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Alto el fuego, Bloqueo económico, Bombardeos, Donbass, Donetsk, DPR, Ejército Ucraniano, Yasinovataya

En el frente de Yasinovataya

Artículo Original: Liza Reznikova / Antifashist

El puesto de control de Yasinovataya es uno de los puntos más calientes en el mapa de las hostilidades en Donbass. Allí nunca llega el silencio de verdad. Si se oye silencio en el puesto de control de Yasinovataya (como se conoce este lugar) solo es que las armas “cansadas” están descansando, pero la batalla se reiniciará pronto.

En la zona del puesto de control hay unas cuantas localidades desperdigadas, que una vez fueran prósperas y en las que vivían personas amables en cuidadas viviendas. Ahora están prácticamente desiertas, mirando tristemente a los pocos que pasan por allí, los edificios están vacíos, con ventanas rotas, jardines descuidados, cables tirados y restos de metralla de los proyectiles. Pero incluso en estos lugares que Ucrania ha convertido “con cuidado” en un infierno, siguen residiendo algunos vecinos. Hoy, junto a Lysenko, nos acercamos a ellos.

En la localidad de Krutaya Balka, el tendido eléctrico sufre daños prácticamente a diario. Los equipos de reparación de emergencia rápidamente acuden a repararlo . Pero a principios de diciembre del año pasado, la subestación sufrió serios daños que no pudieron ser inmediatamente reparados. Las reparaciones precisan más tiempo, que el fuego no permite. La población quedó sin electricidad. Las autoridades locales han suministrado generadores. Con Andrey Lysenko, traemos gasolina para ellos.

La ruta de Donetsk a Yasinovataya bordea la línea del frente. Uno de los puntos en la zona de Yakovleka es especialmente peligroso. Está situado en una pequeña colina, completamente a la vista para el Ejército Ucraniano. El coche pasa ignorando los límites de velocidad, parece que las ruedas ni siquiera tocan el suelo. Pasamos de Yasinovataya y llegamos a Krutaya Balka.

Es un día de diario. No hay nadie en las calles. Los pocos residentes en la localidad están trabajando. Aquí residen algunos de los empleados de la famosa planta de filtración de Donetsk. Solo los pensionistas están en casa. Conocemos a los abuelos Nastya y Alexander.  “Esta noche ha habido otro bombardeo. Y han disparado por la mañana. En Pyatashka una casa se ha quemado por la mañana”, cuenta Anastasia.

Pregunto qué es Pyatashka. La mujer contesta que se trata de una parte de la ciudad, la más cercana a las posiciones ucranianas, la parte más afectada por los ataques. Muchos vivían allí antes, pero cuando comenzó la guerra comenzaron a caer proyectiles en Pyatashka, así que las autoridades locales realojaron en hoteles de Yasinovataya a la población. Quedan en Pyatashka solo seis personas que se negaron categóricamente a abandonar sus hogares. La destrucción allí es completa. En total, quedan cuarenta residentes en Krutaya Balka.

“Ayer, a las seis de la tarde, un proyectil impactó cerca de la casa con los árboles. Los dueños plantaron árboles en primavera. Así que todos los árboles han quedado destruidos, se quemaron con la explosión. Pero la casa sigue intacta”, cuenta Anastasia. “Explotó la ventana de la fachada de la casa, pero no cayó hacia fuera sino dentro. Al vecino le cayeron encima los cristales rotos. Por la mañana fue al hospital. Gracias a Dios, sus ojos están intactos”.

Pregunto cómo sobreviven, qué comen cómo se calientan. “Cada mes y medio nos traen ayuda humanitaria. Una vez a la semana traen pan gratis, dos barras por persona, de Yasinovataya. Todas las tiendas que había aquí cerraron con el estallido de la guerra. Hay que ir a Yasinovataya cuando es necesario comprar comida. Y las verduras de la huerta nos ayudan a sobrevivir. Las cuidamos bajo el fuego. ¿Pero qué otra cosa se puede hacer? Hay que comer algo. Nunca tuvimos gas en el pueblo, así que nos calentamos con estufas. Conseguimos leña: para aquellos que no tienen trabajo, el Gobierno ha organizado empleos provisionales limpiando las calles, retirando escombros, cortando leña, retirando los árboles caídos por los bombardeos. De esos árboles conseguimos la leña para la estufa. Y es bueno para todos: el pueblo está limpio y tenemos leña; y también es bueno para la población, porque ganan un sueldo a cambio”.

