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Anticomunismo, Estados Unidos, Evacuación civiles, Fascismo, Historia, Stetsko

Una historia de doble moral

Desde su llegada al poder, prácticamente cada medida de la administración Trump, tanto de política nacional como internacional,  ha sido brutalmente atacada por sus detractores y exaltadamente defendida por sus partidarios. En su primer mes en la Casa Blanca, una de las medidas más debatidas han sido las relacionadas con la inmigración y la restricción de visados para ciudadanos de seis países de mayoría musulmana. Criticada también por algunos senadores y congresistas republicanos, la medida ha sido duramente atacada por los representantes del Partido Demócrata, que argumentan que acoger a refugiados y personas perseguidas por la guerra o la violencia en sus países es una seña de identidad de Estados Unidos. En varias ocasiones, el líder de la minoría Demócrata en el Senado, Chuck Schumer, ha llegado a calificar la medida de “antiamericana”. Sin embargo, no son pocos los precedentes históricos en los que Estados Unidos ha restringido la llegada de inmigrantes o refugiados en situaciones extremadamente vulnerables. El trato a los niños refugiados y huérfanos vascos en esos años 30 en los que tan clara quedó la doble moral solo es uno de ellos.

La oposición católica a la acogida de niños vascos en el Estados Unidos de 1937

Diversos artículos han contado la historia de los 500 niños y niñas procedentes del País Vascos que iban a ser acogidos en Estados Unidos a petición del American Board of Guardians for Basque Refugee Children. Entre ellos destaca la contribución de Gloria Totoricaguena cuya información ha sido retomada por varios periódicos del País Vasco, en particular por El Correo. Los artículos más recientes se han centrado en buena medida en la participación de Albert Einstein en la mencionada organización de acogida a los refugiados.

El intento de acoger a los niños vascos terminó en fracaso y es relevante considerar las razones de un fracaso que no se relacionó con la dificultad para encontrar hogares de acogida. Según Totoricaguena, ante la disposición de unas 2000 familias, se pensó incluso en ampliar el volumen de menores a traer a Estados Unidos.

Sobre las cuestiones de fondo, un artículo del 14 de junio de 1937, publicado en el Prescott Evening Courier aporta información importante. El artículo hace referencia a los dolores de cabeza que la demanda de acogida estaba planteando a una Administración que se mostraba por completo reticente a facilitar la llegada de los menores vascos.

Como puede comprobarse en el artículo, Einstein no era la única persona preocupada por esos menores, muchas personas directamente vinculadas a la Administración estadounidense trabajaban por hacerles venir a EEUU. De hecho, se daba la circunstancia de que Eleanor Roosevelt era Presidenta de Honor del colectivo que buscaba la acogida. A pesar de ello, su posición final acabaría siendo negativa sobre el proyecto.

Como señala el artículo, el subsecretario de Estado Sumner Welles pasó apresuradamente la demanda de acogida al Departamento de Trabajo. El motivo: “una tormenta de protestas católicas”. Según el Prescott Evening, la Administración recibió un diluvio de quejas en las que se sostenía que “los niños vascos iban a ser educados en hogares comunistas”. Estas quejas continuaron incluso cuando se señaló que sacerdotes vascos acompañarían a los menores.

Frances Perkins, Secretaria de Trabajo, estaba inicialmente a favor de una respuesta negativa a la petición del grupo de apoyo a los menores vascos. Era apoyada en ello por la exjefa de la Oficina de Menores del Departamento de Trabajo, Grace Abbott, que había contactado por telegrama con la nueva responsable, Katharine Lenroot, para señalarle que traer a los niños vascos a EEUU sería “extremadamente imprudente” ya que la “vuelta a sus propios hogares era el principal objetivo”.

Perkins aceptó mantener una reunión con el Comité de apoyo a los menores a la que asistieron la trabajadora social Mary Simkhovitch, amiga cercana de la Sra. Roosevelt, Helen Hall, responsable de la Henry Street Settlement, Bill Dodd, hijo del embajador en Alemania, y Frank Bohn. También asistió a la reunión la hija de Perkins que intervino en medio de la conversación para apoyar a su madre: “Los niños vascos deberían quedarse más cerca de sus casas”, opinó sabiamente, según el periódico.

