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Donbass, Donetsk, DPR, Mariupol, Rusia, Ucrania

Nunca aprendimos a odiar

Artículo Original: Yulia Andrienko / Komsomolskaya Pravda

Cada día de las últimas tres semanas ha sido similar al anterior: levantarme pronto por la mañana, llamar a los amigos de las zonas del frente de Donetsk para comprobar si todos seguían vivos, un desayuno rápido con mi hija y un viaje con los voluntarios a las zonas bombardeadas. Llevamos paquetes de comida, no solo aburridos paquetes de cereales y carne en lata. “Además de cereales, pasta, aceite de girasol y carne en lata, hay pollo, salchichas e incluso té dulce”, dice el voluntario Andrey Lysenko, que lleva ayudando en las zonas rojas desde 2014.

Recuerdo una anécdota de un hombre sin hogar que se acercó a pedir ayuda para una tarta. Para nuestra sorpresa, contestó que era su cumpleaños. Donde vamos no hay tiempo para tartas. Las personas pasan días en sótanos y no les espera nada bueno en la superficie: no hay electricidad, agua corriente ni calefacción y las viviendas están muy dañadas. Hace tiempo que las tiendas están cerradas. Estas personas lloran, agradecen y besan a los voluntarios. Y esta es mi única posibilidad de hacer trabajo periodístico: venir aquí y ver las cosas con mis propios ojos.

Llegamos a Yasnoe (sí, tenemos nombres así de bonitos para los pueblos, incluso tenemos Veseloe y Schastie [felicidad]) apenas quince minutos después de un bombardeo ucraniano. Tuvimos que distribuir la ayuda en los sótanos: la localidad está cerca de Dokuchaevsk y las bombas vuelan desde Ucrania con regularidad. Mayores, mujeres y niños, ellos son los que viven en el refugio. Estaban sentados ahí, vestidos de arriba abajo escuchando las bombas ucranianas destruyendo sus viviendas hasta los cimientos. Hace tiempo que no hay luz ni agua en esas casas.

Cuando ya nos marchábamos del pueblo, vimos el cuerpo de una mujer. Parece que salió en busca de agua, había un cubo cerca de ella. El agua derramada se mezclaba con la sangre. Todo a su alrededor estaba fragmentado por la metralla, incluso el cemento.

La muerte está por todas partes aquí. Al volver, abro internet para ver que Donetsk ha sido bombardeada cerca del centro. Concretamente, el centro de negocios Severny, la creación del hijo de Yanukovich. Ha habido bajas.

“No debes tener miedo, el miedo destruye. En cuanto comienza la confusión, es el final”, me dice por la tarde la rockera Yulia Chicherina. Me quedo en silencio, no sé si la mujer que iba a por agua en la extinta Yasnoe o las personas que han muerto hoy en Donetsk tenían miedo. Las normas no funcionan aquí. De lo contrario, solo morirían las ratas y los cobardes. No queda nadie así en Donetsk. Por supuesto, estos ocho años no han hecho mucho daño. Pero la fuerza sale de alguna parte: hay personas que recaudan dinero para el frente, otros organizan comidas gratis para los pobres y todos están al límite haciendo lo que pueden.

Algunos son médicos. Acompañamos a Yulia Chicherina en una visita a los hospitales de Donetsk para apoyar a los médicos que trabajan a destajo. Acudimos al patriarca de la medicina de Donetsk, Emil Fistal, de 83 años. Es difícil hacer una lista de todos sus títulos, pero estos son los principales: director del Instituto Gusak de Emergencia y Cirugía Reconstructiva, director del Departamento de Quemados, director del Departamento de Cirugía Plástica de nuestra Universidad Médica. Sus amigos y conocidos bromean: Emil es el único en cientos de kilómetros. Hoy no abandona las cuatro paredes del hospital, donde a diario llegan heridos.

Yulia actúa frente a los heridos en una escena que recuerda a las imágenes de las viejas películas de guerra. Jóvenes sin brazos o piernas yacen en las camas. Hay enfermeras entre las camas. Solo los teléfonos con los que graban el concierto recuerdan que todo está ocurriendo en el presente. Veo que a Fistal le tiemblan las manos y se seca las lágrimas.

“Lo que los soldados ucranianos han hecho en las zonas ocupadas tendrá que ser investigado durante mucho tiempo. Recuerdo que en una de las llegadas encontré pelos largos de mujer que salían de la tierra”, afirma Gennady, un soldado de la RPD herido. Puedes ir a los ucros, están en la siguiente sala”.

Efectivamente, al otro lado de la pared. Dos heridos con pretenciosos tatuajes en manos casi de niños. Tienen 23 y 24 años. Uno es de Slavyansk y el otro de Severodonetsk. Ambos han luchado por contrato en el Ejército Ucraniano. Es decir, contra nosotros. No son de Dnipro, ni de Jmelnitsky. Son de Donbass. Uno es de la heroica Slavyansk, cerca de donde yo misma estudié una vez. Tenían 16 años en 2014 y sus padres posiblemente fueron a votar en el referéndum del 11 de mayo a favor de las Repúblicas.

