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Minsk: un acuerdo al margen de la verdadera guerra de Ucrania

_78634070_flagEl 5 de septiembre de 2014, el expresidente Kuchma, en representación de Ucrania y los líderes de las Repúblicas Populares de Donetsk y Lugansk firmaban el primer acuerdo de alto el fuego en lo que suponía el inicio de lo que en los trece meses que han transcurrido desde entonces se ha conocido como “proceso de Minsk”. Apenas había pasado una semana desde el final de la batalla de Ilovaysk, en la que Ucrania comprendió que su ejército no sería capaz de obtener una victoria militar sin reforzar su ejército. Las fuerzas ucranianas se reagrupaban en la zona de Mariupol a medida que las milicias luchaban por tratar de rodear la ciudad.

Es difícil saber si las milicias habrían sido capaces de capturar y mantener Mariupol, la ciudad portuaria de medio millón de habitantes que habían perdido en junio de ese año en la primera victoria ucraniana, o si la presión por rodear la ciudad buscaba crear pánico y la retirada prematura de las fuerzas ucranianas. Tras la derrota de Ilovaysk, el ejército ucraniano se encontraba entonces en su punto más crítico, por lo que otra derrota podría haber resultado definitiva.

Dejando de lado la vía militar, las Repúblicas Populares optaron entonces por firmar un alto el fuego en el que aceptaban el retorno a soberanía ucraniana a cambio de una autonomía local que debería definirse por medio de un “diálogo nacional inclusivo”, la misma medida que se había propuesto meses antes, cuando en abril de 2014, Rusia, Ucrania, Estados Unidos y la Unión Europea se reunían en Ginebra para tratar de reducir las tensiones.

En la primavera de 2014, el Gobierno de Turchinov-Yatseniuk comenzaba una ronda de conversaciones con activistas, políticos o empresarios pro-Maidan en diferentes lugares del país que ignoraba completamente a la oposición o a los manifestantes que en el este del país ya habían mostrado su malestar por las primeras medidas del Gobierno: la retirada del estatus de lengua cooficial al ruso en las zonas de habla rusa o el nombramiento de oligarcas como gobernadores de las regiones de Donetsk y de Lugansk. Era lo más cerca que el nuevo Gobierno nacido en Maidan estaba dispuesto a llegar en dirección a un verdadero diálogo nacional en un país marcadamente dividido, no solo por el idioma o por la zona geográfica, sino por la visión del futuro del país.

Grupos de manifestantes habían tomado ya varios edificios de Donetsk y el edificio del SBU en Lugansk y comenzaban a formarse las milicias también en otras zonas de Donbass. Hasta hoy, parte de la prensa occidental sigue manteniendo que se trataba de protestas organizadas e instigadas por Rusia en su intento de desestabilizar Ucrania. Las peticiones de los manifestantes no diferían en exceso de las que los mismos medios habían enaltecido durante meses en Maidan.

Además de la reducción del poder de los oligarcas, especialmente los que acababan de ser nombrados gobernadores de esas regiones, los manifestantes de Donetsk y Lugansk exigían cierta autonomía fiscal y política para la región y la protección de la lengua y la cultura rusa. En aquel momento, ya era evidente que el nacionalismo ucraniano, principal ideología del nuevo Gobierno, solo busca la asimilación del resto del país bajo esa ideología, incluyendo una visión revisada de la historia.

Apenas dos semanas después, y sin un último esfuerzo de la comunidad internacional por evitar la violencia, comenzaban los combates. Según datos de Naciones Unidas, en el momento en que se firmaba el primer acuerdo de Minsk en septiembre la guerra había costado la vida a más de 3.000 personas.

