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“Todos vivimos bajo las bombas en Staromijailovka”

Artículo Original: Yulia Andrienko

La enfermedad, la miseria y las necesidades no están en cuarentena. No se les puede enviar a la cuarentena y a la guerra, por mucho que se quiera. Así que, junto al voluntario de Donetsk Andrey Lysenko, nos preparamos para salir hacia Staromijailovka con un maletero lleno de pequeños paquetes.

“La gente sigue ayudando a Donbass, aunque, como es normal, menos que antes de la crisis. No es fácil para nadie ahora mismo. Pero las donaciones siguen llegando”, explica Lysenko de camino. “Por ejemplo, nuestros amigos de Italia. Allí hay una crisis muy fuerte, muchas personas han perdido su empleo y lo peor de todo es que hay un enorme número de muertos por coronavirus, pero siguen teniendo fuerza para ayudar al pueblo de Donbass. Algunos de ellos han estado aquí, lo han visto todo con sus propios ojos, no necesitan que nadie les explique que la gente de Donetsk no puede vivir sin ayuda de nadie. Al fin y al cabo, ayudar a otros es salvarte a ti mismo, es un axioma”.

“Parece que todos se han olvidado de nuestra guerra”

Staromijailovka está situado en la línea del frente, Peski a un lado y al otro, Krasnogorovka. La población local cuenta que prácticamente no hay zona neutral o pueblos en la llamada zona gris, el Ejército Ucraniano ha reducido la distancia a unos centenares de metros. Hay un colegio, una guardería y cuatro tiendas, pero no hay vida.

Conducimos hasta la tienda del pueblo, viendo que no hay una sola pared que esté intacta, en todas ellas hay restos de metralla. La población local hace sus compras diarias aquí. Están sentados sobre los escombros, intercambiando las últimas noticias.

“¿Cómo se vive aquí? ¿Qué le puedo decir? Tengo cinco nietos, pronto tendré el sexto. Mejor dicho, la sexta, será una niña”, cuenta Elena, de 59 años. “Y todos vivimos bajo las bombas en Staromijailovka. Nos disparan desde Ucrania todos los días, día y noche. Ayer mismo destruyeron siete viviendas. ¡Siete viviendas destruidas en un solo día! Dígame, ¿quién va a parar este horror?”

No es la primera vez que me encuentro, en lugares como este, a gente que intenta sacar todo lo que tiene dentro, expulsar todo el dolor con la esperanza de que podamos llevar ese dolor a algún lugar, concretamente para que se escuche en los lugares donde están quienes podrían ayudar. Puede que simplemente aquellos de los que dependen las cosas no sepan qué pasa de verdad. Como siempre, siento que no puedo hacer nada. Saben lo que pasa y escuchan, pero no pueden parar la guerra.

“A veces parece que todo el mundo se ha olvidado de nosotros. Nos golpean, destruyen nuestras casas, hieren a nuestros hijos y a nadie le importa. Cada uno se preocupa solo por sus problemas. Cuando voy a Donetsk, me sorprende que en el centro no hay guerra, allí se ven coches ricos y bares y aquí tenemos todo el gris de las explosiones”, dice el empleado de la tienda.

Elena saca una mascarilla del bolsillo, se la pone y entra en la tienda donde ha impactado la metralla. Hay algo grotesco en todo esto. ¿Qué importa el coronavirus si en cualquier momento te puede matar un resto de metralla?

La educación a distancia no sirve para todos

Avanzamos por el pueblo para entregar los paquetes de comida. Cada casa tiene sus propios problemas. En algunas han muerto milicianos, en otras hay personas pobres y en otra hay una madre soltera con un hijo discapacitado.

Una casa me impacta especialmente. Al verla nadie diría que es habitable. Las paredes caídas están sujetas con madera, las ventanas están contrachapadas y el yeso se cae. Parece que, si el viento soplara un poco más fuerte, la casa entera se desmoronaría.

Dos chicos salen a recibirnos. Llevan ropas viejas que, a primera vista, es evidente que les quedan pequeñas. Sus caras no son de niño, sus ojos están arrugados, aunque el más pequeño trata de sonreír. Es la familia numerosa Goncharov: la madre murió y es el padre el que está criando a sus tres hijos.

Al ver mi cara, Dmitry dice: “No piense que no tienen buenas ropas, pero para juguetear por el pueblo van así, son niños y se ensucian enseguida, se rompen toda la ropa. Para ir al colegio o a otros sitios, toda la ropa está en el armario, limpia planchada. Pero ahora no hay colegio”.

Viven de los trabajos que va encontrando su padre, chapuzas, como ellos las llaman. Y aunque siempre hay suficiente trabajo en el pueblo, no paga mucho dinero y tiene que comprar comida en la tienda a crédito.

“¿Cómo va eso a distancia, chicos”, me intereso por los hermanos.

“Nos mandan deberes en papel y hacemos los problemas como podemos”, cuenta el más pequeño, Slavik, que está en segundo.

“Yo ya estoy en quinto, pero no puedo estudiar. No tengo ordenador o smartphone y no hay internet en casa”, añade el mediano, Sasha. “Quiero ir al colegio, claro. Pero no me aburo, ayudo a mi hermano a hacer sus deberes y ayudo a mi padre con las cosas en casa. Sé hacer sopa y freír patatas. También tengo un hermano mayor, Zhenya. Pase, tenemos una gata que ha tenido gatitos, son muy bonitos”.

En la casa huele a hogar. El padre ha hecho la colada a mano, esta familia no tiene lavadora. Pero pese a la pobreza, se siente que esta gente vive en paz y armonía. Los chicos sacan a los gatitos y los muestran a nuestro equipo.

Los voluntarios les entregan los paquetes de comida. Pero me doy cuenta de que el trigo sarraceno y la mantequilla no van a solucionar nada, esta familia necesita una casa en condiciones.

“Sabe, este tipo de casos deberían ser resueltos por la administración de Staromijailovka, intentaremos hacer que nos escuche. Pero al menos podemos ayudar a conseguir un portátil barato, no puede ser que, en el siglo XXI, un niño se quede sin estudiar. Lo va a necesitar, no solo para la educación a distancia. No le prometo nada, pero lo vamos a intentar”, le dijo y hago prometer a los niños que no se pasarán el día jugando.

Seguimos entregando los demás paquetes de comida y en una de las vallas veo una inscripción que dice “Se venden mascarillas”. El marketing llega hasta los pobres pueblos en la línea de fuego.

Al salir de Staromijailovka, me llama la atención un patio de edificios poco común. Parece una ciudad infantil completa. Pido a los voluntarios que paren un momento. Hay personajes de cuento, helicópteros e incluso un barco que lleva el orgulloso nombre “Paz”. Hay de todo. Este pequeño milagro se ha creado con tazas, cazuelas, restos de todo un poco y, sobre todo, con amor y preocupación por los niños.

“Lo ha hecho el abuelo de un vecino. Hace esculturas en la dacha y después las coloca en el patio”, cuenta una chica que pasea al perro. “Intentamos cuidar mucho sus trabajos, mucha gente viene aquí con sus niños, es bonito e interesante para los niños”.

Mientras unos intentan borrar de la faz de la tierra, planchando Donbass con bombas por séptimo año consecutivo y arrebatando a la población el derecho a la vida, otros construyen personajes de cuento con cualquier material que encuentran, solo para hacer felices a los niños y que puedan jugar en alguna parte.

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