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Donbass, Donetsk, DPR, Ejército Ucraniano, LPR, Ucrania

“Nada cambia, da igual que sea Año Nuevo, Navidad, el 8 de marzo o simplemente jueves”

Artículo Original: Anna Revyakina

Cada uno de estos valientes hombres de verde con casco y armadura fue una vez un niño. Un niño pequeño disfrazado en la fiesta de la guardería. Una niño que creía en Ded Moroz y que la mañana del 1 de enero corría debajo del árbol para ver si esta vez le había traído la bolsa roja de persona mayor. Cada uno de ellos tiene esas memorias como punto de referencia, como imagen del mundo, cuando la palabra guerra era algo que escuchaban solo en voz de sus aún atemorizados abuelos, que repetían: “solo que no haya guerra, que no haya guerra”.

Nosotros, sentados en nuestros cómodos pisos, cenando Olivier y viendo el mensaje del presidente en la televisión, ¿nos preguntamos qué harán nuestros defensores en Año Nuevo? Sinceramente, creo que sí. Y cuanto más complejo y cruel es el invierno, más pensamos en las lejanas trincheras, aunque sea difícil imaginar completamente la imagen real del mundo militar. Desde la plaza de Lenin, donde hay un precioso árbol, a la zona de combate no hay muchos kilómetros, pero la diferencia es inmensa. Este año he decidido buscar los testimonios en primera persona cómo se ve el Año Nuevo en el frente para ver qué se come, qué se bebe, con qué se sueña y qué se espera del enemigo. Mi guía es Yulia, una francotiradora valiente y siempre de verde. Ella es en quien confío para que me ayude a obtener respuestas honestas de aquellos para que todos los días son básicamente iguales, ya sea Año Nuevo, el 8 de marzo o cualquier jueves del año. La guerra es un trabajo que no se detiene ningún día.

Comienzo con mi amigo Altai, un voluntario de Kiev miembro del Ejército de la RPD, un chico apuesto con ojos penetrantes y un gran sentido de la justicia.

Altai

“En mi experiencia, el frente no es el peor lugar para pasar el Año Nuevo. En primer lugar, no vas a encontrar compañía más cercana que el grupo de camaradas. En segundo lugar, en las trincheras burguesas hay calor y ambiente y, lo que es más importante, seguro que no es aburrido. Desde luego no va a haber bebidas fuertes, aunque una dosis simbólica de alcohol también tiene su sitio (nuestro superior permite una botella de champán para seis). Cualquiera que haya visto un 1 de enero en nuestras posiciones, sabe que hay una tradición secreta: a las 12, las partes en guerra se “felicitan” el año con todos los medios disponibles. Durante diez o quince minutos, el frente se despierta con campanas de diferente tamaño y la noche más oscura se ilumina con cañones y petardos. Las radios se inundan de peticiones de las posiciones adyacentes con las tradicionales palabras: “hermanos, que este año llegue la deseada victoria”. Por culpa de la diferencia horaria, los europeos suelen saludar una hora tarde. Pero hay que reconocer que los regalos de los ucranianos son más generosos que los nuestros. Al contrario que en Kiev, el comando de Donetsk es muy sensible en lo que respecta a adherirnos al régimen de silencio. Tuvimos que esperar media hora para un poco de munición, pero no estropeó la atmósfera festiva. En el sexto año de guerra en las trincheras, lo que cae sobre la cabeza después de las explosiones ya parece un fenómeno natural como la lluvia”.

Sensei

Yulia llama a Sensei Ded Moroz, el mismo con el que ella chantajea a sus hijas habitualmente. Les dice que si no le escuchan, Ded Moroz no vendrá. La gente como Sensei es el mejor argumento para las hijas de Yulia de que el personaje de ficción vive y que, en verano, simplemente está en el ejército.

Sensei no quería contestar a ninguna pregunta, pero conseguimos sacarle algo. Hablamos los tres, con Yulia y Sensei.

