciones superficiales [la fascinación de los historiadores ucranianos por la forma en que los países bálticos han dejado atrás el pasado soviético les impide ver una revisión de la historia que niega, por ejemplo, el Holocausto y la participación de las milicias de esos países en los crímenes cometidos por los Nazis contra judíos, rusos o comunistas y que niega la ciudadanía a la población de origen ruso-Ed].

Reescribir, inventar, reformar… para liberar a Ucrania de su pasado soviético. El pasado soviético fue malo: fue totalitario, represivo, burocrático, pobre. Así es como se percibe desde el punto de vista occidental. Pero el pasado soviético también fue igualitario, colectivista, social, idealista. Así es como se ve desde el punto de vista de muchos de los que vivieron ese  pasado y que miran hacia atrás en busca de inspiración.

donetsk lenin squareComo ya he mencionado en otros artículos, las rebeliones de Donetsk y Lugansk se basan principalmente en ese pasado. Si se le explica a esa gente que lo han hecho todo mal, que ellos y sus padres han vivido una mentira, ni lo comprenderán ni lo aceptarán. No se puede vivir una vida normal si se piensa que el pasado no vale nada y consta solo de dolor y sufrimiento.

Rusa y Ucrania llevan intentando lidiar con el pasado soviético desde los años 80. La verdad sobre el lado oscuro del periodo soviético fue revelada, se sacaron conclusiones. Monumentos a Lenin cayeron en muchas ciudades rusas. Muchos acabaron saturados de historias de gulags, hambrunas, asesinatos. En Rusia, el catastrófico fracaso de las reformas neoliberales de la era de Yeltsin en los años 90 dejó a la gran mayoría de la población empobrecida y profundamente desesperada. Y entonces Vladimir Putin emergió para dar respuesta a esa desesperación. El pasado soviético, tal y como lo interpreta Putin, se ha incorporado a la actual identidad colectiva rusa.

En Ucrania, tratar con el pasado soviético es más complicado. Ucrania no es ni Lituania ni Polonia. Pero tampoco es Rusia. En Ucrania, la dualidad pasa no solo por la orientación cultural y política entre Europa y Rusia. También pasa por la actitud hacia el pasado soviético. Para Ucrania occidental, integrada en el espacio cultural europeo, los soviéticos fueron invasores antiucranianos. Para el este de Ucrania, los soviéticos fueron…bueno, los ucranianos del este son soviéticos. Esto es, por supuesto, una simplificación. En la realidad no existe un corte geográfico claro entre la población. Ni todos los ucranianos occidentales condenan el pasado soviético ni todos en el este de Ucrania quieren ser parte de Rusia. Pero es legítimo hablar de la mayoría en ambos casos. Me refiero, no solo a la división geográfica sino también a la división simbólica entre los ucranianos.

Para Rusia, las reformas neoliberales fueron un desastre económico y social. En Polonia, para muchos fueron un éxito. Ucrania está estancada en medio. Incluso con el poderoso impulso de la nueva generación de ucranianos, que no tienen nada que ver con el pasado soviético, las reformas están estancadas. La mayoría (72%) piensa que tras la revolución de Euromaidan las cosas no van en la dirección correcta en el país, según una encuesta a nivel nacional realizada en agosto de 2015 por el gabinete sociológico ucraniano “Rating”. La encuesta fue encargada por el International Republican Institute y financiada por USAID. Más del 60% de los ucranianos opinan que la situación económica del país ha empeorado de forma significativa y el 28%, que ha empeorado algo. El 40% cree que nada ha cambiado en Ucrania, mientras que el 32% cree que los cambios son demasiado lentos. Una mayoría absoluta está insatisfecha con el parlamento: el 49% no aprueba sus actividades. Esta insatisfacción es un 1% más baja que en febrero de 2014, cuando esa postura se consideraba anti-Maidan. El 35% están “bastante insatisfechos”.

El primer ministro Yatseniuk y el Consejo de Ministros obtienen incluso peores calificaciones: el 52% no aprueban sus actos. No aprueban al presidente Poroshenko un 33%, mientras que un 34% da una aprobación parcial. En general, los ucranianos están profundamente decepcionados con el actual Gobierno del país.

