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Alto el fuego, Donbass, Donetsk, DPR, Ejército Ucraniano, LPR, Minsk, Ucrania

Un toque de queda doble

Artículo Original: Denis Grigoriuk

Los medios han comenzado a lanzar una “presión blanda”. Desde las pantallas de televisión, las páginas informativas y las redes sociales, de una manera o de otra, tratan de convencer a la audiencia de que se quede en casa. Durante la duración de la cuarentena, se emitirá teatro gratis en cuentas habitualmente de pago y, entre programas de entretenimiento de los canales de televisión, se enseña a la audiencia a comportarse durante la pandemia de coronavirus en anuncios en los que el primer párrafo siempre dice “quédate en casa”. Estrellas del pop, del cine y otra gente famosa graba vídeos desde sus cómodas mansiones en las que defiende esa idea.

Las autoridades no pueden obligar por la fuerza a que la población se aísle de la sociedad, así que usan a los creadores de opinión para convencer al público de la necesidad de esas medidas. Antes, en las semanas de mucho trabajo, cuando los nervios estallaban, deseaba estar en mi modesto piso para escapar de la presión del trabajo diario. Ahora el ruego de que nos quedemos en casa es percibido por algunos como una limitación, ya que, además, los teatros, cafés, centros comerciales y clubes deportivos están cerrados.

Al llegar a Donetsk, personas que vienen del mundo en paz se sorprendían por el toque de queda con el que los residentes de la ciudad llevan conviviendo durante seis años. La gente suele querer quedarse en el karaoke un poco más cantando canciones con sus amigos y salir de paseo por las calles de la ciudad después de medianoche. ¿Qué es un viernes o sábado por la noche sin una fiesta? Pero nos hemos acostumbrado a vivir sin esas cosas. Hay que volver a casa antes de las diez. Así que siempre hay que planificar la vuelta con el horario del transporte público: a partir de las nueve, solo se puede ir en transporte público. Todo esto puede parecer insoportable para los residentes de otras ciudades, pero para la RPD se ha convertido en una parte integral de la vida.

Hoy he recordado una noche del verano de 2016. Ante la llegada del toque de queda, no podía llamar a un taxi y no podía quedarme en la calle durante la prohibición de movimiento. Esas son las limitaciones con las que vive Donetsk desde la primavera de 2016.

***

Puede que el Donetsk más bonito sea el Donetsk nocturno. Cuando se observa la capital de la República Popular de Donetsk a vista de pájaro, se congela el espíritu y el corazón se llena de orgullo por esta tierra. La ciudad nocturna parece el cielo estrellado, como si tuviera miles de estallidos. Cada luz es la historia de alguien. La luz en las ventanas de los pisos cuenta la historia de quienes allí viven y está llena de dramas dignos de Shakespeare; las luces móviles llevan sutilmente las historias de sus pasajeros a su destino y, en algún lugar en la distancia, las luciérnagas iluminan las colinas de Donbass. De repente, en el horizonte, se hacen visibles puntos rojos que, en el cielo, se deshacen en pedazos. Es el trabajo de las defensas antiaéreas contra los drones del enemigo, que intenta reconocer la zona para infringir el siguiente golpe traicionero. A diario, los defensores de Donbass han de lidiar con esos incómodos “mosquitos”. En Donetsk hay disparos. Es difícil imaginar la vida en Donetsk sin el sonido de las armas. La guerra se ha convertido en parte de nuestras vidas. Cada uno de nosotros se ha acostumbrado a ella.

Observo el ajetreo de la vida. Gradualmente comienza a apagarse y cada vez hay menos puntos que se movían, mientras que la luz de los faros corta la oscuridad de la noche. Se acerca el toque de queda. La gente se apresura a casa para llegar antes de las once. Los taxistas nos dicen que es cada vez más estricto. El Gobierno de la República Popular de Donetsk multan por infringir el toque de queda. La guerra tiene sus propias características y reglas que hay que cumplir. A causa de los frecuentes ataques, queda claro que el lado ucraniano está preparándose para las hostilidades y los saboteadores están preparados para atacar la ciudad. El toque de queda no es más que una precaución.

El reloj se acerca a las once. Es imposible llamar a un taxi. Todos los servicios informan de que no disponen de servicio. Los conductores se apresuran a llegar a casa y prefieren abandonar el puesto de trabajo antes del toque de queda. Pero, de repente, se acerca un coche. Está tan oscuro que apenas se ve. En el taxi se escucha lo típico de un taxi: radio Shanson. El taxista es todo un estereotipo: acento georgiano, gorra, ni idea de cómo llegar a los sitios y una funda del asiento que da masajes. Cada una de sus frases provoca una sonrisa.

Observo por la ventana mientras el taxi se apresura a llevarme a casa. Las luces de la calle se convierten en una línea continua. Sopla el viento, evocando la nostalgia y la memoria. Recuerdo el año pasado. En mi mente está el cinco de junio de 2015. Ha pasado exactamente un año y ni me he dado cuenta de lo rápido que ha pasado. Un año como si fuera un día. Un día como si fuera un año.

Todos en Donbass tienen una fecha así, una a la que se puede llamar “segundo cumpleaños”. El día en el que salieron de una situación complicada y pudieron quedarse en el mundo de los vivos. Para mí, ese día fue el 5 de junio de 2015. El alto el fuego estaba en pleno apogeo y fuimos al frente a informar de las infracciones ucranianas. Los soldados del Ejército Ucraniano se dieron cuenta de que estábamos allí e inmediatamente abrieron fuego de mortero. Tuvimos que escondernos en el refugio, que en cualquier momento podía convertirse en una fosa común. Cuatro periodistas desarmados atacados por armamento pesado. En cuanto terminó el bombardeo, salimos a registrar los daños que había causado el fuego. Fue difícil distinguir lo nuevo de lo anterior. Toda la calle Stratovnatov estaba ya destruida por la artillería y los tanques ucranianos. No quedaba nada de vida. Entre los ladrillos destrozados, las cenizas ardiendo y los cristales rotos, se podían ver los restos de las vidas humanas: fotografías, cubiertos rotos, electrodomésticos destrozados. “Bomba”, gritó uno de los soldados. En un segundo, estalló cerca de nosotros. La tierra salía como una fuente sobre nosotros. Corrimos a escondernos en una vivienda destrozada. Intenté pegarme tanto al suelo que la hierba me cubriera completamente. Solo miraba al suelo. La respiración se hacía irregular y frecuente. En la mano, la cámara era algo inútil, no podía grabar nada. Solo podía ver que las bombas caían cada vez más cerca de nosotros. Cinco de ellas cayeron a 15 metros. Al silbido ensordecedor le seguía una fría explosión. La tierra anos cubrió por la onda expansiva. Y, de repente, silencio. En los oídos persistía el ruido, aunque podíamos apreciar que todo volvía a estar tranquilo. No me di cuenta, pero ya estábamos corriendo. Nos metimos en el viejo Mazda, que nos llevó de nuevo al interior de la ciudad, donde las bombas ucranianas no podían alcanzarnos.

Se para el taxi. “Son 95 rublos”, dice con su acento el taxista. Estaba tan ensimismado en mis recuerdos que ni me he dado cuenta de que hemos llegado a casa. Pago y dejo la ciudad nocturna. Faltan cinco minutos para las once.

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