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Autocensura como defensa contra las presiones políticas

Artículo Original: Andriy Manchuk

El otro día escribí un artículo sobre un importante reportaje de la BBC que se hacía eco del gran negocio de la gestación subrogada en Ucrania. En la preparación del artículo pude comprobar un curioso pero revelador detalle. El texto original en el artículo en lengua inglesa, escrito por el periodista Kevin Ponniah, contenía significativas diferencias con respecto al material publicado ese día en la edición ucraniana de la BBC, editado por la periodista Jana Bezpyatchuk.

Las diferencias dejan claro que la filial ucraniana de la BBC recortó y rebajó sin pudor alguno el material original en inglés y que cuidadosamente eliminó las partes menos apropiadas para la audiencia ucraniana en estos momentos.

“Ucrania, una de las naciones más pobres de Europa, se está convirtiendo rápidamente en el lugar al que acudir para personas desesperadas por tener un hijo. El dinero que ofrece está atrayendo a numerosas mujeres jóvenes, pero existe el temor a que estén siendo explotadas”.

“Un aluvión de parejas extranjeras han acudido a esta esquina de Europa desde 2015, cuando los centros de gestación subrogada en Asia comenzaron a cerrar sus industrias una a una entre acusaciones de explotación. Rechazados en India, Nepal y Tailandia miraron a Ucrania, uno de los últimos lugares en los que la gestación subrogada aún se puede conseguir por una fracción de lo que cuesta en Estados Unidos”, escribe Ponniah en el artículo. Pero en el texto publicado en la web en ucraniano no hay mención a algunos de esos países ni a eso del país más pobre. No hay que herir el frágil ego de la audiencia ucraniana. Aunque la esencia del artículo sea el claro vínculo entre los crecientes niveles de pobreza y el aumento de la “maternidad subrogada”.

En la versión rebajada del artículo faltan también datos de especial relevancia. Es el caso de las palabras de Sam Everingham (de Families Throuh Surrogacy, una organización australiana), que Kevin Ponniah cita en su artículo. Según Everyingham, la demanda de gestación subrogada en Ucrania ha aumentado aproximadamente un 1000%. Evidentemente, este sorprendente dato no se ajusta a las principales tesis de la propaganda oficial, según la cual la Ucrania post-Maidan camina decididamente por el exitoso camino de las reformas europeas. ¿Es necesario utilizar tiempo extra para dar voz a verdades tan incómodas? Al fin y al cabo, en estos insidiosos tiempos de guerra, puede ser utilizado por los propagandistas de Putin.

¿Qué ha causado esta vergonzosa y retorcida autocensura? La respuesta queda clara en el discurso del director de la oficina de Freedom House en Ucrania Matthew Schaaf. Hablando en Kiev durante un debate “sobre las amenazas a la libertad de expresión en Ucrania”, afirmó abiertamente que la presión política y económica obliga a los periodistas a evitar hablar de temas críticos. “Las autoridades han restringido la libertad de expresión en Ucrania, supuestamente bajo pretexto de la seguridad nacional. Pero en realidad se trata de una acción política. Vemos como una forma de censura los intentos de reforzar el control sobre el espacio de la red”, afirmó Schaaf, que se refirió también a la práctica de la violencia física y las agresiones contra los miembros de la prensa.

“¿Qué ha pasado de repente a Freedom House?”, se preguntaba, perplejo por ese discurso, el conocido historiador y activista por los derechos humanos Alexander Dyukov. “He observado personalmente, en los actos de la OSCE, organización bajo la cual los enviados de Freedom House entrenaban a los activistas ucranianos y cantaban alegres canciones sobre cómo en Ucrania iba a aflorar la libertad de expresión después de Maidan. De repente, ahí están, aunque con cautela, empezando a reconocer lo que ya decíamos nosotros en 2014”.

Como respuesta a esta cuestión puede servir el documento final de la mesa redonda sobre amenazas a la libertad de expresión publicada por los organizadores de la Unión Nacional de Periodistas. “En Ucrania, entendemos el creciente número de amenazas a los medios como una forma para limitar la libertad de expresión. Consideramos inaceptable que se ataquen y se quemen redacciones, los registros sin orden judicial, la generalización de causas penales contra periodistas, el uso del Consejo Nacional de Radio y Televisión como un látigo para influir sobre la política editorial de los canales de televisión. El Gobierno no solo no escucha a los periodistas ucranianos, sino que sigue indiferente ante las señales de Occidente. Se ha ignorado que el Comité Americano para la Protección de los Periodistas investiga el asesinato de Pavel Sheremet o las quejas de los embajadores de los “siete grandes” sobre el acoso a los periodistas por parte de Mirotvorets”, afirmaron los representantes de las principales cadenas de televisión, periódicos y medios digitales.

Estos lamentos dan a entender que ni siquiera los periodistas más leales al Gobierno se sienten seguros sabiendo que los ataques contra la prensa desleal mañana pueden producirse en sus propias redacciones si las bandas de la extrema derecha paramilitar reciben la orden política pertinente. Y ni siquiera la intervención de los todopoderosos amigos al otro lado del Atlántico puede necesariamente defenderles frente a las amenazas. Al final, no estarán ahí cuando los hombres con palos empiecen a destruir el mobiliario y lo tiren por la ventana de la redacción, como ocurrió recientemente en la redacción de Vesti.

En estas condiciones, los periodistas prefieren ir a lo seguro por medio de la autocensura, para que los vigilantes “patriotas” no puedan acusarles de intentar denigrar la realidad ucraniana y de colaborar con la propaganda enemiga. Esta es la forma más fácil para explicar la misteriosa historia de la información de la BBC en la que no se habían traducido las partes menos acordes con los actuales estándares ucranianos.

Hay que recordar que, el pasado octubre, el diputado laborista John Cryer expresó el Parlamento británico su profunda preocupación por la publicación de un reportaje en la edición ucraniana de la BBC sobre las acciones de la organización de extrema derecha C14 (Sich). Según Cryer, la edición ucraniana mostraba un inaceptable apoyo a una “organización de extrema derecha con orígenes neonazis”.

“La BBC ha legitimado al C14, permitiendo que se disfrace de organización nacionalista que realiza esfuerzos razonables para proteger la soberanía ucraniana. Creo que el reportaje sobre las acciones del C14 no cumple con los estándares editoriales de la BBC. Pudo a la BBC que mantenga los valores y estándares que esperan los contribuyentes”, afirmó entonces Cryer.

Sin embargo, parece que la BBC no teme menos las críticas de las instituciones europeas que los ataques legitimados [por los poderes políticos] de los militantes de la extrema derecha.

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