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Donbass, Donetsk, DPR, Ejército Ucraniano, LPR, Minsk, Rusia, Ucrania

¿Quién quedará en Donbass?

Artículo Original: Yulia Andrienko / Komsomolskaya Pravda

Hay localidades en Donbass cuyos nombres hacen surgir automáticamente una sonrisa. Veseloe, Schastie, Blagodatnoe [Felicidad, alegría y gracia respectivamente-Ed], ¡qué bien suenan! Entre ellos también está la localidad de Yasnoe [claridad]. Está especialmente claro cuando llegamos hasta allí con el voluntario Andrey Lisenko, acompañados de un día soleado, el cielo azul y los colores de otoño.

Los edificios de dos pisos, como si fueran casas de juguete, se esconden tras los árboles. Frente a cada uno de ellos hay algún parque infantil, jardines, invernaderos. En uno de los patios, bajo un árbol, encontramos un columpio y un muñeco hecho de botellas del protagonista de Smeshary-Krosh. Aquí, se atiende a todos los detalles y, en lugar de una simple bufanda, el personaje lleva en el pecho un lazo de san Jorge.

No quiero siquiera pararme a pensar que, desde este pintoresco lugar, no hay más que unos centenares de metros hasta las posiciones del Ejército Ucraniano. En este preciso momento, estamos a la vista de los francotiradores ucranianos. La localidad de Yasnoe está en plena zona roja.

“No mires con la cámara. Ya sabes que estamos a tiro”, me recuerda Andrey mientras saca del coche enormes paquetes con productos necesarios para la población local. Sin embargo, lo que más necesitan no es el trigo sarraceno y la carne que traemos sino paz. “Antes, los ucros estaban muchos más lejos, pero como han ido avanzando poco a poco sobre nuestro territorio en lo que hace un par de años era la zona gris (es decir, en teoría, tierra de nadie) se ha convertido en zona roja. Lo peor es que Yasnoe está semirodeado. Los disparos se producen a diario y las bombas han dañado prácticamente todas las casas, mira esa”.

Pasamos por una manzana más rica, más rica antes de que fuera destruida por el fragmento de una bomba. Muchas casas tienen las ventanas cubiertas de madera, otras están tan destruidas que solo quedan las cortinas o el plástico que alguna vez los dueños usaran para cubrir las ventanas. Antes, más de 2000 personas vivían aquí, en lo que se consideraba un pueblo rico, un lugar al que se mudaban incluso personas de la ciudad. Ahora, en Yasnoe, no quedan más de setecientas personas, 50 de ellas niños.

“Tenemos fuego artificiales cada noche. Y algunas veces a plena luz del día. ¡Qué vida tenemos! No hay tiendas, no hay farmacia. Hay un quiosco, pero ahí no se puede comprar gran cosa”, explica Raisa, una residente local. “Es verdad que hay luz y gas. Ayer, los soldados ucranianos cortaron la luz, pero hoy nuestros defensores lo han reparado todo y ha vuelto la luz. Es así todos los días, unos destruyen algo, los otros lo reparan”.

Al mismo tiempo, todo está perfectamente limpio y ordenado, con flores bien alineadas. No muy lejos, una vecina limpia las alfombras. De lejos nos ladra un perro, Lyudka. Llegan también los trabajadores que repararán los efectos de los últimos ataques. Como si fuera un hormiguero, aquí todos tienen su tarea, aunque la principal es sobrevivir. Si se marchan, los del otro lado ocuparán su hormiguero, eso lo tienen claro.

Se nos acerca una mujer rubia con un bebé en brazos. “No tenemos dónde ir. Tengo dos hijos. Nuestra casa está destruida, así que alquilo un piso. No hay guardería aquí y el colegio está en Dokuchaevsk. Mi hija va allí cada mañana. Recibo 1720 rublos por el más pequeño y 1500 más por ser madre sola. Esos son todos nuestros ingresos”, explica Tatiana. “En el pueblo solo hay un quiosco, que no siempre tiene pan para comprar. Más de una vez me he encontrado bajo las bombas. A veces llevo a los niños, así que intento no alejarme de las casas. Una vez dispararon a pleno sol. Cogí al niño y conseguí llegar al sótano mientras volaba la metralla. Una bomba impactó en casa del vecino. Desde entonces, Vanya está muy nervioso, llora mucho por las noches cuando hay ruido.

Pero, en general, ya se han acostumbrado a vivir bajo el fuego de los francotiradores ucranianos. Hay una humildad en lo que pasa y una fatiga entre la gente, que ya no tiene fuerza para correr y huir, una sensación que he visto, sin excepción en cada uno de los pueblos y ciudades del frente. Es difícil de comprender para quienes viven en ciudades en paz y no han conocido estas situaciones. ¿Por qué no se ha ido? ¿Por qué no ha buscado un lugar más seguro para sus hijos? ¿Es mejor vivir bajo las bombas? Ese es el tipo de preguntas a las que se enfrentan personas como Tatiana. Cuando vives en un lugar relativamente bien alimentado y en paz, es difícil de comprender lo que supone sobrevivir apenas sin dinero en una ciudad desconocida, en la que sientes que debes algo a alguien y siempre piensas en volver a casa.