Sin embargo, el Comité mostró en la reunión un telegrama de la Duquesa de Acholl en Inglaterra en el que señalaba que los centros de recepción para los menores estaban ya sobrecargados en Europa. Así que, finalmente, Perkins acordó devolver el asunto al Departamento de Estado para que éste tomara la última decisión.

En su libro biográfico sobre Eleanor Roosevelt, Blanche Wiesen Cook muestra la sorpresa de la escritora y periodista Martha Gelhorn, comunicante regular sobre la situación en las zonas de guerra con la mujer de Roosevelt. Gelhorn mostraba su ultraje ante la pretensión del Departamento de Trabajo de pedir por cada niño un bono equivalente a 500$ en concepto de cuota de admisión, además de exigir el visto bueno de las organizaciones caritativas católicas. Le parecía incomprensible la actitud del lobby católico puesto que “los niños son todos católicos, niños vascos … convertidos en huérfanos y sin hogar por la gente que quiere destruir a los Rojos sin Dios”. Le parecía sorprendente que mientras Francia e Inglaterra se mostraban dispuestos a acoger a esos niños y niñas, sólo Estados Unidos se negara a ofrecerles acogida. La respuesta que recibió de Eleanor Roosevelt fue que estarían más felices en Europa, lo más cerca posible a su familia y cultura. La Sra. Roosevelt defendería esa posición en una conferencia de prensa posterior.

Según Totoricaguena, para el 25 de junio de 1937, el Departamento de Estado denegó de forma sistemática la petición de visado para los refugiados y huérfanos vascos. La autora señala al Cardenal William O’Connell, de Boston, como principal opositor a su llegada. Sin embargo, hay algunos datos complementarios que demuestran la implicación de otros personajes relevantes en la vida política y social estadounidense.

El cardenal O’Connell

En una nota final, el propio artículo del Prescott Evening presentaba a John McCormack, congresista demócrata por Massachussets, como el principal lobista en el Congreso de O’Connell. Según él, tenía el problema de los niños vascos controlado -“in the bag”- y afirmaba al corresponsal en Washington que “el Departamento de Estado ha dado en privado su promesa de que ninguno de ellos pondría jamás los pies o carritos de bebés en las costas estadounidenses”. Apenas unos dos meses antes, The New York Times había mostrado en su portada el bombardeo de Gernika, destruida por la Legión Cóndor alemana.

La acción de McCormack resultó en realidad decisiva. Unos pocos días antes, el 5 de junio de 1937, el periódico The Guardian publicaba otro artículo en el que señalaba que el congresista demócrata había remitido un telegrama al Boston Post en el que pedía investigar a fondo al Board of Guardians para analizar por qué se quería traer a unos niños “probablemente todos de fe católica” a los Estados Unidos cuando podían ser acogidos entre los vascos franceses hasta que terminen las hostilidades. Dejaba entender que podía simplemente tratarse de “una cortina de humo para la propaganda Roja”, señalando que estos desafortunados niños no debían ser “capitalizados de esa manera”. Según él, “este súbito interés en el pueblo vasco cuando las víctimas de los comunistas y anarquistas eran ignoradas justifica una sospecha de la intención y propósito de este esfuerzo” de investigación.

Como señala Susana Sabin-Fernández, McCormack se reunió personalmente con Frances Perkins y Sumner Welles. Contactó igualmente con el Departamento de Inmigración y los máximos responsables del de Estado, e incluso con el propio Presidente, Franklin Delano Roosevelt.