Otra serie de datos de interés se refiere a la hipotética preferencia entre democracia y una economía próspera. Para el 13%, la democracia es sin duda más importante y para otro 20% es bastante importante. Para el 34%, una economía próspera es más  importante que la democracia y para el 18%, es definitivamente más importante que la democracia. Solo en el oeste de Ucrania, la democracia es más importante para más de la mitad de los encuestados, mientras que en el resto de las regiones no alcanza el 30%. La mayor parte de los ucranianos no está dispuesta a sufrir dificultades a corto plazo (como el aumento de precios y tarifas) para que su vida mejore a largo plazo. El 34% están categóricamente en contra; el 24% está bastante en contra, mientras que el 26% está bastante dispuesto y el 5% que está definitivamente dispuesto.

La última encuesta, realizada por el Instituto Internacional de Sociología de Kiev en septiembre de este año, confirma la clara tendencia de descontento entre la población ucraniana con sus élites políticas: el 58,6% valora negativamente el trabajo del presidente Poroshenko frente al 27,2% que da una valoración positiva. El primer ministro Yatseniuk obtiene una nota incluso peor: el 71,3% da una valoración negativa frente a solo un 17,3% que da una valoración positiva.

La situación que reflejan estos datos es clara. Los ucranianos no están satisfechos con el Gobierno, con el presidente, con la economía, con las reformas y con la situación económica. Para muchos, la euforia de Euromaidan ha desaparecido.

Como cualquier otra revolución, la “Revolución de la dignidad” no involucró a la mayoría de la población. Una encuesta realizada en octubre de 2014 por el Instituto Internacional de Sociología de Kiev y el Fondo de Iniciativas Democráticas Ilko Kucheriv muestra que solo del 20% de la  población participó en las acciones de protesta entre noviembre de 2013 y febrero de 2014 en Kiev. La mayor participación se dio en Ucrania occidental, donde participó, de distintas formas, alrededor de la mitad de la población: el 7% de su población participó directamente en los hechos en la plaza de Maidan, el 26% participó en protestas en otras ciudades y el 29,5% ayudó a los manifestantes.

En las regiones del centro, la participación fue mucho más baja: el 9,5% participó en las protestas en Kiev y el 2%, en otras ciudades. La participación en otras regiones fue mucho más baja: el 2% en las regiones del sur, el 3% en las regiones del este y el 3% en Donbass. Los datos de no participación son los siguientes: regiones occidentales, 46.9%;  centro,  80.9%; sur, 96.6%; este, 95.1%; Donbass, 97.1%. El nivel nacional de no participación en Euromaidan alcanza el 81,9%.

Tras la victoria de la revolución de Euromaidan (como lo denominan la prensa y las autoridades ucranianas), la quinta parte de la revolucionaria ucrania  comenzó a reformar a las otras cuatro partes. ¿Quién es esa quinta parte de la población? Antes mencioné a la joven Yulia. La revolución de Euromaidan comenzó con protestas juveniles contra la decisión del presidente Yanukovich de posponer la firma del acuerdo de asociación con la Unión Europea. Habían sido educados en los valores occidentales y ucranianos, no en la ideología e historia soviética. Interpretan el pasado soviético según el punto de vista dominante en Occidente, como un régimen totalitario y represivo.

Otro ejemplo, que mencioné al inicio del artículo, es el de Yaroslav Hrytsak, un importante historiador ucraniano, que también quiere implementar importantes reformas para acabar con el pasado soviético. La mayor parte de los líderes de la clase intelectual ucraniana (al menos aquellos que alzan la voz) apoyaron Euromaidan como una revuelta popular contra la usurpación del poder y la violación de los derechos humanos y por la democratización y el camino europeo. En Kiev, la clase media (muchos de ellos empresarios y trabajadores del sector servicios) apoyó Euromaidan participando directamente en las protestas los fines de semana o aportando comida, donando dinero, etc. Pero fueron los partidos políticos de la oposición como Svoboda, Batkivschyna y Udar o grupos paramilitares de extrema derecha como el Praviy Sektor, los que se convirtieron en la fuerza detrás de las protestas y los que lograron con éxito transformar una protesta espontánea en una serie de acciones sostenidas durante varios meses. La llama de la insatisfacción de la población podría haberse extinguido por sí  misma si estas fuerzas no hubieran mantenido la infraestructura en la plaza de la Independencia de Kiev.

