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Donbass, Donetsk, DPR, Ejército Ucraniano, LPR, Minsk, Rusia, Ucrania

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Coincidiendo con la vista de Zelensky a la zona y justo a tiempo para convertirse en parte importante de la argumentación de Washington y Kiev en su intento de alegar que Rusia planea para los próximos días una intervención militar en Ucrania, el día comenzó ayer con un fuerte incremento de la actividad militar en varias zonas de la línea del frente en Donbass, fundamentalmente el frente sur de la RPD y el norte de la RPL, últimamente una zona en la que se habían registrado menos infracciones del régimen de alto el fuego. Según el último informe de la misión de observación de la OSCE, el número de explosiones se cuadruplicó, con más del 80% de esas explosiones realizadas por las tropas ucranianas, un empeoramiento que continúa actualmente con constantes bombardeos de amplias zonas de la línea de separación. Frente a ocasiones anteriores, en las que empeoramientos y duelos de artillería locales, inevitables mientras no haya perspectiva de resolución política del conflicto, han pasado desapercibidos, en esta ocasión la situación ha llegado hasta el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas.

Desde la firma de los acuerdos de Minsk en 2015 Ucrania ha utilizado los bombardeos como herramienta de presión tanto militar como política. En aquel momento, tras la batalla de Debaltsevo, la línea del frente quedó estabilizada convirtiendo el conflicto en una guerra de trincheras que no se ha detenido en ningún momento pese a los numerosos procesos de alto el fuego acordados en el marco del Grupo de Contacto. En ese contexto, Kiev ha utilizado la intensificación de los bombardeos, no tanto con la intención de capturar territorio ni como anticipo de una operación militar a gran escala para acabar por la vía militar con las Repúblicas Populares, sino como herramienta política.

Los momentos en los que Volodymyr Zelensky -y antes Petro Poroshenko- ha intentado conseguir la convocatoria de una cumbre del Formato Normandía han venido acompañados de silencio en el frente. Por el contrario, en aquellas épocas en las que Ucrania y sus aliados han querido justificar el incumplimiento de los acuerdos de Minsk, la situación militar ha sido utilizada como pretexto. Alegando que la falta de seguridad imposibilita el avance en los puntos políticos, Ucrania ha utilizado el incumplimiento del alto el fuego -aunque fuera su propio incumplimiento- como argumento para postergar un proceso perennemente bloqueado que sobrevive únicamente por la obstinada postura de Rusia, que se niega a aceptar que no hay perspectivas reales de que Kiev cumpla con los puntos políticos de los acuerdos firmados.

El actual empeoramiento, que ha llegado a las Naciones Unidas y a los titulares de los grandes medios -que han ignorado durante años los constantes bombardeos de zonas del frente o el sufrimiento de la población civil, sometida también a un bloqueo económico-, se produce además en un momento de extrema tensión entre Rusia y Estados Unidos y apenas unas horas después de que, una vez más, pasara sin intervención rusa la enésima fecha señalada para ello por la inteligencia occidental. Eso sí, como en ocasiones anteriores, los bombardeos en la línea del frente han adquirido relevancia únicamente desde el momento en que las Repúblicas Populares han respondido al fuego ucraniano.

Frente a la indiferencia generalizada tanto de la prensa internacional como de la sociedad ucraniana ante los bombardeos ucranianos contra Donbass, cada disparo de Donetsk y Lugansk, aunque sea provocado por los bombardeos ucranianos, es siempre un escándalo que toda la comunidad internacional debe condenar. En esos términos se mostraban ayer tanto Dmitro Kuleba, ministro de Asuntos Exteriores de Ucrania, como Anthony Blinken, secretario de Estado de Estados Unidos. Ambos, condenando un extraño impacto en una guardería en Stanitsa Luganskaya -tan extraño que Boris Johnson lo calificó de operación de falsa bandera para culpar al Ejército Ucraniano-, en territorio controlado por Ucrania (el lugar se encuentra, según Strana.ua, a una distancia excesiva de las posiciones de la RPL, no se quemaron los balones de fútbol de la habitación del impacto y ninguna ventana quedó dañada en el pequeño edificio) calificaron el incidente como una imperdonable violación de los acuerdos de Minsk. Ambos han ignorado, por supuesto, los bombardeos ucranianos contra las ciudades de la RPD y la RPL.

