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Economía, Pobreza, Sanidad, Ucrania

Enfermedad de pobres

Artículo Original: Colonel Cassad

Durante las primeras semanas de la pandemia de coronavirus parecía una enfermedad de la élite social. En la larga lista de infectados aparecían los nombres de famosos políticos y estrellas de cine, músicos, deportistas, miembros del showbiz y otras estrellas de los medios. La lista de famosos enfermos aumentaba día a día. Y estas superficiales observaciones, unidas a los rumores de la prensa, crearon la base para ver extraordinarias características sociales en el nuevo virus.

Periodistas, expertos y predicadores de iglesia hablaban de que la amenaza del coronavirus igualaba a ricos y pobres. Algunos abiertamente se iluminaban viendo en la pandemia un merecido castigo divino por violar las leyes terrenales del poder. Y otros tenían la esperanza de probar que esto enseñaría a políticos y multimillonarios a prestar atención a los problemas de la gente corriente. Al fin y al cabo, ellos apenas sufrían de peligrosas enfermedades, siempre bajo supervisión de los médicos y bajo protección de las barreras sociales.

Esa confusión inicial se debió a que el coronavirus había aparecido en el primer mundo, con sus rutas de transporte desarrolladas y su gran tráfico de pasajeros, entre los cuales no hay escasez de personas con dinero. El gobernadora del estado mejicano de Puebla, Miguel Barbosa, afirmó que los pobres tenían una inmunidad social a la COVID-19. Y algunos incluso calificaron al coronavirus de maldición del mundo “civilizado” y desarrollado, creyendo que toda epidemia “normal” debía ocurrir en las barriadas del tercer mundo.

“Cuanto más atrasado, pobre y subdesarrollado sea un país, menor daño relativo hace el coronavirus. La idea de enfermedades infecciosas y su expansión normalmente está asociada a las palabras retraso, debilidad, pobreza, analfabetismo, autoritarismo. Los brotes y epidemias de las últimas décadas -ébola, zika, MERS, SARS, fiebre amarilla, fiebre del Nilo, cólera, plaga- han ocurrido realmente en África, este, sudeste o sur de Asia, América Latina y Oriente Medio. Pero no en Europa ni en Norteamérica. Era imposible pensar que esto pudiera pasar en los principales centros de la civilización moderna. Pero ha ocurrido, y ¡hasta qué punto!”, se sorprendía el economista neoliberal Andrey Ilarionov.

Lo mismo se dijo en Ucrania. Al fin y al cabo, entre los primeros pacientes de coronavirus había conocidos empresarios y diputados [entre ellos el guardián de la historia, Volodymyr Vyatrovich-Ed]. Y muchos abiertamente se jactaron de que los representantes del Gobierno no serían tratados en hospitales occidentales sino en el país, donde, a lo largo de estos años, se ha destruido el sistema de salud construido en la etapa soviética.

Sin embargo, la epidemia ha puesto a cada uno en su sitio. Los primeros casos se detectaron en ambientes de gente rica porque son los que más habitualmente viajan por el mundo y visitan los lugares en los que se ha extendido el virus. Pero después regresaron a Ucrania los cientos de miles de trabajadores emigrantes que trabajaban en fábricas, en la construcción en España o cuidando ancianos en Italia. Y eso llevó inmediatamente a que se produjeras brotes en Ternopil, Chernivtsi, Yitomir, Lviv y Lutsk. Entonces, el coronavirus se extendió por el país.

Ahora resulta que los pobres son el principal grupo de riesgo en términos de la pandemia local. La enfermedad no solo no iguala los diferentes estratos sociales sino que distancia aún más las profundas brechas sociales. La élite está rodeada de comodidades y cuidados de los médicos, comen bien, no les faltan medicinas y remedios y, en el peor de los casos, siempre tendrán reservada una habitación con un respirador. Según informó un exdiputado, en Dnipro ya se ha renovado un hospital para el cáncer infantil reconvertido a lugar de tratamiento VIP. Y para los pacientes comunes se han cavado seiscientas nuevas tumbas, lo que claramente deja ver a quién pretenden salvar las autoridades locales.

El ucraniano medio habitualmente no puede permitirse siquiera adquirir paracetamol y mascarillas, ya que no hay suficientes ni siquiera para el personal de los hospitales regionales. Para ellos, las verduras comunes se han convertido en un lujo y millones de personas no saben de qué van a vivir, ya que han perdido el trabajo y se han quedado sin sustento. Pero necesitan comprar comida y medicinas, pagar el alquiler, mantener a sus hijos y pagar deudas y préstamos. El Estado no presta ninguna asistencia real y es incapaz de compensar a sus ciudadanos por este tiempo de aislamiento.

Tienen que salir a la calle pese al riesgo de infección y las condiciones de cuarentena. Los ucranianos pobres trabajan en el reparto, conduciendo, lavando y cocinando o como empleados de enfermería, siempre en contacto con pacientes infectados. Buscan descuentos en mercadillos, esperan en largas colas en los supermercados y viajan a diferentes regiones del país en busca de existencias. Es un riesgo que no amenaza a los ucranianos ricos. La consecuencia es que quienes más mueren de coronavirus son las personas comunes, desconocidas.

