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Donbass, Donetsk, DPR, LPR

A la espera de un nuevo frente

Artículo Original: Denis Grigoriuk

Avanzada la mañana, la cafetería está vacía. Este lugar solo atrae a gente por la tarde, que viene a relajarse tras un duro día. Tiene una aspecto familiar, detrás de la barra había una barista pelirroja de unos veinte años que hablaba con un chico muy alto. “¿Qué va a ser?” “Un latte grande”, respondo y saco el dinero por inercia. La barista sugiere añadir algo que no entiendo. Le digo que sí. Es incómodo decir que no. Me siento en una mesa y ojeo las fotos en la cámara, un hábito para no perder tiempo buscando las mejores fotos. Después solo quedará escribir el texto. Levanto la cabeza solo cuando la barista me llama para decir que el café está listo. Solo ahora veo a una mujer con una mascarilla morada en la barbilla. La tela no oculta su cara. No cumple el objetivo si no tapa la boca y la nariz. Al lado de la taza hay un taco de servilletas y un tipo de gel antibacteriano.

Me acerco hacia la mujer de la mascarilla. No me doy cuenta de nada hasta que veo una bata blanca por debajo de la larga chaqueta roja. Eso lo explica todo. El resto van sin mascarilla. Parejas charlan, trabajadores vestidos con su uniforme naranja reparan algo, un hombre pasea al perro. Al salir de la tienda, veo a una madre con un bebé. Ambos llevan mascarilla. Gradualmente, se va viendo más equipamiento de protección en Donetsk. Aunque la epidemia no ha llegado.

Por el momento, en la RPD no hay ningún caso confirmado de coronavirus. Todos los pacientes sospechosos han dado resultado negativo. En este momento, Europa está sufriendo por el COVID-19. Cuarentena, restricciones y prohibiciones no son poca cosa. La gente se quema en pocos días. En Rusia, el Gobierno no ha anunciado todavía una cuarentena, pero las autoridades urgen a la población a quedarse en casa. Ucrania ha cerrado sus fronteras, ha prohibido actos públicos y ha limitado la capacidad del transporte público. Todo ello sin mucho éxito, teniendo en cuenta que el número de infectados aumenta cada día. No lo hace en Donetsk, es como una isla de tranquilidad en un mar de caos epidemiológico.

“Espero que no tengas billetes muy grandes”, me dice el taxista. “Estamos muy justos con los clientes. Hay que esperar dos horas para una llamada. Muchas cosas han cerrado”.

No sé a qué se debe. Puede que a la fuerte bajada del rublo tras la reunión de la OPEP o al pánico por el coronavirus. Puede que a una mezcla de los dos. No continúo hablando con el preocupado taxista, esto podría convertirse en un talk-show de política. El coche para en el austero edificio del Departamento de Supervisión Epidemiológica del centro de Donetsk. En unos pocos minutos, se congrega allí un grupo de periodistas con cámaras alrededor de un autobús blanco. La directora sale a explicar que el personal sanitario y epidemiológico, vestido con trajes de protección, máscaras y guantes está desinfectando los autobuses.

“Primero, todo lo que han podido tocar los pasajeros: las puertas, las manillas, las barras, los asientos, los cinturones, los lugares donde poner el equipaje y el volante y el salpicadero del conductor. Si es necesario, también se desinfectan los suelos. El grado de desinfección lo marcan los médicos y profesionales de la salud”, explica Elena Nescheret, directora del departamento, mientras se prepara el personal.

Salen las personas de blanco. Sus caras están ocultas en las máscaras y sus ojos, protegidos por gafas de plástico. Cada uno lleva el desinfectante a la espalda. Los hombres de blanco se acercan al autobús y lo desinfectan todo: las puertas, los asientos.

“Nuestra labor no es solo el mantenimiento sino no dañar a los dueños de los vehículos. Tenemos una amplia selección de desinfectantes, también material especial que permite desinfectar grandes autobuses”, continúa a encargada médica, mientras los trabajadores continúan desinfectando el autobús.

En este momento, la ministra de Sanidad de la RPD, Olga Dolgoeva, explica que el comando operativo ha decidido reforzar las medidas restrictivas para todo el que llegue a la República. Las nuevas reglas no solo se aplicarán a quienes vuelvan de territorio ucraniano, sino también de Rusia e incluso de la RPL.

Recientemente, algunas de las agencias han comenzado a hacer informes regulares que, además del frente militar, incluyen otro frente: el epidemiológico. La ministra de Sanidad informa: “Bajo supervisión de los médicos locales, se encuentran en aislamiento domiciliario 418 personas y bajo supervisión hospitalaria, 80. En las últimas 24 horas se ha hospitalizado a siete personas, incluyendo un niño. El estado de todos los monitorizados es satisfactorio”.

Cada informe termina diciendo que no hay ningún positivo por coronavirus en la República. Y también la demostración de la desinfección del transporte público que se ha añadido a las actividades del Ministerio es una forma de decir a la población que no debe tener miedo al COVID-19.

De hecho, Donbass ha tenido suerte hasta ahora. Los pacientes de COVID-19 solo existen en los informes del bando ucraniano. Seis años de conflicto armado nos han enseñado a no creer lo que dicen las autoridades de Kiev de lo que supuestamente ocurre en Donetsk. Según los datos oficiales, en la República no se ha registrado ningún caso positivo de coronavirus. Solo ha habido casos sospechosos que no se han confirmado. De lo contrario, no solo estarían en cuarentena los colegios.

Si la enfermedad llegara hasta aquí, habría que minimizar el contacto social. Los jóvenes sanos, con un fuerte sistema inmunitario, no tienen mucho que temer. En muchos de los casos, la enfermedad es asintomática. Pero la cuestión es otra: la responsabilidad. No por su salud, sino por la de todos los demás. Me refiero a aquellos que pueden verse afectados por la irresponsabilidad de otros. Para mí fue decisiva la información de una voluntaria de Cruz Roja, Natalia Liukina, que vive y trabaja en la ciudad italiana de Bérgamo, en la primera línea el infeccioso frente: “La juventud actúa como foco de contagio”, explicó.

El problema no es la vida propia sino la de los demás. El aislamiento no es necesario solo para la seguridad personal (que también), sino para minimizar los riesgos. ¿Puedes ser responsable por el bien de otra persona? ¿Qué pasa si te enteras de que alguien, aunque sea una persona mayor que ya ha vivido una buena vida, ha muerto por tu culpa? Y también hay jóvenes con bajas defensas que enferman con facilidad. No quiero correr el riesgo a tener esos remordimientos.

Así que, si las autoridades ordenan la cuarentena, no hay que tenerle miedo ni hay que ignorarla. Tras leer este texto, espero que comprendan que no estoy diciendo que salgan corriendo a comprar papel higiénico y trigo sarraceno. Al contrario, llamo a la prudencia y al respeto a la vida de los demás, ya que una simple negligencia puede matar a una persona en unos días de agonía intentando respirar en un hospital.

Puede parecer que 2014-2015 fueron lo peor que se pueda imaginar. Si lograste sobrevivir a eso, cómo vas a temer a un resfriado. El problema es que la guerra y una epidemia son cosas diferentes. Con un enemigo se puede llegar a acordar una tregua, aunque sea falsa, pero con un virus no se puede negociar nada.

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