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Acusaciones, propaganda y teorías de la conspiración

Desde sus inicios en 2014, el frente informativo ha sido una de las grandes batallas de la guerra, posiblemente comparable a las batallas militares más conocidas como las de Ilovaisk y Debaltsevo, que la administración de Poroshenko luchó tan ardientemente por reescribir. Incluso antes de que comenzaran los combates, la desinformación fue parte activa del conflicto. Sin embargo, la batalla mediática se inició antes incluso de que estallara la guerra. En los primeros días de las protestas en Donetsk, que dieron lugar a una proclamación de la República Popular de Donetsk, ciertos medios afirmaron falsamente que grupos chechenos habían tomado el control del edificio de la Administración Regional de Donetsk.

Las oficinas del poder regional eran por aquel entonces el único lugar bajo control de los manifestantes, que con una multitud a las puertas, trataban de mantener viva lo que parte de la prensa, mofándose, describía como “una república de un solo edificio”. Esos “chechenos” eran, como publicaron días después otros medios, ciudadanos ucranianos que, bajo el liderazgo de Alexander Jodakovsky, formarían poco después el núcleo de lo que pronto sería el batallón Vostok, que aún lucha en la primera línea del frente.

A lo largo de ese verano, cuando se produjo la primera gran campaña de esta guerra, la batalla mediática formó parte del día a día de quienes trataron de seguir los acontecimientos. Diariamente, Ucrania afirmaba haber liquidado a cientos de “terroristas”, mientras las milicias, aún sin organizarse como ejércitos, trataban de sobrevivir ante un enemigo teóricamente mucho más fuerte. En ocasiones, los medios ucranianos, aún más atrevidos en sus afirmaciones que las autoridades oficiales, hubieron de cambiar sus versiones para evitar admitir flagrantes asesinatos de civiles.

Así ocurrió el 2 de junio de 2014 en el centro de Lugansk. En aquel momento, en tono de burla, medios y activistas ucranianos no perdieron la ocasión de plantear teorías absurdas. La propagación de bulos comenzó apenas unas horas después del ataque, que costó la vida a una docena de personas, incluida una mujer que, amputadas las piernas, agonizó en plena calle hasta desangrarse. Aunque existieran evidencias gráficas de un bombardeo aéreo, Ucrania y activistas ucranianos o proucranianos alegaron que la explosión se debía a un misil tierra-aire mal disparado o la explosión de un aparato de aire acondicionado.

Poco después, Kiev comenzó a utilizar sistemáticamente el mismo argumento que aún hoy, ocho años después, utiliza de forma habitual. El 27 de julio de ese año, con el frente aproximándose a las grandes ciudades de Donbass, Ucrania atacaba a plena luz del día el centro de Gorlovka. En la que durante años fue una de las imágenes de esta guerra, las milicias denunciaron la muerte de casi una veintena de civiles, entre ellos una joven madre y su hija. Mientras circulaba con rapidez a través de las redes sociales la fotografía de los cadáveres desmembrados de Kira y Kristina, medios ucranianos afirmaban haber liquidado a una docena de terroristas. Ante la evidencia de una masacre civil, Ucrania se vio obligada a reconducir su discurso hacia el recurso más sencillo: acusar a las milicias de atacar sus propias ciudades.

Argumento habitual a la hora de justificarse, especialmente ante sus socios extranjeros, Kiev ha explotado esa idea no solo en la guerra de Donbass 2014-2022, sino en los días previos a la intervención rusa, cuando alegó que el evidente empeoramiento de los bombardeos contra la RPD y la RPL se debía a bombardeos rusos, e incluso más allá del 24 de febrero. Aunque desde 2014 la argumentación ucraniana afirmaba que Rusia bombardeaba las ciudades bajo control de la RPD y la RPL para justificar su intervención militar, el argumento ha persistido más allá de la introducción oficial de tropas rusas en el territorio.

En marzo, más de una docena de civiles murieron en pleno centro de Donetsk a consecuencia del estallido de un misil Tochka-U. Era el inicio de una nueva fase de ataques contra la capital de la RPD, perdida para Ucrania en 2014, pero geográficamente al alcance de su artillería más básica. En aquel momento, el Ministerio de Asuntos Exteriores de Ucrania utilizó las imágenes del bombardeo para acusar a Rusia de causar terror en la población.

Lo mismo ha ocurrido durante semanas en relación con los bombardeos de la central nuclear de Zaporozhie, en la localidad de Energodar, bajo control ruso desde principios de febrero. Pero al contrario que en los casos de Gorlovka y de los años de guerra ignorada en Donbass, la prensa ha colaborado activa y posiblemente conscientemente en la consolidación de un discurso ucraniano basado en la máxima de Serrano Suñer: Rusia siempre es culpable.

