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Cuando el presidente desprecia a su país

Artículo Original: Andriy Manchuk

El presidente Petro Poroshenko se relajó en un lujoso resort tropical en las lejanas islas Maldivas. El presidente realmente no quería dar publicidad a la pequeña escapada navideña de su familia y amigos, tanto que se registró en las Maldivas bajo el gracioso nombre “Petro Incognito (Ucrania)” y llegó hasta allí en un avión alquilado a una compañía aérea de Turquía para evitar así las miradas de turistas y periodistas.

Sin embargo, sus esfuerzos han sido en vano. Los residentes del país, empobrecido y en guerra, con un salario medio de 190 dólares, el más bajo de Europa, ya saben que su presidente se marchó a una isla privada y gastó alrededor de medio millón de dólares. Además, no ha tenido ningún problema para pagar por el entretenimiento y servicios en efectivo.

Representantes de la administración presidencial y el ejército de Poroshenko en las redes sociales ya se han lanzado a defender al líder, alegando que el millonario tiene derecho a gastar de más en sus vacaciones en una isla tropical. Y, como escribió el bloguero Eldar Nagorniy, aquellos a los que les molesta, en realidad quieren devolver al país a la pesadilla del pasado comunista.

Sin embargo, a juzgar por las reacciones en las redes sociales, estas cínicas e hipócritas excusas solo echan más leña al fuego del amor del pueblo por su presidente, que da calor a los corazones en estos días de frío invierno. Los pensionistas, que sobreviven con pensiones de treinta dólares al mes; los estudiantes, a los que se ha retirado becas y se les ha enviado a casa hasta la primavera porque las universidades carecen de fondos para pagar la luz y la calefacción; cientos de soldados en las trincheras; trabajadores emigrantes, que se marcharon a Polonia para poder pagar las facturas mensuales; los desplazados internos, privados de prestaciones sociales y derechos que antes tenían garantizados, todos ellos han vuelto a convencerse del desprecio y odio que les demuestra el “nuevo y honesto Gobierno”, que se enriquece a costa de su sufrimiento y empobrecimiento.

Sería de esperar que Poroshenko, al que le gusta posar vestido de camuflaje y presentarse a sí mismo como un valiente comandante en jefe de un país en guerra, comprendiera que esa imagen no es compatible con las blancas playas de las Maldivas, imagen aún peor que la de ser el dueño de una fábrica de chocolates en el territorio del “país agresor”. El presidente y sus asesores deberían haber sido capaces de prever el tipo de reacción que causarían en sus compatriotas estas vacaciones tropicales, especialmente teniendo en cuenta que, según las encuestas, la mayoría de los residentes en Ucrania jamás ha volado en avión, no puede permitirse un viaje al mar Negro y normalmente solo viaja al extranjero como trabajadores emigrantes.

Poroshenko no ha podido seguir el ejemplo de líderes de otros países que también utilizan el tiempo de vacaciones para hacer propaganda política y habitualmente pasan tiempo en el territorio de su propio país. Por ejemplo, Merkel viaja con su marido al mar Báltico, Putin pesca en Siberia y Obama prefería Hawái. Incluso personajes como Yuschenko, Yanukovich y Kuchma se dejaban ver por las pistas de los Cárpatos.

Pero al presidente de Ucrania le da igual qué piensen de él en su propio país, del que está cansado y del que se marcha, cada vez que puede, de esta “tierra que nos dio Dios” a su villa en Marbella o a los distantes atolones en aguas del océano Índico. Quien llegó al poder y se enriqueció tremendamente a costa de los ucranianos quiere llevar la vida de los millonarios europeos que no necesitan esconderse de los periodistas y pronunciar discursos con promesas en las que no creen ni quienes las han escrito, mientras juega a las intrigas políticas contra sus supuestos aliados en la lucha por la “gran Ucrania”.

Poroshenko preferiría tomar el sol en las costas de un mar cálido y tomar cócteles, paella y langosta sin límite. Eso no es fácil cuando eres el jefe de Estado de un país en el que millones de personas reducen gastos en servicios básicos y miran con envidia las imágenes de sus hoteles favoritos. Porque, en realidad, esta mafia no entiende la responsabilidad que implican el despacho presidencial y los millones de capital.

Pero el presidente no parece muy preocupado por la ira del pueblo: está convencido de que la maquinaria de propaganda encontrará las palabras necesarias para defenderle y entonces el escándalo de las Maldivas quedará atrás entre nuevas revelaciones sobre las intrigas que maquinaba “la quinta columna de Moscú”.

Esa ciega confianza solo es posible cuando el presidente desprecia y odia a su país. Cuando no comprende que, algún día, el país responderá de esa misma manera.

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