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Donbass, Poroshenko, Rusia, Ucrania, Zelensky

Totalitarismo inútil

Artículo Original: Andrey Manchuk

Ahora, cuando estamos presenciando el colapso del colapso del régimen de Poroshenko y los dinosaurios de su etapa caen, uno tras otro, en el olvido político -primero el Fiscal General Lutsenko y después es alcalde de Kiev Vitaly Klitschko y después serán los demás miembros del Consejo de Ministros-, algunos se preguntan cómo es posible que este equipo haya sido incapaz de mantener el control del país con todos sus tentáculos.

Hace unos meses, a principios de la primavera, muchos creían que la posición del régimen se mantendrían intacta. Poroshenko tenía todo bajo su control. Las excepciones eran el Ministerio del Interior, que seguía las órdenes del disidente ministro Arsen Avakov, y el canal de televisión 1+1, aún bajo control de Igor Kolomoisky. Pero no era solo eso. El sistema político de la era Poroshenko estaba fundamentalmente basado en la constante propaganda que cada día y cada noche intentaba implantar en las mentes de los ucranianos mensajes de odio y hostilidad para formar, posiblemente por primera vez en la Europa posterior a la guerra, una conciencia totalitaria en una parte del público.

Y eso funcionó. Las autoridades controlaron todo el campo de la información y muchos ucranianos sinceramente creyeron los bulos y manipulaciones que les contaba la televisión. Sinceramente odiaron a todos los enemigos -externos e internos- y obedientemente los buscaron en su entorno. Los ciudadanos delataron incluso las vallas en las que veían los colores de la tricolor rusa, a turistas que se fotografiaban frente al Kremlin y demonizaron a los niños cuyos padres no querían llevarlos a los campos de entrenamiento militar. Son síntomas que demuestran un alto grado de paranoia.

Sin embargo, esos síntomas fueron simplemente ignorados. Los antiguos dueños del PrivatBank prometieron a los ciudadanos recompensas por capturar “separatistas”, el SBU colgó por toda Ucrania carteles en los que pedía a los ciudadanos que delataran a personas “políticamente sospechosas”, aunque fueran sus vecinos o familiares. La histeria patriótica monitorizaba constantemente las redes y hacía listas de “desleales enemigos del pueblo”. Y esto tuvo serias consecuencias, porque la mayor parte de los prisioneros políticos ucranianos fueron encarcelados tras ese tipo de denuncias, aunque fueran cosas completamente inocentes como posts en VKontakte u Odnoklassniky.

Muchos famosos periodistas -entre ellos Ruslan Kotsaba, Alexander Bondarchuk, Vasily Miravitsky o Dmitry Vasilets- fueron víctimas de la persecución política a causa de mensajes de odio de esa gente alocada que crearon escándalos de la nada y automáticamente pusieron en marcha la maquinaria represiva que tan fácilmente aplasta a la gente corriente.

Los ucranianos “conscientes” se han dedicado en estos años a absolutas nimiedades. Se han quejado de camareros que hablaban ruso o menús en ruso en los restaurantes, han denunciado canciones soviéticas en la programación de le televisión en los cafés y la histeria causada en cada ocasión que accidentalmente descubrían algún símbolo soviético se ha convertido en una realidad familiar en la realidad ucraniana. Ese tipo de incidentes habitualmente han aparecido en las crónicas informativas de este “Estado democrático europeo”.

Disentir se ha hecho imposible, ya que era tratado como un primer síntoma de ayudar al enemigo. Es más, en el verano de 2014, el primer ministro Arseny Yatseniuk ya planteó la idea de que se consideraran las protestas contra el gobierno como actividad subversiva que no debe permitirse en un país en guerra. El país que tuvo que apretarse el cinturón y lo hace en nombre de la victoria, se resignó a medidas draconianas. Esta tesis se convirtió en la base de los cinco años de reinado de Petro Poroshenko. Sus oponentes eran considerados “traidores” que agitaban la situación por los intereses del Kremlin. Daba igual si se trataba de las protestas sociales de los mineros hambrientos o el circo del absolutamente antirruso Mijail Saakashvili, al que una vez se consideró el mejor amigo de Petro Poroshenko. Sí, también acabó siendo una “agente de Moscú” la ex heroína Nadia Savchenko, que también pagó con su libertad el precio de ser desleal al Gobierno.

Todo esto, combinado con las constantes declaraciones altisonantes y el espíritu militarista sobre la guerra eterna contra el agresor, para la que la nación debería unirse alrededor del Gobierno liderado por el presidente, aceptando la triada “ejército-fe-lengua ucraniana”, trató de imponerse en la sociedad como la ideología oficial. Poroshenko claramente trató de crear en la era de internet algo como un Estado totalitario corporativista al estilo de los años 30 del siglo pasado para consolidarse en el poder. Y él, al igual que sus principales asesores, estaba convencido de que tendría éxito. Esa confianza era tan fuerte en Poroshenko, que hasta el inicio de la campaña electoral se consideró seriamente un líder nacional, que decidió acudir a las urnas. Aunque tenía opciones más seguras como introducir el estado de excepción y permanecer en el poder de forma indefinida.

Sin embargo, la versión ucraniana del totalitarismo iba a acabar de forma patética. Los ucranianos votaron en masa contra “ejército-fe-lengua ucraniana” y prefirieron la hipotética esperanza de libertad y una vida mejor, aunque se aferraran, como un acto de fe, a la más que dudosa figura de Volodymyr Zelensky. Y resultó que solo una minoría compartía realmente las ideas nacionalistas, mientras que el 70% de la población no las consideraba un dogma indisputable. Dio igual cuántas veces se lo repitieran los presentadores y líderes de opinión de la televisión. El efecto de los canales de información disponibles en la red en el siglo XXI, que el Gobierno no fue capaz de bloquear, ha hecho el mundo más grande. Así que muchas personas en el país saben que pueden y deben vivir de forma diferente, sin pobreza y sin guerra.

Es evidente que nada de eso significa el colapso completo del sistema de Poroshenko. Él se ha ido, y con él su gente, pero los nuevos mandatarios del país, que ahora trabajan activamente para hacerse con todo el poder en el país -literalmente en todos los niveles- parecen dispuestos a seguir la misma política, aunque quizá en una versión algo más blanda, modernizada y humanizada. Aun así, tendrán que recordar la experiencia del anterior régimen para el futuro, una experiencia que les advierte contra los intentos de construir una caricatura del Reich basada en el militarismo, clericalismo y dominio de una única lengua. Por el bien de un país que ya fue gobernado por un Furher una vez.

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