– ¿Cómo recibís en Año Nuevo en el frente? ¿Qué se esperas, qué deseas?

-Queremos mandarinas y dulces.

-En serio

Artículo Original: Anna Revyakina

El número de veteranos de aquella lejana y terrible guerra es tan increíblemente pequeño que es el momento, no solo de escuchar las palabras de esa heroica generación que se apaga, sino de grabar en la memoria todas y cada una de las palabras de los testigos de la Gran Guerra Patria, cada memoria de esos terribles tiempos sin piedad.

Mi abuelo, Mijaíl Revyakin, que vivió dos guerras (la Gran Guerra y la guerra Soviético-finlandesa), nació en 1918 y por desgracia (o puede que por suerte) ya no está. Murió en noviembre de 2015 en Dokuchaevsk, donde vivió prácticamente toda su vida. Mi abuelo no podía comprender quién estaba luchando entonces ni cómo el fascismo, ese contra el que lucharon codo con codo ucranianos, rusos, bielorrusos, georgianos, armenios, etc. volvía a sacar la cabeza. El abuelo no podía comprender el conflicto actual, ni tampoco cómo se podía romper un imperio sin derramar una gota de sangre. Porque no hay cómo explicarlo…

Los héroes de esta historia son personas que aún recuerdan el siglo XX en su juventud. No puedo mencionar sus nombres completos porque muchos se ven obligados a viajar a Ucrania para recoger esas pensiones que ganaron honestamente con su trabajo. Pero han encontrado un momento para responder a mis preguntas. Las preguntas son muy simples, les pedí que recordaran su infancia, que hablaran de cómo solían celebrar el Año Nuevo y qué esperan y qué desean para Donbass en 2020.

Comenzaré por la más joven de todos ellos. Su nombre es Galina y es una niña de aquella lejana guerra. Lo más sorprendente de su historia es su mirada, cómo cambió cuando le pregunté ahora, al final de su vida, por su infancia. Me parece que hace mucho tiempo que nadie pregunta a Galina por eso. Y Galina comenzó a nadar en el río de sus memorias, esas en las que su madre aún es joven, con los alemanes en el pueblo, “negando la vida a los hombres y los animales”.

Galina

“Quemaron nuestra casa”, cuenta Galina, “y tuvimos que ir a vivir a la granja colectiva. Era una habitación especial en la que antes de la guerra se inseminaba a las vacas. No había puertas, pero tampoco había vacas, así que nos asentamos allí. Éramos cinco: mamá, la abuela y tres niños. Mi padre estaba en el frente. Tiritábamos día y noche de frío, poníamos alguna manta en las puertas. Y entonces vino el pequeño alemán (así es como Galina llama a uno de los soldados alemanes, que recuerda por su pequeño tamaño), se llevó el hacha de mamá e hizo unas puertas. Luego vino durante un mes a cobrar en forma de pollo y huevos. Después se marchó”.

Una de las memorias más terribles de Galina es el momento en que uno de los alemanes en esta extraña casa donde se inseminaba a las vacas, trató de violar a su madre. Pero lo más terrible de todo no es siquiera lo que hizo el soldado alemán, sino como la mujer intentó que sus hijos pequeños no supieran lo que pasaba. “Mi hermano mayor tenía 10 años, el pequeño tenía 2 y yo tenía cinco. Estábamos ahí mirando y no entendíamos nada”, dice Galina”, mamá después nos dijo que le había intentado ahogar. ¿Qué más nos podía decir? No me di cuenta de que había intentado violarla hasta que tuve veinte años”.

