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Donbass, Minsk, Nacionalismo, Política, Política exterior, Poroshenko, Rusia, Ucrania, Zelensky

La renovación y el partido de la guerra

Artículo Original: Andrey Manchuk

Hace cinco años, publiqué un artículo titulado “Elecciones al Reichstag”, dedicado a las perspectivas electorales en el Parlamento. Esta formulación podría parecer innecesariamente dura en aquel momento. La guerra en Donbass ya había empezado, pero aún no se alcanzaba a comprender hacia dónde iría Ucrania tras las elecciones legislativas. Sin embargo, parecía evidente y predije que la composición del Parlamento sería la más chovinista y absurda de la historia del parlamentarismo ucraniano, completamente centrada en Occidente y obcecada contra Rusia. Así fue y en ello se tradujo también la composición del Gobierno.

“Es fácil ver que el recientemente electo Parlamento será un parlamento de defensores de la guerra, que no solo será el más a la derecha de la historia de Ucrania, sino el más a la derecha en la historia de Europa desde la guerra. Su verdadero deseo es prohibir el color rojo, proclamar el Gran Hetmanato, obligar a los ciudadanos a soñar en la lengua nacional, cambiar el nombre de Artyomovsk a Banderovsky -y también el champán que se hace allí [Sovietskoe]-, criminalizar el pensamiento y pintar de azul y amarillo todos los gatos de Ucrania. Como ha demostrado la experiencia de los últimos meses, la realidad de las iniciativas de los diputados puede ser aún más absurda que estos chistes que no tienen gracia”, apunté irónicamente en aquellos días.

Al final, el champán finalmente perdió su nombre, como también lo hicieron Artyomovsk y cientos de localidades del país. Un gato llamado Pampuj fue uno de los elementos incluidos en el caso contra el preso político Vasily Miravitsky. El crimen de pensamiento se ha castigado porque los fiscales e investigadores han visto la oportunidad de retorcer de una manera o de otra los artículos del Código Penal para penalizar a disidentes por artículos de periódico. La prohibición de los símbolos de la izquierda fue confirmada por el Tribunal Constitucional, que oficializó la censura de la hoz, el martillo y la estrella. Y en cuanto al Hetmanato, ahora ya es perfectamente conocida la propuesta de cambiar el nombre del país por el de Ukraina-Rus, que se discutió seriamente por los diputados patrióticos.

Pero esto no va del champán o del gato. Lo principal es que el Parlamento se ha convertido en una unidad de lucha de los vasallos nacionalistas de los políticos occidentales, algo que causó una especie de ola de entusiasmo.

“Por primera vez, en el nuevo Parlamento de Ucrania no se peleará por la lengua de la iglesia ni por cuáles son los aliados estratégicos. Por primera vez en los años de independencia, en Ucrania no existirá una sección “prorrusa” y “proccidental”. Por primera vez en la sociedad ucraniana no habrá disputas sobre la dirección geopolítica que debe tomar Ucrania. En el Parlamento no habrá ocasión de que fuerzas políticas defiendan la unión estratégica con Rusia. Sí habrá fuerzas políticas que defiendan la opción europea y euroatlántica. Las marcas de identidad -lengua, historia, cultura- no se verán sujetas a la política”, anunció con orgullo en aquellos días el director del Instituto Internacional de Democracias, Sergey Taran.

Lo peor de todo es que se consolidó la idea de que la guerra en el este, que tradicionalmente se ha considerado Rusia, era algo sagrado y de naturaleza perpetua. Toda sugerencia de conversaciones de paz con el Kremlin que se apuntaba tímidamente en la esfera pública era considerada no como una posición humana ni el deseo de paz con un pueblo que durante décadas o siglos había convivido pacíficamente sino como una insidiosa traición, deslealtad a los más altos ideales de la nación y el Estado. Mientras tanto, cualquier decisión contra los intereses rusos, ya fuera real o imaginaria, debía ser votada por los diputados. Aunque muchas veces fuera un clásico tiro en el pie contrario, no a los intereses de Vladimir Putin, sino a los de los ciudadanos ucranianos.

La fatiga de esas políticas específicas sin sentido y alocadas para todos menos para la élite ideológica que se ha formado en el país en la etapa postsoviética se ha traducido en el voto de castigo en las elecciones presidenciales. No es ningún secreto que la población no fue a votar por su lealtad al “Servidor del Pueblo” sino contra las políticas de Petro Poroshenko, con la esperanza de que el cambio de jefe de Estado y el consiguiente cambio en el Parlamento y el Gobierno supusieran un cambio de política. Estas expectativas dieron lugar al presidente Ze y a la victoria electoral de “Servidor del Pueblo”, que recibió el apoyo mayoritario en el Parlamento y, por primera vez en la historia de la Ucrania independiente, ha obtenido la mayoría absoluta, una carta blanca para realizar reformas y tirar a la papelera de la historia a los aliados políticos de Poroshenko.

Ahora, el Parlamento ha cambiado y parece que muchos de esos deseos se han cumplido, al menos de forma parcial. Así lo consideran en el Ministerio de Asuntos Exteriores de Rusia. Sin olvidar el hecho de que tres millones de ucranianos no pudieron ejercer su derecho al voto en Rusia y que los observadores rusos fueron vetados otra vez, los diplomáticos hablaron de forma pacífica y calificaron, de forma optimista, las elecciones ucranianas como un “voto de esperanza”.