En la misma línea, Blinken insistía en el incumplimiento ruso de unos acuerdos que, durante años, Ucrania ha infringido abiertamente en sus puntos militares y sigue negándose hasta la actualidad a proceder siquiera a los puntos políticos. Pero el discurso de Blinken, como las declaraciones de Biden unas horas antes, fue más allá de un empeoramiento local como los que se han producido en Donbass desde 2015. Este empeoramiento es, en boca de Blinken, Kuleba, Biden, Zelensky o Johnson, una prueba de que la invasión rusa de Ucrania que la inteligencia occidental lleva más de 100 días anunciando va a producirse de manera inmediata.

Poco importa que Vladimir Putin y el Gobierno ruso hayan dejado claro que no habrá, en las actuales condiciones, reconocimiento de las Repúblicas Populares como ha pedido esta semana el poder legislativo, evidencia práctica que reafirma la voluntad rusa de permanecer, y hacer permanecer a Donbass, dentro de los límites de los acuerdos de Minsk.

En el actual contexto de histeria mediática y política -ayer mismo el Reino Unido publicó el enésimo mapa de las direcciones en las que podría venir ese ataque ruso que Rusia obstinadamente se niega a realizar pese a los tambores de guerra que se escuchan en los medios-, hay incluso quienes han ido un paso más allá. Josep Borrell quiso ayer no limitarse a las habituales declaraciones de “extrema preocupación” a las que habitualmente se limitan los comunicados de la diplomacia y afirmó que “ha empezado el bombardeo en algunas partes de la frontera”. Poco conocedor del conflicto o quizá poco interesado en la situación de la población civil residente más allá del Severski Donets, el Alto Comisionado parece no ser consciente de que los bombardeos comenzaron en 2014.

Pasado el 16 de enero, fecha en la que la inteligencia afirmaba que comenzaría la intervención militar rusa en Ucrania, Político, uno de los primeros medios en alertar, a principios de noviembre, que se preparaba una invasión, apunta ahora a algún momento a partir del 20 de febrero. Y una vez más, Anthony Blinken apelaba en el Consejo de Seguridad a la inteligencia estadounidense para justificar que, esta vez sí, se prevé una invasión inminente. Antes, Joe Biden había afirmado que sus sentidos le decían que la invasión ocurrirá pronto. Quizá el argumento sea el mismo que las fuentes anónimas de inteligencia han filtrado a Político: terminados los Juegos Olímpicos de Beijing -Vladimir Putin no querría incomodar a su aliado Xi Jinping- y coincidiendo con la Conferencia de Seguridad de Múnich, los próximos días serían proclives a una invasión. En una intervención que rivalizaba con la famosa aparición de Collin Powell para mentir sobre las armas de destrucción masiva que Sadam Hussein no tenía, Blinken llegó a plantear la posibilidad de que Rusia utilizada armas químicas en una «provocación» en Ucrania.

El episodio de ayer, en el que una vez más la prensa y la diplomacia internacional dejaron claro que los bombardeos en Donbass solo son un problema cuando la RPD y la RPL responden al fuego ucraniano, solo es un argumento más para presionar a Rusia. No se trata de disuadir a Rusia a no cometer una invasión que no pretende realizar sino una forma de presión política y diplomática en busca de concesiones en el proceso de Minsk, justificación del incumplimiento ucraniano y demostración de fuerza de Occidente en sus amenazas de sanciones y consecuencias políticas. Tras años de calificar a la RPD y la RPL como separatistas apoyados por Rusia primero, proxis rusos después y finalmente fuerzas de ocupación rusa, cualquier disparo de Donetsk o Lugansk es susceptible de ser considerado agresión rusa. Con ello, Estados Unidos dispone de una buena herramienta para subir el volumen de las sanciones contra Rusia -especialmente en el sector del gas, el más interesante económicamente- en cualquier momento que sea necesario. En ese juego, Ucrania sigue siendo solo una herramienta al servicio de intereses ajenos y en el que el destino de la población de Donbass no es siquiera un factor.

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