lenin kiev

Estatua de Lenin derribada en noviembre de 2013 en Kiev

Ahora los ganadores de esta revolución hacen todo lo que está en su mano para despojar a Ucrania de su pasado soviético. La ideología comunista ha sido declarada ilegal, las calles están siendo renombradas y los monumentos a Lenin llevan cayendo desde la espectacular destrucción del principal monumento a V.I Lenin frente al mercado Bessarabka en Kiev en diciembre de 2013. Mientras tanto, la economía ucraniana está en caída libre. Cada vez más ucranianos viven bajo el umbral de la pobreza mientras su presidente les repite las promesas de entrada sin visado a la Unión Europea y su primer ministro explica que sus vidas no empeorarán por la suspensión de pagos de la deuda del Gobierno, que en la práctica ya ha tenido lugar.

En medio de la histeria anti-soviética, Ucrania se está destruyendo a sí misma, porque el periodo soviético es una parte de lo que es Ucrania. Sí, hubo revueltas campesinas contra el Ejército Rojo, hambrunas, ejecuciones. Pero también se dio la victoria en la Gran Guerra Patria, la Planta Hidroeléctrica Dnipro, los ingenieros y diseñadores aeroespaciales Koroliov y Antonov, el famoso escritor y director de cine Mykola Dovzhenko o el escritor ucraniano y soviético Oles Honchar. Al negar la complejidad del pasado, Ucrania reniega de una gran parte de sí misma. Y duele ver esta autodestrucción de Ucrania.

La tarea de encontrar una vía para reconciliar Ucrania en un proyecto nacional –una Ucrania que valore su pasado soviético, una Ucrania colectivista, cercana a Rusia y una Ucrania que odia ese pasado, una Ucrania que quiere ser parte de la democracia neoliberal europea– es complicada. En los años desde la independencia en 1991, Ucrania ha estado divida en el asunto de la orientación política. Solo tras Euromaidan, y tras el constante bombardeo de propagada sobre la agresión rusa, la balanza se ha decantado hacia la Unión Europea y la OTAN.

La Ucrania pro-Occidental abandonaría con gusto a la Ucrania cercana a Rusia que ata a la Ucrania que aspira a Europa a su pasado soviético. Y la frustración de los intelectuales ucranianos sobre el indeseable pasado bizantino o soviético de Ucrania me recuerda a la decepción de los intelectuales liberales rusos por el supuesto amor servil de los rusos a Vladimir Putin.

Ucrania y Rusia son similares en muchos aspectos. No es porque Rusia haya “ocupado” Ucrania desde 1654, cuando Bohdan Khmelnytsky firmó el Tratado de Pereiaslav con los emisarios del zar Alexey. Es porque comparten un origen y una historia común y porque una gran parte de la nación ucraniana moderna está muy cerca de Rusia tanto en la mentalidad como en la religión. Rusia ha intentado aplicar recetas occidentales para construir la sociedad y la economía. Resultó ser un desastre. Los rusos aprendieron también que Occidente no tiene intención alguna de ayudarles. Occidente comerciará con ellos e invertirá en su economía. Pero Occidente ni quiere ni necesita a Rusia como igual. Esa es la principal lección de las reformas neoliberales que Rusia ha aprendido.

Ahora Ucrania intenta seguir el mismo camino de las recetas occidentales neoliberales y ya vemos los mismos dolorosos resultados. Ucrania no es Polonia y tampoco es Rusia. Precisamente por esa dualidad de civilizaciones se encuentra ahora partida por la mitad. El individualismo neoliberal choca contra los valores colectivistas de la Ucrania bizantina y soviética. Pero las mayorías tanto de la Ucrania orientada al este como de la orientada a Occidente aspiran a tener un Estado justo y fuerte que garantice la protección social, que tenga normas claras para hacer negocios, un Gobierno democrático y una cultura que mantenga tanto los logros del periodo soviético como del movimiento de liberación nacional.

Las reformas neoliberales nunca podrán ser implementadas completamente y con éxito porque el país aún recuerda los principios y los logros del socialismo soviético. La élite política ucraniana debería escuchar a su propio pueblo y encontrar una vía para reconciliar esas contradicciones. Sin una solución a este problema fundamental no va a ser posible ninguna unidad nacional, al margen de cuántas veces canten el himno nacional los políticos en el parlamento o de cuántos cientos o miles de ucranianos marchen cantando “gloria a Ucrania”.

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