“Es significativo que las fuerzas nacionalistas no hayan recibido amplio apoyo de la población de Ucrania. El resultado de “Solidaridad Europea” de Poroshenko ha sido modesto. Los grupos extremistas como Svoboda y otras organizaciones radicales no han entrado en el Parlamento. Todo esto sugiere que la población ucraniana está cansada de la política de intimidación y el terror cometido por las autoridades anteriores. Se puede decir que ha sido un voto de esperanza”, afirma el comunicado oficial publicado por el Ministerio de Asuntos Exteriores de Rusia.

Todo eso es cierto. En la nueva composición del Parlamento habrá muchas menos figuras odiosas de la élite nacionalista ucraniana y el líder de “Servidor del Pueblo”, Dmitry Razumkov, del que se espera que presida el Parlamento, es muy diferente a personajes como Andriy Parubiy o Irina Gerashenko. Pero es preciso moderar el optimismo y ejercer la cautela.

Para empezar, es preciso recordar que el presidente Poroshenko no siempre fue un halcón patriótico. Antes, tenía una reputación de ser una persona creíble, constructiva y, lo que es más importante, que tenía propiedades en Rusia. Lo mismo se puede decir del Bloque Petro Poroshenko. Pese a que ahora se haya olvidado, su base eran empresarios apolíticos y no excesivamente beligerantes, muchos de los cuales trabajaron con representantes de lo que ahora es la Plataforma Opositora o que estaban en las filas del Partido de las Regiones. Esa reputación le dio la victoria en la primera vuelta, una victoria que fue mucho más espectacular y convincente que la victoria de Volodymyr Zelensky. Y las autoridades rusas también trataron de establecer relaciones de cooperación con ese nuevo Gobierno.

Nada de eso salvó al rey del chocolate de una rápida transformación a la imagen de camuflaje del héroe de guerra. Eso contribuyó a la total y completa dependencia política y económica de Occidente en la Ucrania post-Maidan. Aunque menos fuerte, también fue clave la presión de la calle, es decir, de los activistas patrióticos y otros. Al final, Poroshenko no tuvo el deseo de cambiar el destino de la paz sino de la guerra. Porque la retórica antirrusa le ha dado grandes beneficios y apoyo de las estructuras euroatlánticas y nacionalistas que tradicionalmente habían sido sus oponentes y enemigos y con lo que consiguió neutralizar el enfado de esa parte de la población. Incluso aquella idiotez histórica que fue el bloqueo del carbón, cuando matones de extrema derecha consiguieron que Ucrania dejara de recibir importantísimo carbón y que Poroshenko lo oficializara, aunque públicamente admitiera que el bloqueo causaría un billón de grivnas de daños al país. Mientras tanto, su entorno rápidamente creaba en la sombra la treta de Rotterdam para conseguir que el mismo carbón de Donbass a través de terceros países.

Al margen de Svoboda y de Poroshenko, queda una cuestión no menos importante: ¿resistirá el nuevo Gobierno a las presiones internas y externas? Al fin y al cabo, para luchar contra los grupos neonazis son necesarios recursos del poder y esos recursos no han demostrado en estos dos meses ningún intento de recuperar el monopolio de la violencia. Nadie ha parado la lucha en Donbass, no se ha iniciado ningún diálogo político real con Moscú. No han sido puestos en libertad los presos políticos y los asesores de Zelensky lo han explicado con evasivas, alegando no querer provocar a los radicales, que son capaces de movilizar a sus redes de periodistas chovinistas y “líderes de opinión”. Y esos radicales no se van a ir a ninguna parte tras las elecciones.

En lo que respecta a los “servidores del pueblo”, gran parte de la facción votará como les digan desde arriba, como ocurría con el Bloque Poroshenko. Ahora es a favor de la Unión Europea, pero cambiarán si su líder decide mañana que Ucrania tiene que seguir el camino de “alejarse de Moscú”. Es más, gran parte de ellos son formas indistintas y difusas. Aunque hay notables excepciones: por ejemplo, Nikita Poturaev, asesor del equipo de Zelensky en cuestiones políticas. Como se ha sabido, es conocido por sus posts sobre sovoks y rusos en Facebook.

Mientras tanto, los nuevos representantes del partido de la guerra no creen que hayan perdido el control y desafiantes hablan de cambiar el nombre al ruso y a la propia Rusia, como si volvieran a la línea del Gran Hetmanato de 2014. No hay ninguna garantía de que mañana no vayan a decir eso mismo al Parlamento. Tampoco hay garantías de que Zelensky no vaya a tomar alguna estúpida decisión que empeore aún más las relaciones entre los dos países.

No, la victoria en el Parlamento no significa la derrota del partido de la guerra en Ucrania. Perderá cuando los niños sean educados en el espíritu de amistad con Rusia, como ya ocurre en Francia y en Alemania pese a siglos de guerra. Cuando la prensa no se dedique al discurso del odio. Cuando acabe la guerra y los hombres armados de las “estructuras militares informales” no solo no impongan su voluntad sino que no puedan aparecer por la calle armados. Cuando los productores de champán puedan elegir llamar a su producto Sovietskoe. El partido de la guerra solo caerá cuando se cumplan todas esas pequeñas y grandes cosas.

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