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Meses después de que comenzara la batalla y tras un número de bajas que difícilmente puede ser reducido ya que se ha basado en asaltos frontales población por población hasta la llegada a la ciudad en sí, Rusia ha obtenido esta semana su primer éxito tangible en meses. La captura de Soledar, una ciudad cuya importancia táctica es limitada y es incluso menos importante en términos estratégicos, ha supuesto la repetición del habitual cruce de declaraciones, la escalada en una nueva ofensiva ucraniana en busca de más armas occidentales y la carrera por lograr el más creativo argumento para justificar una derrota que, aunque local y limitada, rompe el halo de imbatibilidad que Ucrania quiere dar a su ejército. Es posible que los seis meses de batalla por Artyomovsk-Soledar, en los que las Fuerzas Armadas de Ucrania habían logrado contener a las fuerzas rusas, a priori más potentes en lo que respecta a la artillería, arma principal de la lucha, hayan ayudado a Ucrania a perderse en un laberinto que fácilmente podría haber evitado.

La población de la ciudad, alrededor de 10.000 habitantes antes de la guerra, su destrucción y la objetiva falta de importancia estratégica en una guerra que no va a definirse por esta batalla facilitaban la posibilidad de presentar una retirada a tiempo como una victoria. Sin embargo, sin otros enfrentamientos en las que centrar el discurso, Volodymyr Zelensky ha querido poner el foco en Artyomovsk-Soledar. En las últimas semanas, Zelensky había calificado la actuación rusa en la región, y especialmente sus constantes intentos por avanzar en la zona a pesar de las bajas, el tiempo y los recursos invertidos sin grandes avances durante meses, como una locura. Su vicepresidente de facto, Andriy Ermak, se ha sumado esta semana a la épica comparándola con la de Verdún. Antes, en su intervención en el Congreso de Estados Unidos, el presidente ucraniano la había comparado con la batalla de Saratoga, punto de inflexión en la guerra de la independencia de Estados Unidos. El objetivo era doble: exagerar la épica y la importancia de la batalla para destacar el valor de las tropas ucranianas, capaces de impedir el avance ruso, y exigir el envío de más armas. Se repetía así la dialéctica entre la idea de la imbatibilidad ucraniana y la extrema debilidad de un país que necesita del apoyo de sus socios para la simple supervivencia.

Apenas días antes de la pérdida de Soledar, la parte ucraniana aumentó la apuesta y comenzó a presentar la lucha como su Stalingrado. Evidentemente, para un equipo que se ha curtido en el campo de la comunicación y que domina a la perfección el arte de construir narrativas, el exceso de épica requiere ahora de la construcción de un relato con el que explicar la situación. La prensa, que siguiendo la narrativa ucraniana ha publicado en los últimos meses análisis sobre diversos escenarios futuros de la guerra, todos ellos apuntando a diferentes grados de derrota rusa, ha tenido que realizar un ejercicio similar.

Tres han sido los principales argumentos con los que la prensa occidental ha explicado la batalla por Soledar, a la que realmente no hay que dar más importancia que una victoria local en un frente estancado desde hacía varios meses. El más obvio, presentado por ejemplo por The Guardian es la idea de una victoria pírrica, insignificante, una forma de restar importancia al primer avance desde hace meses en este frente, uno de los principales de la guerra, en lugar de presentar la realidad. Cualquier avance protege a la retaguardia y en este caso, las posiciones en Soledar pueden utilizarse para una ofensiva más amplia contra toda la línea Artyomovsk-Seversk, cuya ruptura obligaría a Ucrania a retirarse a la línea Kramatorsk-Slavyansk, poniendo ya en peligro el frente de Donetsk. Así que, por el momento, puede calificarse el avance sobre Soledar como insignificante, aunque un posterior avance podría suponer un cambio de iniciativa al menos en la región de Donetsk. “Soledar abre el camino para el fuego de artillería hacia Slavyansk, Kramatorsk y Konstantinovka”, admite The Wall Street Journal en un artículo en el que también sigue las directrices de Ucrania dando credibilidad a la idea de que las batallas por la ciudad continúan.

El segundo argumento de la prensa ha sido el de la retirada. En este caso, medios como The Telegraph han justificado la captura rusa de la ciudad con un repliegue que, según Ucrania, no se ha producido. Esta idea está irremediablemente unida al tercer argumento: el de restar importancia a la batalla y a la ciudad. Un argumento generalizado que no explica por qué Kiev ha buscado resaltar la épica de la batalla desde hace meses y continúa enviando y quemando reservas en una zona que carece de importancia táctica o estratégica en la que la continuación de la lucha consigue únicamente garantizar una mayor destrucción y más sufrimiento para la escasa población civil que aún permanece en esas ciudades.

A esos tres argumentos hay que sumar el de la negación de la realidad. El sábado, las autoridades ucranianas mostraban una bandera azul y amarilla en una de las torres de una de las minas de la ciudad de Soledar. El precedente de la batalla calle a calle de Mariupol hacía presagiar correctamente que, mientras un solo soldado ucraniano permaneciera en Soledar o en sus alrededores, Ucrania alegaría mantener el control de la ciudad. Sin embargo, en esta ocasión, Kiev ha ido un paso más allá. Esa bandera, cuya retirada supone un riesgo innecesario teniendo en cuenta que es evidente que las tropas ucranianas aún se encuentran en la zona, fue prueba suficiente para negar la realidad unas pocas horas más.

Sin embargo, en ocasiones, ni siquiera la bien planificada y ejecutada narrativa ucraniana es difícil de defender incluso para sus socios más leales. Ayer, en su informe diario, el Institute for the Study of War, una fuente que bebe habitualmente de la inteligencia británica y que muestra el día a día de los avances en el frente siempre desde el punto de vista ucraniano, escribía que “es altamente improbable que las fuerzas ucranianas mantengan posiciones dentro de los límites de la propia ciudad de Soledar”. Aunque el cada vez mayor número de reportajes rusos desde la ciudad hacía evidente desde mediados de la semana pasada que el control de la zona había pasado a Rusia, hasta el domingo por la noche, Ucrania no comenzó a admitir la realidad. El lunes por la mañana medios internacionales comienzan a citar a comandantes ucranianos que admiten que las tropas rusas capturaron los últimos remanentes de la zona industrial, situada al oeste de la ciudad. «A partir de ahora, el frente estará cerca, pero fuera de los límites de la ciudad. Una guerra posicional estaba ocurriendo en esta dirección», admitió ayer un comandante ucraniano Por el momento, como recogen hoy medios como The New York Times, las autoridades políticas siguen insistiendo en que «Soledar no ha caído».

En cualquier caso, Ucrania ha conseguido ya uno de sus objetivos. Toda intensificación de la batalla, cualquier victoria o derrota de Kiev llevan siempre por un mismo camino: la búsqueda de más armas occidentales. En esta ocasión, Zelensky exige el envío de tanques occidentales. Aunque el objetivo es lograr tanques alemanes y estadounidenses, por el momento, el primer país en responder a la llamada ha sido el Reino Unido. En una llamada telefónica con el presidente ucraniano, Rishi Sunak confirmó el envío de una docena de carros de combate Challenger 2 británicos, de inferior calidad a los deseados Leopard alemanes, pero un gesto que Kiev espera que sea solo el inicio de un flujo más amplio de tanques occidentales hacia el frente ucraniano. La presión no ha tardado en llegar. Ayer por la tarde, el secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, afirmó que Alemania debe suministrar tanques Leopard-2, el equipamiento más esperado actualmente por el Gobierno de Ucrania. Ha comenzado la nueva fase de suministro de armas.

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