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Donbass, Donetsk, DPR, Ejército Ucraniano, Gorlovka, LPR, Rusia, Ucrania

“Ahora lo único que queremos es que no nos bombardeen y poder dormir”

Artículo Original: Egor Voronov

¿Cuánta gente puede vivir bajo los bombardeos? ¿Se puede llamar a eso vivir? En las localidades del frente de Gorlovka, esas no son preguntas retóricas sino cuestiones que se han convertido en la esencia del día a día. Una realidad en la que la palabra familiar se convierte en sinónimo del calibre de las piezas de artillería. Un sueño en el que la noche pasa a la espera del final del bombardeo. Una vida llena de fe sin esperanza y una voluntad obstinada de mantener la humanidad día tras día. Y si los ángeles de Donbass tuvieran días libres, en Gorlovka pasarían hasta el último segundo en las áreas del frente.

¿Cómo recuerdan la localidad de Shirokaya Balka antes de la guerra? Dachas, campo y granjas. ¿Qué más? Había quienes iban allí a pescar, algunos participaron en una competición de modelos de avioneta hace ocho años y muchos iban con sus bicis cada verano en busca de melocotones o frambuesas. Pero toda esa tranquilidad acabó en julio de 2014 con la “fase caliente”. Y en estos cinco años y medio, hay palabras que no han abandonado Shirokaya Balka.

Bajo control de Ucrania, aquí se pretendió extraer gas, pero el intento de hacerlo solo ha dejado la idea y un gasoducto oxidado. Ahora hay que extraer agua de los pozos. No hay tiendas y el pan solo llega dos veces a la semana, los lunes y los viernes. De todas las infraestructuras sociales de Shirokaya Balka, solo queda un puesto de enfermería en el que trabajan personas generosas y valientes. Son dos, también residentes en la localidad.

La enfermera lleva trabajando aquí desde 2017. Antes de la guerra tenía una pequeña granja y claramente recuerda el inicio de la fase militar hace cinco años y medio: “el 20 de julio, cuando las tropas ucranianas bombardearon Dzerzhinsk, las aeronaves nos sobrevolaron. Pasaron directamente sobre nuestras cabezas y volvieron tras el bombardeo. Lo escuchamos perfectamente en aquel momento. El 21 de julio, el Ejército Ucraniano ocupó Dzerzhinsk y al día siguiente se interrumpió el suministro eléctrico en alguna parte y nos quedamos sin luz. En aquel momento, todavía era difícil creer que había una guerra. Había rumores sobre espías, saboteadores, algunos coches iban y venían. Entonces empezó el bombardeo. Los Grad volaban sobre nosotros. Hasta el 27 de julio. También recuerdo cuando, el 14 de junio, el Ejército Ucraniano disparó contra el edificio del Ministerio del Interior, eso lo recuerdo bien. A las cuatro y media de la mañana, estaba ordeñando las vacas y fui a llevar las botellas de leche. Desde mi ventana se ve la ciudad. Vi un avión sobrevolando y disparando sobre la ciudad. Fue aterrador, no podía creer que pudiera pasar algo así. Tenía un pequeño banco que usaba para ordeñar las vacas, a finales de julio estaba en el sótano. No salía del sótano. Creía que me iba a volver loca. Y después de un ataque de nervios, mi madre me envió a Rusia”.

La otra trabajadora del puesto de enfermería cuenta que volvió al pueblo a finales de agosto. Estaba tranquilo, pero había algo que no iba bien. “Me encontré con un vecino y le pregunté: ¿ha terminado? Y dijo: acaba de empezar. Todavía no había electricidad en el pueblo. No la hubo hasta el 22 de septiembre. Dos meses. ¿Pueden imaginarlo? Compraban gasolina y usaban generadores. El agua, había que extraerla. Teníamos cuatro vacas en la granja y necesitaban agua y comida. No encendíamos las luces en casa, usábamos velas. Entonces pensamos que acabaría la guerra. Pero entonces volvió a empezar el bombardeo, nos volaban proyectiles y fuego de Grad por encima de la cabeza. El 27 de julio de 2014, nos atacaron desde cerca. Somos testigos vivientes de todo lo que pasó entonces. Escuchamos cómo el Ejército Ucraniano se acercaba con equipamiento hacia la ciudad. Por Korolenko, por Cheryomushki y por el centro. Dispararon con tanques. Los podíamos oír acercarse a la ciudad desde el otro lado. No lo podíamos ver, pero lo escuchábamos. Disparó dos cargas contra la ciudad y empezó a cambiar de posición para evitar el fuego de respuesta”, recuerda.