Galia, como otros muchos niños de la guerra -aunque prefieren definirse a sí mismos como niños de la Victoria- de niña solo soñaba con el día en que finalmente no tendría hambre. “Siempre teníamos hambre”, explica. “No había comida, no había pan, hasta el año 50 no empezamos a comer pan, hasta entonces comíamos patatas. Fueron tiempos muy difíciles. Nadie celebraba el Año Nuevo, en el colegio había una pequeña fiesta para la que mamá me hizo una falda con telas de las cortinas. Pero ya estoy hablando del 47 o 48, antes todo estaba muy mal. Canté una canción sobre la blanca nieve. Nos sentamos alrededor del árbol y bailamos. La pobreza era terrible, había hambre. En la escuela nos dieron pan de jengibre y caramelos, pero solo a los más mayores. Nunca creímos en Ded Moroz. Mis hijos empezaron a creer. Las mandarinas, habituales en el Año Nuevo moderno, no había entonces. Ni siquiera sabíamos que existían. Había manzanas y peras”.

Galina cuenta que celebraban tanto el Año Nuevo como Navidad: había tarta de berza y pudin. Recuerda que, de niña, soñaba con los zapatos que tenían los alemanes. Ella no tenía zapatos, iba al colegio descalza hasta que empezaba el frío. “Tenía unos zapatos que eran demasiado grandes, me los ataba con cuerdas. Crecí con mucho dolor en los pies a causa de la hipotermia. A la escuela los llevaba en la mano y solo me los ponía por la tarde. La escuela estaba a un kilómetro de casa”.

Galina conoció el Año Nuevo más o menos en séptimo curso, con los primeros disfraces. Le pregunto cómo afronta el Año Nuevo de 2010. Suspira: “Ha habido tantos en mi vida. Y ahora sueño que todo sea como antes, creciendo, pero en vez de eso el cuerpo envejece. Quiero que acabe la guerra por fin. Y que acabe, por qué no, con la victoria. ¿Ves lo que está pasando en Ucrania? Cuando yo era niña, los alemanes exterminaban a los judíos, ahora ellos asesinan a los suyos, no con menos crueldad que en los años 40 del siglo pasado”.

En 2020, Galina cumplirá 85 años, pero aún se mantiene activa y tiene la fuerza de bromear y sonreír. Ya no se queja de las piernas como cuando era niña. “Creo que he superado el dolor”, sonríe. “Pero hay veces en Europa (como Galina llama a Ucrania), cuando voy a por la pensión, que mis piernas están muy frías”.

Le pregunto si tendría un deseo debajo del árbol de Donetsk, algo bonito y bueno. “¿Cómo no? Por supuesto, aunque moleste un poco, la gente del siglo XXI es un poco diferente. Por supuesto, en Donbass somos fuertes, pero solíamos ser más fuertes. ¿Por qué nos confundimos tanto? La Felicidad ya no está en lo que producimos sino en lo que compramos. Las tiendas están llenas, hay abundancia, si no hace falta tanto. Solo hace falta humanidad. Eso es lo que defendemos. Ucrania se va a Europa, que lo haga, tiene derechos, pero nosotros tenemos que aguantar hasta el final. Como aguantó mi padre, que volvió agotado del frente con la Victoria y todos le recibieron agradeciendo su sacrificio. Que el Año Nuevo todo salga bien, que todos puedan vivir. Cuando era muy pequeña aprendí que un año en el que nadie ha muerto es un año muy feliz”.

Pyotr

Mi segundo protagonista es uno de los más ancianos habitantes de la República. Me alegra hablar con él. Su mente está lúcida y habla con la precisión de quien ha pasado por el ejército. Como se suele decir, “anciano, pero perfectamente formado”. En lugar de responder a mis preguntas, empieza a hablar directamente, como si llevara tiempo esperando el momento en que apareciera por el horizonte para ayudarle a que sus pensamientos llegaran a las autoridades de la República.

Pyotr explica por qué ha sido tan fácil olvidarse de la Ucrania moderna. Pyotr y su generación recuerdan cómo se le prometió al pueblo, a la humanidad y a las futuras generaciones un gran país. Inmediatamente después de la Victoria sobre el fascismo en la Gran Guerra Patria, juró honrar la memoria de quienes habían conseguido esa victoria y hacer todo lo posible por cumplir el eslogan “Nada olvidado, nadie olvidado”.

