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Alto el fuego, Donbass, Donetsk, DPR, Ejército Ucraniano, LPR, Minsk, Ucrania

¿Quién puede no tener miedo?

Artículo Original: Liza Reznikova

La tregua en Donbass lleva varios días en vigor. Mientras los radicales de Kiev exigen la continuación de la guerra y del derramamiento de sangre, acusando al presidente Zelensky de traición y rendición, los residentes de las zonas del frente de Donetsk pueden respirar algo más tranquilos: esta semana no tienen tanto miedo de salir por la mañana o de dormirse por la noche en su casa. Antifashist ha visitado dos de los lugares más calientes del frente al oeste de Donetsk, las localidades de Trudovsky y Staromijailovka, para comprobar cómo vive la población civil y qué esperanzas hay en ese lugar en plena línea del frente.

Staromijailovka: un pasado terrible y Rusia en el futuro

Vera Viktorovna y Alexander Anatolevich viven con su nieta Nastia, de nueve años, en la calle Pioneros de Staromijailovka. Nos reciben sentados en un cómodo banco en su jardín. “Aquí está puesto el banco, para al menos disfrutar un rato”, dice Alexander. Camina con un bastón, tras años de trabajo y un merecido descanso, decidió no quedarse sentado en casa sino que continuó trabajando en la granja colectiva. En 2003 se produjo un gran incendio y sufrió fuertes lesiones en la pierna. “Su pierna estaba completamente quemada: los tendones, las venas. Querían amputársela. Pero pedimos al doctor que no lo hiciera. Aceptó no hacerlo y luego incluso realizó una operación de reconstrucción”, explica Vera.

Durante toda su vida han vivido en Staromijailovka, no se han marchado incluso durante la guerra. “Miedo no era la palabra adecuada”, explica. “El abuelo se rompió la pierna y estaba solo en casa. Las bombas volaban sobre él, fue aterrador. La casa del vecino sufrió un impacto, nosotros tuvimos tres o cuatro. Estás ahí, aguantas, solo en casa, es aterrador”.

“Tuvimos seis impactos”, dice Nastia corrigiendo a su abuela. La familia recuerda especialmente el último impacto. “Fue en 2017, sobre las nueve de la noche. Había arreglado la cocina de verano, entré en la casa y me estaba yendo a la cama. Encendí el ordenador para leer las noticias antes de dormir. Primero se fue la luz. Luego vi que el fuego se reflejaba en las ventanas. Corría a la cocina de verano. Un proyectil incendiario impactó en el cobertizo y empezó un incendio que se extendió por todo el tejado de la casa. No se pudo hacer nada. Le dije al abuelo: sal, todo está ardiendo”, recuerda la mujer.

El bombardeo no se detuvo mientras los bomberos intentaban llegar hasta allí. Se quemó todo: el tejado de la casa, la cocina, el cobertizo exterior y la huerta. “Los bomberos no pudieron hacer nada”, se lamenta Vera. Tuvieron que reconstruir la casa por sí mismos. La República, por medio del diputado Konstantin Kuzmin, ayudó solo con las tejas. “Nos recibieron, llegamos, les contamos nuestros problemas y pedimos ayuda al menos con las tejas. Todo lo demás lo hicimos nosotros”, explica.

El horror de aquella noche afectó a la salud de Vera Viktorovna. Además de diabetes, le subió la tensión y comenzó a tener terribles dolores de espalda. “Toda la pensión se va en medicinas”.

Nastia

Nastia, de nueve años, ha vivido casi toda su vida en guerra, pero aún teme las explosiones. “Aunque sean allí lejos, en la distancia, corre a casa, con miedo, se cubre las orejas. Qué miedo tiene, es horrible”, dice su abuela.

“¿Quién puede no tener miedo?”, dice Alexander Anatolevich al unirse a la conversación. “Yo ya tengo muchos años y aun así sigo teniendo miedo de todo esto. Es aterrador. Todo parecía haber decaído. Pero hace un par de semanas, antes de la guerra, hubo bombardeos fuertes otra vez. Dos casas fueron destruidas en nuestra calle otra vez”.

“Que dios no quiera que tengan que vivir una situación como hemos pasado nosotros todos estos años. No se lo desearía ni a mi peor enemigo”, repiten los dos a la vez.

Tienen esperanzas de que esta tregua, quizá, pueda llegar a ser el final de este infierno de seis años de guerra. Su futuro, el futuro de sus hijos y su nieta Nastia lo ven en Rusia. No quieren ni oír hablar de Ucrania. “No es fácil para los ucranianos vivir aquí, ¿qué haríamos allí? Sus nazis nos borrarían del mapa si vinieran aquí. Solo Rusia”, dice la pareja.

Lena

Lena tiene 42 años. Antes de la guerra, era economista en la planta de Krasnogorovka. Con el estallido de la guerra, la vida de la mujer cambió drásticamente. Su hija pequeña Diana, que entonces tenía solo seis años, tenía mucho miedo a los bombardeos y no podía quedarse sola en casa. Su madre no podía dejar a la niña, así que no podía ir a trabajar a Donetsk. Tampoco podía irse del pueblo, que se convirtió en epicentro de la batalla. Así que se vio obligada a aceptar un trabajo en el colegio local.

En los terribles primeros años de la guerra, se refugiaron de los bombardeos en el sótano de su casa. “Nos bombardeaban todos los días, había impactos en todas partes: en el jardín, en la huerta, las ventanas están rotas, las puertas están destruidas por la onda expansiva, toda la casa está lena de metralla. Mi madre vino a visitarnos desde el distrito de Telmanovo y un proyectil explotó muy cerca de ella, fue horrible”, cuenta Lena echándose a llorar.

En otra ocasión, Lena y su hija se salvaron de milagro. Caminaban por la calle cuando empezó el bombardeo. “No hay ningún árbol ni arbusto en el que esconderse”, explica llorando. “Las bombas pasaban por encima y explotaban a nuestro alrededor. La metralla volaba en todas las direcciones y no había lugar en el que esconderse. El bombardeo continuó y después paró de repente. Fue un verdadero milagro”. Ahora van a la iglesia en Staromijailovka. Diana estudia catequesis. Tienen fe. Después de ese incidente, Vera les salvó de morir a casusa de un ataque con Grads. Lena espera que esta tregua se mantenga al menos un tiempo. Le gustaría ver a la RPD como Estado independiente, pero, como economista, entiende que es poco probable en las condiciones actuales. Así que la siguiente opción es Rusia.

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