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Donbass, Donetsk, DPR, Ejército Ucraniano, Minsk, Ucrania

En la oscuridad

Artículo Original: Lisa Reznikova

El 2 de septiembre se produjo una tormenta en Kominternovo. Un rayo cayó en la ya moribunda subestación eléctrica que se encuentra en la línea del frente. Se quemó, dejando a los residentes de la localidad sin electricidad, sin frigoríficos, sin lavadoras, cocinas eléctricas o televisión (que en el pueblo es prácticamente la única fuente de información sobre el mundo exterior). Desde hace un mes, la población vive sin electricidad: Kiev no está dispuesto a aceptar mantener el régimen de silencio para permitir la reparación. Las organizaciones internacionales son sordas a las peticiones de ayuda. Antifashist ha visitado el pueblo, condenado a la oscuridad y a bombardeos diarios, junto al voluntario Andrey Lysenko.

Es domingo, aún no ha amanecido. Salimos de noche, el camino es largo, hay puestos de control y se prevé lluvia por la tarde. Cargamos 68 bolsas de alimentos en dos coches. Esa es exactamente la cifra de personas que quedan en ese territorio, fundamentalmente pensionistas. Los frigoríficos de esos pensionistas de Kominternovo llevan un mes sin funcionar, la comida se pudre, las reservas se acaban y las modestas pensiones apenas permiten ir a la compra. No todos pueden moverse, algunos de ellos son personas muy ancianas que están encamadas. Quienes tienen cocinas de gas son afortunados, al menos pueden cocinar. La situación es más grave para quienes tienen cocinas eléctricas, que se ven obligados a cocinar con fuego. Y esa posibilidad desaparecerá pronto, apenas queda leña y es peligroso acercarse al frente bajo el fuego de los francotiradores.

Kominternovo se encuentra al borde de una catástrofe humanitaria. La OSCE y la Cruz Roja son conscientes de la situación, pero no tienen prisa por responder. ¿Por qué? Es una pregunta sin respuesta. Kiev no quiere coordinar un régimen de silencio ni tampoco explica esta decisión. La República ha adquirido ya todo lo necesario para instalar una nueva subestación y está preparada para instalarla en cuanto Kiev lo permita. Todo está preparado y llevará tres horas. Pero nadie quiere garantizar el silencio en ese tiempo, ni Ucrania ni las organizaciones internacionales.

Un hombre hace dedo en la autopista cerca de Novoazovsk. Nos pide que le llevemos a Bezimennoe. Está de camino, así que le recogemos. Cuando se da cuenta de adónde vamos, se convierte en un ruso mal hablado: “¡Sois unos valientes! Hasta los lobos tienen miedo de la mierda que hay allí. ¿Qué os lleva hasta allí?”. Dice que el pueblo es bombardeado a diario, que los drones impiden la vida y que aparecen en el cielo varias veces al día para lanzar munición. El día anterior, por ejemplo, bombardearon la huerta de una residente que, “por suerte”, solo sufró daños en la fachada, la mujer no resultó herida.

Bezimennoe es el último lugar relativamente seguro en el sur de la RPD. A pesar de la cercanía al frente, incluso hay turistas en las playas cercanas en verano. La zona del frente comienza a la salida del pueblo. La carretera circula paralela a la costa, pero no se puede nadar, las entradas están cerradas y de las vallas de metal cuelgan señales de advertencia del peligro.

En el sur de Donbass se siente especialmente que la guerra es civil. No hay tricolores rusas, muchos residentes locales tienen hijos o familiares en Mariupol, en territorio ucraniano, y los nombres de los pueblos, como hace siete años, están escritos en ucraniano.

El cielo está gris con nubes bajas que parecen tocar las copas de los árboles, que empiezan a adquirir color amarillo. El cielo se refleja en los charcos que cubren la carretera, llovió la noche anterior. “En esta carretera, ocho coches se quedaron bloqueados”, explica Andrey. Las tropas ucranianas están muy cerca. Entre las altas hierbas se vislumbra una destruida casa de dos pisos. “Impacto directo, el dueño murió y la casa sigue ahí, inútil para nadie”, añade el voluntario. Hay cientos de viviendas en ese estado en los pueblos del sur. Sus dueños ya no están, algunos murieron ahí mismo, otros huyeron de la guerra y la devastación para refugiarse en lugares más seguros. Los molinos de viento, restos de una civilización anterior, continúan moviendo sus aspas al viento. El sur de Donbass, con el mar y la estepa, podría haber sido un centro en la actual tendencia a promocionar la energía verde. De no haber sido por la guerra.

Frente a Kominternovo hay una pequeña granja con tierras. Los locales lo llaman pequeño Kominternovo. Solo quedan siete pensionistas allí, toda la gente joven se marchó hace mucho tiempo. Nos esperan en la parada del autobús junto a la señal del pueblo, escrita en ucraniano, algunos con bastón, otros en silla de ruedas.

La más joven de ellos es Natalia. Con flequillo y cubierta con un pañuelo, parece un personaje de película. Su historia está llena de la desesperante tristeza del terrible día a día: “Ha habido otro ataque esta mañana. Antes del amanecer. Con ametralladoras, en nuestra dirección. Las balas me han pasado por encima. Todos los días vienen drones, lanzan bombas y vivimos con miedo constante. Pero está bien, al menos aquí hay luz. En el pueblo no hay”.

