“Rusia está produciendo en tres meses más armas que todos los miembros de la OTAN en un año. Si eso no cambia, Putin tendrá la tentación de ponernos a prueba, porque considera que puede ser más fuerte que toda la OTAN junta”, ha afirmado esta semana Andrius Kublius, comisario europeo de Defensa. En esta Unión Europea que ha dejado la diplomacia y la política de defensa en manos de representantes de dos de los países más beligerantes del continente, Estonia y Lituania respectivamente, no puede considerarse una sorpresa que las políticas y la estrategia mediática se planteen siempre desde la centralidad de la guerra, haciendo de la UE el brazo político de una alianza militar, la OTAN, que marca el discurso. En la capacidad de leer mentes ajenas, los representantes europeos, que salvo contadas y duramente criticadas excepciones no se han comunicado con sus homólogos rusos en tres años, pueden adivinar los pensamientos más profundos de Vladimir Putin que casualmente, tienden a coincidir con lo que las autoridades europeas necesitan para justificar su política de rearme, continuación de la guerra y preparación de una posguerra de paz armada en la que haya más fuerza que paz.
En esa tarea de justificar al electorado seguir el mismo camino que ya transita el Reino Unido, que para su actual presupuesto ha presentado notorios recortes en el sistema de protección social mientras anuncia un fuerte aumento de la inversión militar, que ha de ser la base del futuro crecimiento de la economía, no solo importan las palabras o los pensamientos que se adjudican al liderazgo ruso, sino también las acciones. Mientras las autoridades políticas se centran en buscar el significado oculto de cada una de las palabras y propuestas de Vladimir Putin y su equipo o de las voces más beligerantes de la televisión rusa, los servicios secretos y los medios se afanan en presentar como amenaza inminente cada paso dado por el complejo militar industrial o del ejército ruso.
“Con el presidente Trump y muchos otros líderes mundiales preocupados por la guerra en Ucrania, algunos europeos están cada vez más alarmados por lo que el ejército ruso ha estado haciendo mucho más silenciosamente a lo largo de otros tramos de su frontera con Europa”, escribía la semana pasada The Wall Street Journal, marcando una frontera clara entre Europa y aquello que, pese a pertenecer geográficamente al continente, aparentemente no lo es. El artículo presenta una serie de movimientos del ejército ruso, siempre en clave ofensiva y para insistir en el peligro que Rusia supone para Europa. Las fuentes del análisis, como viene siendo habitual, son finlandesas y bálticas, sin que haya necesidad de matización, ni puesta en cuestión de ninguno de los aspectos resaltados por representantes de algunos de los países que con más ahínco están insistiendo en la remilitarización y, sobre todo, en el aumento de presencia de la OTAN, siempre solución y jamás origen del problema.
“Trump, que ha estado presionando a Ucrania para que acepte un acuerdo de alto el fuego mientras intenta reconstruir los lazos de Estados Unidos con el Kremlin, ha dicho que las preocupaciones de que Rusia tenga ambiciones más allá de Ucrania son exageradas. Preguntado en febrero sobre la advertencia del presidente ucraniano, Volodymyr Zelensky, de que Rusia podría declarar la guerra a la OTAN si Estados Unidos reduce su apoyo a la alianza, Trump dijo: «No estoy de acuerdo con eso, ni siquiera un poco»”, afirma el artículo. Esa declaración de Donald Trump es la única que contradice la tesis del texto y el objetivo de defender la necesidad del rearme europeo. Es más, las palabras del presidente de Estados Unidos son utilizadas como representación de una postura que se considera ingenua y alejada de la realidad. Porque a esas palabras se oponen determinados actos que tanto el medio como sus fuentes presentan como inapelables e indudables signos de las intenciones ofensivas de la Federación Rusa contra la OTAN.
El artículo utiliza tres argumentos fundamentales: la creación de bases e infraestructuras militares en lugares cercanos a las fronteras europeas, el aumento de producción y la preparación de acciones encubiertas de guerra híbrida, todo ello sin que haya ninguna mención a la posibilidad de que las tensiones más allá de Ucrania pudieran tener un origen diferente a la aparente certeza europea de que Rusia pretende atacar un Estado de la OTAN. Simplificando la situación y, sobre todo, el proceso que ha encaminado a Europea a la guerra y a una futura recreación de las condiciones de la Guerra Fría, el origen de todos los problemas de las últimas décadas está en la actuación rusa y cualquier movimiento actual es visto como prueba evidente de futuras agresiones.
“A unos 160 kilómetros al este de su frontera con Finlandia, en la ciudad rusa de Petrozavodsk, ingenieros militares están ampliando las bases del ejército donde el Kremlin planea crear un nuevo cuartel general para supervisar a decenas de miles de soldados en los próximos años. Esos soldados, muchos de los cuales sirven ahora en el frente en Ucrania, están destinados a ser la columna vertebral de un ejército ruso que se prepara para enfrentarse a la Organización del Tratado del Atlántico Norte, según funcionarios militares y de inteligencia occidentales. El Kremlin está ampliando el reclutamiento militar, reforzando la producción de armas y modernizando las líneas de ferrocarril en las zonas fronterizas”, afirma The Wall Street Journal sin explicar que Rusia ya advirtió de que la entrada de Finlandia en la OTAN implicaría necesariamente la militarización de dicha frontera. El sustancial cambio que supone para Rusia el abandono de la neutralidad finlandesa -que dio al país la oportunidad de actuar de puente entre este y oeste durante toda la Guerra Fría- en favor de la entrada en una alianza militar cuya razón de ser es el enfrentamiento con Moscú es un detalle que no merece una mención.
