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Bombardeos, Cultura, Donetsk, DPR, Ejército Ucraniano, Francia, Testimonio

Donetsk: a escasos metros del aeropuerto, 25 de mayo de 2015

Artículo Original: Laurent Brayard para Novorrosia Today

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Hace una hora que estoy en Donetsk, la artillería hace oír su voz de manera esporádica. El eco de cada golpe de cañón da la impresión de que dos disparos han sido lanzados, las ondas de choque se estrellan contra los edificios altos de la ciudad y llenan con su siniestro carillón el conjunto de la ciudad. Somos cinco, apretados en un coche, moviéndonos a alta velocidad para llegar a los lugares afectados por los combates durante las grandes batallas anteriores a la tregua. Un conductor, con una amplia sonrisa en los labios, nos lleva, Vyacheslav empuña la cámara, Svetlana y Kristina me acompañan, con el micrófono y la cámara en la mano.

Nuestra primera parada es el Museo de Arqueología y Paleontología de Donetsk. Fue creado en 1924 y tenía hermosas colecciones. Toda la zona minera aseguraba tesoros inestimables a sus exposiciones, sin contar la rica historia antigua del contorno del Mar Negro y de las orillas del río Don, muy pronto recorridas y colonizadas por los antiguos griegos. Este museo está, sin embargo, en parte en ruinas. Tres veces fue bombardeado, como diana privilegiada de los golpes de los misiles ucranianos. Miro entristecido el resultado, preguntándome por qué. Delante del museo una serie de quioscos que albergaban a algunos vendedores de todo y de nada también han sido parcialmente destruidos por las explosiones. Enfrente, al otro lado de la calle, las fachadas de los grandes edificios de apartamentos están plagados de impactos, todas sus ventanas voladas hacia fuera, hay personas que murieron aquí. Entramos en el recinto, la directora nos da la bienvenida, modesta y humilde, damos la vuelta al desastre. En el sótano todo ha sido destrozado. El esqueleto de un mamut superviviente del bombardeo se preserva en el sótano, el techo está arrancado, piezas de las colecciones yacen aquí y allá. Sé lo que significa todo esto, mi padre paleontólogo y coleccionista me llevó desde mi tierna infancia en busca de estos tesoros. Nos vamos casi en silencio. La directora responde a mis preguntas diciendo que “no siente ningún odio hacia los ucranianos, que sus escuelas en el Donbass siguen enseñando la lengua ucraniana como capital común, pero que no entiende a los del Oeste, ¡ese ensañamiento!“. Su grandeza de alma me impresiona.

Por la calle vagan decenas de gatos y perros. Aterrorizados por los bombardeos, han huido o han sido abandonados. Se acercan hambrientos y reclaman ternura y afecto. En el hall, un plato de croquetas muestra que los empleados hacen lo posible para salvar a los animales de la locura de los hombres. Subimos de nuevo al coche y seguimos adelante. Las calles están ahora desiertas, nos dirigimos hacia el aeropuerto. Aún no lo sé, pero estamos a 500 metros de él. Aquí es un poco Beirut, los edificios están llenos de impactos de proyectiles, de metralla y de balas. El suelo está cubierto de escombros, los cables eléctricos están cortados. El espectáculo es aterrador, los disparos están muy cerca, son casi “palpables”.

Al final de la calle está la entrada al puente del aeropuerto. No tenemos permiso para filmar aquí, es demasiado peligroso, ni de tomar fotos que no dejarían de atraer a los francotiradores. Sin embargo, flanqueado por Kristina y Svetlana, comenzamos la subida del parapeto. Dos bunkers improvisados se encuentran en su cima, el puente, que pasaba por encima de la vía del tren, ha sido destruido por la mitad. El decorado es de cataclismo, podemos ver el aeropuerto a lo lejos, una inmensa ruina en la que se entrelazan vigas, escombros, bloques de hormigón y materiales casi inidentificables. Los disparos continúan, veo unas cajas de municiones, las señales de tráfico están rotas y ametralladas, piezas metálicas yacen en el suelo, restos de munición, piezas de automóviles o de asfalto pulverizadas. La impresión que se siente en este lugar es indescriptible. ¡Tenemos a la vista al aeropuerto de Donetsk, el lugar más emblemático, junto a la caldera de Debaltsevo, de las terribles batallas del invierno 2014-2015! En mi fuero interno no puedo creerlo. Mis acompañantes se preocupan de repente por mi apetito, hace dos días que llevo viajando, pero no puedo tener hambre, aunque no haya comido nada desde la mañana. Ya estamos a finales de la tarde. ¿Pero cómo podría pensar en mi estómago demasiado saciado de francés en un ambiente así, puntuado de salvas de artillería y sabiendo que aquí miles de personas apenas comen suficiente para saciar el hambre?

Declino la invitación, quiero verlo todo, quiero seguir, quiero ver a la gente y hablar con ella. Svetlana y Kristina me sonríen, respondo cortésmente pero en lo más profundo de mí mismo, mi alma no está de fiesta. Me pregunto si en este momento fatídico, con un peligro que en realidad no deja de ser muy relativo, el valor de los voluntarios nacionales de la República de 1791 sería también el mío. No tengo miedo, la calma y una inmensa melancolía conviven dentro de mí. En este lugar devastado donde tantos hombres han caído, rodeado de mis anfitrionas, acabamos por dar la vuelta. Comento de manera estúpida que nadie me creerá en Francia cuando diga que estuve aquí. Pero de inmediato me viene a la idea que, en realidad, este orgullo fuera de lugar es insignificante, en el fondo todo esto da igual.

Vyacheslav nos espera más adelante, el silencio en este momento ocupa pesadamente la atmósfera. Pienso sin poder quitarme de encima lo que mi pluma escribió en mi primer libro publicado La Fournaise, el relato de los preludios de la Gran Guerra. En apenas unas horas de viaje podía sentir y conocer la amarga sensación del campo de batalla después del combate, y sin embargo yo mí mismo no era nadie ni nada, ni siquiera un combatiente.

Bajamos lentamente hasta los edificios insultados y despanzurrados mientras escuchaba a Kristina decirme que aún vivían personas en esas ruinas. Los brazos se me caían mientras nos dirigíamos a paso alerta hacia el bloque de viviendas. El valor de estas personas me provocaba una y otra vez un vuelco interior. En la lejana Francia, apenas unas horas antes atravesaba un país apacible y que avanzaba en la dulzura de la primavera hacia las horas soleadas. Sentí un asco profundo: la imagen de mi país somnoliento y quejumbroso, satisfecho y ciego invadía mi espíritu.

Laurent Brayard

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