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Donbass, Donetsk, DPR, Ejército Ucraniano, Mariupol, Rusia, Ucrania

Los vivos esperan la paz

Artículo Original: Dmitry Steshin

La principal acumulación de refugiados de Mariupol está situado a 20 km de la ciudad, en la localidad de Volodarskoe. El pueblo fue descomunizado, así que en la mitad de los mapas y navegadores aparece como Nikolsky, lo que añade una dosis de confusión al caos que lo rodea. De alguna manera, la vida en Volodarskoe-Nikolsky está “mejorando”. Han llegado los voluntarios y han comenzado a crearse listas de evacuación. El otro día, matones del batallón Azov intentaron romper el cerco de la ciudad por el aeropuerto. El contraataque fue repelido, pero no se pudo barrer completamente el intento de huida.

Vika se me acerca lentamente, sin hacer ruido: va en calcetines en el asfalto gélido. No sabría adivinar su edad, puede que ya haya terminado el instituto. Tiene el pelo revuelto y viste un jersey sucio. Le tiemblan las manos y no sabe dónde meterlas. La chica no tiene más ropa y sus ojos enormes son la imagen de la locura: “Habla conmigo, nadie habla conmigo y tengo miedo. Me dan miedo las explosiones, la gente con armas”. Entiendo que la chica necesita compañía. Saco unas piruletas del bolsillo. “Comamos unos dulces y hablemos. ¿Cómo te llamas?”

La chica puso el caramelo en el bolsillo de la chaqueta. Le di otro, que también escondió mientas intentaba recordar quién es. “Soy Victoria. Dianchenko”.

“Vika, ¿dónde vivías en Mariupol?”

“Vivía en Mariupol, allí también hay bombas, te contaré todo”.

Pero Vika no se acuerda de su dirección. Me enseña la pierna. He visto cosas así: la metralla separa la carne del hueso y quedan fragmentos. Pregunto a Vika: “¿Te doy algo de comer?”

“Quiero té. Caliente. Estoy helada”.

“¡Quédate aquí!”

Vika asiente con la cabeza y señala sus pies, diciendo que se queda ahí de pie. Me abro paso hacia la cafetería del colegio, donde los refugiados entran de quince en quince. Me ponen una taza de té y cojo media manzana de la bandeja. Vika coge el té, pero ni dice nada ni ve la manzana. Se pone a beber el té e inmediatamente se olvida de mi existencia. Uno de los compañeros milicianos, paramédico, dice que Vika necesita ir a un hospital, recibir algún calmante y que le curen la pierna. Después necesitará tratamiento psiquiátrico, un tratamiento durante mucho tiempo. ¿Pero adónde habría que llevarla? ¿A la unidad de cuidados intensivos de Mariupol? Por algún motivo, estaba seguro de que nos ayudarían de alguna forma. Estaba equivocado. Pero hicieron lo correcto al dejarla allí, para la noche puede estar en Rostov. [Al día siguiente, Dmitry Steshin confirmó que Vika había sido trasladada a Donestk, donde fue encontrada por su tía-Ed].

No hace viento en Mariupol, así que toda la ciudad está cubierta de humo, una niebla maloliente que se metía por los pulmones. Las fábricas y el puerto están ardiendo, la hierba está ardiendo. Vamos al hospital. Es un complejo reciente y de varios pisos, con una fachada cubierta de metralla y en la que no hay ventanas. Hace una semana, cuando los nuestros finalmente capturaron la manzana junto al hospital, los ucranianos lanzaron una carga de Grads sobre él. La forma de Ucrania de decir adiós. Yo mismo lo escuché metido bajo un coche con la cabeza debajo del motor.

A la izquierda y a la derecha del hospital, justo al otro lado de la carretera, hay una batalla y detrás de la fachada continúan los duelos de artillería, así que el suelo todavía tiembla. En la plaza del hospital, la gente se reúne en el suelo, tumbada, agolpándose a la puerta de entrada. Hay un autobús con la inscripción “Guardia Nacional” con cortinas al viento a través de las ventanas rotas. Dentro, todo está cubierto de sangre. Una mujer se acerca a nosotros llorando y pregunta: “Por el amor de dios, que alguien llame a mi hija y le diga que estoy viva. Mi hija está en Norilsk, es profesora”.

“¿Sabes su número?”

