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Alto el fuego, Donbass, Ejército Ucraniano, LPR, Minsk, Ucrania

Caminos de dolor

Artículo Original: Dmitry Steshin

Nos encontramos en el séptimo año desde que comenzaran las hostilidades en Donbass. Los niños nacidos en 2014 irán al colegio este otoño. Un grupo de periodistas condujo por los pueblos de la República Popular de Lugansk, directamente en la línea del frente. Teníamos una misión inusual que puede lograr la paz.

En los documentos oficiales, el frente es eufemísticamente calificado “línea de contacto”. En la República Popular de Lugansk, su longitud es de 200km. Docenas de aldeas, pueblos y ciudades se encuentran en esa línea. En ellas sigue residiendo población, más o menos la mitad de la población de antes de la guerra. Son aquellos que no huyeron ni murieron. O más paradójico es que todos los residentes del frente tengan pasaportes ucranianos. Estos ciudadanos ucranianos reciben los disparos desde las posiciones ucranianas varias veces al día. ¿Para qué?

Las razones carecen de toda lógica y entran de lleno dentro de la jurisdicción de la Corte Penal Internacional. Solo queda recoger los testimonios y las demandas. Es más, no debe ser de ciudadanos individuales sino de comunidades enteras. Anna Soroka, viceministra de Asuntos Exteriores de la RPL y profesora asociada de Derecho Internacional y Derecho Diplomático, nos acompañó en este peligroso viaje.

Según explica, la Corte Penal Internacional podría aceptar demandas de comunidades rurales, ya que son una estructura habitual de autogobierno para la legislación europea. Las posibilidades de lograr que se acepte una demanda a título individual contra el Ejército Ucraniano son nulas. Tal demanda será revisada y denegada. Se puede intentar presentar una demanda en Ucrania, pero no allí.

Ucrania tiene toda una serie de artículos especiales para usar contra los separatistas, desde el que pena el “intento de modificar las fronteras del Estado” hasta el “apoyo al separatismo”. Esos artículos funcionan y miles de ucranianos están convencidos de ello. A juzgar por el hecho de que cada ciudadano de Lugansk que vive en la línea del frente tiene un balde en el que recoge los fragmentos que han caído en su jardín o en su casa, para el Estado ucraniano estas son enemigos que hay que destruir.

La línea del frente en la RPL está marcada por carteles especiales, si es que se puede utilizar esa palabra. “¡Cuidado, minas! ¡No salgan de la carretera!”. No sé para qué están ahí esos carteles: los forasteros no llegan hasta aquí y la población local es perfectamente capaz de determinar el calibre de la munición durante un ataque. Por ejemplo, hablamos con una inteligente mujer que dirige una guardería. De repente, en las afueras del pueblo, empiezan a explotar proyectiles cada 20-30 segundos. Nuestra interlocutora, sin dudarlo, explica: “disparan desde el sector AGS, seguirán golpeando hasta que mueran los caracoles”. Traduciendo, quiere decir algo como: “un soldado del Ejército Ucraniano dispara contra objetivos planeados utilizando un lanzagranadas automático y todo se calmará cuando se le acaben los 20 disparos”.

La primera parada es Golubovka. Nos esperan pronto por la mañana. Al principio, en una conversación difícil, intentamos explicar a la gente por qué hemos venido. Nadie cree en la Corte Penal Internacional. Aquí ya nadie cree en nada, especialmente después de la elección de Zelensky. Todos habían puesto sus esperanzas en él, pero la opinión general es que “no ha hecho más que empeorar, como en 2014”. Es difícil hablar con la población. Sé cómo es el llamado “estrés postraumático”, pero aquí el proceso que traumatiza a la población ha entrado ya en el séptimo año. Todos aquí necesitan ayuda. Sin embargo, todos vienen a la reunión con sus pasaportes ucranianos. La alcaldesa, Olga Jutornaya, es ciudadana de ucrania y ha preparado y acordado con los residentes el siguiente texto:

“Nosotros, los residentes de la localidad de Golubovka. Estamos siendo asesinados por los bombardeos y nuestros hogares están siendo destruidos. Los ataques se realizan desde el lado controlado por las tropas ucranianas. Nosotros, la comunidad del pueblo de Golubovka, apelamos a la Corte Penal Internacional de Justicia y creemos que seremos escuchados, que se detendrán los crímenes de guerra y se castigará a sus culpables. No podemos apelar a la justicia nacional ucraniana, vivimos al otro lado de la línea del frente. Y somos conscientes de que el agresor no se va a juzgar a sí mismo”.