Caminamos con Tania y bajo nuestros pies crujen los restos de cristal, consecuencia del impacto de una bomba en un piso cercano. No hay nadie para reparar las ventanas, los dueños se marcharon hace mucho tiempo. Sin embargo, en los buzones siguen sobresaliendo facturas. Los números impresionan. Saco una al azar y veo que un vecino debía en diciembre de 2016 casi 9000 rublos. ¿Cuánto deberá ahora? Y es así en casa piso. En estas localidades de la zona roja, los buzones son testigos silenciosos de la tragedia. Hubo un tiempo en que rebosaban de periódicos, revistas y postales de vacaciones, ahora hay solo facturas.

Sin embargo, la entrada está impoluta y hay flores e incluso cortinas en las ventanas. Mantienen la limpieza los vecinos, que en un árbol cercano se pasan unos a otros el turno con un divertido llavero de Ded Moroz. Solo la población de Donetsk es capaz de algo así. Nos saluda una tullida mujer de 84 años ayudándose de dos muletas. Habla esa característica mezcla de ruso y ucraniano tan común en las generaciones más mayores. Nina Petrovna no puede esconderse en el sótano, con sus muletas no puede llegar hasta allí. Cuando hay ataques más fuertes, se esconde en el pasillo.

Nos damos cuenta de que esa no es la panacea en el siguiente piso al que llevamos productos. “Ayer, estaba en el sofá y, de repente, empezó a volar el cristal, un trozo se clavó en el sofá y rompió la alfombra. Todo a un metro de mí. De no ser por esa casa, el piso se habría quemado”, dice Tatiana Vasilevna, que vive en el bajo. “Ocurrió en cuanto se marchó la OSCE. ¿Qué se puede decir? Nos atacan y no hay nadie para defendernos”.

En una de las casas veo a unos chicos de unos dieciséis años. Es como encontrar un pájaro exótico en invierno. Por algún motivo, siempre me dan más pena los jóvenes. Por todo lo que podrían haber conseguido, por las ilusiones de la vida que habrán tenido que abandonar, por lo que les pueda pasar. ¿Qué será de ellos? ¿Se romperán sus vidas antes de tiempo?

“¿Qué hacéis?”, les pregunto al sentarme junto a ellos. “Nada, ha empezado el colegio, estoy en octavo. Ahí hay wifi gratis, en casa no hay internet”, dice Mijaíl. “Acabaré la escuela y me iré a Rusia, está decidido. Allí voy a ser ingeniero. Antes quería ser soldado, pero alguien tiene que construir cosas. Quiero trabajar diseñando edificios y vivir en un país civilizado.

Me alegra que tenga sueños, pero pensar en que sueña con ser ingeniero es, a la vez, profundamente triste en este contexto. ¿Quién quedará aquí? ¿Solo personas mayores y niños? “Yo estoy un año por delante de Misha”, dice Nastia al sentarse con nosotros. “Mi sueño es ser diseñadora de modas. También me quiero ir, posiblemente a Piter [San Petersburgo]”.

Los chicos se turnan al contar cómo vuelven del instituto bajo el fuego, cómo caerse correctamente y lo importante que es saber cuántos segundos tarda un arma en recargar para tener tiempo de refugiarse. Todos tienen docenas de historias de momentos en que sobrevivieron de milagro, cuando la muerte les esquivó por un golpe de suerte. Les escucho y es difícil para mí reprochar su deseo de marcharse. No sueñan con el último modelo de IPhone o ser otra persona. Sus sueños son creativos y sinceros. Se marcharán de aquí y representarán a Donbass en otra parte. Diseñarán bonitos edificios, puentes, ropa. ¿Pero quién quedará en Yasnoe y en el resto de Donbass?

Comentarios

Un comentario en “¿Quién quedará en Donbass?

  1. Sigo esta tragedia desde su comienzo, hace 5 años. Cuando durante más de 3, aquí en Argentina no había ni una noticia de lo que se estaba viviendo en el Donbass. Al leer una y otra vez estos testimonios desgarradores me pregunto, cuántos más han de morir, cuántas madres como esa chica tan hermosa (…quisiera estar allá, para ayudarla…) han de quedar solas con sus hijos, cuánto daño es aún necesario para que Rusia haga lo que debiera haber hecho de un primer momento..? (…y no soy precisamente el único que piensa así, lean a Dugin, algo ha dicho sobre ésto, y no hace tanto tiempo…)
    Cité en otro artículo algo publicado hoy en “Colonel Cassad”, sobre el posible rumbo hacia una “unificación del Donbass” con Rusia en un futuro cercano. Ojalá… Por esa “Rusita” y sus niños.

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    Publicado por ienotmikhail | 21/11/2019, 18:32

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