También cuenta que el Ejército Ucraniano no llegó a entrar en el pueblo. En una ocasión, entró un blindado, observó la situación y se marchó. Shirokaya Balka permaneció en la “zona gris” durante mucho tiempo. “En enero de 2015 hubo tremendas batallas cuando echaron al Ejército Ucraniano de los alrededores. Un Uragan cayó en mi huerta. Me tumbaba en la cama y veía la televisión, que funcionaba con un generador. Temblaba y se iluminaba todo alrededor de la casa. La explosión me tiró de la cama, se abrieron todas las puertas de casa y las ventanas se desintegraron. ¿Un proyectil? No, fue una docena de ellos. Cayeron por toda Shirokaya Balka. Antes de eso, durante dos o tres días había habido ataques con mortero por las noches. Empezaron a bombardear exactamente a las 17:45. Al otro lado de la casa, cayó un proyectil de mortero en la huerta, no sé de qué calibre. Ha quedado un enorme cráter en el que no ha crecido nada en tres años. Al final, el pueblo quedó bajo control de la RPD en mayo de 2016. Antes de eso, no se podía llegar hasta aquí. Habían volado el puente de la fábrica textil y el pantano estaba bloqueado. Yo tenía que pasar por los campos a través de Ozerynovka. En diciembre de 2015 hubo un caso horrible. Trabajaba aquí, o mejor dicho pasaba por aquí, un joven conductor. Vino pronto a la granja a por la leche y la llevó al mercado. Fue por los caminos sin asfaltar, por donde iba siempre y todo estaba bien. Descargó la leche. Y, a la vuelta, una explosión. Yo estaba en el mercado cuando pasó y lo escuché. Llegué y me dijeron qué había pasado. Lo recogieron en pedazos ¿Comprende qué tipo de pesadilla es esto?”, cuenta la residente de Shirokaya Balka.

Se formó como enfermera, se graduó en la Universidad Médica de Gorlovka y trabajó como profesional durante varios años, pero después se dedicó a la agricultura. Cuando estalló la guerra tuvo que vender la granja y volvió a la sanidad. “Quería ayudar a quienes viven aquí, en Shirokaya Balka. Antes había enfermeras que no vivían en la ciudad y, después del trabajo, se iban a casa. Yo tengo mi hogar aquí, así que puedo ayudar a cualquier hora. Entre las ocho y las doce y cuarto estoy en la oficina. Hago curas, pongo inyecciones, hago pruebas de azúcar, electros… Después salgo a las casas: llevo medicinas, pongo inyecciones y veo a quienes tienen algún problema y no pueden venir por sí mismos. Más o menos hasta las dos y cuarto. Seis días a la semana. ¿Qué es lo más habitual? Las arritmias, los ataques de pánico y la tensión alta. Dos tercios de la población tiene la tensión alta. Evidentemente está relacionado con la situación militar. En cierta forma hago un poco de psicóloga. Muchas veces voy allí y les escucho, me cuentan sus preocupaciones. La gente necesita hablar. ¿Medicinas? Tenemos lo que hace falta. La Cruz Roja ayuda constantemente. ¿Hay que ayudar a los heridos durante los ataques? No, para eso llegan los militares con vehículos médicos y los civiles son inmediatamente llevados a la ciudad en coche o en ambulancia. Mucha gente con granjas tiene vehículos para transportar la leche que producen a la ciudad. Los vehículos se encuentran inmediatamente. En todo este tiempo, no hemos tenido civiles seriamente heridos. Aunque, si fuera necesario, siempre estamos preparadas para suministrar primeros auxilios”, cuenta la enfermera.

Del puesto de enfermería de Shirokaya Balka a la línea del frente solo hay dos kilómetros. Los ataques se producen fundamentalmente por la tarde y por la noche. Según los residentes, ni 2017, ni 2018, ni 2019 han sido especialmente tranquilos para ellos. “En septiembre, los ataques se intensificaron. Y bombardeaban prácticamente a la misma hora. Antes, las bombas nos pasaban por encima, ahora nos golpean a nosotros. ¿Por qué atacar zonas civiles? Nosotros vivimos aquí. A veces está tranquilo un mes o dos y después…bueno, en realidad no consideramos las ametralladoras como armas. Me refiero a mortero y artillería. Pero los proyectiles explosivos continúan. No sé qué son, pero la gente dice que son armas antiaéreas. En invierno tuvimos que pasar tiempo en el sótano. Sí, en 2019. ¡En el sótano! Hay que correr, protegerse y cubrirse con mantas y chaquetas. Mi sótano no está debajo de la casa, sino en el patio. Y si hay un impacto directo allí, allí me quedaré. Hay un vecino que luchó en Afganistán y dice que allí no tenía tanto miedo, porque lo que hay ahora es incierto. Los ataques no cesan. A veces te despiertas tan cansado que no puedes volver a dormir. El corazón se acelera y parece que te estás ahogando. A veces, cuando los ataques son demasiado fuertes, voy a la ciudad a pasar la noche. Voy por la calle y veo gente pasándolo bien, paseando por los cafés y restaurantes, escuchando música. Y en mi cabeza no cabe tal contradicción. ¿Qué tipo de alegría puede haber cuando la gente en la ciudad no puede dormir por los bombardeos? A veces parece que la gente que vive en el centro ni siquiera sabe cómo vivimos aquí y qué hacemos. No entienden que sigue habiendo una guerra aquí”, explica la residente de Shirokaya Balka.