En este tiempo, en el que los periodistas han escaseado en la línea del frente -en parte de forma justificada ante el peligro que supone la guerra-, se ha generalizado una forma de contar la guerra en la que cada afirmación ucraniana es tenida en cuenta como hecho, mientras que cada afirmación rusa es publicada como una simple alegación. De esta forma ha resultado aparentemente creíble para la población que Rusia bombardee, no solo su propio territorio, sino la central nuclear que protegen sus tropas. Sin embargo, el discurso de la prensa ha sido el de “Rusia y Ucrania cruzan acusaciones de los bombardeos”.

Los errores de comunicación rusos desde el inicio de la operación militar especial han sido flagrantes: los exagerados datos de pérdidas ucranianas y la exaltación de los éxitos propios han contrastado con la realidad sobre el terreno. Pero más allá de eso, Moscú ha utilizado teorías de la conspiración como la repetida idea de los laboratorios biológicos ucranianos bajo control de la OTAN, o la idea de que Ucrania preparaba una bomba sucia. Esta semana, un tertuliano llegó a decir que Ucrania hará explotar un arma nuclear para culpar a Rusia.

A principios de marzo, medios internacionales como Reuters titulaban: “Sin evidencias, Rusia afirma que Ucrania está construyendo una bomba sucia” y la afirmación era considerada correctamente como una acusación falsa, parte de la guerra informativa. Sin embargo, en 2015, Newsweek daba credibilidad a una acusación igualmente falsa: “Ucrania afirma que los rebeldes prorrusos fabrican una bomba sucia”, titulaba entonces.

Ahí radica la diferencia fundamental en el tratamiento de las acusaciones falsas que han surgido a lo largo de la guerra. La prensa nunca ha puesto en duda las acusaciones ucranianas sin importar lo absurdo de algunos de sus argumentos, mientras que ha rechazado, no solo acusaciones similares por parte de Moscú, sino incluso el rechazo ruso a las falsas acusaciones ucranianas.

Esta semana, cuando las autoridades militares rusas han comenzado a ofrecer una visión más realista y menos alejada de los triunfalismos iniciales, vuelve a repetirse la situación. La tensión y la gravedad del momento actual hace que los argumentos hayan elevado su nivel. En primer lugar, Rusia acusó a Ucrania de planear explotar la presa de Kajovka, en la región de Jerson, una acusación que la prensa tomó como falsa y carente de pruebas.

Ayer, por el contrario, la prensa occidental en bloque daba credibilidad a las acusaciones del presidente ucraniano en uno de sus discursos diarios a la nación. “Zelensky afirma que Rusia planea hacer explotar una importante presa en un ataque de ‘falsa bandera’, inundando el sur de Ucrania”, titulaba ayer The New York Times. Artículos similares daban al menos cierta credibilidad a la posibilidad de un ataque que, no solo supondría una catástrofe para la población civil de la zona, sino también para las tropas que luchan en ella. Bajo control ruso, la zona quedaría inundada, lo que supondría, no solo un grave riesgo de accidente en la única central nuclear bajo control ruso, sino que también destruiría el suministro de agua a la península de Crimea. Durante años, con el único objetivo de castigar a la población a base de arruinar la agricultura de sus tierras negras, Ucrania cortó el suministro de agua a los más de dos millones de habitantes de Crimea. Para ello, Kiev construyó una barrera que secó el canal del norte de Crimea. La península no recuperó el suministro hasta la pasada primavera, cuando Rusia derribó la barrera que impedía el paso del agua.

Después de años de exigir a Ucrania resolver la cuestión del agua de Crimea, la garantía de mantenimiento del suministro fue uno de los aspectos tratados en las negociaciones de paz de las primeras semanas de la intervención rusa. Sin embargo, Zelensky pretende alegar que Rusia está dispuesta ahora a hacer explotar la presa de Kajovka a pesar de ser consciente de las consecuencias que eso tendría para su población y sus tropas. Con ayuda de la prensa, que en estos meses ha instalado en la conciencia colectiva la idea de que “la vida tiene escaso valor en Rusia” y que Moscú está dispuesto a sacrificar a sus tropas, el discurso oficial pretende explotar esa ventaja mediática para conseguir favores políticos, económicos y militares.

Sorprendido por la credibilidad que los medios estaban dando a una absurda acusación de falsa bandera, el analista canadiense de origen ucraniano Ivan Katchanovski comparaba ayer el beneficio que tendría para Rusia hacer explotar la presa, con las consecuencias que tendría para Crimea y para la central de Energodar, con explotar el Nord Stream, es decir, ninguno.

Con cada acusación, cierta o no, Kiev puede permitirse más exigencias: más sanciones contra Rusia, más presión política y económica, y más armas para luchar contra un enemigo que desde 2014 no ha dejado de deshumanizar.

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