Fracasada la vía militar para derrotar a la rebelión, Kiev trataba de derrotar a las Repúblicas Populares infligiendo presión política y económica sobre Donbass y sobre Rusia. En lugar de iniciar el diálogo político que haría avanzar el proceso, Ucrania optaba por declarar la zona de Donbass “territorio ocupado”, operación antiterrorista a la guerra y aplicaba durísimas medidas económicas que solo podían perjudicar a los ciudadanos ucranianos de Donbass. No había ni en los actos ni en las declaraciones ucranias gesto alguno de acercamiento a la población. En noviembre, el Gobierno de Kiev interrumpía oficialmente los pagos de pensiones y salarios a los residentes en la zona ATO e instauraba un bloqueo económico y bancario cuando comenzaba el inverno. Y a cada paso del camino, Kiev se negaba en rotundo a comenzar un diálogo político con los representantes de Donbass, que habían tratado de legitimar sus puestos en unas elecciones a las que Ucrania culpa del fracaso del primer proceso de Minsk. En lugar de iniciar el proceso político, las ciudades de Donbass continuaban siendo bombardeadas en una escalada militar que entre enero y febrero de 2015 llevó a dos nuevas derrotas ucranianas: en el aeropuerto de Donetsk primero y en Debaltsevo después.

Negociado con la mediación de Angela Merkel y François Hollande en la capital bielorrusa cuando la batalla por Debaltsevo se encontraba en su punto álgido, el segundo acuerdo de Minsk no es más que una hoja de ruta con la que desarrollar el acuerdo firmado meses antes. Pese a la débil posición ucraniana, el presidente ruso no buscó mayores concesiones para los territorios rebeldes en este segundo acuerdo, que únicamente introducía la variación de un estatus especial permanente (el anterior acuerdo preveía un estatus especial limitado a tres años) para las regiones bajo control de las Repúblicas Populares.

Ucrania, que desde el primer momento ha tratado de reescribir las condiciones del acuerdo para tratar de imponer su propia interpretación, ha dejado claro, tanto con la legislación que ha aprobado como con su actuación en las zonas de Donbass bajo su control, que no está dispuesta a hacer concesión alguna. Con el apoyo de Estados Unidos, Poroshenko afirmaba, hasta este mismo fin de semana, haber cumplido con sus compromisos en lo que se refiere a ley sobre el autogobierno local, que parte de la prensa califica erróneamente como autonomía, y con una reforma constitucional que, como parecen haberle recordado Merkel, Hollande y Putin, tampoco cumple con lo acordado en Minsk.

Semanas antes de que la lucha de poder le costara su puesto como presidente del parlamento de la RDP, Andrey Purgin afirmaba en una entrevista a El País que la única línea roja que Donbass no estaba dispuesta a cruzar esa la pertenencia al mundo ruso.

Al margen de los evidentes intereses geopolíticos –la lucha entre Estados Unidos y Rusia, la lucha de Ucrania por acercarse a Europa o el interés de Estados Unidos de alejar a la Unión Europea de Rusia–, las protestas de la primavera de 2014 en Donbass y la posterior resistencia al nuevo Gobierno ucraniano responden a la defensa de los derechos culturales de una parte del país, problema que tanto la prensa como la diplomacia y los acuerdos de paz prefieren esconder.

Mientras Ucrania trata de romper todos los lazos con Rusia –aunque espera que Rusia acepte la reestructuración de la deuda de 3.000 millones de dólares y sigue exigiendo descuentos en el precio del gas y la electricidad que adquiere de Rusia– y reescribir la historia del país para borrar toda referencia al pasado ruso y soviético, parte del país insiste en defender una herencia soviética que tiene derecho a mantener.

En los meses desde su llegada al poder, el nuevo Gobierno ucraniano ha ordenado derribar todos los monumentos soviéticos, incluso cuando la población ha tratado de impedirlo, con el objetivo de hacer desaparecer cualquier referencia a personajes y eventos que fueron clave en la formación del país con sus fronteras actuales. Y en su afán de revisar la historia para crear una visión alternativa del país que ignore, por ejemplo, que la primera ucranización del este del país se produjo en tiempos de Lenin, se ha declarado régimen de ocupación a la Unión Soviética, país y cultura con el que muchos ucranianos aún se identifican. Pese a todo, la prensa y la diplomacia europea continúan ignorando este aspecto como parte de la guerra y siguen considerando infundada la crítica de la población de Donbass y de Rusia que afirma que la nueva Ucrania pretende someter a la población disidente al crear una ideología basada únicamente en el nacionalismo.

