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Donbass, Donetsk, DPR, Ejército Ucraniano, LPR, Rusia, Severodonetsk, Ucrania

Zmeiny y Severodonetsk

Las noticias de los últimos días, tanto en el frente político y diplomático como en el militar, recuerdan que la guerra implica una cierta flexibilidad táctica a la hora de cumplir objetivos que cambian a medida que se consolida la situación y que ninguna de las partes puede contar con que los avances y retrocesos en el frente sean definitivos. Así se ha podido constatar esta semana con dos casos diferentes entre sí y que tendrán consecuencias diferentes. La semana pasada, con una declaración que el Ministerio de Defensa de Ucrania calificó de prematura y a la que acusó de poner en riesgo la operación, el gobernador de la parte de Lugansk controlada por Kiev anunció la retirada de las tropas ucranianas de Severodonetsk, una de las dos últimas ciudades de la región aún bajo control ucraniano. Y ayer jueves, el Ministerio de Defensa de Rusia anunciaba la retirada rusa de la isla de las Serpientes, una pequeña isla despoblada, pero cuya posición estratégica permitía cierto control sobre las vías marítimas y también en la defensa de zonas tan importantes como Crimea.

El abandono de Zmeiny, la isla de las Serpientes, capturada en las primeras horas de la intervención rusa y controlada desde entonces a un precio cada vez más costoso, supone un retroceso militar y, ante todo, una derrota mediática. Perdida la guerra informativa ante la maquinaria occidental, Rusia no ha tratado de presentar esa marcha como una retirada estratégica sino como un gesto de buena voluntad, presentándolo como parte de un proceso que puede llevar a la reanudación de las exportaciones ucranianas -fundamentalmente de grano- desde el puerto de Odessa.

Ucrania deberá conseguir el control de la isla de las Serpientes con un desembarco en una guarnición que, según las fuentes rusas, habrían sido destruidas. Mantener esas posiciones dependerá también de la voluntad rusa de no elevar el coste de esa presencia, ya que la isla será evidentemente vulnerable a los ataques rusos desde la flota del mar Negro y desde Crimea. Es precisamente la seguridad de Crimea la que podría verse comprometida por la presencia permanente de Ucrania en la isla, especialmente ahora que, gracias al suministro occidental, cuenta con armas con capacidad de alcanzar la península. Ambas partes deberán mostrar sus intenciones, que tendrán consecuencias en caso de que Ucrania aspire a utilizar la isla de las Serpientes para atacar Jerson, bajo control ruso, o Crimea, territorio bajo soberanía rusa, lo que supondría necesariamente una escalada en la guerra.

La marcha rusa de una posición objetivamente estratégica supone también recordar el debate que ya había surgido: el coste de mantener esa guarnición siempre fue elevado, pero aumentó notablemente con la llegada de armamento pesado occidental. Pese a lo que expertos y expertas occidentales continúan afirmando, que la vida de los soldados tiene escaso valor para Rusia, preservar las vidas de las tropas allí presentes es un factor importante en la decisión rusa. El contingente ruso en Ucrania es limitado y cada vida, especialmente en el caso de los oficiales, importa. Esa misma lógica, la de recuperar con vida a soldados y oficiales ha marcado también el intercambio de prisioneros de guerra que se ha producido esta semana. En él han sido liberados 288 prisioneros, entre los que se encontraba una gran cantidad de defensores de Azovstal, entre ellos miembros del regimiento Azov, muchos de ellos seriamente heridos. Por ellos, Rusia y las Repúblicas Populares han obtenido un igual número de efectivos, entre ellos oficiales, dos pilotos y soldados tanto rusos como republicanos. Son ellos, los ejércitos de las Repúblicas Populares, los que están sufriendo gran parte del peso de la batalla en zonas de gran importancia y en las que la presencia rusa es menor.

La polémica que ha surgido a raíz de este intercambio se debe a la contradicción entre el objetivo de desnazificación marcado por Rusia en febrero y la inclusión de soldados del regimiento Azov. Rusia, por orden directa de su presidente, canceló los planes de asaltar Azovstal en Mariupol, donde se encontraban sitiados centenares de esos soldados. Aunque el objetivo era preservar las vidas de las tropas rusas y republicanas, esa decisión permitió también preservar las vidas de los soldados ucranianos, entre ellos miembros tan importantes como Denis Prokopenko, comandante del regimiento Azov, y Svyatoslav Palamar, capitán del grupo formado por Andriy Biletsky. La decisión rusa de incluir a miembros del regimiento, aunque no a sus oficiales, es así coherente con la actuación en la batalla, aunque no con el objetivo inicial de acabar con un grupo que Rusia -y no solo Rusia- ha calificado de neonazi. Inviable la opción de ocupar toda Ucrania y dirigir esa desnazificación -si es que esa posibilidad se vio alguna vez como opción-, solo un acuerdo político en el que Ucrania estuviera dispuesta a prohibir grupos como Azov podría cumplir con ese objetivo. Imposible un acuerdo político entre Rusia y Ucrania actualmente, el objetivo de desnazificación ha quedado diluido en una guerra cada vez más cruda y en la que todas las partes en conflicto están sufriendo bajas significativas.

