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Corrupción, Donbass, Economía, Historia, Ucrania, Unión Soviética

De las promesas al engaño

Artículo Original: Andrey Manchuk

Toda la historia de la Ucrania independiente, especialmente la de los últimos cinco años, se puede ilustrar gráficamente con la vieja broma según la cual una rana viva puede cocerse en agua hirviendo siempre que se vaya calentando el agua poco a poco. Al no notar que la temperatura del agua cambia constantemente, la rana muere lentamente hasta acabar en el plato según esta receta que se atribuye a los habitantes del sudeste asiático, aficionados a este nutritivo producto. Esta brutal analogía suele usarse como metáfora política que refleja la conciencia de la sociedad: un pueblo no responderá a lentos cambios globales si no se da cuenta de lo que está sucediendo a su alrededor. Sin embargo, al final, será víctima de esos procesos.

Ucrania es un gran ejemplo de este fenómeno. Imaginen que la población que vio desaparecer a la República Socialista Soviética de Ucrania en 1991 hubiera visto un futuro en el que, en el plazo de una generación, iba a haber una guerra, pobreza, emigración masiva, pueblos abandonados, zonas muertas en las ciudades, fábricas oxidadas, constantes violaciones de los derechos sociales básicos, destrucción de monumentos, represión de una lengua o incluso de la Iglesia.

Imaginen que se les mostrara la guerra sin fin entre la población de Kiev y la de Donetsk, que de repente han dejado de ser exactamente los mismos ciudadanos para pasar a ser dos grupos irreconciliables, enemigos milenarios, descendientes unos de las hordas asiáticas y, los otros, arios nativos, según afirma ahora, contra la humanidad y el sentido común, la propaganda estatal.

Es evidente que este tipo de visiones habrían horrorizado a muchos ucranianos soviéticos y les habría alejado de la idea etnocéntrica construida sobre los principios del nacionalismo de la Ucrania independiente y les habría obligado a elegir otras vías para desarrollar esa independencia. Por eso, en esos años se nos mostraban miles de octavillas que estaban por todas partes en las que nos contaban lo bien alimentados, libres y seguros que viviríamos en la nueva realidad de la economía de mercado, con la que se acabaría el yugo imperial. Todo el tiempo se nos aseguraba que, en este feliz país, no habría lugar para la violación de los derechos de los ucranianos, fuera cual fuera su opción política. Todos los habitantes tendrían la oportunidad de elegir libremente la lengua en la que estudiarían sus hijos, serían ellos quienes decidirían cómo se llamarían las ciudades y qué monumentos decorarían sus plazas.

Sin embargo, la cazuela ya estaba en su sitio y estaban echando el agua y encendiendo el fuego. Poco después, ya en los 90, los habitantes del país ya no se preocupaban por sus derechos sino por su supervivencia. Sobrevivieron aquellos que vivieron de sus huertas, quienes se dedicaron a la importación de bienes y quienes participaron en las tramas del crimen organizado. Con el tiempo, la población comenzó a integrarse en las nuevas formas de existencia impuestas desde arriba. Junto a la nueva mitología histórica vinieron las primeras restricciones de los derechos de la lengua rusa, derechos recogidos en la Constitución; junto a las primeras muestras de odio a los periodistas se dio vía libre a los medios, que de forma entusiasta dieron pie a los entonces aún marginales grupos callejeros de extrema derecha.

Para cuando comenzó Euromaidan, el país ya llevaba una década viviendo en esta situación, pero, incluso entonces, pocos podían imaginar las consecuencias del primer plan quinquenal que seguiría a consecuencia del golpe de Estado de la derecha. Por ejemplo, los libertarios de Kiev difícilmente habrían imaginado que, en unos pocos años, se convertirían en furiosos militaristas, que partisanos de ayer admirarían al halcón imperialista John McCain, que ateos proeuropeos se convertirían de repente en defensores a ultranza de una cruzada por los derechos de la Iglesia y que antiguos anarquistas cantarían los coros a Petro Poroshenko, al que verían como el militante padre salvador de la patria.

Pero la cazuela se calentó, el agua hirvió y la rana se coció. Y se tragó todo. Para entonces, racionalizando, de alguna manera, los primeros crímenes del Gobierno, los antiguos renegados liberales ya apoyaban cualquier cosa, aunque llevara a todo el país al abismo. Si hace cinco años la población salió a la calle bajo el eslogan “всі різні – всі рівні” (todos diferentes, todos iguales), ahora resulta que la igualdad solo vale para los defensores y seguidores de las autoridades de Maidan y que ya no incluye a las grandes masas de diversas opiniones políticas que forman el país. En primer lugar, están los desleales habitantes del sudeste, los comunistas, los vatniks [nacionalistas rusos o detractores del nacionalismo ucraniano], sovoks [nostálgicos de la Unión Soviética o quienes no reniegan del pasado soviético], todos ellos con su propia visión de la historia y la cultura del país. En este grupo están también todos los que se oponen a la guerra o defensores de una solución democrática y constitucional a los problemas lingüísticos y de la Iglesia.

Los ucranianos ya se han acostumbrado prácticamente a todo. Por ejemplo, han sido abiertamente engañados con la gran construcción del muro del este en nombre del ex primer ministro Yatseniuk, una obra faraónica para la que aún se asignan fondos del presupuesto. El ministro de coches sucios y carreteras destartaladas Omelyan promete a gritos que la nación construirá un hyperloop y un asistente del presidente se jacta de decir que la corrupción es un bien útil, necesario para luchar contra el agresor. La población se está acostumbrando a estas fantásticas y surrealistas mentiras, sumida en una apatía general ante los actos de los oficiales y políticos. Mientras tanto, la temperatura de la cazuela sigue aumentando.

Parece que muchos defensores del Gobierno abiertamente quieren cocer la rana ucraniana hasta el final y hablan de que el país necesita una mano dura que acabe con la podrida democracia electoral. Entonces, los representantes del actual régimen podrían mantener sus asientos para siempre, robando y luchando hasta el último ucraniano.

Pero es preciso recordar un hecho poco conocido. El primer experimento de cocer poco a poco a los anfibios se realizó en 1869 y tenía una característica especial: a las ranas les habían extirpado el cerebro. Según los biólogos modernos, un experimento con animales sanos daría el resultado opuesto: al hervir el agua, las ranas tratan de escapar del agua saltando. Puede que, en el futuro, los ucranianos tengan que demostrar que no han perdido la razón y escapen a tiempo de este agujero ardiendo en el que se ha convertido la Ucrania moderna.

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