Los años pasaron y, por desgracia, los supervienes que participaron en la guerra (en la lucha contra el fascismo, ya fuera con las armas en la mano o con el martillo en la retaguardia) van desapareciendo. Y llegó la humillación y el insulto a los participantes en la Gran Guerra Patria, ciudadanos de Donetsk y Lugansk, a los que las autoridades de Ucrania les privó de la oportunidad de recibir su pensión en su lugar de residencia. El Gobierno ucraniano hace que estas personas, enfermas, ancianas, tengan que ir a Ucrania a por su pensión y tengan que hacerlo cogiendo varios transportes, arriesgando su salud y su vida en las largas colas de los puestos de control, proceso que se lleva la mitad de la pensión.

Pyotr espera que este 2020, las autoridades de la República puedan encontrar la forma de pagar una pensión más digna a quienes participaron en la guerra (combatientes y trabajadores de la retaguardia) que han alcanzado ya los 90 años y viven en los territorios de la RPD y la RPL. “El número de participantes es ínfimo y no sería un gran gasto”, explica. “Pero el efeto moral de poner en práctica esa propuesta sería enorme. Para los participantes en la guerra, y para los habitantes de la RPD y la RPD, ciudadanos de Ucrania, Rusia o del resto del planeta, sería de agradecer a los veteranos por liberar a la humanidad del fascismo”. Es una pena que, 75 años después de la Victoria, algunos hayan olvidado quién liberó al mundo del fascismo, mientras otros ven revivir en su país el fascismo o incluso el nazismo. E incluso se las arreglan para equiparar a las personas que lucharon del lado de la Alemania Nazi con quienes lucharon en el ejército de la Unión Soviética.

Lyuba

Mi tercera protagonista tiene 90 años y no luchó en la guerra, lo hizo su marido, al que enterró en 2014. Su marido tenía diez años más que ella. “Estábamos juntos desde 1946, pero no nos casamos hasta el 50, mi primer hijo nació a finales de los 40”, recuerda Lyuba. “Después de la guerra, había muchas parejas como nosotros. No había habido boda, pero estuvieron juntos toda la vida. Vivimos 68 años juntos, vimos crecer a los hijos, nietos, biznietos”.

Pregunto a Lyuba qué desea. “Oh, no sé”, piensa. “Sueño con un día en que me despierte y no tenga dolor. También con un pasaporte, sueño con un pasaporte. Sabe, fui una de las últimas personas en cambiar el pasaporte soviético por el ucraniano, lo hice recientemente. En 1991, tenía 68 años y ya no tenía que cambiar el pasaporte, solo la foto. En 2008 pasé al pasaporte ucraniano, mis nietos me obligaron. Y aunque tengo ese pasaporte, casi no lo enseño, causa sentimientos diferentes. Estaba muy orgullosa del otro país y también de Ucrania, la vieja Ucrania. No estoy orgullosa de esta, esta me da miedo”.

Lyuba dice que sería bueno que todos los veteranos recibieran pasaportes de la Federación Rusa gratis y según un procedimiento acelerado. “Ahora nos están privando de la oportunidad de tener el esperado pasaporte por falta de medios. El coste de los pasaportes, teniendo en cuenta el pago por la traducción y el notario, es muy alto, alrededor de 8000 rublos. Muchos no tienen ese dinero. ¿Merecen eso los mayores, los veteranos? Muy pocos vamos a usar ese pasaporte para viajar, pero tiene otros usos”.

Pregunto a mi última protagonista si tiene algún deseo. “Qué puedo desear, solo la paz. Para quienes vinieron del frente con vida, enterrar hijos es lo peor. He enterrado a tres hijos. Mi hijo Kolya murió de sarampión a los cuatro años, Mijaíl murió un año después que mi marido, a los 66. Y tuve otra hija que no sobrevivió. Elena. Nació en 1953. La muerte de un hijo es lo más terrible. Nunca pensé que iba a pasar dos guerras, a cada cual más terrible. No sé si viviré para ver la nueva paz. No nos han dado otra opción. No podemos estar a merced de un país que ha decidido reescribir nuestra historia. Nosotros recordamos cómo fue. Yo recuerdo a los policías que venían con los alemanes [la policía auxiliar ucraniana, culpable de múltiples crímenes de guerra].