Ahora viven en el pueblo unas 150-170 personas, muchas de ellas personas mayores. Los residentes explican que solía haber muchos más jóvenes, pero que se marcharon cuando empezó la guerra para salvar a los niños. “Estaba lleno de vida: la granja colectiva, tractores, personas que iban a trabajar. ¿Cuánta gente había antes de la guerra? 300-350. Y en verano explotaba de vida cuando venía la gente de la ciudad a las dachas. En invierno, quien puede se va a la ciudad. ¿Hay zonas peligrosas alrededor del pueblo? Nadie va al cementerio, esa zona se sigue bombardeando. Solían ir a por leña, pero ahora tampoco van. Está minado y puede haber explosiones en el bosque. En realidad, todo puede ser peligroso. En verano, estás trabajando en la huerta y los francotiradores empiezan a trabajar. Quién sabe dónde puede ir una bala. Y si también trabaja la artillería, entonces la gente se queda en casa durante horas. Pueden disparar a cualquier calle. Estamos en la parte baja y desde ese lado todo está a la vista. Las tropas ucranianas pueden ver claramente todos los puestos de control y fortificaciones de la RPD. Pero, por algún motivo, disparan contra las casas. Lo hacen abiertamente, disparan abiertamente. Cuando empieza el bombardeo, no quieres hacer nada. Ni ver la televisión, ni leer, ni distraerte con el ordenador. Con los años se acumula el estrés. Y ya no ayudan las pastillas ni los sedantes. Necesitas una cierta atmósfera para tranquilizarte. Salir a la huerta, ver qué hay que hacer. Pero entonces no quieres hacer nada. Con la guerra, todo eso es secundario. Antes, trabajábamos para tener un mejor frigorífico, microondas, teléfono. Ahora lo único que queremos es que no nos bombardeen y poder dormir, ¿sabe? Antes tenía ganas de limpiar la huerta, no lo hacía por obligación. Ahora no tengo ganas. Pero la gente aquí se ha hecho más cercana. La guerra nos ha unido y ya no es cada uno por su cuenta”, comenta la enfermera.

Quienes ahora viven en Shirokaya Balka intentan hacer un esfuerzo en el trabajo de la tierra. Todo excedente que producen se lleva a la ciudad, como también hacen con la leche quienes tienen vacas. “Por algún motivo, creo que antes no llevaban los productos para vender en el centro. Ahora la gente vive de ello, aunque no lo hacían antes de la guerra. ¿Las vacas? Solía haber muchas, ahora la población se ha reducido significativamente. No hay dónde pastar. En verano, los ganaderos sacan a las vacas hasta las siete, pero entonces empieza el bombardeo. ¿Qué haces entonces? El ganadero se puede tumbar en el suelo, pero ¿dónde esconde a las vacas? Se morirían. Y murieron. En 2014, un ganadero llevó a las vacas a la zona de la fábrica textil y empezó un bombardeo. Las vacas se quedaron heridas en el campo. ¿Que cómo vemos la resolución del conflicto? Sinceramente, no sé cómo la gente que ha vivido más de cinco años en guerra puede volver a empezar después de todo ese estrés y ataques de pánico. No se han adaptado y me parece que la gente aquí está peor ahora. En primer lugar, me gustaría saber cómo comprenderemos que la guerra ha terminado. ¿Habrá alguien que diga que todo ha acabado, como ocurrió en la Gran Guerra Patria? ¿Tendremos que esperar? ¿Qué esperanza tenemos para el futuro? Es difícil saberlo. Poder reconstruir nuestra granja, limpiar los campos de minas, que vuelva a ser seguro. Que las dachas se reconstruyan y que vuelva la gente. Estamos esperando la paz”.

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