Quiero fotografiar las ruinas de una de las casas. Toda la calle está llena de ellas. Pero Alexander me pide que no lo haga. Toda la calle está a tiro de los francotiradores ucranianos. El pueblo está situado en una hondonada y las posiciones ucranianas se encuentran en la colina. El flash de la cámara los alertaría. “Cuidado, se puede buscar un problema”, advierte. “Le mostraré algo”. Sale de la casa y regresa con una bala en la mano.

“Aquí. Entonces estaba sentado en la cocina. Había silencio, no había disparos, ni bombardeos, ni nada. De repente, se escuchó el sonido de los cristales rotos en el suelo. Estaba justo aquí. Y entonces la bala impactó en la silla en la que me siento todas las tardes. Gracias a Dios no estaba sentado en esa silla. De haberlo estado, no habría podido hacer nada, habría muerto en el acto. Solo por diversión, el francotirador ucraniano disparó a nuestra ventana. Así que reaccionarían al flash de la cámara”.

Recuerdo haber escuchado exactamente la misma historia en Trudosvky, Staromijailovka, Zaitsevo. En todas las localidades cercanas a la línea del frente, los soldados ucranianos “se divierten” así. “Si Poroshenko y Turchinov tuvieran que vivir como vivimos nosotros. ¡Sádicos!”, se queja Alexander.

“Tenemos la esperanza de que Rusia no nos abandonará a nuestra suerte ante ellos. Que no nos dejarán caer”, dice Nastya mirándome con esperanza. La mujer sonríe feliz cuando le digo que no será así. Con esa sonrisa, nos despedimos de ellos y seguimos hacia el pueblo al norte de Donetsk conocido como “el kilómetro 71”.

De camino nos encontramos con los jeeps de la OSCE. Puede que hayan venido a comprobar las consecuencias del bombardeo de la noche anterior. Por una vez. Normalmente no se les ve en las localidades bombardeadas en la línea del frente, normalmente viven en sus hoteles caros y frecuentan los restaurantes en el centro de Donetsk.

Paramos en el cruce de las vías. Está cerrado, a la espera de que pase el tren. Finalmente llega la locomotora. Está vacío, sin carbón. El bloqueo. Los trenes simplemente van de una estación a otra. Molesta a la vista el color azul y amarillo y la inscripción “Ukraina” del segundo vagón. Y recuerda las palabras de Alexander: “sádicos”.

En las afueras de Yasinovataya hay dos personas, un hombre y una mujer, en el arcén. Paramos. Piden que les llevemos al “kilómetro 71”. Vamos para allí. Tatiana e Igor van a su casa. Tatiana es de Yasinovataya; Igor, de Lugansk. Tatiana comienza inmediatamente a contar la terrible experiencia de los ataques a finales de enero y principios de febrero.

“Los vecinos ya se habían marchado. Mis hijos se habían marchado. Estaba yo sola en la casa. Imagine ser la única persona en un edificio de cinco pisos. Pensé que, de alguna forma, todo saldría bien. Pero al principio fue terrible. Las bombas explotaban alrededor de la casa. Ese lunes se fue la luz. El martes se rompió la caldera. Ya no había agua. Después de que un proyectil impactara en la casa, decidí marcharme. Cogí solo el pasaporte y el dinero y corrí como loca hacia Yasinovataya, entonces no había transporte. Seguían cayendo bombas, una de ellas justo delante de mí, pero no explotó. Fue una locura. Caí en la nieve y me quedé tumbada. Luego me levanté y corrí. No recuerdo cómo llegué a Yasinovataya, todo lo que pasó está muy borroso en mi mente”.

Durante los ataques, Igor estaba con su familia en Lugansk. Ahora ha vuelto a casa para ver qué ha sido de su piso. Los vecinos ya lo saben: una bomba impactó en la casa. Las paredes de su apartamento están caídas y todas las ventanas están rotas. O, mejor dicho, lo que tapaba las ventanas, está roto. Porque hace tiempo que el piso no tiene ventanas.

Igor tiene 50 años. Sus hijos se marcharon a Rusia en busca de una vida mejor. Él también lo intentó, pero encontrar un trabajo era muy complicado. Así que tuvo que volver a casa.

