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Alto el fuego, Donbass, Donetsk, DPR, Ejército Ucraniano, Minsk, Rusia, Ucrania

Un pueblo sin niños

Artículo Original: Yulia Andrienko / Komsomolskaya Pravda

Nos dirigimos a Kominternovo junto al voluntario Andrey Lisenko, que siempre dice que, si no fuera por la gente, no podría hacer nada. Y es así, este viaje se ha podido realizar gracias a Liudmila, que ha venido desde Alemania. Es la octava vez que viene y nunca llega con las manos vacías. Allí, en Alemania, ha sido capaz de organizar a todo un grupo de personas gracias a las cuales se pueden realizar estas labores humanitarias.

Una compra en cantidades industriales

“Ya se ríen de mí diciendo que me he convertido en una mujer de Donetsk. No saben muy bien qué está pasando aquí. Culpan a Rusia. Y yo les destrozo todos los estereotipos con mis historias. Mejor no me fotografíes, mi marido y la familia están en casa, mejor no preocuparles”, dice Liudmila al ver que he sacado la cámara.

Llevamos cuarenta paquetes de comida para Kominternovo. Aunque siempre acompaño a los voluntarios, no estoy acostumbrada a compras tan enormes. Pero en cuanto nos hacemos a la idea, comenzamos a arrasar por las estanterías de cereales, harina, pollo, leche condensada, carne en lata, aceite, productos de limpieza, etc. Por cierto, cuarenta paquetes de harina son un carro de la compra entero. Nos dirigimos a la caja intentando no atropellar a nadie por el camino y es toda una aventura. Dejo el carro en la caja y vuelvo a por aceite y mantequilla. Nos miran todos los clientes. ¿Es la compra para todo un edificio? Al final, nuestra cuenta supera los 60.000 rublos.

Un arma contra las caries

Después hay que preparar cada uno de los cuarenta paquetes sin poner la misma cosa dos veces en el mismo paquete. Lo conseguimos, pero nos sobra un tubo de pasta de dientes. Radomir, el conductor, se lo guarda en el bolsillo. Seguro que encontraremos a alguien a quien dárselo.

De camino, nos paran en el puesto de control. Al ver el asiento trasero y el maletero lleno de cosas, el policía pregunta:

– ¿Dónde van?

-A Kominternovo.

-Ah. Y esa debe de ser su arma.

El policía señala al bolsillo del conductor en la chaqueta. Radomir saca el tubo de pasta de dientes y todos se echan a reír. Un arma contra las caries.

Vamos en dos coches, así que acordamos ir a una distancia de seguridad para no llamar la atención. Dos coches que circulan juntos pueden fácilmente causar sospechas. El pueblo está en la línea de demarcación, eso lo dice todo. “Estamos a 200 metros de las posiciones del Ejército Ucraniano”, dice Andrey Lisenko. “El pueblo está en un saliente, el enemigo lo ha cortado en dos. Esa es la desgracia de quienes viven allí”.

Junto a la carretera se agolpan restos de metralla y equipamiento destruido ya oxidado. El pueblo nos recibe con casas rotas y silencio.

En alguna parte, hay gente que nos está esperando, escondida tras las paredes de una tienda medio destruida. Seguimos adelante y empezamos a comprender las cosas al ver, no solo que no hay un solo edificio intacto o con ventanas, sino que en muchos no quedan paredes y que solo quedan los quemados cimientos o la valla. Sin saberlo hemos acabado casi en el frente, así que damos la vuelta y encontramos el lugar en el que nos están esperando.

“Señor, ¿dónde habéis ido?”, nos grita un coro de voces. “¿Cómo habéis conseguido salir? Ya estabais en el frente. ¿Tenéis la más mínima idea de lo que parecíais? Un coche desconocido a toda velocidad”.

Solo entonces nos damos cuenta de que hemos tenido suerte de que no nos hayan confundido con un grupo de sabotaje. Pero no hay tiempo para lamentos, es la hora de repartir lo que hemos traído a la gente. “¿Cómo vivís aquí? Siempre lo pregunto a todos”.

“¡Que cómo vivimos!”, contesta una mujer. “Somos un Segundo Jatin. ¡Mire! Antes había varias tiendas, un club, un colegio, guardería. Ahora no hay nada. Las calles están quemadas. La tienda ha sufrido daños tres veces, pero sigue trabajando. Al menos podemos comprar pan. Pero no hay farmacias ni hospitales. Si necesitamos algo, vienen de Bezimenoe, a 12km. Y tenemos a mucha gente encamada, personas mayores indefensas”.

