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Alto el fuego, Bombardeos, Donbass, Donetsk, DPR, Ejército Ucraniano

Kominternovo: un pueblo convertido en campo de batalla

Articulo Original: Liza Reznikova / Antifashist

dnr-110417-11El camino de Sajanka a Kominternovo atraviesa las localidades de Dzerzhinsk y Zaichenko, que cada día aparecen en los informes militares, principalmente porque se encuentran sin luz. Los bombardeos diarios del Ejército Ucraniano dañan el tendido eléctrico. Hoy no es una excepción. Otra vez ha habido un bombardeo. Y otra vez ha sufrido daños el tendido eléctrico. El equipo de reparación está sobre el terreno eliminando los efectos del bombardeo.

Dzerzhinsk y Zaichenko están prácticamente desiertos. O al menos yo no vi a una sola persona en las calles o en los jardines. Las viviendas están destruidas. La hierba de los jardines está alta de no haber sido cortada. La única presencia es una cabra con sus cabritillos. Están atados y bien cuidados. Si no estuvieran ahí, habría pensado que todo el pueblo estaba abandonado.

Nos acercamos a Kominternovo. Junto a la carretera hay restos oxidados de tanques. Se quemaron ahí durante la intensa batalla.

dnr-110417-07A la entrada del pueblo, destrozado, un coche que se quemó con los bombardeos.

Llegamos al centro de Kominternovo. Antes de la guerra, este lugar estaba vivo y una granja daba trabajo. El pueblo creció, se construyeron nuevas viviendas para quienes vinieron aquí a vivir y a trabajar. Normalmente ocurre al revés: la población se marcha del pueblo a la ciudad. En Kominternovo no pasó así. La gente venía aquí desde la ciudad. Había trabajo que garantizaba un buen salario, una buena guardería, colegios, tiendas e incluso una casa de cultura. Mariupol estaba un palmo. Estaba cerca del mar y de la estepa, con aire fresco que respirar.

dnr-110417-08Pero quedó atrás en alguna parte, en otra vida que ya no volverá. Ahora Kominternovo se encuentra en la línea del frente, es prácticamente el puesto más avanzado. Las viviendas y el colegio están destruidos. La granja también. Las tiendas están destrozadas. Y en la guardería, donde hasta hace poco tiempo se escuchaban voces de niños, hay ahora tanques. Es la imagen más terrorífica que he visto. Tanques y sacos de arena entre las ruinas de una guardería.

dnr-110417-13Solo la casa de cultura se mantiene en pie en el centro del pueblo. Las ventanas están rotas, el tejado está hecho añicos, pero la base del edificio está intacta.

Junto al monumento a los soldados y residentes del pueblo caídos en la Segunda Guerra Mundial hay una placa que pide a la población que “recuerde estos nombres, porque cada uno de ellos dio su vida para que los demás pudieran vivir”. ¿Qué monumento y qué placa se instalará al final de esta guerra?

Cerca de la casa de cultura hay cinco o seis hombres mayores vestidos con ropa de trabajo. Son trabajadores del servicio del gas. Por la noche el fuego ha interrumpido otra vez el servicio e intentan repararlo. Se quejan de que es inútil reparar el tendido eléctrico y las tuberías; literalmente se rompen todos los días, el material vuela por los aires y los cables y tuberías están tan quemados y tapados con parches que simplemente se deshacen.

Pregunto cómo es vivir en el puesto más avanzado. “Es terrible”, contestan. “Cada día hay dos casas menos. No hay una sola casa entera en el pueblo. Nosotros no disparamos, solo fuego de respuesta. Pero los ucros disparan desde el río y alcanzan directamente al pueblo. No posiciones militares, simplemente el pueblo. Nos pagan poco; las pensiones son aún más bajas. No hay nada con lo que vivir. Los precios son una locura. Las casas están destrozadas, en los jardines hay hoyos que han dejado los proyectiles”. Pregunto por qué no se marchan. “No, de ninguna manera. ¿Quién nos necesita? Se llevaron a los nietos. Ellos luego vivirán su vida”. Quiero sacarles una foto, pero se niegan en rotundo. Me sorprende así que pregunto por qué. Contestan que tienen miedo de que el Ejército Ucraniano llegue al pueblo. “Estamos aquí y si decimos demasiado y sacas una foto, entones vendrán y nos pegarán un tiro”. Es un motivo terrible, pero les comprendo y aparto la cámara.

dnr-110417-09Nos acercamos a las tiendas del pueblo. Hay dos. La variedad de productos es sustancial para estar en guerra: hay leche, salchichas, dulces, té, productos de limpieza. Los precios están a niveles de Donetsk. Los ingresos de los residentes locales provienen de las pensiones y los salarios de quienes reparan el tendido eléctrico y las tuberías de gas. El nivel de vida de los residentes se refleja en ello.

