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Alto el fuego, Donbass, Donetsk, DPR, Ejército Ucraniano, LPR, Minsk, Rusia, Ucrania

Los olvidados

Artículo Original: Yulia Andrienko

La mejor manera de comprender el estado de ánimo de las personas y de ver la imagen real de la situación de la población de las Repúblicas Populares es visitar, junto a los voluntarios, esas “afueras bombardeadas” que tan habitualmente se mencionan en los partes de guerra. Los foros que se celebran en Rusia, los festivales con distinguidos invitados e importantes discursos sobre la protección de los derechos y libertades de los rusos no podrán nunca comprender la verdadera situación de los rusos en Donbass.

La guerra, a diez minutos del centro

Andrey Lysenko es un voluntario que lleva ayudando a los residentes de la zona roja desde 2014. Hoy llevamos paquetes de comida con él a Trudovsky y Alexandrovka. En solo diez minutos en coche desde el centro de Donetsk, se percibe ya el pálpito de la guerra. Hay explosiones esporádicas a las que en el centro ya no estamos acostumbrados. Aquí, por el contrario, es horrorosamente normal: hay vallas llenas de metralla, viviendas destruidas y abandonadas y bosques enteros que han crecido entre las ruinas. La naturaleza recupera rápidamente el territorio de los humanos en cuanto la civilización la abandona. Y al lado de todo esto, también hay jardines floreciendo y niños corriendo.

Aquí vive Tatiana Lukianova, una madre soltera con un hijo adolescente que ya es más alto que ella. Su Vivienda de Trudovsky tiene daños de primera categoría, que, en lenguaje humano, quiere decir que ha recibido impactos directos y no se puede vivir allí. De milagro, ellos sobrevivieron, ya que se encontraban con amigos en aquel momento. La mujer ha tenido que alquilar una casa, que los dueños venderán pronto, así que necesita buscar un nuevo hogar. Para un extraño que haya visto cuántas viviendas abandonadas hay solo en Donetsk, puede parecer raro. Pero soy consciente de los problemas a los que se enfrentan las personas desplazadas y destrozadas cuando se asientan en dormitorios en Donetsk y de la forma en que están siendo expulsados.

“En nuestra antigua casa, no hay tejado, no hay ventanas, la pared que la separaba de los vecinos se ha caído. Trabajo en el departamento de vivienda, mi salario son 8000 rublos. Sabe, no puedo reconstruir la casa. De alguna manera, se arreglaron el tejado y las paredes, pero sigue siendo imposible vivir allí”, admite Tatiana. “Entonces dijeron que el dueño de la casa destruida podía recibir alejamiento temporal. Pero el dueño es mi exmarido y no tengo ni idea de dónde está. Así que alquilamos una casa por nuestra cuenta, sin esperar a merced del destino”.

Es comprensible ver lo difícil que es para el Estado prever todas las dificultades de los destinos humanos, así que, en ocasiones, recibir ayuda es complicado.

Una casa para el nieto

En otra familia de Trudovsky, un exminero cuida a su madre, que tiene más de 90 años. La abuela Zoya, que sobrevivió a la guerra, apenas sobrevivió en 2015, cuando fue rescatada de entre los escombros tras un bombardeo ucraniano.

“Mi madre estaba sentada en la cocina de verano cuando la bomba explotó aquí. Sorprendentemente, sobrevivió. Pero nuestro yerno y el nieto pequeño, de tres años y medio, murieron”, cuenta Grigory Jolmenko, que deja ver todo lo que este hombre ha sufrido en silencio. “Nos dijeron que esperáramos una decisión judicial, ya fuera de Estrasburgo o de La Haya y después nos pagarán entre 10 y 50.000 euros. ¿Pero quién me va a devolver a mi familia?”

Ahora nadie va a reconstruir la casa. Grigory dice que la comisión la calificó de no-residencial. Pero hasta 2014, era residencial y él trabajó en la mina para construirla y dejar algo a su nieto. El nieto y su padre murieron y la casa quedó destruida.

Pero lo que es más importante es que no se aprecia un final a la guerra y que seguimos escuchando explosiones lejanas. Y entonces entiendes que para unos la guerra terminó hace tiempo, pero puede que no haya hecho más que empezar. Desde luego no ha terminado para los residentes de Trudovsky, Staromijailovka, Kominternovo, Spartak y cientos de localidades de Donbass, que sobreviven bajo el fuego por octavo año consecutivo.

Incluso en el sótano hay sábanas limpias

Oxana Demchenko, residente en Trudovsky, sufrió un impacto directo en su casa en 2015. Las ventanas y las puertas volaron junto a sus marcos y el frigorífico salió disparado hasta el pasillo por la onda expansiva.