“¡Sí, sí!”

Con las manos temblorosas, la mujer abre la bolsa en la que lleva todas sus posesiones. Una pequeña cazuela, una bolsa de plástico, un cuaderno de bolsillo. Un amigo marca el número, pero no hay conexión. La mujer vuelve a llorar.

“¿Cómo te llamas? Esta noche estaré en un lugar en el que sí hay conexión y llamaré a tu hija enseguida. ¡Te lo prometo!”. Me quito el casco y me santiguo. Probablemente sea la única forma de promesa que funcione aquí. Por la noche, llamé a su hija Natasha en Norilsk, que estaba a punto de salir en busca de su madre y llevársela a Rusia.

La entrada del hospital está llena de barro. Algunos voluntarios o paramédicos limpian con mopas, pero se dan cuenta de lo inútil de su intento. La gente coge agua del tanque azul, un agua de un terrible color marrón oscuro, pero no hay más agua en la ciudad. Las paredes están llenas de mensajes: “Tanya, nos hemos marchado”, o “Estamos en el primer piso”. El piso de los niños.

Encontramos a la directora médica del hospital: Olga Petrovna Golubchenko. Se niega a ser entrevistada, diciendo que todo está bien en el hospital, todo está ahí: personal, medicinas, alimentos. No mira a la cara y habla con una ira contenida. Intentamos explicar que tenemos la oportunidad de organizar ayuda. Pero al final nos vamos sin despedirnos y continuamos al edificio principal.

Hay pasillos oscuros e interminables con olor a carne podrida. Quienes tienen cigarrillos fuman, porque no se puede hablar de mantener la esterilización del hospital. En el pasillo, una enfermera limpia la herida de una mujer apretando los dientes.

El hospital tiembla por las explosiones. Llega un proyectil Vasilek y vuela otro de vuelta. Los proyectiles zumban a lo largo de la fachada. Se activa un lanzagranadas, una ametralladora. Y la vida en Mariupol sigue normal. Si es que se le puede llamar vida.

Es lo mismo en el siguiente piso. Olor potente, ventanas rotas contrachapadas. Un hombre en silla de ruedas cuenta cómo resultó herido: “Salí de la entrada y entonces explotó. El domingo 13. Volví a la entrada y los vecinos, tres cuerpos de una vez, saltaron por los aires”.

“¿Te están curando?”

“No he visto a nadie desde el jueves. La metralla sigue ahí, no pueden encontrarla y las máquinas de rayos X no funcionan. No pasa nada, pero ahora me pitará el detector de metales de los puestos de control”, bromea.

“¿Te han ofrecido evacuación?”

“Sí, pero para qué ir. Aquí al menos tengo ropas en casa”.

“¿El piso está intacto?”

Mijail niega con la mano. “No hay ventanas y todos los muebles están apilados. Pero al menos es un sitio donde vivir”.

Sasha está tumbado en una camilla contra la pared. “Resulté herido como siempre: fui a por leña”.

Buscamos el departamento de cirugía y lo encontramos. Los pasillos están bloqueados por sacos de arena. Lo mismo en las paredes, aunque con huecos. La Guardia Nacional de Ucrania iba a disparar desde ahí, pero cambió de opinión.

Una máquina de café rota, un aparato de rayos X aplastado, todo lo que puede estar roto lo está, incluso las mesas. Pero eso no es lo peor. Los cuerpos se apilan en las alas, bien tapados, con mantas o con una sábana, con vías, restos de vendajes o máquinas Ilizarov. Aquí todo está en silencio si no se tiene en cuenta la artillería. Un grupo de personas está en silencio a la entrada del hospital, donde nadie les trata, están ahí para morir. Escuchan la batalla en curso intentando olvidarse del momento para simplemente tumbarse. Todos esperan algo: la evacuación o ayuda humanitaria.

“Estoy esperando la paz”, me dice Dasha, una chica pecosa. “Pero voy a ir a la evacuación con un niño de cuatro años”.

“¿Disparan menos ya?”

“Justo así”.

Dasha, como todos nosotros, mira hacia arriba, pero el azul del cielo no promete nada bueno para los próximos días.

Comentarios

Un comentario en “Los vivos esperan la paz

  1. Reblogueó esto en PédePera.

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    Publicado por osmargp | 27/03/2022, 19:14

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