Como en la vecina Sajanka, las huertas salvan a la población. Así lo cuenta una mujer local, una mujer mayor que vive en la calle Kirov, situada en la parte más cercana al frente. Katerina Vasilievna tiene 80 años. Vive sola. Su casa ha sufrido daños: no tiene una sola ventana intacta y el tejado está agujereado. Su pensión es de 2.600 rublos. “Ayer la recibí y fui a la tienda. Volví a casa con 500 rublos y la bolsa casi vacía. ¿Cómo se puede sobrevivir así? Dura cinco días. ¿Y luego? Si no fuera por la huerta, hace tiempo que habría muerto de hambre”, cuenta. Durante los bombardeos, Katerina Vasilievna se queda en la cama e intenta no pensar en nada. “Estoy cansada de tener miedo”, dice. “Que pase lo que tenga que pasar. Ya no bajo al sótano. Antes bajaba, pero ya no. Si me van a matar en la casa, al menos que me encuentren. En el sótano estaría todo cubierto, no me encontraría nadie. Y nadie buscaría, ¿quién me va a buscar”. Una verdad terrible y amarga. Katerina Vasilievna se niega en rotundo a hablar de política: “Ahora no es el momento”.

La vecina de Katerina Vasilievna vive con su marido. Toda su vida ha trabajado de economista en la granja y su marido, como agrónomo. Ahora está encamado, se rompió la cadera. La casa está limpia y bien puesta, decorada con iconos y cortinas en las que la mujer ha bordado santos y cruces. Es una pequeña parte de la colección, el resto lo ha distribuido entre los niños y en la iglesia. Explica que es algo con lo que recordarla.

“Disparan todos los días”; dice. “A veces hay que arrastrarse por el suelo para llegar a casa. Al principio el abuelo también vivía en el sótano. Luego solo yo y enfermé de los pulmones. Tuvimos que ir al hospital, casi muero por el camino. Me salvaron los médicos de Mariupol, literalmente me trajeron de vuelta del otro mundo. Gracias especialmente a Nina Mijailovna. Ya no bajamos al sótano. ¿Cómo vamos a bajar? El abuelo está enfermo, ahora no puede andar. Tengo miedo de que me maten en un bombardeo. Si me muero, ¿quién va a cuidar del abuelo?”. La mujer se seca las lágrimas. Yo también.

Me acompaña a la puerta, me muestra la huerta y dice que sobreviven gracias a ella. En el jardín hay perros y gatos. Los perros se llaman Tugunska y Vilyui. Pregunto el porqué de esos nombres, porque son ríos de Siberia. Contesta: “mi padre tenía un amigo de Siberia, piloto militar, que nos visitaba todos los veranos y llamó así a los perros”. Los gatos saltan en brazos de su dueña, que los acaricia mientras me mira.

dnr-110417-21La tarde acaba y comienza a anochecer. Es hora de marchar. Pronto comenzarán a disparar y la munición de las ametralladoras pasará por encima de su cabeza.

Salimos de Kominternovo en dirección otra vez a Bezimenoye. La carretera pasa por los molinos de Novoazovsk. La central más moderna de energía eólica de Ucrania se inauguró aquí en 2011. Las grandes turbinas debían suministrar energía a cuatro distritos: Novoazovsk, Telmanovo, Pershoravnevy y Volodarsk. Hoy todo esto ha quedado atrás. Hace tiempo que los molinos se detuvieron.

De repente se escucha una potente explosión. En el horizonte se pueden ver nubes de humo a causa del fuego. El viento lo empuja hacia la central. Los restos de una civilización pasada se llenan del humo de la guerra.

Llegamos a Bezimenoye. Vamos al mar. Hay una fuerte brisa, olas, cantos de gaviotas. Por un momento todo se transforma en otra realidad, una en la que hay sol y calor. Y en la que no hay guerra, no hay miseria, lágrimas, sufrimiento y dolor. En la que todos están felices. Pero entonces ese momento desaparece.

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