Sin embargo, los motivos reales de la posición del lobby católico eran muy diferentes a los alegados. La verdadera razón es que personajes como O’Connell estaban por completo del lado de los rebeldes franquistas. En unas declaraciones al New York Times, publicadas en marzo de 1938, al regreso de unas vacaciones en las Bahamas, el prelado de Boston presentó a Franco como “defensor de la civilización cristiana” y señaló que “Estados Unidos se está viendo infectada por las mismas fuerzas del mal que están en la raíz de los problemas de Europa”. Antes de que esas ideas se consolidaran, con la Guerra Fría, aún sería sin embargo necesaria toda una conflagración contra las fuerzas aliadas de Franco, del fascismo italiano al nazismo alemán pasando por los militaristas japoneses.

McCormack, como Presidente del Congreso, con Johnson y Kennedy

Además de a Franco y sus seguidores, la solidaridad que no merecían los niños vascos la dedicarían McCormack, y sus aliados en Boston, a otras fuerzas de la ultraderecha europea. Entre ellos, las fuerzas anticomunistas, y colaboracionistas, del nacionalismo ucraniano. El 18 de julio de 1979, McCormack, ya retirado del Congreso, recibió de la diáspora ucraniana una placa por su contribución a la aprobación de la Semana de apoyo a las llamadas naciones cautivas. Se trató de una de las muestras de colaboración de McCormack con Lev Dobriansky, uno de los más destacados miembros del movimiento anticomunista que desembocaría en la WACL.

Dobriansky, en su calidad de Presidente del Ukrainian Congress Committee of America, ya había concedido en 1967 un premio a una serie de electos del Senado y el Congreso, entre ellos McCormack, por su “distinguido servicio y dedicación a la liberación de Ucrania, otras naciones no-rusas en la URSS y todas las naciones cautivas …. y por la victoria contra el imperialismo Chino-Soviético Ruso”. Unos contenidos que podrían haber firmado todos los miembros de la más agresiva ultraderecha mundial de entonces, incluidos los Generalísimos Franco y Chiang kai-shek

La celebración de 1967 formó parte de la Semana anual de apoyo a las naciones cautivas que se celebró en Boston. En el primer día de la celebración, sacerdotes de la Archidiócesis Católica de Boston ofrecieron plegarias, solicitadas por el entonces arzobispo, Humberto Sousa Medeiros, por la libertad de todas las naciones cautivas y “de todos aquellos que sufren persecución por los derechos nacionales y humanos en las prisiones comunistas, asilos psiquiátricos y campos de trabajo”.

En 1964, un documento de la ABN de Stetsko ya mostraba el papel que personajes como McCormack desempeñaron en las acciones de presión al entonces Presidente Johnson para que renunciara a una política de mayor acercamiento a la URSS.

Posiciones como las de McCormack, o las de la iglesia católica en Boston, constituyen sin duda un perfecto ejemplo de doble moral. De apoyo a la ultraderecha ucraniana y al franquismo, en nombre de una supuesta oposición a todo tipo de dictadura, mientras se lucha para impedir cualquier muestra de solidaridad con niños y niñas de su misma religión.

John W. McCormack ejerció como Presidente del Congreso de Estados Unidos en representación del Partido Demócrata entre el 10 de enero de 1962 y el 3 de enero de 1971. Un periodo en el que, sin duda, contribuyó a garantizar el apoyo de Estados Unidos a la dictadura de Francisco Franco.

 

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Comentarios

Un comentario en “Una historia de doble moral

  1. Los grupos se ven motivados por dos fuerzas principales, intereses/y/tensiones económicos y las identidades colectivas. Seamos marxistas, para comprender. Sopesemos las referencias colectivas, para respetar. Ante los vascos buscando asilo -hermoso artículo- pesó más el alineamiento de clase que la proximidad religiosa o la solidaridad. Pesó más la batalla mundial contra el socialismo.
    Mi madre, que vive, salió de Bilbao con 7 años y estuvo recogida tres años (maravillosos) por un matrimonio de maestros del Frente Popular francés. No me parece casual que fuese alguien como ellos los que le atendieron tan bien, con la fraternidad en mente.
    Vascos, Einstein, ucranianos,.. no nos entrelaza la casualidad, sí afinidades e intencionalidades. Slavyangrad, eskerrak bihotzez.

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    Publicado por Angel Larrea | 13/03/2017, 22:01

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