La tendencia es similar en todo el mundo y, por ejemplo, en Estados Unidos, ha llevado a una tragedia social. “Los periodistas han realizado un mapa de infecciones de coronavirus en los barrios de Nueva York. Resulta que el número más alto de infectados está en las zonas de población afroamericana y latina. ¿Es porque son más vagos y no se lavan las manos? Entonces miré el mapa de empleo y, sorpresa, resulta que se trata de las zonas más deprimidas, en las que la población trabaja repartiendo carga, vendiendo, de almaceneros y en el sector servicios. Todos ellos se ven obligados a seguir trabajando durante la cuarentena a pesar de arriesgar sus vidas. Los blogueros de moda de Nueva York publican fotografías de calles vacías. Resulta que la ciudad está desierta. Resulta que los blogueros se mueven en coche y no andando”, escribió desde Estados Unidos el bloguero Alexander Nazarov, que acompañaba el texto con una imagen del metro, literalmente abarrotado de personas pobres y de piel oscura que se dirigían al trabajo porque no tienen otra opción.

Enfermos de COVID-19, muchos estadounidenses no tienen acceso a un médico. “Si enfermas de coronavirus y necesitas hospitalización, en Estados Unidos el tratamiento te va a costar mucho: sin seguro, entre 42.000 y 74.000 dólares y con seguro, entre 22.000 y 38.000. No sorprende que la gente tenga miedo de pedir ayuda a un médico, piensan principalmente en las consecuencias económicas, no en las consecuencias sanitarias”, afirmó en Los Ángeles Times el ucraniano Anatoly Ulyanov. Parece natural que esta alocada situación sea la forma más fácil de expandir una epidemia. La ausencia de medicina pública general se ha convertido en una bomba que ha explotado en la cara de Estados Unidos.

L’Espresso abiertamente habla de las diferencias de clase que se han desarrollado en el transcurso de la pandemia y ha calificado a la población sin hogar como “la parte más vulnerable de la población y la más expuesta al coronavirus”. Según los periodistas, muchos enfermos siguen en la calle: “Los dos principales refugios están situados en Brooklyn y el Bronx y, con el aumento de casos, se enfrentan a un reto importante, ya que su capacidad es limitada. Muchas veces las personas llegan allí y está lleno, así que se tienen que marchar por donde han venido y siguen expandiendo el virus”. La situación es tal que las autoridades han comenzado a meter a los sin hogar en parkings, obligándoles a tumbarse dentro de las parcelas marcadas para los coches sobre mantas, ya llueva a o haga sol.

Obviamente, las posibilidades de sobrevivir de esas personas son mucho más bajas que las de los famosos contagiados que salen en las revistas de cotilleo. Y su número sigue aumentando, ya que los acreedores americanos echan de casa a los inquilinos insolventes sin prestar atención a la pandemia o al paro. Todo ello está contribuyendo a expandir la infección de coronavirus, que se ha convertido en la enfermedad de las clases sociales estadounidenses.

Lo mismo se observa en otros países. La edición francesa de Atlántico informó de la “muy alta mortalidad” en el departamento de Seine-Saint Denis, con alta población inmigrante, donde han colapsado los servicios funerarios. The Washington Post habla del empobrecido suburbio de Husby, en Estocolmo, como uno de los más afectados por la COVID-19. Todo ello da una respuesta clara a la pregunta de Andrey Ilarionov: la pandemia ha revelado que la desigualdad, pobreza, el analfabetismo y la falta de libertad se han convertido en la norma de una sociedad socialmente segregada de gran parte de los países desarrollados del mundo, donde se ha establecido un tercer mundo interno. Y pagan por ello los mismos pobres que han tenido que cargar con el peso de la época de crisis.

La desigualdad se manifiesta también en las condiciones del aislamiento. El actor Will Smith pedía a sus fans en las redes sociales que se quedaran en casa y lo hacía publicando una foto de la enorme y carísima mansión en la que pasa la cuarentena. Toda una serie de celebrities, entre ellas la billonaria más joven, Kyle Jenner, muestran en Instagram sus lujosas vidas, que no se ven afectadas por la crisis. Sus piscinas privadas, gimnasios y jardines les permiten mantener su vida inalterada, mientras que millones de personas están encerradas en pequeños apartamentos como en si fueran una prisión. Eso ya ha supuesto un aumento de la violencia doméstica, especialmente contra las mujeres y los niños.

Los teóricos del darwinismo social abiertamente justifican este estado y dividen la humanidad entre personas de primera y personas de tercera, pacientes privilegiados que merecen el mejor tratamiento contra la enfermedad y aquellos cuya vida no vale la pena, por lo que no merecen que se luche por salvarla. Esta postura defiende la continuación de la austeridad en el gasto social y sanitario que ha sido uno de los principales factores del desastre.

“Imaginen dos tiendas de utensilios. Una tiene herramientas convencionales. En la otra, todo es de cristal. Tras un terremoto, en la segunda tienda se van a romper muchas más piezas. En sentido figurado, la población de Italia incluye muchos más “vasos de cristal”. Son el grupo de mayor riesgo y tenemos que protegerlos a ellos primero”, poéticamente escribió Novaya Gazeta.

La realidad es que para atajar la pandemia es preciso superar las barreras de clase de la sociedad actual y garantizar igual acceso a la sanidad, trabajos decentes y bien pagados, vivienda digna y servicios sociales básicos. Sin ello, no se puede superar ni un virus ni una crisis.

Andrey Manchuk

PD. La imagen es de la portada de una revista alemana, acompañada por el titular: “Ha vuelto”, en la que se quejan de que la actual pandemia de coronavirus y la crisis económica han recuperado las ideas de Karl Marx y la política de izquierdas, algo que no es de extrañar, teniendo en cuenta que la actual crisis ha revelado la existencia de carencias en el sistema capitalista neoliberal incluso para todos aquellos que prefieren

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