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“No podemos estar a merced de un país que ha decidido reescribir nuestra historia”

Artículo Original: Anna Revyakina

El número de veteranos de aquella lejana y terrible guerra es tan increíblemente pequeño que es el momento, no solo de escuchar las palabras de esa heroica generación que se apaga, sino de grabar en la memoria todas y cada una de las palabras de los testigos de la Gran Guerra Patria, cada memoria de esos terribles tiempos sin piedad.

Mi abuelo, Mijaíl Revyakin, que vivió dos guerras (la Gran Guerra y la guerra Soviético-finlandesa), nació en 1918 y por desgracia (o puede que por suerte) ya no está. Murió en noviembre de 2015 en Dokuchaevsk, donde vivió prácticamente toda su vida. Mi abuelo no podía comprender quién estaba luchando entonces ni cómo el fascismo, ese contra el que lucharon codo con codo ucranianos, rusos, bielorrusos, georgianos, armenios, etc. volvía a sacar la cabeza. El abuelo no podía comprender el conflicto actual, ni tampoco cómo se podía romper un imperio sin derramar una gota de sangre. Porque no hay cómo explicarlo…

Los héroes de esta historia son personas que aún recuerdan el siglo XX en su juventud. No puedo mencionar sus nombres completos porque muchos se ven obligados a viajar a Ucrania para recoger esas pensiones que ganaron honestamente con su trabajo. Pero han encontrado un momento para responder a mis preguntas. Las preguntas son muy simples, les pedí que recordaran su infancia, que hablaran de cómo solían celebrar el Año Nuevo y qué esperan y qué desean para Donbass en 2020.

Comenzaré por la más joven de todos ellos. Su nombre es Galina y es una niña de aquella lejana guerra. Lo más sorprendente de su historia es su mirada, cómo cambió cuando le pregunté ahora, al final de su vida, por su infancia. Me parece que hace mucho tiempo que nadie pregunta a Galina por eso. Y Galina comenzó a nadar en el río de sus memorias, esas en las que su madre aún es joven, con los alemanes en el pueblo, “negando la vida a los hombres y los animales”.

Galina

“Quemaron nuestra casa”, cuenta Galina, “y tuvimos que ir a vivir a la granja colectiva. Era una habitación especial en la que antes de la guerra se inseminaba a las vacas. No había puertas, pero tampoco había vacas, así que nos asentamos allí. Éramos cinco: mamá, la abuela y tres niños. Mi padre estaba en el frente. Tiritábamos día y noche de frío, poníamos alguna manta en las puertas. Y entonces vino el pequeño alemán (así es como Galina llama a uno de los soldados alemanes, que recuerda por su pequeño tamaño), se llevó el hacha de mamá e hizo unas puertas. Luego vino durante un mes a cobrar en forma de pollo y huevos. Después se marchó”.

Una de las memorias más terribles de Galina es el momento en que uno de los alemanes en esta extraña casa donde se inseminaba a las vacas, trató de violar a su madre. Pero lo más terrible de todo no es siquiera lo que hizo el soldado alemán, sino como la mujer intentó que sus hijos pequeños no supieran lo que pasaba. “Mi hermano mayor tenía 10 años, el pequeño tenía 2 y yo tenía cinco. Estábamos ahí mirando y no entendíamos nada”, dice Galina”, mamá después nos dijo que le había intentado ahogar. ¿Qué más nos podía decir? No me di cuenta de que había intentado violarla hasta que tuve veinte años”.

Galia, como otros muchos niños de la guerra -aunque prefieren definirse a sí mismos como niños de la Victoria- de niña solo soñaba con el día en que finalmente no tendría hambre. “Siempre teníamos hambre”, explica. “No había comida, no había pan, hasta el año 50 no empezamos a comer pan, hasta entonces comíamos patatas. Fueron tiempos muy difíciles. Nadie celebraba el Año Nuevo, en el colegio había una pequeña fiesta para la que mamá me hizo una falda con telas de las cortinas. Pero ya estoy hablando del 47 o 48, antes todo estaba muy mal. Canté una canción sobre la blanca nieve. Nos sentamos alrededor del árbol y bailamos. La pobreza era terrible, había hambre. En la escuela nos dieron pan de jengibre y caramelos, pero solo a los más mayores. Nunca creímos en Ded Moroz. Mis hijos empezaron a creer. Las mandarinas, habituales en el Año Nuevo moderno, no había entonces. Ni siquiera sabíamos que existían. Había manzanas y peras”.