La alcaldesa lee una lista de localidades desde las que se bombardea Golubovsky. Sabe por qué ocurre: “La población civil está siendo deliberadamente expulsada de sus hogares. En el pueblo, dos calles -Artyom y Solechnaya- han sido destruidas. Hasta 2013, éramos 2587. Hoy queda un total de 832 residentes. De ellos, 87 son niños. Nuestros niños son conscientes de qué armas se utilizan contra nosotros y desde qué lado, los adultos no lo entienden. Diez residentes del pueblo han muerto y otros 14 han resultado heridos”.

En su discurso, Olga explica lo que ha sucedido a la infraestructura del pueblo. La ciudad más cercana desde la que circulan minibuses es Stajanov. Pero en 2018, un minibús fue atacado y siete personas resultaron heridas. El conductor quedó en silla de ruedas. Los niños van al colegio y a la guardería en un autobús que es constantemente atacado. Lo he visto, tuvimos que cubrir a los niños con nuestros cuerpos. El centro del pueblo es la iglesia, las tiendas, correos y el parque infantil, que son constantemente atacados. Desde el 6 de diciembre de 2019, todos recuerdan esta fecha, atacan sin cesar las infraestructuras eléctricas. Un día a la semana se suministra agua al pueblo. “El agua se quedó en Svetlichanskoe, donde están nuestros “liberadores” del Ejército Ucraniano, así que ya no tenemos agua corriente”.

Preguntamos dónde está la línea del frente. Yulia Igrunova nos invita a su casa. El frente pasa literalmente por las huertas de la calle Molodezhnaya. No hay nada que ver allí: solo es el final de la calle, donde empieza una colina ante la que hay un cartel amarillo que dice “Minas”. Sobre ella se encuentran las posiciones del Ejército Ucraniano, en la estepa. Yulia nos enseña el lugar en el que los blindados ucranianos salen por la noche a hacer su trabajo en diferentes lugares del frente en la zona de Golubovsky, provocando pesadillas a la población. “He visto directamente los disparos contra el pueblo”, nos cuenta. ¿Cuándo? “Sí, esta noche. ¿No habéis visto a Katyusha?” Yulia se vuelve hacia su hija de cuatro años, que se agarra a su pierna. Pero Katya, que ha nacido en medio de esta guerra, está en silencio. Nos tiene miedo, no hace contacto visual, solo se aferra a su madre.

Todas las visitas a la línea del frente son similares. La diferencia entre unas y otras es solo el grado de peligro. Vamos a Donetsky con la alcaldesa Olga Kobzar, ciudadana de Ucrania. En la calle Krinichaya, por supuesto, tenemos que vestir los chalecos antibalas. Esta calle está prácticamente destruida. O “liberada”, como dice la población local. Todas las casas están quemadas y los supervivientes han huido. Solo quedan dos casas en la siguiente calle. Natasha Polyakova, que vive ahí con sus dos hijos, no quería hablar con nosotros. No cree que pueda haber un juicio justo en Europa, no cree que nadie se preocupe por su dolor. En 2014 explotó un proyectil en el jardín de la casa de Natasha. Mató a su marido y a su hijo.

Al oír nuestras voces, de la casa de enfrente sale la alegre e indomable abuela Tamara Glojot, de 83 años. Es ciudadana de Ucrania y bromea: “Moscú todavía no ha llamado”. El año pasado, junto en su porche, un fragmento de mortero le impactó en la barbilla. Le preguntamos quién le disparó. La abuela apunta a las posiciones del Ejército Ucraniano.

Dice que no abandonará su pueblo natal por principios: “Primero destruyeron la casa de mi marido. Pensaron que huiríamos. Entonces me mudé a mi casa. Seguiré aquí hasta el final”.

El último día de nuestros viaje visitamos Pervomaisk. La ciudad está situada en mal lugar, ha sido golpeada desde tres lados desde 2014. Una semana antes de nuestra llegada, impactaron proyectiles de 152mm, prohibidos por los acuerdos de Minsk. En una ciudad construida a base de edificios de varios pisos, no hay lugar en el que vivir: todo está dañado por la metralla, las ventanas están destruidas y contrachapadas. En los bajos hay inscripciones de “ЛЮДИ” [gente], para que los equipos de rescate sepan qué sección del sótano deben cavar en caso de que los edificios colapsen. Nos lo contaron dos niñas de 12 años, muy tímidas ante la cámara, que primero se escondieron. Dicen que serán peluqueras cuando sean mayores. Pasan mucho tiempo en el sótano, la noche anterior, por ejemplo, estuvieron allí. En el refugio tienen luz y camas. Es una pena que esté lleno de mosquitos.

Les hago una pregunta: ¿Cuándo acabará la guerra”

Responden: “Nunca”.

No ríen, aunque lo hacían hasta hace un momento. Aquí esto no es ninguna broma.

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