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Alto el fuego, Donbass, Donetsk, DPR, Ejército Ucraniano, LPR, Minsk, Rusia, Ucrania

No se puede vivir sin esperanza

Artículo Original: Yulia Andrienko / Komsomolskaya Pravda

Cuando empiezo la mañana con las promesas de los políticos o con los lamentos del “todo está perdido, nos van a abandonar”, sé que es hora de salir hacia los pueblos del frente de Donbass, donde no hay Facebook, ni expertos de salón de todos los tipos. Allí solo hay personas corrientes que no interesan a mucha gente, cuyos problemas y cuya verdad no escucha casi nadie.

Los ayudantes del voluntario Andrey Lysenko habitualmente llenan de grandes bolsas de productos su destartalado coche, ese que Elena bromea calificando como “el legendario tanque T-34”. De alguna forma, es una especie de tanque. No solo ha conseguido llevar a su intranquilo dueño bajo el fuego a Zaitsevo o Trudovsky, sino que ha estado atascado en zanjas y a punto de ahogarse en el agua.

Hoy nos acompaña en el viaje Mijail Roshchin, investigador en el Instituto de Estudios Orientales de la Academia Rusia de Ciencias. El hecho de que un especialista en Siria haya venido a Donbass (y no es la primera vez), no a dar una conferencia en algún pedestal o a conceder una entrevista sino a ayudar como voluntario en el frente inspira respeto.

Cuando por la ventana ya se ve la estepa de Donbass, con sus cobertizos destruidos, empiezo a torturar al nuevo acompañante.

“Mijail, usted es un experto en Siria, dígame, ¿por qué Rusia no eligió Donbass? En 2014, votamos, no tanto por las Repúblicas, sino por estar bajo la protección de Rusia. Es como el dicho cuando decimos Lenin, queremos decir el Partido. Aquí era cuando decimos República, queremos decir Rusia. ¿Por qué no escucharon?”

“Creo que nuestro presidente está jugando al gran juego diplomático, empezando por la operación militar en Siria. Quería demostrar el aumento de las capacidades militares de Rusia en el contexto internacional y, al mismo tiempo, desviar la atención de Occidente de Ucrania. De alguna forma, ha tenido éxito”, responde Mijail. “Creo que el esfuerzo militar que requiere Siria es menor que el que requeriría el sudeste [Donbass]. Si analizamos a largo plazo, Donbass para Rusia es incomparablemente más importante que Siria. Está en la frontera del mundo ruso, una frontera muy importante para nosotros. Por cierto, he notado que hablas un ruso más limpio que en Moscú, donde la lengua está plagada de extranjerismos y americanismos, especialmente en los últimos años. Así que Donbass no ha desaparecido de la política rusa. Rusia tiene frontera con Donbass. No olvidemos que una parte de Donbass está en la región de Rostov. Pronto se cumplirá el quinto aniversario de la demostración de la voluntad popular en Donbass. Las Repúblicas aguantan. Eso quiere decir que la confianza de la población en esa decisión histórica se mantiene”.

Sí, aguantan, pero ¿qué otra cosa nos queda? Odio desde 2014 ese deseo de “¡aguanta!”. Mientras tanto, ya hemos pasado Yakovleka, situada cerca del puesto de control de Yasinovataya en el kilómetro 71. La zona industrial está a tiro. Solo hay un colegio en los cuatro pueblos más cercanos al que van poco más de veinte niños. Allí visité a la única niña que quedaba bajo el fuego, Vika.

Me imagino a los profesores de este colegio entrando en sus clases para encontrarse a dos o tres alumnos entre las filas de mesas vacías. En la memoria de esos profesores, esos pasillos deben de estar llenos del olor a la comida del comedor, el sonido de las risas de los niños, gritos, lo normal en un colegio. ¿Cómo se puede enseñar cuando alrededor de esas mesas vacías ni siquiera hay paredes, no hay dibujos ni retratos de los clásicos? Es como actuar en un teatro ante el auditorio vacío. Pero ellos aprenden, vienen cada día a esas clases medio vacías, sin haber dormido lo suficiente por las bombas y les enseñan los teoremas, hacen ecuaciones, leen a Pushkin. Qué coraje el de estas personas que se mantienen aquí, un heroísmo sin igual. Aquí las paredes están cubiertas con anuncios de Donetsk.

Eric, ayudante de Andrey, señala daños recientes en el kilómetro 71 (la simplicidad de los nombres de Donbass a veces me deprime). “Ahí, esa casa estaba entera antes de la tregua de primavera”, apunta señalando un tejado destruido en un bloque de apartamentos de cuatro pisos. Se percibe un impacto en el primer piso. “Aquí también queda gente, así que hemos traído ayuda”.

Mientras Andrey Lysenko carga los productos, inspecciono el patio. Alguien juega con una pelota pinchada, un perro cuyos oídos ya se han acostumbrado a la guerra. No hay una sola casa entera, en algunas no hay ventanas, otras parecen una clase de anatomía, con el esqueleto a la vista, las paredes rotas dejan ver los muebles.

Un veterano sentado en el sótano

Avanzamos en nuestro camino hasta la localidad de Abakumov, cerca de la destruida Staromijailovka. Conocemos a la pensionista Irina Nikolaevna. Me sorprende escuchar que solo tiene 64 años. Aunque, en realidad, no debería sorprenderme, en la línea del frente las personas envejecen mucho más rápido y de una forma terrible.