¿Cuántos quedan de esta gente buena y fuerte? Son muy pocos. Necesitan una pensión decente, cuidados y atención. Muchos de ellos desaparecerán para siempre este nuevo año, cada año quedan menos. Recuerdan que el pueblo soviético luchó contra los Nazis y forjó la gran Victoria manteniéndose firme y unido con los soldados, creyendo que el fascismo no pasaría. Aún lo creen, aún lo creemos, inspirados por su ejemplo, de ellos que creyeron. Espero que este año llegue la paz, esa que llevamos tanto tiempo esperando, especialmente los más mayores. Ya esperaron una vez, ¿cuánto tendrán que esperar ahora?

, dice Yulia, casi ofendida.

-Yo también lo digo en serio. El año pasado pude organizar algo. Y este año también quiero organizarlo.

– ¿Qué esperas del enemigo?

-Que se pongan borrachos y que no nos molesten con ningún “saludo”.

– ¿Y cómo lo celebraréis?

-Estaremos en nuestras posiciones, como siempre. Es como una familia de sustitución. Para nosotros, nada cambia, da igual que sea Año Nuevo, Navidad, el 8 de marzo o simplemente jueves.

– ¿Tampoco habrá algo que beber con la carne enlatada y las gachas?, ataca Yulia.

-Esperamos algún regalo. El año pasado hubo alguno. Pero no podemos beber. Solo algunas mandarinas y unos chocolates. En las trincheras no hay condiciones. Los jóvenes tienen un punto débil: los dientes. Parece que todo está bien, pero se queman los dientes. Así es la vida de las trincheras.

­- ¿Qué quieres para el año que viene?

-La patria. Cuando la patria está, lo demás es secundario.

-La patria ya está.

-Ahora mismo estamos como los kurdos. Un pueblo desgraciado al que le han robado la patria. Así estamos. Nuestra patria es Rusia.

Kamok (Gorlovka)

El soldado, que ha participado en un vídeo del grupo de voluntarios Zverovoy, resulta ser más hablador que Sensei, pero su descripción de la celebración se limita a ensaladas y limonada, lo que no nos puede satisfacer.

“¿Cómo lo celebramos? Preparamos todo tipo de ensaladas y bebidas azucaradas. El alcohol está estrictamente prohibido. No realizamos provocaciones, pero esperamos lo peor del enemigo, ya que en las fiestas normalmente nos encontramos con hierro. Y para el año que viene, espero que la guerra vaya acabando y tengamos paz para nuestro pueblo y que los ciudadanos de la República Popular de Donetsk se sientan seguros. A nuestro comando en forma de Ded Moroz le gusta felicitarnos estas fechas luchando, nos pasamos el día en los campos e intentamos impedir intentos de ataques. Lo que más queremos es la paz. En lo material, que todos puedan cubrir sus necesidades. Algunos necesitan botas, otros ropa. Y que el año que viene los ciudadanos sonrían más. En las fiestas, los fines de semana, los días libres, con la familia, con los amigos. Eso es lo que más queremos”.

Otros amigos de Yulia que hablaron con nosotras respondieron a las preguntas de forma similar, cada uno con sus propias palabras, pero en respuestas que pueden combinarse. Yulia y yo calificamos sus respuestas de constructivas, realistas, algo más parecido a Chejov en comparación con el romanticismo de Texas. Los chicos, por supuesto, esperan del Año Nuevo no tener que vestir de uniforme (se conforman con pequeñas cosas) y también que se reconozca a los defensores de Donbass como personal militar, que se apruebe una ley sobre la milicias. Los chicos también hablan sobre el aumento de salarios y de las pocas esperanzas de paz con un enemigo del que esperan las habituales provocaciones.