Esa victoria para la propaganda que Rusia ha entregado a Ucrania también en el caso del intercambio de prisioneros -Moscú ni siquiera ha buscado tomar la iniciativa mediática anunciando el retorno de sus pilotos y esperó a que fuera Kiev quien anunciara el retorno de defensores de Azovstal que incluso la Duma afirmó que no entregaría- contrasta con la situación en el frente de Donbass, principal batalla de esta guerra. Ucrania continúa insistiendo en que es un hecho que recuperará los territorios perdidos mientras sus tropas se retiran de las últimas posiciones que aún mantienen en el oblast de Lugansk. Así lo manifestaba en un largo mensaje publicado en las redes sociales el asesor de la Oficina del Presidente Mijailo Podoliak, insistiendo en que Ucrania logrará esa victoria por la vía militar.

Para ello, Ucrania confía en que la llegada de armamento pesado de los países de la OTAN cambiará la iniciativa en el frente. Kiev ha demostrado ya su voluntad a utilizar esa artillería pesada contra la población civil y contra posiciones de nulo valor militar. La artillería occidental ha hecho su presencia en los indiscriminados bombardeos de la ciudad de Donetsk y los HIMARS estadounidenses fueron utilizados contra Perevalsk, una pequeña ciudad que incluso antes de la intervención rusa se encontraba en la retaguardia de la RPL. Sin embargo, el frente avanza en dirección contraria a los intereses de Ucrania, que a pesar de todo intenta presentar esos retrocesos como temporales.

En ello tiene un papel importante la prensa occidental, dispuesta a presentar cada avance ruso como una muestra de debilidad. El avance en Lugansk obligará a Rusia a culminar su ofensiva de forma prematura, alegaba, en una afirmación de escaso sentido, el think tank Institute for the Study of War. También esta semana, Financial Times calificaba de estratégica la retirada de Severodonetsk. Desde que se iniciara la batalla por Mariupol, tanto Kiev como la prensa occidental han resaltado el alto coste que está suponiendo para Rusia -también para las Repúblicas Populares, pero ni estas como entidad política ni sus ejércitos son un factor para los analistas- capturar las ciudades de Donbass, que está recibiendo completamente destruidas. La estrategia ucraniana se ha encargado de ello. Como dejaba claro con sus palabras a The New York Times hace unos días Mijailo Podoliak, la actuación de Ucrania en Donbass pasa por refugiarse en las ciudades y escudarse en las facilidades para encontrar refugio -entre los barrios residenciales y zonas industriales- para luchar en el ámbito urbano. El alto precio que Rusia y las Repúblicas Populares están pagando por esos avances es obvio, tanto como el elevado coste que está sufriendo Ucrania por esas batallas, que finalmente acaban en retirada.

El abandono de las últimas posiciones ucranianas en Severodonetsk habría sido una retirada estratégica de haberse producido al inicio de la batalla tal y como proponían las autoridades militares de Ucrania. Contra la opinión del comandante en jefe del Ejército Ucraniano, Valery Zaluzhny, la Oficina del Presidente, único gobierno que existe ahora mismo en Ucrania, decidió que era preciso luchar hasta el final, quizá hasta un momento en el que la retirada pudiera ser presentada como temporal. Sin apenas ya posiciones que abandonar, Ucrania se retiró de Severodonetsk prometiendo recuperar la ciudad utilizando la recién llegada artillería occidental. Tampoco el argumento de la defensa de Severodonetsk desde posiciones más ventajosas en Lisichansk es ya convincente, especialmente cuando existe ya una retirada parcial desde esas posiciones. Ayer jueves, Sky News afirmaba que “los días de Lisichansk están contados”.

La guerra en Ucrania enfrenta al segundo ejército del mundo contra el ejército que se proclamó el más fuerte de Europa, que ha contado en estos ochos años con un progresivo flujo de financiación que, en los últimos cuatro meses, se ha convertido en constante suministro de armamento cada vez más pesado. Nada tiene que ver esta fase del conflicto con las guerras que ha librado Estados Unidos en los últimos años y tampoco con la lucha de Ucrania contra las Repúblicas Populares, dos ejércitos formados a partir de milicias y que siempre han sufrido fuertes carencias de personal y material. Como han demostrado la isla de las Serpientes o Severodonetsk, cada avance implica un elevado coste, que en ocasiones es superado por el coste del retroceso. Es evidente que la capacidad destructiva de Ucrania aumenta con la llegada de armamento pesado de Occidente, lo que supone un aumento del peligro en la línea del frente y en la retaguardia. Pero lo es también que Rusia y las Repúblicas Populares están consolidando sus avances, especialmente en Donbass, e incluso en esas ciudades destruidas por la batalla comienza lentamente el proceso de reconstrucción, lo que dificulta aún más que Ucrania pueda recuperar esos territorios, no solo los perdidos en 2014, sino los perdidos desde el 24 de febrero. Es ahí donde radica la diferencia entre la pérdida de una posición militarmente estratégica pero irrelevante en términos de población y la pérdida de las últimas ciudades de la región de Lugansk.

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