Galina cuenta que celebraban tanto el Año Nuevo como Navidad: había tarta de berza y pudin. Recuerda que, de niña, soñaba con los zapatos que tenían los alemanes. Ella no tenía zapatos, iba al colegio descalza hasta que empezaba el frío. “Tenía unos zapatos que eran demasiado grandes, me los ataba con cuerdas. Crecí con mucho dolor en los pies a causa de la hipotermia. A la escuela los llevaba en la mano y solo me los ponía por la tarde. La escuela estaba a un kilómetro de casa”.

Galina conoció el Año Nuevo más o menos en séptimo curso, con los primeros disfraces. Le pregunto cómo afronta el Año Nuevo de 2020. Suspira: “Ha habido tantos en mi vida. Y ahora sueño que todo sea como antes, creciendo, pero en vez de eso el cuerpo envejece. Quiero que acabe la guerra por fin. Y que acabe, por qué no, con la victoria. ¿Ves lo que está pasando en Ucrania? Cuando yo era niña, los alemanes exterminaban a los judíos, ahora ellos asesinan a los suyos, no con menos crueldad que en los años 40 del siglo pasado”.

En 2020, Galina cumplirá 85 años, pero aún se mantiene activa y tiene la fuerza de bromear y sonreír. Ya no se queja de las piernas como cuando era niña. “Creo que he superado el dolor”, sonríe. “Pero hay veces en Europa (como Galina llama a Ucrania), cuando voy a por la pensión, que mis piernas están muy frías”.

Le pregunto si tendría un deseo debajo del árbol de Donetsk, algo bonito y bueno. “¿Cómo no? Por supuesto, aunque moleste un poco, la gente del siglo XXI es un poco diferente. Por supuesto, en Donbass somos fuertes, pero solíamos ser más fuertes. ¿Por qué nos confundimos tanto? La Felicidad ya no está en lo que producimos sino en lo que compramos. Las tiendas están llenas, hay abundancia, si no hace falta tanto. Solo hace falta humanidad. Eso es lo que defendemos. Ucrania se va a Europa, que lo haga, tiene derechos, pero nosotros tenemos que aguantar hasta el final. Como aguantó mi padre, que volvió agotado del frente con la Victoria y todos le recibieron agradeciendo su sacrificio. Que el Año Nuevo todo salga bien, que todos puedan vivir. Cuando era muy pequeña aprendí que un año en el que nadie ha muerto es un año muy feliz”.

Pyotr

Mi segundo protagonista es uno de los más ancianos habitantes de la República. Me alegra hablar con él. Su mente está lúcida y habla con la precisión de quien ha pasado por el ejército. Como se suele decir, “anciano, pero perfectamente formado”. En lugar de responder a mis preguntas, empieza a hablar directamente, como si llevara tiempo esperando el momento en que apareciera por el horizonte para ayudarle a que sus pensamientos llegaran a las autoridades de la República.

Pyotr explica por qué ha sido tan fácil olvidarse de la Ucrania moderna. Pyotr y su generación recuerdan cómo se le prometió al pueblo, a la humanidad y a las futuras generaciones un gran país. Inmediatamente después de la Victoria sobre el fascismo en la Gran Guerra Patria, juró honrar la memoria de quienes habían conseguido esa victoria y hacer todo lo posible por cumplir el eslogan “Nada olvidado, nadie olvidado”.

Los años pasaron y, por desgracia, los supervientes que participaron en la guerra (en la lucha contra el fascismo, ya fuera con las armas en la mano o con el martillo en la retaguardia) van desapareciendo. Y llegó la humillación y el insulto a los participantes en la Gran Guerra Patria, ciudadanos de Donetsk y Lugansk, a los que las autoridades de Ucrania les privó de la oportunidad de recibir su pensión en su lugar de residencia. El Gobierno ucraniano hace que estas personas, enfermas, ancianas, tengan que ir a Ucrania a por su pensión y tengan que hacerlo cogiendo varios transportes, arriesgando su salud y su vida en las largas colas de los puestos de control, proceso que se lleva la mitad de la pensión.

