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Crímenes de guerra, LPR, Lugansk

Lugansk, ciudad fantasma: “Solo se puede atravesar en tanque”

Original: Spookstad Loechansk: “Alleen met een tank kom je er nog door”

Traducción de Nahia Sanzo

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©AFP

Los residentes de Lugansk, bastión de los rebeldes del este de Ucrania, viven en una ciudad fantasma. El ejército bombardea la ciudad con cohetes. Nadie sabe cuánta gente ha muerto ya. El corresponsal Jan Hunin es uno de los pocos que ha logrado llegar a la ciudad.

Genadi, comandante de los rebeldes pro-rusos en la ciudad de Perevalsk  (Nota: una ciudad adyacente a Alechevks, junto a la carretera entre Lugansk y Debaltsevo) está al límite. En las últimas dos semanas, mientras se producía un desastre humanitario, ningún periodista occidental ha estado en Lugansk. Debido a los bombardeos del ejército ucraniano, los habitantes de la ciudad se han visto sin agua  ni suministro eléctrico. Es hora de que Occidente vea esta situación tan dramática, dice el comandante. Le gustaría ayudar, pero no sabe cómo.

Lugansk, el bastión del este de los rebeldes, se encuentra casi completamente rodeada por el ejército ucraniano. Rusia es la única vía para poder  llegar a la ciudad.

El comandante saca un mapa y explica cuáles son los pueblos en los que el adversario avanza. “Solo se puede pasar en tanque”, bromea uno de sus camaradas, un hombre de avanzada edad. Me ofrece su chaleco antibalas: “Tú lo necesitarás más que yo”.

Bueno, no tenemos un tanque. Todo lo que tenemos es un viejo Cherry Amulet que durante dos días en tierra de nadie ha intentado buscar un corredor hacia esta ciudad sitiada. La única vez que creímos haber logrado nuestro objetivo nos encontramos con un puesto de control del ejército ucraniano y no nos trajo buena suerte. Para Kiev es mejor que desde fuera no sepa lo que pasa en Lugansk.

En tren

Si un tanque es buena idea, mejor lo son dos, ya que a juzgar por el humo hay batalla en la región. Pero puede que haya algo mejor que un tanque. Hay un tren desde Zimogorye, un pueblo al norte de Perevalsk, que sigue operativo. En una pequeña plataforma, un grupo de gente espera para ir a sus casas. Vinieron a hacer la compra porque ya no hay gran cosa que comprar en la ciudad sitiada.

Después de una parada en Rodakove, el tren avanza a través del frente. Se oyen ocasionalmente explosiones de granadas, pero nadie presta mucha atención. Todas las minas están bombardeadas, dice uno de los pasajeros. Desde el tren no se ve ni rastro del ejército ucraniano.

En realidad es fácil llegar hasta Lugansk y la vida ahí incluso parece mejor de lo esperado. “Casi normal”, según un taxista de la estación.

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Guardia de fronteras ucraniano pasa junto a los restos de una granada en Milove, Lugansk ©AFP

Pero la situación no es normal. Sobre la mitad del medio millón de habitantes de Lugansk se ha marchado ya y los que se mantienen no se atreven a salir de sus casas. La ciudad entera está desierta. Tienen que pasar dos kilómetros para que el taxi se cruce con la primera persona. Cada persona que pasa está buscando agua. Desde que la central eléctrica fuera bombardeada, el agua viene de tanques o de pozos improvisados. Setenta años de comunismo ha desarrollado el ingenio de esta gente.

Solo hay algo de ajetreo en el edificio de la administración, donde tiene su sede el Gobierno local de la República Popular. Y por supuesto, frente a la estación de bomberos de la calle Gagarin, donde los teléfonos móviles aún tienen algo de cobertura. Docenas de habitantes llaman desde ahí a sus familiares.

Ruido ensordecedor

Es evidente que no es agradable salir a la calle cuando están disparando sobre tu ciudad. El estruendo es continuo, normalmente lejano, en ocasiones algo más cercano y algunas veces muy cercano, como durante la visita guiada de Alexander, el comandante local que, a pesar de su apodo, “Spider”, es más que agradable. Cuando nos enseñaba los efectos de una granada en el monumento a los héroes de la Segunda Guerra Mundial nos sorprendió un ruido atronador. ¿No nos están disparando, verdad?

Por suerte no era así. A unos 100 metros, los rebeldes hacían sonar el “órgano de Stalin”. Uno de esos cohetes pasó zumbando por su lanzador Katyusha. “Rápido, salgamos”, dice Alexander, “antes de que empiecen a devolver fuego”.

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Guardias de fronteras en Milove, Luganks. ©AFP

Y lo hacen, por desgracia para los residentes de Lugansk, continuamente y con unos efectos devastadores. Dos meses, día y noche. En cada calle se ven edificios con agujeros en sus fachadas. A veces se tiene suerte, como Valentina Uspon, que estaba sentada charlando con una amiga cuando un misil alcanzó su casa. La mayor parte de las cosas acaba mal. Un salvo de artillería mató a trece personas de una sola vez en la esquina de esa calle el mes pasado. Sigue habiendo velas encendidas en el lugar.

Es difícil saber cuántos civiles han muerto a causa de la artillería. Alexander estima que son al menos mil, pero no hay una cantidad fiable. Lo único que está claro es que son demasiados. En el hospital, también bombardeado, hay demasiados heridos a causa de la artillería.

El fotógrafo Jerome Sessini viajó a Lugansk junto con Jan Hunin. Sus fotos están disponibles aquí.

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Cargamento de medicinas en Popasna, Lugansk. ©AFP

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