A la entrada del pueblo nos “recibe” el Ejército Ucraniano. Delante de nuestros ojos, portando un proyectil. Tengo tiempo de hace una foto. Andrey dice que es un blindado.

El pueblo tiene un total de cinco edificios de cinco pisos. Ahora, en estos hogares destruidos, sin electricidad, sin calefacción y sin agua, quedan alrededor de 45 personas. Recientemente se había arreglado e inaugurado la caldera que daba algo de calor a la población. Durante los bombardeos de finales de enero, volvió a romperse otra vez. Explotó la subestación. A veinte grados bajo cero, la población se encontró sin electricidad, agua ni calefacción. Las autoridades suministraron generadores y calentadores para la población. Y llevaron cinco estufas al sótano. Aquí los bombardeos se repiten cada noche, así que los residentes bajan regularmente al sótano. Ahora no tendrán nada frío. También les entregan agua fresca para beber. Durante nuestra visita pasa el tractor que la reparte.

La casa número 20 parece un colador: los huecos sin tapar en los que debería haber ventanas, los agujeros de las bombas, los balcones rotos en los apartamentos quemados. Entro en la casa, subo las escaleras, llenas de restos de ladrillos, cemento y metralla.

A través del agujero entre el tercer y el cuarto piso se puede ver la calle. Hay un almacén ferroviario. Toda una generación de residentes locales ha trabajado ahí.  Ahora está cerrado. Detrás de él están las posiciones del Ejército Ucraniano. Desde ahí bombardean el pueblo desde 2014.

Un apartamento en el primer piso tiene la puerta abierta. Llamo y entro. En el piso hay un hombre alto y de buen aspecto. “Leonid”, se presenta. Ha vivido toda la guerra en el pueblo. Durante toda su vida había trabajado en la empresa, pero en vez de la jubilación recibió lágrimas. Pero Leonid no quiere convertirse en un refugiado. Es poco común, extraño, duro. Pero no quiere hablar de sus problemas, está claro que no le gusta quejarse. Comienza a hablar de los recientes bombardeos, de los daños de la casa. El primer proyectil impactó contra el edificio la noche del 30 al 31 de enero. Era artillería. Al día siguiente recibió un impacto de un tanque. Al día siguiente, algunos más impactaron en varios balcones. El número de bombas que han explotado a su alrededor es incalculable.

Leonid fuma mucho y bromea mirando a su destrozada casa: “toda la vida trabajando. Toda la vida. Al menos pensé que podría descansar en la jubilación. Pero aquí tienes”.

La siguiente casa tiene mejor aspecto. Aunque no mucho mejor: simplemente no tiene agujeros en las paredes. Lo demás es todo igual: ventanas rotas, balcones caídos, cráteres de proyectiles a su alrededor. Agachada y encorvada va una mujer. La saludo. “Ludmila Vladimirovna”, se presenta. “El nieto fue a la ciudad y no me quedé aquí. Vivo con él. Fue aterrador, no se puede hacer a la idea de lo aterrador que fue. Disparos y más disparos. Ya no aguantaba más. Ya no bajo al sótano, ya no hay fuerzas ni para eso. Si disparan, me quedo en el piso y rezo. La primera vez impactó una bomba en el balcón. Cerramos las ventanas con madera. La segunda vez tiraron la madera. Pusimos mantas, telas, lo que fuera. No calienta, pero al menos no entra la nieve en el piso”. Ludmila Vladimirovna comienza a llorar. Y sigue adelante. Desaparece subiendo las escaleras.

En el porche se sienta un gato, Vasily. Maúlla con vigor, esperando la primavera. Primavera…la tercera primavera en guerra para Donbass. ¿Cómo será? ¿Puede que esta vez traiga paz para esta población agotada? Nastya y Alexander podrían cuidar en silencio su huerta. Volvería a abrir el almacén e Igor trabajaría otra vez ahí. Ludmila Vladimirovna dejaría de llorar y de tener miedo. Y Leonid podrá descansar. Y en nuestra tierra dejaríamos de tener miedo al sonido de la palabra Ucrania.

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Un comentario en “En el frente de Yasinovataya

  1. Sad.

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    Publicado por Edgar | 12/03/2017, 19:31

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