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Aunque intentáramos escondernos

Artículo Original: Denis Grigoriuk

Todo el que ha sobrevivido milagrosamente en circunstancias extremas tiene una memoria que le lleva directamente a revivir ese día. A veces se piensa que, con el tiempo, se sentirán seguros y seguirán adelante sin volver a echar la vista atrás. Sin embargo, de repente ocurre algo que una vez más te lleva a ese día y cada momento vuelve a la memoria. A la larga, los recuerdos pueden modelarse y convertirse en algo peor de lo que ocurrió inicialmente. Los destellos de la memoria siempre vuelven, da igual cuánto se intente huir de ellos.

Vuelta a la guerra

Para mí, el momento más agradable de la jornada de trabajo siempre ha sido el viaje. Si nos olvidamos de los atascos, las multitudes y olor a cerrado, es posible disfrutarlo, especialmente cuando acompaña un buen libro en las manos. En esos momentos se puede llegar a olvidar que viajas en un transporte público abarrotado. Leí “Subir por el aire”, de Orwell, que trataba el periodo de entreguerras. Una nueva tragedia a nivel mundial, pero aún había una última oportunidad de respirar en una paz que estaba a punto de desaparecer. No hace falta más que un instante para que eso ocurra.

“En el siguiente instante escuché un ruido. Si estabas allí en ese momento, podrías tener un interesante ejemplo de lo que, según tengo entendido, la ciencia llama reflejo condicional. Porque lo que escuché -sin lugar a dudas- era el zumbido de una bomba. No había escuchado ese zumbido en veinte años, pero no hacía falta que nadie me dijera qué era. Sin necesidad de pensar en ello, hice lo que había que hacer. Me tiré al suelo boca abajo”.

¿Esa sensación seguirá con nosotros para siempre? ¿No hay ningún tratamiento? No lo hay. Te hace olvidar. Pero no es suficiente si al leer unas escenas de un libro del siglo pasado vuelven a pasar ante tus ojos las horribles imágenes de tu memoria.

5 de junio de 2015. A través del pequeño hueco entre el casco y la hierba vi cómo el infierno caía sobre nosotros. Caía sobre nuestras cabezas y parecía no tener fin. Nos mantuvimos tumbados apretando contra el suelo ante los esqueletos de los destruidos hogares de la calle Stratomatov. Los pocos segundos que pasaban entre bomba y bomba daban tiempo a pensar todo tipo de cosas a la vez.

La primera bomba. Cayó a cien metros de distancia. “¿Cuántas más habrá? ¿Cuándo van a vernos?”.

La segunda bomba. La distancia se redujo a cincuenta metros. “Incluso más cerca. Cada momento podía ser el último. ¿Cuál va a ser mi última foto?”.

La foto no era nada. No la publiqué porque no había nada especialmente llamativo. Pero podría haber sido “la última instantánea de un fotógrafo de guerra fallecido”. A la gente le gustan estas cosas. Pueden discutirla, imaginar, ponerse tristes y después olvidar. Y la foto quedará como la última cosa que ese fotógrafo vio a través de la lente.
La tercera bomba. La explosión fue incluso más potente. “Es contra nosotros, no hay duda”.

De repente, queda claro lo efímera que puede ser la vida. La cosa más simple que tenemos, la vida, resulta ser la más frágil. El zumbido de una bomba puede poner fin a nuestra breve historia, que seguramente nadie conocerá. ¿A alguien le interesará? ¿Habrá merecido la pena esta vida? Puede que no lo sepamos.

La cuarta bomba. Quince metros. Acabamos cubiertos de tierra, con un zumbido en los oídos y la onda expansiva en los talones. Caí para atrás. “¿Hacia dónde nos arrastramos si la próxima bomba no es mortal?”.

La quinta bomba. Voló por encima. Cayó a cien metros. Después, silencio. Solo un zumbido en los oídos.

El cielo estaba traicioneramente bonito. Las nubes flotaban entre el color azul. Habría sido algo que disfrutar, pero no en ese momento. El sudor nos caía por la cara dejando marcas. Bajo el intenso sol de la mañana. El casco y el chaleco antibalas contribuían a la sensación de calor. De poco nos habrían servido si hubiéramos tenido algo menos de suerte, pero salir sin ellos en el frente es una imprudencia. El chaleco apretaba el pecho, que latía con locura. Echamos a correr por la calle desierta. Los soldados gritaron algo que no pude escuchar, pero entendí el mensaje: ¿estáis todos bien? Milagrosamente, no había ningún herido.

“Hemos esquivado una bala”. Fue lo primero que me pasó pro la cabeza. Al volver a respirar con normalidad, te prometes a ti mismo que será la última vez. Pero después ocurre otra vez. Y otra. Es una nueva adicción a sentirte vivo. Y ocurre cuando la muerte está cerca.

Tres años después

De repente, empieza a llover con fuerza. Por suerte, no es “Grad”. Aquí la palabra tiene un significado diferente al original [Grad es, en ruso, granizo-Ed]. Empieza a caer justo cuando llego a mi destino. En mi cabeza, el lugar era distinto: más salvaje. Hace tres años, no tuve tiempo de mirar a las paredes que podrían habernos protegido si las bombas hubieran impactado en la casa. Pero todo seguía en su sitio: los restos de la valla de cemento, las señales rotas bajo las que nos arrastramos bajo el fuego, el árbol de Navidad que aún sigue verde, las ventanas rotas por la metralla y la pared agujereada.

La calle Stratovnatov sigue pareciendo el escenario post-apocaplíptico de una película sobre un futuro distópico, aunque hay algún signo positivo. Por ejemplo, cuando paseaba por la calle desierta me adelantó un vehículo del Ministerio de Infraestructuras de la RPD. Repara el suministro de agua y de electricidad. Incluso el de gas. La calle ha dejado de ser tan peligrosa como lo era en 2015. En cuanto los bombardeos decaen, la población regresa a sus casas y también lo hacen los recursos básicos: la luz, el agua y el gas. Es algo sin lo que no se puede vivir con normalidad. Pero parece que incluso sin nada de eso aún siguen sobreviviendo los habitantes de Spartak, a poca distancia de aquí. La diferencia es el número y la intensidad de los bombardeos ucranianos. En Stratovnatov, los bombardeos son poco frecuentes -aunque se mantiene el sonido de las armas ligeras y de pequeños escarceos-, mientras que Spartak, cerca de Peski, sigue bajo el fuego de la artillería ucraniana.

La zona de Stratovnatov ahora es una zona para excursiones militares para quienes nunca han visto la guerra, ya no es una zona del frente. Sin embargo, la posibilidad de que, en cualquier momento, caiga aquí algo pesado sigue existiendo.

Aquí hay algo que sigue pesando. Es la consecuencia que la violencia de la guerra tiene en cada uno de nosotros. Algunos quieren salir corriendo ante la imagen del horror de la guerra, otros se suben voluntariamente al caos, para volver a sentir una experiencia que no existe en el contexto de paz para recordar que hay algo más importante y sustancial que habitualmente se olvida. La vida en paz está cubierta de una capa gris pero correr en busca de la luz puede ser mortal.

Somos una generación perdida. Pero, ¿podría ser de otra manera?

Aunque intentáramos escondernos, correr, huir o aislarnos en nosotros mismos para hacer desaparecer los ruidosos eventos de la guerra, el sonido del zumbido de las bombas seguiría destruyendo la imagen de la vida normal.

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