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Donbass, Donetsk, DPR, Ejército Ucraniano, Ucrania

Ilusión de paz y realidad de guerra

Artículo Original: Denis Grigoriuk

Antes del inicio de la guerra en Donbass, Donetsk era, para quienes hubieran oído hablar de su existencia, una capital minera. Era una potente y trabajadora ciudad industrial con gente dura y paciente que no creía necesario quejarse por cualquier cosa. En Europa, el nombre de la ciudad minera estaba asociada al fútbol cuando el Shakhtar jugaba en competiciones internacionales. No hace falta hablar de Estados Unidos, ya que ellos solo conocían de Ucrania la explosión en la central nuclear de Chernóbil a finales de los ochenta. Todo lo demás no les ha importado nunca.

Desde 2014, Donetsk ha estado asociada a la guerra. La ciudad aparecía en los boletines, las noticias y en el contexto político de las negociaciones de Minsk, en las fotogalerías. No hace falta explicar lo que el ciudadano medio tiene en mente al pensar en una ciudad militar: viviendas destruidas, charcos de sangre, cuerpos desgarrados y caos absoluto. Si pensamos en esos términos, Donetsk aparenta cada vez menos ser una ciudad militar. Las imágenes de Grozny en los noventa, esa es posiblemente la imagen típica de una ciudad militar en la que hay hostilidades. Es preciso decepcionar a los turistas militares que quieran venir a Donetsk a ver todo aquello que llenó las historias de la prensa y de las publicaciones online. en lugar de civilización destruida en la que los brotes crecen en el asfalto, los turistas verían una ciudad que florece.

Pero ni siquiera esto es ya noticia. Internet está lleno de información sobre empleados municipales que plantan flores, transporte que funciona y estanterías de supermercados que hace mucho tiempo que no están vacías. Me gustaría compartir una experiencia diferente. Porque el estado de la ciudad no se define solo por esos signos. La población y sus preocupaciones indican que Donetsk es una ciudad normal, aunque sufre las serias consecuencias económicas de la guerra. En las calles, se escucha cada vez menos hablar sobre la situación militar. Lo mismo se puede decir del coronavirus. La RPD ha logrado sobrevivir con pocas bajas, aunque no se ha podido evitar algunas muertes.

Cuando paseaba por la ciudad, algo me vino a la mente. Si eligiéramos a cualquier ciudadano ruso de cualquier ciudad que no sepa cómo es Donetsk, le tapáramos los ojos y le lleváramos a la zona, no se daría cuenta inmediatamente de que ha llegado a la guerra. Al contrario, le parecería una ciudad del sur de Rusia. El hecho de que Donetsk no es parte de la Federación Rusa no saltaría a la vista. La tricolor rusa y señales y placas en ruso están por todas partes y la arquitectura es la típica del legado de los tiempos soviéticos. Podrían llegar a confundir los carteles que felicitan fiestas pasadas, así como fechas que no se celebran en Rusia. Otro recordatorio de la guerra son las brechas en el asfalto que han dejado los tanques y otro equipamiento militar. Pero no se trata de movimientos de material prohibido por los acuerdos de Minsk sino el ensayo del desfile del Día de la Victoria, que este año se ha pospuesto al 24 de junio. En Rusia, no hay marcas en el asfalto porque se coloca goma en los tanques para proteger la superficie de las carreteras. Antes, en Donetsk esas marcas no solo significaban el ensayo para un desfile solemne. De no ser por los tanques y soldados, el extraño no se habría dado cuenta de que se encuentra en una ciudad militar.

Pero aun así no puedo asegurar que estoy en lo cierto. No puedo porque la sensación de que Donetsk ha dejado de ser una ciudad militar es prematura. Es errónea, pero se justifica en querer ver crecer al máximo a nuestra ciudad lo antes posible, convertirse en una gran ciudad y, otra vez, una centro industrial. Es normal cuando se ha sobrevivido a pesar de toda la adversidad. La vida florece a través de esos brotes tan duros que atraviesan el asfalto. Es algo que siempre me ha sorprendido al ver viviendas cubiertas de flores poco después del estallido de las hostilidades. Siempre ha sido un símbolo de que la vida es mucho más fuerte que la guerra.

Puede que me distrajeran las noticias de que cerca de la calle Stratovnatov va a comenzar la reconstrucción de las viviendas. En plena “zona roja”. Pero entonces pienso en la localidad de Spartak y en la niña Vika, que sigue viviendo allí sin las comodidades de la civilización.

Finalmente, las noticias de que el Ejército Ucraniano ha infligido otro golpe a la localidad de Trudovsky te devuelven del cielo a la tierra. Un residente local resultó herido.

No, no se puede confundir los deseos con la realidad. Es compresible que la población esté cansada de la guerra y que hablen de sus problemas cotidianos, que sueñen con cosas mundanas y que esperen que la situación se normalice. Aunque esa espera está en punto muerto, ya que no existen las condiciones para creer que la guerra vaya a acabar rápidamente. Así que nadie se atormenta con esperanzas sin sentido, ya que la vida constantemente nos recuerda que el frente sigue rugiendo, da igual lo alto que los políticos declaren sus intenciones de parar la guerra. Siempre habrá motivos para continuar la batalla, aunque sea contra los deseos de la población directamente afectada por el conflicto.

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