“Por suerte, mi marido había ido a la mina para cargar los teléfonos, porque no había electricidad en el pueblo, y al volver vio la casa ardiendo y logró sacar los sofás y muebles él solo. Pero no se pudo salvar apenas nada, solo quedaron la lavadora y el frigorífico. Conseguimos madera y material impermeable de las autoridades, lo demás lo hicimos nosotros. Los compañeros mineros de mi marido ayudaron, subieron al tejado para arreglarlo, pero seguía habiendo bombardeos y tenían que ir al refugio varias veces al día. No tenemos dónde ir. La mina nos dio esta casa en tiempos soviéticos”.

“Durante un tiempo, se apiñaron conmigo”, recuerda Evgenia, la nuera de Oxana, “pero no perdieron el corazón. Tres meses sin luz, pero, aun así, en el sótano dormíamos en una cama limpia y entre bombardeos hacíamos tortitas en el fuego, nos hacíamos la manicura y pedicura y tomábamos algo”.

Podría pensarse qué tipo de vida puede haber aquí. Pero la hay. Oxana tiene una hija de 12 años: Ksenia. La chica no solo es una gran estudiante, sino que ha ganado competiciones de karate y le encanta el fútbol. Es difícil calcular cuántas veces se ha encontrado bajo el fuego en su camino al colegio o de vuelta a casa.

“Sueño con entrar en el Instituto del Ministerio del Interior y ser investigadora o fiscal”, explica Ksenia en un tono y con una confianza que me impiden poner en duda que vaya a pasar. “Muchos compañeros sueñan con marcharse a Rusia, pero yo no me iré de la República, mi futuro está aquí”. Me enseña su colección de copas y medallas de todo tipo. Ha competido siempre, incluso con fiebre alta.

Hay también un jardín lleno de animales: cuatro perros y un gato con cachorros. Todos fueron abandonados por sus dueños, que se habían marchado, y encontraron refugio en la dañada casa de Oxana. Es más, la gata adoptó a los cachorros como si fueran suyos y los cuida durante los bombardeos. Mientras, el Ejército Ucraniano metódicamente bombardea a esas personas que una vez fueran compatriotas.

“Somos liebres para ellos”

Nuestro camino sigue por Alexandrovka, una bonita localidad de algo más de 3000 habitantes y en la que hay colegio, tiendas y 30 niños en la guardería. Se podría vivir y disfrutar si no fuera por la guerra.

“Vivo con mis vecinos, mi casa está casi destruida. Ucrania disparó bombas incendiarias contra ella. Estaba allí viendo arder mi casa sin poder hacer nada. Es imposible acercarse hasta allí, hay francotiradores ucranianos. Tienen un entretenimiento: disparar a los viejos y las viejas, somos liebres para ellos”, cuenta Olga Melnikova, residente en Alexandrovka. “No tengo dónde ir. Duele ver que nadie nos necesita. En el centro de Donetsk ya hay fiestas, conciertos, la gente sale y nosotros tenemos bombardeos diarios por octavo año consecutivo. Y si antes podíamos, de alguna manera, predecir la actividad del Ejército Ucraniano -empezaban a disparar por la mañana o tarde por la noche-, ahora son verdaderos monos con granadas, nunca sabes cuándo van a empezar. Escuchamos ruidosas declaraciones en la televisión, pero, al final, nadie nos protege. Aunque muchos de nuestros residentes ya han conseguido pasaportes rusos. ¿Para qué valen?”

Se escuchan confesiones así de amargas en cada parada. No se puede decir nada contra ellas. Ningún argumento sobre que se puede conseguir pasaportes, registrarse en el Fondo de Pensiones ruso o conseguir seguro sin abandonar la República son inútiles aquí. Los rompen a diario la necesidad de sobrevivir bajo las bombas.

“Recientemente han caído 30 bombas de 120mm en seis de nuestras casas. El 19 de julio fue la última llegada en mi casa, la reparé yo misma. Nadie viene a ayudarnos, ni siquiera pagando”, explica Galina Laiko, que acaba de recibir la ciudadanía rusa. “Justo antes de vuestra llegada, dispararon. Estaba otra vez en el sótano. Y no hay dónde ir. Nací en esta casa y probablemente muera con ella”.

En la parte más lejana de Alexandrovka, los residentes nos piden no quedarnos mucho tiempo para no atraer la atención del Ejército Ucraniano, así que volvemos al coche para distribuir rápidamente los paquetes y marchar. Nos protegen los frutales, con sus ramas llenas de fruta. Pero no hay nadie para recogerla.

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