Pyotr espera que este 2020, las autoridades de la República puedan encontrar la forma de pagar una pensión más digna a quienes participaron en la guerra (combatientes y trabajadores de la retaguardia) que han alcanzado ya los 90 años y viven en los territorios de la RPD y la RPL. “El número de participantes es ínfimo y no sería un gran gasto”, explica. “Pero el efecto moral de poner en práctica esa propuesta sería enorme. Para los participantes en la guerra, y para los habitantes de la RPD y la RPD, ciudadanos de Ucrania, Rusia o del resto del planeta, sería una forma de agradecer a los veteranos por liberar a la humanidad del fascismo”. Es una pena que, 75 años después de la Victoria, algunos hayan olvidado quién liberó al mundo del fascismo, mientras otros ven revivir en su país el fascismo o incluso el nazismo. E incluso se las arreglan para equiparar a las personas que lucharon del lado de la Alemania Nazi con quienes lucharon en el ejército de la Unión Soviética.

Lyuba

Mi tercera protagonista tiene 90 años y no luchó en la guerra, lo hizo su marido, al que enterró en 2014. Su marido tenía diez años más que ella. “Estábamos juntos desde 1946, pero no nos casamos hasta el 50, mi primer hijo nació a finales de los 40”, recuerda Lyuba. “Después de la guerra, había muchas parejas como nosotros. No había habido boda, pero estuvieron juntos toda la vida. Vivimos 68 años juntos, vimos crecer a los hijos, nietos, biznietos”.

Pregunto a Lyuba qué desea. “Oh, no sé”, piensa. “Sueño con un día en que me despierte y no tenga dolor. También con un pasaporte, sueño con un pasaporte. Sabe, fui una de las últimas personas en cambiar el pasaporte soviético por el ucraniano, lo hice recientemente. En 1991, tenía 68 años y ya no tenía que cambiar el pasaporte, solo la foto. En 2008 pasé al pasaporte ucraniano, mis nietos me obligaron. Y aunque tengo ese pasaporte, casi no lo enseño, causa sentimientos diferentes. Estaba muy orgullosa del otro país y también de Ucrania, la vieja Ucrania. No estoy orgullosa de esta, esta me da miedo”.

Lyuba dice que sería bueno que todos los veteranos recibieran pasaportes de la Federación Rusa gratis y según un procedimiento acelerado. “Ahora nos están privando de la oportunidad de tener el esperado pasaporte por falta de medios. El coste de los pasaportes, teniendo en cuenta el pago por la traducción y el notario, es muy alto, alrededor de 8000 rublos. Muchos no tienen ese dinero. ¿Merecen eso los mayores, los veteranos? Muy pocos vamos a usar ese pasaporte para viajar, pero tiene otros usos”.

Pregunto a mi última protagonista si tiene algún deseo. “Qué puedo desear, solo la paz. Para quienes vinieron del frente con vida, enterrar hijos es lo peor. He enterrado a tres hijos. Mi hijo Kolya murió de sarampión a los cuatro años, Mijaíl murió un año después que mi marido, a los 66. Y tuve otra hija que no sobrevivió. Elena. Nació en 1953. La muerte de un hijo es lo más terrible. Nunca pensé que iba a pasar dos guerras, a cada cual más terrible. No sé si viviré para ver la nueva paz. No nos han dado otra opción. No podemos estar a merced de un país que ha decidido reescribir nuestra historia. Nosotros recordamos cómo fue. Yo recuerdo a los policías que venían con los alemanes [la policía auxiliar ucraniana, culpable de múltiples crímenes de guerra].

¿Cuántos quedan de esta gente buena y fuerte? Son muy pocos. Necesitan una pensión decente, cuidados y atención. Muchos de ellos desaparecerán para siempre este nuevo año, cada año quedan menos. Recuerdan que el pueblo soviético luchó contra los Nazis y forjó la gran Victoria manteniéndose firme y unido con los soldados, creyendo que el fascismo no pasaría. Aún lo creen, aún lo creemos, inspirados por su ejemplo, de ellos que creyeron. Espero que este año llegue la paz, esa que llevamos tanto tiempo esperando, especialmente los más mayores. Ya esperaron una vez, ¿cuánto tendrán que esperar ahora?

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