El cowboy Texas

Ya he escrito antes sobre el miliciano Texas, pero no es ningún pecado recordar su historia. Celebró su primer Año Nuevo en Donbass junto al aeropuerto. Llegó a Donetsk el 7 de diciembre de 2014. Una semana después, se unió al batallón Vostok y fue enviado al campo de entrenamiento de Yasinovataya durante dos semanas. La noche del 31 de diciembre, Texas llegó a su primera posición de combate en el frente en el monasterio Iversky, cerca del aeropuerto de Donetsk. Estaba oscuro y hacía mucho frío. Es importante pensar que el Año Nuevo tiene un matiz importante para la población rusa, algo que no se parece en nada a cómo en Occidente se celebra ese día.

“Lo primero que vi al salir de la furgoneta, fue una iglesia ortodoxa rusa bombardeada”, cuenta Texas. “Miré alrededor y vi que el campo cubierto de nieve era, en realidad, un cementerio con miles de tumbas. Y estaba en medio de ellas. Ese día y esa noche fue relativamente tranquilo. A medianoche del 31 de diciembre, varios comandantes se acercaron con champán. Nos reunimos en la cocina y brindamos por nuestra victoria. Más tarde, los comandantes me invitaron a su habitación para compartir una botella de vodka. No era lo suficiente para que nadie se pusiera borracho, pero sí para calentarnos. Pero me alegro no estar en la lista de honor esa noche. En la oscuridad, volví a mi habitación, donde Belka y dos italianos estaban durmiendo y roncando. Colgué mi rifle, me quité la protección y las botas y me metí en la cama, equipada con un saco de dormir. Después de unos minutos, la tos seca te dobla el cuerpo y empiezas a dormirte. Al día siguiente será otro año y otro día duro. Pasé dos semanas en esa posición y desde el 1 al 15 de enero, fueron los peores momentos de mi vida. Pero esos días duros son parte de mi vida. Todo fue como un sueño y las recuerdo como una larga noche, cada minuto cubierto de polvo, frío, oscuridad y peligro”.

Entre turnos, Texas ocasionalmente se despertaba tras unas horas de sueño como si fuera otro sueño. Ese Año Nuevo de 2015 fue oscuro y frío, pero no muy ruidoso con los disparos. Pero parece que ese es el Año Nuevo en Donbass que nunca olvidará.

La esencia de la fiesta, según el americano, no es que llegue el nuevo año, sino celebrar que se ha vivido (o sobrevivido) el que se va. Cualquiera que se despierta el 1 de enero, militar o no, aunque tenga una horrorosa resaca, sabe que sobrevivió. “Nadie sabe si estaremos vivos para ver el final de este año, así que hay que aguantar este. Cada año que vivimos, cada día que vivimos es un regalo y una vitoria”, me cuenta Texas. “Espero que vivamos este año y el próximo. Y si se acaba, celebraré el próximo Año Nuevo con mi esposa (Texas se casó con Ludmila, de Donbass), familia y amigos, con aquellos a los que quiero y que están conmigo en este mundo, pensando en aquellos que ya se han ido al otro”.

Y aquí estamos, los protagonistas de esta historia son románticos y mundanos, soñadores y realistas, gente que una vez decidió defender esta tierra. ¿Qué tienen en común? Valentía, coraje, deseo de probar su verdad, fe en el milagro de que un día la paz llegará al sufridor Donbass. Sinceramente les deseo a todos nuestros defensores que nuestra tierra prometida llegue más temprano que tarde y que puedan volver a casa, quitarse el uniforme de camuflaje y las botas. Feliz año nuevo, hermanos. Nosotros, los frívolos civiles que celebran la llegada de 2020 nos inclinamos ante vosotros. Aunque a veces olvidemos decíroslo en persona, no olvidamos que es gracias a vosotros que seguimos vivos.

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