“«El ejército ruso se está reconstituyendo y creciendo a un ritmo más rápido de lo que la mayoría de los analistas habían previsto», declaró este mes el general Christopher Cavoli, comandante de las fuerzas estadounidenses en Europa, ante un comité del Senado. «De hecho, el ejército ruso, que se ha llevado la peor parte del combate, es hoy mayor de lo que era al principio de la guerra»”. En un informe de febrero, la agencia de inteligencia danesa advertía de que Rusia podría lanzar una guerra a gran escala en Europa en un plazo de cinco años si percibía que la OTAN era débil. Un alto el fuego en Ucrania permitiría a los militares rusos estar preparados aún más rápido, advierten los militares occidentales”, continúa el artículo para destacar la ampliación y refuerzo del ejército ruso y volver a utilizarlo como signo de intenciones ofensivas. Tampoco en este caso se menciona el aumento de las tropas de la OTAN en lo que ya está llamándose el flanco del este de la Alianza o el inmenso plan de 800.000 millones de euros para un rearme masivo de los países miembros de la UE.
“Funcionarios occidentales han citado operaciones encubiertas que se cree que Rusia ha llevado a cabo en Europa en los últimos años como prueba de la determinación de Moscú de desestabilizar Occidente y tomar represalias por su apoyo a Ucrania. Se cree que la inteligencia militar rusa está detrás de complots para colocar artefactos incendiarios en aviones operados por el gigante del transporte DHL y para asesinar al director ejecutivo de un fabricante de armas alemán”, continúa The Wall Steet Journal en su enumeración de los casos de guerra híbrida u operaciones encubiertas que se adjudican a Moscú. Por supuesto, no hay mención al episodio de guerra encubierta más exitoso de los últimos años, el atentado contra las tuberías de los gasoductos Nord Stream 1 y 2, que pese a las esperanzas iniciales, no ha podido adjudicarse a la mano de Moscú, sino que todas las pruebas disponibles apuntan a Ucrania.
“Durante siglos, el ejército ruso hizo de Rusia una de las grandes potencias europeas. Derrotó tanto a Napoleón como a Hitler después de que ambos se atrevieran a invadir territorio ruso. La entrada de la Unión Soviética en la Segunda Guerra Mundial cambió el rumbo del conflicto y sentó las bases de la Guerra Fría que le siguió”, insiste el artículo, que parece haber olvidado que el Pacto de Varsovia fue la respuesta a la OTAN y no al revés. “Putin se ha basado en ese legado militar para justificar la guerra en Ucrania y los esfuerzos de Rusia por recuperar influencia en Europa, donde antiguos aliados como Ucrania se han desviado hacia Occidente. Rusia parece estar apostando a que una expansión militar a lo largo de las fronteras de la OTAN obligará a Occidente a volver a comprometerse con un Moscú más fuerte”, añade en la misma línea que el resto del artículo, en la idea de que Rusia busca reforzarse para un enfrentamiento con Occidente y con la OTAN.
Ni siquiera se plantea la posibilidad de que la construcción rusa de bases militares cercanas a la frontera de un país que acaba de abandonar la neutralidad para unirse a la OTAN no sea una muestra de intenciones ofensivas sino la preparación del futuro escenario de un nueva versión del telón de acero, que el aumento del personal y la producción militar sea la respuesta a la política de rearme europea dirigida abiertamente contra Moscú o que las acciones encubiertas no sean en ningún caso únicas a Rusia. La necesidad de justificar medidas de rearme y búsqueda del mantenimiento de la confrontación política, económica y militar con Rusia precisa de un enemigo fuerte, dispuesto a actuar y con una capacidad creíble de infligir daños a la OTAN, víctima inocente de cualquier aumento de la tensión. Dependiendo de las necesidades de cada momento, la guerra de Ucrania ha servido a la prensa, expertos y autoridades para justificar tanto de la inmensa debilidad de Rusia en calidad de Estado o potencia militar o como del enorme y prácticamente inminente peligro que supone para un bloque con más de una veintena de países, tres de ellos potencias nucleares. En un momento en el que las autoridades políticas buscan un aumento rápido de la inversión militar, cualquier evidencia, incluso aquella que razonablemente puede suponer una muestra de actuación defensiva en su propio territorio, es muestra inequívoca del futuro ataque de cuya posibilidad advierten varios servicios secretos europeos. No importa que haya que manipular los titulares para afirmar que esos informes advierten de un ataque ya decidido cuando en realidad afirman que, en unos años, Rusia estaría en condiciones de realizar esos ataques. La intención rusa está implícita en la fortaleza que ahora se destaca para justificar la actuación propia.
“Se ha intentado la estrategia de apaciguamiento con Rusia. No funciona. Hay que obligar a Rusia a detener su guerra. Necesitamos la paz mediante la fuerza”, afirmó en una entrevista a un medio estadounidense Elina Valtonen, ministra de Asuntos Exteriores de Finlandia. Tres décadas de ampliación de la OTAN hacia las fronteras rusas pese a la desaparición del Pacto de Varsovia y de la Unión Soviética y de la debilidad rusa de los años 90 son, aparentemente signos de la política de apaciguamiento, una en la que nunca se dio a Moscú la posibilidad de participar en la arquitectura de seguridad continental que habría reducido notablemente el riesgo de una guerra como la que actualmente se vive en Ucrania.
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