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El cuarto año en guerra

Lugansk la mañana del 23 de noviembre/Sergey Belous

Los últimos doce meses no han supuesto, en Donbass, un cambio sustancial en la situación política, económica o militar. 2017 no ha sido, como ya ha venido repitiendo en las últimas semanas el enviado de Estados Unidos, Kurt Volker, el año más violento desde que comenzó el conflicto. A pesar de que la guerra no se ha detenido, ni los duros combates que se produjeron en febrero en el sector de Avdeevka-Yasinovataya ni la lucha por la zona neutral que se ha dado en diciembre pueden compararse con las grandes batallas de 2014 o 2015 como Ilovaysk, Debaltsevo o la batalla por el aeropuerto de Donetsk.

Este año ha traído también el bloqueo comercial que se unió al bancario y de transporte que Kiev impuso a finales de 2014. Iniciado por un pequeño grupo de veteranos de la guerra liderados por los diputados de extrema derecha Semenchenko y Parasiuk, fue adoptado como medida oficial a pesar de que las consecuencias económicas se sentirían a ambos lados de la línea del frente.

Las Repúblicas Populares reaccionaron con la nacionalización de las grandes empresas ucranianas, que hasta ese momento habían continuado pagando impuestos a Kiev. Nueve meses después, el trabajo para recuperar el tejido industrial de la zona, principal base de su economía, continúa con un éxito que solo puede considerarse limitado. Además de las consecuencias económicas, el bloqueo ha supuesto un paso más de Kiev en su política de aislar completamente a Donbass, que en cada ocasión ha reaccionado acercándose más a Rusia.

En lo político, el único cambio destacable se produjo en Lugansk, donde tras varios años de inestabilidad y un líder que carecía del apoyo necesario, Plotnitsky dejó paso a Leonid Pasechnik. Tras un confuso episodio que incluyo presencia militar en las calles de la capital, el hasta entonces ministro de Seguridad, tomó el mando de la República y abría una etapa que, por el momento, ha sido de continuidad.

Así lo veía entonces el corresponsal de Komsomolskaya Pravda Alexander Kots, que esos días se desplazó a Lugansk para narrar, sobre el terreno, el desarrollo de los acontecimientos.

1488196386El final de una etapa

Artículo Original: Alexander Kots/Komsomolskaya Pravda

Conocí a Igor Plotnitsky en mayo de 2014, cuando la frontera aún estaba controlada por Ucrania, las tropas de Kiev se aproximaban a Lugansk y unidades del Ejército Ucraniano estaban atrincheradas en el aeropuerto de la ciudad. Una anárquica milicia había tomado al asalto una base militar en la ciudad. Entonces Plotnitsky era el comandante del batallón Zorya, formado principalmente por antiguos militares veteranos de la guerra de Afganistán y otros residentes de Lugansk que nunca habían tenido un arma en las manos.

La apariencia del comandante del batallón probablemente llevaba a engaño a muchos. Era extremadamente ágil y no daba la impresión de ser un soldado herido: era inteligente, ingenioso, mordaz.

No seguí su carrera, así que me sorprendió mucho cuando, para sustituir al retirado (también por motivos de salud) Valery Bolotov, llegó Igor Plotnitsky, a quien había conocido recientemente. Del puesto de ministro de Defensa. En primer lugar, es un riesgo. Toda la responsabilidad recae sobre esa persona. En segundo lugar (en realidad es también lo primero), porque hay que ser capaz de gobernar. Además, había una guerra devastadora.

Habitualmente viajaba a Lugansk para trabajar. Y en cada ocasión me llamaba la atención el contraste entre las dos capitales de las repúblicas no reconocidas. Antes de la guerra, entre Donetsk y Lugansk había una rivalidad. Como entre Moscú y San Petersburgo. Pero la diferencia de nivel y calidad de vida era mínima. A favor de Donetsk. Hoy en día, aunque la diferencia no es catastrófica, ciertamente llama la atención. Hasta en los pequeños detalles.

Recuerdo que, en Donetsk, durante las terribles batallas, por la noche pasaba un camión regando y, por la tarde, bajo el ruedo de los cañonazos, en la ciudad se plantaban rosas. Por aquel entonces, en Lugansk la población seguía sin agua ni electricidad, las calles estaban cubiertas de marcas de los bombardeos y se percibía un aire de desesperanza. Y no es que Lugansk fuera más golpeado. Tenía que ver con el estilo de liderazgo en la región. La idea de que la guerra puede taparlo todo no dura para siempre. Especialmente cuando la guerra se limita a la línea del frente y la vida en paz no mejora. Ahora, a finales de 2017, viajo de la RPL a la RPD. Las aceras y las carreteras del centro de Donetsk están limpias de nieve, mientras Lugansk está cubierto de una mezcla de nieve y hierba mal cuidada.

La población, por supuesto, se preguntaba: a quién hemos votado. Las pensiones eran bajas, había que trabajar en tres trabajos para mantener a la familia y al principio el agua aparecía rara vez. Pero había una guerra, cómo iban a quejarse. Había miedo, no se sabía lo que podía pasar. Y quienes expresaron su insatisfacción con el liderazgo de la República no acabaron bien. Y eso creó una atmósfera poco sana alrededor de Plotnitsky.

El año pasado, cuando investigábamos el intento de golpe de Estado en Lugansk (al que ahora se califica como falso), me volvió a llamar la atención que las personas fuertes que se interponían frente al ambicioso líder de la RPL pagaban por ello. Escuché del entonces Fiscal General de la República que uno de los acusados, el presidente del Consejo de Ministros Tserkalo, se colgó en su celda “porque temía por su vida”. Y me incomodó. Igual que ahora, cuando Plotnitsky ya no está y se sigue calificando a docenas de personas como agentes de influencia de Ucrania. No me extrañaría que algunos de los acusados se marcharan. Si no todos.

Al final, lo más importante es que la crisis política se ha resuelto sin derramamiento de sangre. De forma casi amistosa. Y Plotnitsky sigue siendo parte de esto, mientras que su oponente, Kornet, no le ha sustituido como se esperaba. Realmente no habría quedado bien.

Y se ha tenido en cuenta la opinión de la gente. Tras publicarse el mensaje de la dimisión de Plotnitsky en las redes sociales, en mi cuenta empezaron a aparecer mensajes de este estilo: “¡Hurra!”, “¡Por fin!”. Yo miro a este optimismo con mucha cautela, los líderes de la PRL no han tenido suerte. Espero equivocarme.

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