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Donbass, Donetsk, DPR, Ejército Ucraniano, Ucrania

“¿Todo el mundo está en sus asientos?”

Artículo Original: Egor Voronov

“¿Todo el mundo está en sus asientos?”, pregunta elevando algo la voz el conductor del minibús al darse la vuelta para mirar a los pasajeros. “No vamos por Universitetskaya. Hay bombardeos. Pararemos en Artyom y en cuanto se pueda giraremos a Universitetskaya”. Ninguno de los pasajeros se molesta. Casi todos se mantienen en completo silencio cuando giramos a la plaza Shajtyorskaya. “No vamos a parar. Ha habido impactos hace unos diez minutos”. Continuamos. Diez segundos, veinte, treinta, cuarenta. A unos cientos de metros por detrás, hay una explosión. No está claro dónde, pero ha sido muy cerca. El eco aún me hace daño en los oídos.

“Por la liberación de Donbass, pare, por favor”, dice una mujer con exaltación en su voz al levantarse para salir cerca de la parada de Donetsk City. “Sí, por favor, por favor”. Los cables del tranvía cuelgan sobre el asfalto. Los escaparates de las tiendas de los bajos son un espacio vacío. Las fachadas de los edificios administrativos están astilladas y las de los edificios residenciales tienen grandes agujeros en forma de ventanas rotas. Hay ramas y restos de coches de pasajeros en la carretera. La calle central de Donetsk no parecía ella misma, sino una calle de Kirovsky, Kuibyshevsky o Petrovsky. “Señora, siéntese. Pararemos en el semáforo”. Salimos hacia Universitetskaya. Tendré que bajarme pronto, llegamos al trabajo. De pronto, la idea de pasear por las calles de la ciudad con chaleco antibalas no parece tan alocada.

Al día siguiente, los proyectiles son de salida. Algo potente. Uno solo. ¿Peski? ¿Avdeevka? ¿Opitnoe? Empiezo a aprender las direcciones de Donetsk. Se escucha un zumbido. El proyectil pasa sobre nuestras cabezas. Antes de explotar, pasa otro. Explota el primero. Zumbido. Pasa el tercero. Explosión. Zumbido. Los proyectiles pasan por encima de los distritos centrales de la capital. Y explotan también en Kievsky, que para Donetsk también es un distrito central. Así se consideraba al menos cuando trabajaba allí hace diez años.

La gente a mi alrededor sale a por agua con botellas de seis o diez litros y ni se inmuta con las explosiones. No miran al cielo. No buscan refugio. Según los estándares locales, las explosiones están lejos. Aunque se pueden escuchar claramente reflectando en los edificios de pisos y con la onda expansiva por los patios. Se sienten tanto por dentro como por fuera. Aquí es ya el tercer día de batallas matutinas.

En el centro, los trabajadores reparan el pavimento en Universitetskaya. Cerca del cine Zvezdochka se retiran los escombros mientras los viandantes observan un gran agujero en el tercer o cuarto piso de un edificio residencial. El hotel Druzhba intenta esconder los agujeros en su fachada marrón y sus ventanas rotas. Ya no parece tan impresionante. “Aprietan mucho, Sasha”, dice por teléfono una mujer que pasa. “No puedo más. Llevan una semana bombardeando. Tenemos que ir a alguna parte. Aquí nadie sabe en qué momento puede morir”. Miro al teléfono, el resumen de los bombardeos en Gorlovka.

“Han bombardeado la zona del Donbass Arena”. “Un impacto cerca del hospital Vishnevsky”. “Dañaron el monumento a la Guardia Roja”. Un día más en el que los teléfonos no están en silencio. Docenas de personas han evitado milagrosamente la muerte. Una mujer murió, hay decenas de heridos. Hay columnas de humo que salen de la ciudad. No quiero leer las noticias. Ante mis ojos está la plaza Shajtyorskaya, con sus fachadas desconchadas. Ya es de noche y, a la vuelta del trabajo, entre el silencio de las calles, el chófer cuenta historias sobre los bombardeos. Para. Tenemos que salir. Del asiento de atrás cojo la mochila con 16 litros de agua. Retumba. Las paredes de alrededor refuerzan el eco y lo llevan hasta el cielo del atardecer. Me agacho un poco. Un proyectil impacta a 120-130 metros. “Escucha, igual te llevo hasta la puerta de casa”, dice el hombre al volante. “Sí, creo que sí”, respondo intentando volver a sentarme con la mochila de agua. Seguimos. Un proyectil de salida. Y otro. Y más.

Al día siguiente me entero de que el proyectil no explotó. Subo al autobús. “¿Todo el mundo está en sus asientos? No vamos por Universitetskaya. Hay bombardeos. Pararemos en Artyom y en cuanto se pueda giraremos a Universitetskaya”.

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