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¿Qué espera Estados Unidos?

Artículo Original: Colonel Cassad

Después de que Estados Unidos demostrara su falta de voluntad de apoyar públicamente las histéricas exigencias de Ucrania de una cumbre y de entrada en la OTAN, el Secretario de Estado, Anthony Blinken, explicó, tras unas generales palabras de apoyo, que para que el régimen de Kiev sea tomado en serio, debe realizar una serie de tareas:

“Hay toda una lista de áreas en las que es importante para Ucrania realizar progresos. Concretamente, es necesario tener un sistema judicial independiente, funcional, cuidadosamente seleccionado e independientemente controlado; gobernanza corporativa, especialmente en las empresas de propiedad estatal, que serán transparentes e implementación real de las leyes anticorrupción. Tenemos que ver que quienes participan en prácticas corruptas son llevados ante la justicia. Eso enviará un serio mensaje de que no son solo palabras en un trozo de papel, sino que tienen un valor”.

Podemos notar inmediatamente la ironía de esas exigencias, cuando un representante de la administración cuyo líder se vio salpicado por la corrupción de Ucrania exige que se lleve ante la justicia a quienes hayan cometidos actos corruptos en Ucrania y en Estados Unidos aún se habla del caso Burisma de Hunter Biden. Por supuesto, Blinken no se refiere a eso, desde el punto de vista de la administración Biden, él no es culpable de nada, ni tampoco lo es su cómplice Poroshenko, también vinculado al caso de corrupción, que ayudó a tapar cesando al fiscal general, que durante varios años intentó conseguir algún tipo de reacción legal a esta arbitrariedad.

¿Cuántos oficiales corruptos han sido encarcelados en Ucrania desde 2019? ¿O antes de 2019? Al mismo tiempo, opera en Ucrania la Agencia Anticorrupción controlada por Estados Unidos y el propio Gobierno está lleno de personas bajo control estadounidense. Pero siete años después el golpe de estado apoyado por Estados Unidos, Washington sigue queriendo ver que “personas involucradas en prácticas corruptas sean llevadas ante la justicia”. ¿Cuántos años o décadas más tendrán que pasar para que los “éxitos de Euromaidan en la lucha contra la corrupción” sea hagan realidad?

Lo mismo se puede decir del sistema judicial, que no ha sido capaz de “hacerse independiente” en estos siete años. ¿Cómo lo ha intentado? Ha habido intentos de cesar a jueces por decreto y de nombrar a sus propios jueces para que hicieran lo que las autoridades les dijeran. Por supuesto, dirán que hay jueces viejos, que están controlados por oligarcas y serán ilegalmente cesados para nombrar a jueces nuevos controlados por la administración títere y entonces dirán que llegará el “sistema judicial independiente”. Sin embargo, lo importante aquí es no mencionar jamás la influencia de los oligarcas en la administración títere.

Estados Unidos lo comprende perfectamente y, desde luego, no está interesado en un “sistema judicial independiente”. Está interesado fundamentalmente en un control externo “independiente” del sistema judicial para así, a base de controlar el sistema, tener las más amplias herramientas de influencia sobre los oficiales y oligarcas ucranianos que, a través del corrupto sistema judicial, solucionan sus problemas, en ocasiones, contradiciendo la visión colonial y de sus administradores de Washington. La incapacidad de Zelensky de controlar el sistema judicial y los periódicos intentos de cambiar el liderazgo de la Agencia Anticorrupción determinan también las exigencias directas del Departamento de Estado.

Si observamos estas exigencias en general, vemos que Estados Unidos ofrece al país “independiente” que cumpla una serie de exigencias como requisito para que el líder del país “independiente” sea aceptado en la conversación. Al mismo tiempo, la conversación en Ucrania sobre la lucha contra la corrupción y la estadounidense sobre la lucha contra la oligarquía son consideradas pura palabrería vacía. De facto, se necesitan unos a otros para “hacer esto y no aquello” y en Ucrania, como en el resto de la “comunidad civilizada”, esto se da por hecho y nadie ha pagado en estos siete años por implementar las “valiosas directivas” ni por sus consecuencias.

Cómo percibe Estados Unidos la “gobernanza transparente en las empresas de propiedad estatal en Ucrania” quedó claro con la historia de la venta de Motor Sich a China, que fue desechada a petición de Washington, perfectamente consciente del daño político y económico que suponía para Ucrania. De hecho, las palabras de Blinken son solo eufemismos y charlatanería neoliberal que esconden el habitual estilo directivo del circuito de control externo, en el que el “desarrollo” del país se realiza sobre la base de decisiones tomadas en centros de decisión situados en terceros países e implementadas por una red de operadores que, por norma, también están en el extranjero.

Las consecuencias de ello son evidentes, ya que los centros de decisión están fundamentalmente preocupados por sus propios intereses, aunque algunos ingenuos aún piensen que, en algún lugar del extranjero, hay buena gente que, por algún motivo, decide hacer el bien y hacer feliz a su pueblo por motivos de altruismo y humanidad. En realidad, todo se limita a establecer un control externo, hacerse con los recursos y usar al país como herramienta para su beneficio a costa de los intereses de ese país. Ucrania no es ni el primer caso ni el último, ya que hay otros países bien conocidos que reciben periódicamente instrucciones del Departamento de Estado y que, de forma voluntaria u obligada, se embarcan en el camino de implementar “valiosas recomendaciones”.

Por supuesto, si un país trata de salirse del “camino de las valiosas recomendaciones”, sus autoridades se arriesgan a convertirse rápidamente en corruptas, antidemocráticas, autocráticas, totalitarias, etc. Pero si se derroca al “poder malvado” y se vuelve a jurar fidelidad a la fuente de las instrucciones, el país vuelve al “campo democrático”. De los ejemplos más recientes, los más claros son Bolivia y Bielorrusia. En el primero de los casos, fue temporalmente posible “democratizar” el gobierno, pero no funcionó en el segundo. La consecuencia es que ambos son ahora “terriblemente corruptos, autoritarios y antidemocráticos” comparados con la “democrática” Colombia o la “democrática” Ucrania.

La aparente arbitrariedad de los criterios se reduce solo a la voluntad del país a obedecer los dictados de Washington y entregar una parte o toda la soberanía al centro de control externo. Cuanto más débil sea el país, más difícil será resistir a esa presión. No todos están dispuestos a aguantar décadas de lucha por la independencia y la soberanía como han hecho Cuba o la República Popular de Corea. Si el Estado está dominado por las élites oligárquicas, es más sencillo entregar la soberanía que defenderla. También en Rusia se pudo ver, después de 1991, el comercio de la soberanía y su entrega a centros de decisión externos, algunas de cuyas consecuencias aún se están sufriendo.

En la nueva realidad, países como China, Rusia o incluso Irán pueden retar ese sistema, exigiendo su derecho a solucionar sus problemas por su cuenta, lo que mina el reciente orden mundial liderado por Washington y causa una guerra fría que Estados Unidos libra contra todos ellos. Para quienes no estén preparados para ello, solo queda el destino de ser vasallos o esclavos de Estados Unidos. Curiosamente, al final es cuestión de libertad, pero no en el sentido abstracto de “libertad” que se esconde detrás del imperialismo estadounidense sino de la libertad para dictar las decisiones importantes.

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