Los residentes de Kominternovo nos esperan en el porche de la única tienda. Las otras dos quedaron destruidas por impactos directos y posteriores bombardeos en la guerra. Pensionistas con bastón y mascarilla, personas conscientes, algo que no se ve a menudo ni siquiera en Donetsk.

Se quitan la palabra para contar sus dificultades con la luz y pedir ayuda. Svetlana, la más joven de todos, llena sus frases con emoción y lágrimas, pide un momento de silencio para contar lo que ha pasado. “Fue la tarde del 2 de septiembre. Hubo una tormenta y mucha lluvia. Un rayó cayó en el transformador que está al borde de nuestro pueblo. Mi amiga Ira y yo fuimos a mirar cuando paró la lluvia y vimos que estaba cubierto de humo. Ya estaba dañado por los bombardeos, lo han reparado cientos de veces, y ahora está destruido. No tiene sentido volver a arreglarlo según nos han dicho los expertos. Hay que instalar uno nuevo. Obviamente, nosotros avisamos rápidamente, lo contamos todo, tanto al distrito como al distribuidor. Nos prometieron ayuda, cumplieron su promesa y compraron un nuevo transformador. Hace falta instalarlo, llevará tres horas. Los trabajadores estarán a la vista de las Fuerzas Armadas de Ucrania, así que necesitamos que se garantice el régimen de silencio y que la OSCE lo monitorice. Kiev se niega a coordinarlo. Llamamos constantemente a la OSCE, escribimos mensajes”, cuenta Svetlana mostrando en su teléfono los mensajes que ha enviado. Para cargarlo, va a un pueblo cercano cada varios días. También cuenta las noticias a sus vecinos. Es la única fuente de noticias, que lee en internet. Pero las organizaciones internacionales no escuchan las peticiones de este pueblo del frente.

Otro problema, quizá más importante, de los residentes de Kominternovo es el de los drones, que vuelan casi sin hacer ruido y lanzan munición, asesinando o hiriendo a la población y destruyendo sus hogares. Svetlana vincula la activación de los drones con la falta de luz y sugiere que las tropas ucranianas quieren mostrar a la OSCE que esta zona es muy peligrosa y es imposible ofrecer garantías. El día anterior, una granada explotó en su huerta, rompiendo las ventanas que aún estaban intactas. Tuvo suerte de que solo fueran las ventanas: la granada se quedó atrapada entre las ramas de un árbol, que absorbió gran parte de la explosión. Svetlana estaba en casa y pasó miedo, aunque tras siete años de guerra pudiera parecer que la población está acostumbrada a la guerra. Nadie en ningún lugar puede nunca acostumbrarse a la guerra. El gatito sentado en la hierba también pasó miedo. No resultó herido, pero parece que aún tiene miedo.

Svetlana ya no lucha por esconder sus emociones y se vuelve hacia el lugar desde el que disparan: “¿Sois humanos o bestias?”

La población espera ser escuchada. Así lo creen. Aún lo creen. El cielo se oscurece y se aproxima la lluvia. Se van a casa con las bolsas en la mano, agradecidos de que alguien se acuerde de ellos. La ayuda humanitaria no se ha visto aquí en varios meses: Cruz Roja solo llega hasta el vecino Zaichenko y tampoco es frecuente la llegada de los voluntarios.

Se acerca a nosotros una mujer apoyada en su bastón. Abraza a Andrey y le intenta dar un beso llorando. Dice que de pequeña vivió con su hermano en Kutenikovo, en el distrito Amvrosievsky. Los alemanes estaban allí y la población local se unió a los partisanos. No había qué comer ni dónde ir. Los niños encontraron la manera de ayudar: iban a los alemanes, pedían comida, sobre todo pan, y por la noche, a escondidas, se lo llevaban a los partisanos. No se lo comían, aunque tenían hambre, comprendían que era más importante alimentar a los adultos. “Y ahora la guerra ha vuelto y ya dura más que entonces. ¿Cuándo va a haber paz? ¿Qué más podemos hacer? ¿Qué es esto?”, se pregunta. No tenemos nada que responderle.

“Fue mi mujer la que asesinaron en verano”, escucho de una voz detrás de mí. El hombre está junto a mí, con su bolsa en la mano. Dice que tiene los documentos que lo confirman y los busca. Inmediatamente recuerdo su historia, los partes de guerra cobran vida.

El hombre se presenta como Edik recuerda que, ese día, caminaba con su esposa Sveta a la tienda. “Hombro con hombro”, repite varias veces. “Hombro con hombro”. Escucharon el conocido ruido sobre ellos y, en ese momento, la granada explotó bajo sus pies. Edik sufrió heridas en las piernas y Sveta recibió varias heridas, la más grave de las cuales fue en el riñón. Murió en el quirófano sin recuperar la consciencia. Edik la enterró solo: sus hijos y familiares están en Mariupol y no les dieron permiso para ir al funeral: la frontera entre Ucrania y la RPD está cerrada. “Hombro con hombro”, repite mientras sigue caminando hacia su casa vacía.

Las nubes se oscurecen y el cielo se vuelve completamente negro. Comienza a llover.

La guerra en Donbass ha entrado en su octavo año.

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