Y aquí están, sentados como nosotros: con dos manos, dos piernas y el mismo idioma. No son los fritz de la Gran Guerra Patria. Uno incluso había visitado Donetsk antes de la guerra, no hace falta llevarle, como a los occidentales, por las calles explicándole dónde ha llegado. Delante de él hay un plato de sopa y pan, la comida del hospital. Tienen hambre igual que nosotros. Tienen la misma sangre roja en los vendajes. Vinieron a matarnos y ahora los médicos de Donetsk les tratan, dicen, con una actitud adecuada.

Nunca aprendimos a odiar

¿Cuándo nos ocurrió a todos nosotros esta desgracia? ¿Cómo pudo ocurrir y que ni siquiera nos diéramos cuenta? Puede que fueran ellos los que dispararon ayer a la mujer de Yasnoe. Pero no fueron los prisioneros los que me impresionaron, sino lo que sentí por ellos.

¿Por qué no había en mí odio y ansia de sangre? Al fin y al cabo, tenía todo el derecho a sentirlo. Al fin y al cabo, salí andando, solo con una pequeña bolsa y para siempre de mi Avdeevka natal en 2014, con la ciudad llena de cristales rotos tras una noche de bombardeo. Y fui yo, quien con las uñas ensangrentadas, arrancó el papel de la pared de un apartamento ajeno y mal cuidado en el que mi familia viviría en Donetsk. Y aquí estoy otra vez esperando para entregar ayuda humanitaria en forma de latas de sardinas a personas desplazadas, algo por lo que yo, que hace meses que no he cobrado por mi trabajo, tengo que aguantar horas de frío. Y otra vez más, yo, que estuve a punto de morir en el ataque contra un autobús en Boss, vuelvo a escuchar cómo las ventanas retumban con las explosiones y mi hija tiembla de miedo agarrándose a mí. Tengo todo el derecho a odiar a esos y otros chicos. Pero en lugar de eso me pregunto por qué los nuestros nos destruyen. ¿O es que no somos lo mismo?

¿Por qué llevamos ocho años esperando?

Al día siguiente vamos a Talakovka, un pequeño pueblo al sur de la RPD que la República ha recuperado ocho años después. Incluso desde la carretera se puede ver el humo negro sobre Mariupol.

Por primera vez, cruzo el viejo puesto de control ucraniano Gnutovo-Pischevik, con búnkeres destruidos, construcciones marcadas por las bombas e inscripciones en ucraniano. ¿Qué sentí? El sabor del ambientador que el voluntario usa porque fuma demasiado, así que abro la ventana de mi lado. Un punzante olor me golpea en la cara. Me doy cuenta de estar cruzando una línea de paso, una de las miles que han cortado Donbass como un cable desde 2014. Todo lo que estaba al otro lado de esas líneas parecía algo como Marte o la Luna.

Es un pueblo del sur de la RPD que nunca había visitado. Ni siquiera había oído su nombre. Pero ahora siempre estará en mi memoria. Pasamos junto a un campo verde de trigo en el que hay algunos círculos negros aquí y allí: restos de las caóticas llegadas (¿Cuál es el objetivo de bombardear el trigo?) y el héroe Baikal, que nos acompaña, ríe: “Bueno, también nos han dejado el trabajo de recolectar”.

Hay coches dados la vuelta que Ucrania tomó de la población para hacer barricadas, viviendas destruidas, una iglesia dañada, restos de un proyectil y personas mayores empujando carros por la carretera. “¿Por qué habéis tardado ocho años? ¿Por qué habéis permitido que estos reptiles se hagan con nuestra tierra?”, me pregunta la gente, a la que no sé qué contestar. Es imposible hablar de táctica y estrategia aquí, entre las ruinas y proyectiles en el asfalto.

Los residentes del pueblo me suplican que contacte con sus familiares para decirles que están vivos. Sacan hojas en las que apuntan sus números. No hay comunicaciones en la ciudad, como no hay electricidad, gas, agua caliente o calefacción. Pero la población que ha salido de los sótanos por primera vez en días está preocupada por sus familiares en Kiev, Járkov o Dnipropetrovsk.

Es un placer especial contar a gente que no conozco que sus familiares están bien. Siempre me sentiré culpable por haber escrito de forma incorrecta uno de los números, al que le faltaba un dígito. Ni el método de la selección ni la búsqueda de la persona en las redes sociales dieron resultado. Pero aprovecharé la oportunidad: Alexander Voloshin, de Dnipropetrovsk, tu madre está viva en el pueblo de Talakovka.

Comentarios

Un comentario en “Nunca aprendimos a odiar

  1. Reblogueó esto en PédePera.

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    Publicado por osmargp | 11/03/2022, 13:52

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