Pese a que los acuerdos de Minsk prevén el autogobierno local, algo por definir según una negociación entre Ucrania y las Repúblicas Populares que Kiev se niega a iniciar, el Gobierno ya designó hace meses los municipios y ciudades cuyos nombres, de origen soviético, debían ser modificados. La autonomía local prevista por Poroshenko ni siquiera incluye que la población de Pervomaysk (primero de mayo) en Lugansk o de Karl Marx en Donetsk puedan elegir mantener su nombre. Tampoco es previsible que Ucrania esté dispuesta a permitir la participación del Partido Comunista de Ucrania, o del Partido Comunista de la RPD que fundó Boris Litvinov, en las elecciones locales que quiere celebrar según la legislación ucraniana.

Con su firma en el acuerdo de Minsk, Ucrania se comprometió también a la autodeterminación lingüística de los municipios a los que ha de otorgar estatus especial, aunque sus actos indican que tampoco va a darse por vencida en su proceso de ucranización del país. Como unión de provincias de habla rusa y provincias de habla ucraniana, la cooficialidad del ruso en las regiones del este no debería ser un problema. Al margen de la realidad, el presidente Poroshenko ha repetido en numerosas ocasiones que siempre ha habido y siempre habrá un único idioma oficial, el ucraniano. Y así lo aplica también en las escuelas de las zonas de Donbass bajo su control, donde el proceso de ucranización pretende hacer desaparecer el ruso, violando así los derechos lingüísticos de la población.

Aun así, la tendencia general en la prensa y en la política europea es ignorar esos aspectos del nuevo régimen ucraniano. En muchos casos, quienes en sus países reclaman la independencia de sus regiones, tampoco han mostrado su apoyo por la independencia, o incluso la autonomía, de las regiones de Donbass, bombardeadas durante más de un año y medio y sometidas a un bloqueo económico que en la Europa el siglo XXI ha llegado a causar muertes por el hambre y por el frío.

En las últimas semanas, la presión de los países europeos, ha forzado a Ucrania a firmar el acuerdo de retirada de armamento y a cumplir con el régimen de alto el fuego. En la reunión celebrada el 2 de octubre en París, Merkel y Hollande también exigieron al presidente ucraniano una reforma de la ley electoral y de la Constitución ucraniana según lo acordado en Minsk, incluyendo el estatus especial para Donbass que Ucrania se ha negado a conceder hasta ahora. Un año y medio después de los primeros contactos, un año después de la firma del primer acuerdo, y tras más de siete meses de la firma del segundo, habría que preguntar por qué esa presión no se ha producido hasta ahora, cuando la cifra de bajas se sitúa en más de 8.000.

No hay indicio alguno de que las potencias europeas vayan a presionar a Poroshenko para que respete los derechos culturales y lingüísticos de la población de habla rusa de Ucrania. En realidad, la débil presión que las potencias europeas han ejercido sobre Poroshenko ha permitido a Ucrania reescribir los acuerdos a su antojo para conseguir así lo que no consiguió por la vía militar.

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Comentarios

Un comentario en “Minsk: un acuerdo al margen de la verdadera guerra de Ucrania

  1. Desde el Donbass viajando hacia el Sur, cruzando el Mar Negro y Turquia se llega a la bonita ciudad de Latakia, allí se abre una nueva ventana de esperanza para los habitantes del Donbass. Rusia y sus aliados, Iran y los Kurdos han tomado la iniciativa en Siria e Irakl, apartir de ya Ucrania y Kiev pasan a ser una región de tercera sin la menor importancia. La primavera-verano del 2016 marcará las nuevas fronteras de la Republica de Donbass.

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    Publicado por Jordi | 11/10/2015, 18:57

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