“Mi padrastro todavía vive. Oleg Konstantinovich tiene 93 años, luchó de joven en la Gran Guerra Patria, en la milicia de Rostov, y le secuestraron y le llevaron a Alemania. Ahora, en su vejez, tiene que esconderse en el sótano”, dice secándose las lágrimas. “Hace poco, estaba junto a la ventana cuando empezaron a disparar, un fragmento de metralla no le impactó por poco”.

Viven de la forma más modesta. “Entre los dos recibimos algo más de 7.000 rublos. Salvo el Día de la Victoria, que le dan 1.500 rublos más a mi padrastro”, dice la mujer al aceptar las grandes bolsas de comida de los voluntarios.

Esta es la triste vida de quienes siguen aquí. Pero hace tiempo que este desastre de Minsk se ha instalado aquí, como si no existiera la vida en paz con sus simples placeres de antes de la guerra. Hace tiempo que no interesan al resto del mundo, la moda de ver a Donbass como algo heroico empezó a decaer hace un par de años y ahora hace tiempo que ya no está en las noticias, hace tiempo que solo interesa a la prensa de vez en cuando. Los militares habitualmente entierran a los muertos, la población aguanta, pero la fatiga lo cubre todo, incluso a los perros callejeros que viven en casas sin ventanas. Hablando con la población, noto nostalgia de 2014. “Sí, nos bombardeaban sin piedad, pero había esperanza, eso nos hacía aguantar”, dicen esas historias. Lo recuerdo. Es como si todo fuera más denso, más saturado de entusiasmo y con un toque de esperanza. Sin embargo, tampoco se habla de volver a Ucrania, eso lo han entendido ya hasta los que piensan que “nos van a abandonar”. Nunca volveremos. Y en eso hay algo que da miedo, pero también algo fascinante.

Los cristales no tienen sentido

Llegamos a una calle de nombre poético: Ajmatova. Es la última de la localidad, así que estamos a la vista de los francotiradores ucranianos. Valentina Alexandrovna tiene 67 años. Su casa no tiene ventanas desde 2015 y en su lugar hay madera y plástico. Como la mayoría. Para mi sorpresa, no pide a las autoridades de la República ayuda para reponerlas y pacientemente explica: “¿Para qué? Bombardean, así que las ventanas explotarían. Se puede seguir así de forma indefinida. Es mejor parar esta guerra sin sentido”.

“Me quedé sola. Mi hijo murió antes de la guerra y el corazón de mi marido no pudo aguantar el bombardeo sin fin. Tuvo dos ataques al corazón seguidos. Acabaron con él. Vivíamos en el sótano, las bombas caían en el patio, la casa estaba destruida”, dice la mujer señalando las grietas en la pared. “Yo también tuve un infarto el otoño pasado. No puedo ir a la tienda ni a la farmacia, los vecinos me ayudan a sobrevivir”.

Cuando en la prensa se leen noticias sobre que en Donbass “ha empeorado la situación” se ve la diferencia entre la percepción de quienes escriben esas noticias desde la distancia. En primer lugar, ese empeoramiento nunca se ha detenido. En segundo lugar, la gente que vive allí estaría encantada de que un empeoramiento acabara con esta “mala paz”, que ha resultado ser aún peor que la “buena guerra”. Otra cosa es que ni los niños aquí creen esas historias de ofensivas.

¿El paciente sigue vivo?

Seguimos entregando ayuda hasta la tarde y me doy cuenta de que físicamente ya no puedo percibir más dolor humano. Está en todas partes. El navegador nos manda directamente hacia Ucrania y se queja cuando cambiamos de ruta. Por aquí pasa algo así como esa expresión que dice que cuando la ciudad duerme se despierta la mafia. Aquí las tropas ucranianas despiertan y empiezan a disparar en cuanto cae la luz.

Una de las casas de Trudovsky donde llevamos ayuda ya está a oscuras. Es sorprendente que esté reparada, con ventanas, una fuente vacía en el patio. Es un lujo comparado con lo que hemos visto hoy. Resulta que son los restos de la antigua vida en paz, cuando quienes compraron el terreno invirtieron en reparaciones, con la esperanza de dejárselo todo a sus hijos. Y ahora la familia tiene serios problemas: los gemelos de seis años, hijos de la persona que nos recibe, dejaron de hablar por el trauma de la guerra. Antes hablaban, pero los sonidos de las explosiones y el temblor de la tierra les ha pasado factura. Los chicos gimen y solo la madre entiende lo que quieren. Los llevaron a Rusia para recibir tratamiento, pero llegó el momento de volver.

“Y otra vez la metralla y los proyectiles vuelan como un ventilador y se escuchan los sonidos de artillería”, cuenta Elena, madre de los gemelos. “Y no tenemos dinero para alquilar algo en otra parte. ¿Qué recuperación podemos esperar?”

Para todos nosotros es demasiado pronto para hablar de recuperación. Porque nos aferramos rápidamente ante cualquier signo de recuperación, aunque sean falsos, como Malorossia, los pasaportes de la Federación Rusa o la mención a la RPD o la RPL en los círculos más altos de Rusia. Porque hace tiempo que nos hemos acostumbrado a la guerra y al no reconocimiento, pero no hemos aprendido a vivir sin esperanza. Es difícil vivir sin ella.

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