Un pueblo sin niños

Me fijo en las caras de la gente que se ha reunido aquí. La más joven tiene 64 años y la más mayor, la abuela Nadia, tiene 90. Esos datos me sorprenden. Es el primer pueblo en el que no hay ningún niño. Incluso en Sajanka y Yasnoe hay niños, o en Spartak hay una niña. Aquí no hay un solo niño. Es raro, más raro aún que las ruinas de la guardería. Por un momento, da la impresión de que no hay un solo niño en todo el mundo, no solo en Kominternovo. Antes de la guerra vivían aquí unas 700 personas, ahora no son más de 70. La décima parte. Si esto no es una forma de genocidio nada lo es.

“¡Cómo que nosotros no somos jóvenes! Pronto vamos a ir a la universidad. La abuela Nadia es la más lista”, bromea alguien de la multitud. De repente, me entran ganas de llorar. En este pueblo completamente destruido, esas bromas hacen que salgan traicioneras lágrimas.

“Ayer hubo un bombardeo, la metralla me destruyó un icono”, dice sin emoción alguna una mujer de unos 70 años. “En las ventanas ya no hay cristales. No pasa nada, cuando tenían salían volando. Ahora hay madera. En nuestro pueblo no hay una sola casa que no haya sufrido daños. Diré más, no hay una sola casa que no haya tenido dos o tres impactos. Muchas han tenido más, al menos una docena. Y la gente está llena de heridas”.

La ayuda de los militares

“Este verano, nadie se ha atrevido a plantar nada, era imposible salir a la huerta, empezaban a disparar inmediatamente. Así están nuestras huertas, llenas de metal en vez de vida”, dice otra residente local. Lo peor es que en el pueblo no hay agua corriente. Antes de la guerra, todos tenían una huerta, pero ahora estas personas mayores tienen que ir al pozo a por agua arriesgando su vida. La carretera es bombardeada constantemente. Cuentan que si no fuera por los soldados, no sabrían qué hacer. Son ellos los que reparten agua y ayudan con la comida. Aquí son todos uno. Y solo hay un nombre para ellos: les llaman simplemente hijos.

“Nací aquí. Tenía siete años cuando empezó la guerra. Entonces se llamaba Pikuzy. Qué bonito era el pueblo, cuánta gente venía, había casas ricas”, recuerda Vasily Ivanovich, que vive en el pueblo llamado Chapaev. Vivo aquí con mi mujer, en el cobertizo, escondidos. No tuve tiempo de cubrir el tejado y ya empezaron a bombardear otra vez. Específicamente disparan contra lo recién arreglado”.

Ofrecemos a algunas personas mayores solas llevarles los paquetes a casa, son muy pesados, al menos 15kg. Nos lo agradecen con un abrazo. Pero, en realidad, ¿qué hemos hecho? Solo hemos traído unos paquetes. Pero el ser humano no es un ser irracional, siente felicidad cuando sacia sus necesidades.

En una de las viviendas, una mujer anciana nos lleva a la esquina más importante de su casa. Ahí tiene los retratos de su marido e hijos fallecidos. “La casa es grande, pero está vacía. Nunca pensé que, de toda nuestra familia, me quedaría sola en la vida”, dice la abuela Shura. “El tejado tiene goteras, sufrió algunos impactos, así que vivo en una pequeña habitación, que es más fácil de calentar. Las ventanas están protegidas con plástico. Ni siquiera hay nadie a quien le pueda pedir que las arregle, no hay nadie ni siquiera al que pagar por hacerlo. Y no hay dónde ir, ¿quién necesita a alguien como yo?”

Los residentes no creen en los bailes de Minsk ni en los de Normandía. Creen en sus “hijos”, los soldados que tienen a su lado. Y los políticos de todos los bandos que salen en la televisión les parecen marcianos. Ni la abuela Shura ni la abuela Nadia saben de qué están hablando en los despachos ricos. Quizá habría que llevar a todos esos programas políticos de televisión a la destruida guardería de Kominternovo, a las ruinas del club o que pasaran una noche bajo los bombardeos y así sabrían de verdad cómo funciona el mundo.

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