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Donbass, Donetsk, DPR, Ejército Ucraniano, LPR, Rusia, Ucrania

Un mayo atípico

Artículo Original: Denis Grigoriuk

Nos espera un mayo atípico. No solo en Donbass, sino en todos los países de Europa y del espacio postsoviético. Todo ello a causa de un virus, un enemigo invisible que puede matar.

En esta región en guerra, el principio de mayo tiene un significado especial. Los últimos cinco años han cambiado la actitud de la población hacia las fiestas. Antes era algo que no se valoraba, pero pudo ser arrebatado en un momento por las personas sin honor ni conciencia que tomaron el poder por la fuerza en el país e impusieron su voluntad y su punto de vista, aunque contradiga las opiniones de gran parte de la población.

Todos sabían que merecía la pena honrar la memoria de quienes murieron durante la Gran Guerra Patria, estar orgullosos de las hazañas de nuestros antepasados y ver el desfile del Día de la Victoria en la televisión. Pero 2014 lo cambió todo. Entonces, la población se echó a las calles ante el temor a ser apaleados por los nacionalistas o ser detenidos por las tropas ucranianas. Pero podía haber sido mucho peor, los nacionalistas de Kiev ya habían demostrado sus ansias de sangre el 2 de mayo en Odessa. Los residentes de Donbass salieron a celebrar el Día de la Victoria, conscientes de que las autoridades del país podían castigarles por medio de sus matones nacionalistas y las armas del ejército, como hicieron en la masacre de aquel día en Mariupol.

En 2014, por primera vez, no hubo actos organizados por las autoridades. La población se organizó por su cuenta, consciente del peligro, salió a las calles a celebrar, se unió en grupos y acudió al complejo memorial a los liberadores de Donbass en el parque Leninsky Komsomoll, junto al Donbass Arena. Al ver a los veteranos, la gente se dirigía a ellos para darles la mano y agradecerles por el 9 de mayo de 1945. Fue una sensación especial ver a un anciano vestido con su uniforme y galones pasar junto a las barricadas del antiguo edificio de la Administración Regional de Donetsk. Había grandes montañas de piedras, la entrada estaba protegida por jóvenes con la cara tapada y se podía ver el desfile militar de Moscú en una pantalla.

Un año después, me encontraba en la calle principal de Donetsk. Fue el primer desfile de la Victoria. Los organizadores aún no habían preparado una regulación estricta para los periodistas. Es como si todos se hubieran olvidado de ellos porque había cosas mucho más importantes. Así que pude moverme con libertad, con mi acreditación, por toda la avenida Artyom. Pasé por delante del ministro de Defensa Kononov, que estaba a punto de dar comienzo al desfile. Saqué una foto en el momento en el que el soldado se aproximaba al coche. En cuanto tomó su lugar en el vehículo, comenzó a llover. La columna de blindados, con sus motores rugiendo, comenzó a moverse. Enseguida empezaron a recibir las flores que les lanzaban los espectadores, que con entusiasmo gritaban palabras de agradecimiento por las victorias en el frente, esas que habían obtenido con esfuerzo quienes hasta ayer fueran mineros, taxistas o miembros de la seguridad de los supermercados. Nuestro desfile fue especial. En aquel momento, en los comentarios de las redes sociales se prestó atención a cómo habían desfilado los participantes. Nadie se había entrenado para desfilar como debe hacerse. Gran parte de los participantes en aquel desfile habían participado en las batallas de Debaltsevo y Uglegorsk hacía un par de meses. En una columna iba toda una mezcla de soldados: cosacos, milicianos, miembros de los equipos de rescate del Ministerio de Emergencias y demás. Gran parte de ellos se habían curtido en la primera línea, con las armas que se habían obtenido durante otras batallas contra las tropas de Kiev.

Ahora recuerdo aquellos momentos con nostalgia. Para empezar, porque fue el primer desfile militar que vi con mis propios ojos. Los recuerdos de los horrores que Donbass había tenido que pasar en el verano de 2014 y el invierno de 2015 aún estaban frescos en la memoria. El solemne desfile tenía que celebrarse a toda costa. El año anterior, las autoridades ucranianas habían querido imponer su voluntad por la fuerza, pero los residentes de Donbass se resistieron a ello y, a costa de sus propias vidas, defendieron sus derechos, entre ellos el derecho a tener su propia visión de la historia, la verdad, esa que les intentaban arrebatar. En segundo lugar, tuve la ocasión de pasearme por debajo de los tanques, howitzers, y sistemas Grad con mi cámara y dar mis primeros pasos en el mundo de la fotografía.

Desde entonces, he pasado cada mes de mayo corriendo con la lengua fuera y con la cámara en la mano. Este año ya me había preparado para sudar la camiseta persiguiendo al equipamiento militar y a los soldados. Sin embargo, a juzgar por las últimas noticias, no será como otros años. Por motivos de seguridad, las autoridades de las Repúblicas han pospuesto a una fecha indefinida el desfile del Día de la Victoria. Es una medida necesaria y apropiada. Es necesario evitar aglomeraciones en un momento de expansión del coronavirus. Pero, aun así, sigue siendo difícil imaginar la mañana del 9 de mayo sin los tanques y cañones paseando por la avenida Artyom, sin ramos de flores para los militares, sin los veteranos con sus medallas en el pecho, sin la orquesta tocando marchas militares seguida de una ola de miles de personas portando retratos de sus familiares caídos en las guerras.

El Día de la Victoria en Donbass se ha convertido no solo en un homenaje a la memoria y una forma de agradecer a los veteranos la paz sino un símbolo de resistencia. Este año es diferente. El día festivo no se ha cancelado, pero se ha retrasado para no extender el virus, ese que ya ha comenzado a matar en Donetsk. La situación no es comparable a la de 2014, cuando también era peligroso asistir a eventos masivos a causa de las autoridades ucranianas, aunque ellos podían ser físicamente repelidos. Con el virus, eso no es posible. Es imposible usar la fuerza contra él, hay que luchar de otra manera. Como ya he escrito en otras ocasiones, se puede negociar con el enemigo, aunque sea una tregua falsa, pero no con una enfermedad. No habrá un solo día en el que el virus se tome una tregua sin expandirse. Al contrario, una masificación puede contribuir a crear un foco de expansión con el que los médicos tendrían que lidiar después. Así que este año celebraremos el 9 de mayo de una forma diferente, sin el rugido de los blindados, sin el regimiento inmortal en la avenida Artyom sino en nuestras casas.

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