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Alto el fuego, Donbass, Donetsk, DPR, Ejército Ucraniano, LPR, Minsk, Rusia, Ucrania

El presente

Artículo Original: Anna Dolgaeva / Vzglyad

Donbass. Cuando me encuentro allí, entre las trincheras de tierra que se cae, entre personas de diferentes tamaños, estilos, risas y sonrisas, a unos pocos centenares de metros de las posiciones enemigas, siempre tengo un deseo. Adoptar a todos estos grandes hombres con grandes manos de minero y a esos chicos escuálidos, estudiantes de ayer, inteligentes voluntarios con dos o tres títulos superiores, y antiguos campesinos que sueñan con la vida después de la guerra y con tener una casa y unos animales. Adoptar y dar un gran abrazo a todos y volar con ellos al bosque azul, con montañas blancas en la ciudad distante.

Pero ellos han elegido quedarse aquí y morir por su patria.

Hace unas horas estabas en Moscú y ahora estás aquí, con barro hasta las rodillas. Las armas automáticas trabajan como si alguien estuviera llamando a la puerta. Las bombas explotan a lo lejos y ni se dan la vuelta, son capaces de determinar la trayectoria solo de oídas.

“Bueno, ¿qué pasa en Rusia?”, preguntan con curiosidad.

“Enmiendas a la Constitución”, contesto avergonzada. “Bueno, y otro coronavirus por ahí” …

Cuentan un chiste: “¿En la RPD hay coronavirus?  Sí, ya lleva dos semanas detenido en el sótano del Ministerio del Interior”. Así es el humor local.

Risas.

Por la noche, me siento y veo las noticias. En las noticias muestran el pánico en Moscú por comprar trigo sarraceno. No hay suficiente trigo sarraceno. Todos vamos a morir por coronavirus. Solo nos salvarán el trigo sarraceno y el papel higiénico.

Compran trigo sarraceno. Piensan realmente que pueden morir de coronavirus. Entonces, ¿de qué les va a servir el papel higiénico?

Se puede añadir adrenalina viendo películas apocalípticas. Es agradable. Aquí ya están en el sexto año de apocalipsis. La aldea de Berezovskoe está destruida y apenas quedan habitantes. Un triste hombre solitario fuma en el porche y se encoge de hombros. No quiere hablar con reporteros.

Me pregunto si alguien le ha traído algo de trigo sarraceno de ayuda humanitaria. Cualquier oponente de la adhesión de Donbass a Rusia haría de ello un problema: “en un momento en que los moscovitas se han quedado sin trigo sarraceno, los KAMAZ blancos lo llevan a la zona de guerra”. Me hago a la idea.

Imagen: estamos en un área abierta a una distancia de unos quince metros. “Si cae una mina, iremos en fila”, dice el scout que nos lleva. Si mantenemos las distancias, hay posibilidades de que alguien se quede”.

Imagen: un gato flaco acomodado en el hombro del teniente. El gato no tiene miedo de las bombas. O está sordo o es un samurái que acepta su destino. Durante los ataques de mortero se entretiene capturando atemorizados ratones.

Imagen: un hombre armado camina hacia la oscuridad, cierra tras él la puerta de la casa en la que nos amontonamos para pasar la noche. No puedo dormir, escucho un golpe. Me levanto con ansiedad. El ruido es cada vez más sonoro. Me doy cuenta de que es una ametralladora.

Vivimos en la era de la postmodernidad, en la que se acumulan demasiados significados innecesarios. Saqueamos el trigo sarraceno de las estanterías de las tiendas por una distorsionada memoria de los años de postguerra y el papel higiénico, porque en 2009 leímos las noticias sobre la epidemia de cólera en Haití. Parece que lo importante para nosotros es la mezcla de lo que hemos leído, escuchado y discutido en grupos de Facebook y eso es lo que hemos aprendido.

Aquí: carteles con retratos sonrientes, algunos de ellos con crespones negros. Al mirar esta fila de retratos, me llama la atención que creo que una de las fotos la hice yo en algún momento de los viajes del año pasado. Vi a ese hombre, le caí bien y ahora su imagen tiene un crespón negro. La última vez que miró con seriedad a la cámara de un periodista Antón Korovin, que murió el 18 de febrero y que conocía a muchos de mis amigos.

Cavan trincheras para sobrevivir, trincheras sobre otras trincheras, incluso sobre las de la Gran Guerra Patria. Disparan para sobrevivir. Van a por agua incluso entre los bombardeos, hacen sopa, no se desesperan. Hay que seguir trabajando con seriedad. Observan los movimientos del enemigo e informan sobre ellos debidamente.

Al borde de las trincheras crece la hierba, que se extiende por la estepa hasta las trincheras enemigas. Sobre una hoja se arrastra una mariquita.

El presente.

Este es el presente.

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