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Donbass, Ejército Ucraniano, Estados Unidos, Poroshenko, Rusia, Ucrania

Un tiro en el pie

Sin pena ni gloria, el estado de excepción limitado aprobado por el Parlamento de Ucrania contra el deseo del presidente, que preveía una medida más larga y en todo el país, terminó ayer sin que se haya producido ataque ni invasión rusa alguna. En lugar de dar al presidente la victoria política que esperaba, la medida, más propagandística que militar o estratégica, ha supuesto una derrota para el líder ucraniano, candidato a la reelección en las elecciones de marzo de 2019.

Artículo Original: Andrey Manchuk / Vzglyad

Ni lo ocurrido en el mar Negro, donde marineros ucranianos fueron detenidos por maniobrar en el estrecho de Kerch, ni las posteriores maniobras políticas del presidente ucraniano han sido una gran sorpresa. En los últimos meses, en Ucrania ya se había dicho que Petro Poroshenko probablemente intentaría posponer las elecciones previstas para el 31 de marzo y esas predicciones resonaban aún más a medida que las encuestas concedían al jefe de Estado ucraniano cada vez peor resultado.

Según las últimas encuestas, Poroshenko ni siquiera pasaría a la segunda vuelta, por detrás, no solo de Yulia Timoshenko, con un apoyo del 18,5% de los votos, sino también del humorista Vladimir Zelesnky, a quien la estimación de voto le otorga el 10,8%. Solo el 7,8% de los electores están dispuestos a dar su apoyo a la reelección de Poroshenko, a quien le pisa los talones Anatoly Gritsenko, exministro de Defensa del Gobierno “naranja” de Viktor Yuschenko.

Es comprensible que estas estadísticas sean un duro golpe a las ambiciones y expectativas del presidente ucraniano. El problema es que no puede permitirse rendirse sin más ante sus rivales políticos, como sería el caso en los países democráticos. Tras liderar Ucrania al final de la revolución y tras controlarla a base de una guerra sin fin en la que se han cometido todo tipo de abusos e inmoralidades, Poroshenko teme, con razón, tener que responder por sus actos. Sus responsabilidades personales en esos actos podrían suponer, no un nuevo mandato presidencial, sino una sentencia de cárcel.

No, el peligro no es una notoria “venganza de las fuerzas pro-rusas”, con las que se intimida a los trabajadores ucranianos para que cooperen con los defensores del presidente. Incluso los más patriotas políticos anti-Kremlin que se hicieran con las oficinas de Bankova [el Gobierno ucraniano] se verían obligados a investigar la larga lista de escándalos de corrupción que llevan incorporado el nombre de Poroshenko. Teniendo en cuenta la escasa popularidad del líder ucraniano, sería muy fácil hacerse cargar con todos los pecados del Gobierno. Y el actual séquito de Petro I estará en primera línea para lanzar la primera piedra.

No es extraño que los oponentes de Poroshenko sospecharan de sus intenciones de retrasar las elecciones presidenciales para mantener el poder el mayor tiempo posible. Yulia Timoshenko públicamente lo denunció. “Es un plan muy peligroso, ese cuya implementación prepara Petro Poroshenko. Quiere que no se celebren las elecciones presidenciales. Poroshenko quiere iniciar una gran guerra para mantener el poder. Quiere que todo arda”, afirmó en un programa de televisión al comentar la imposición del estado de excepción bajo pretexto de una confrontación militar con el Ejército Ruso.

Tras la detención de los marineros ucranianos, parecía que todo se desarrollaba según el escenario previsto. Poroshenko reunió de urgencia al Consejo de Defensa y Seguridad Nacional de Ucrania, que anunció una propuesta de imposición del estado de excepción por un periodo de 60 días. Eso supondría automáticamente la necesidad de posponer las elecciones presidenciales. Habría que posponerlas hasta el otoño, cuando el presidente al menos no tendría que enfrentarse a la ira de los congelados ciudadanos a causa del invierno y daría a Poroshenko margen de maniobra. Además, el estado de excepción permitiría aplastar cualquier protesta que se produjera en el país: en primer lugar, las de los enfadados ciudadanos que se han quedado sin calefacción, pero también cualquier protesta contra los prohibitivos precios de las facturas o las huelgas de mineros, que exigen el pago de sus salarios.

Un estado de excepción completo permitiría a Poroshenko consolidar su poder en un periodo indefinido que podría extenderse con nuevas provocaciones, que no serían difíciles de organizar en cualquier parte de la frontera ucraniano-rusa. Además, daría al presidente poderes verdaderamente dictatoriales con los que jamás soñó Viktor Yanukovich. Sin embargo, ese peligro unió a todos los contrincantes del presidente ucraniano, que plantaron batalla en el Parlamento durante la votación de la propuesta del Consejo de Defensa y Seguridad Nacional. También fue sorprendentemente fuerte la oposición de la Unión Europea y Estados Unidos, que aparentemente no expresaron gran entusiasmo por el intento de golpe y amenazaron con una gran explosión sociopolítica en Ucrania.

Poroshenko se vio obligado a hacer concesiones, en primer lugar, a reducir el periodo de vigencia del estado de excepción a 30 días para poder celebrar las elecciones según lo previsto. El compromiso de las fuerzas pro-Maidan fue aprobar el estado de excepción en diez regiones, principalmente el “desleal” sureste y Vinnitsa, una región que tradicionalmente ha sido el feudo de Petro Poroshenko y el primer ministro Groisman. “Eso es lo que hace una llamada de Washington”, afirmó el exdiputado Andriy Artemenko, abiertamente sugiriendo que el presidente abandonó el plan original bajo presión de Occidente e inmediatamente pasó a culpar a los diputados del equipo de Yulia Timoshenko.

También la prensa internacional vinculó el intento de imponer el estado de excepción al deseo de posponer las elecciones presidenciales, pero los políticos europeos reaccionaron con frialdad al juego político del presidente ucraniano. “No soy alguien que se fíe de Poroshenko. Repito, según se informó, Ucrania mintió sobre la muerte de un periodista. Tendríamos que observar con atención los acontecimientos y los hechos, pero me temo que a algunos nos la están jugando otra vez. Que no nos pidan que hagamos un juicio inmediato y que no nos pidan millones de sanciones. Es importante que haya paz entre Ucrania y Rusia”, afirmó Andrej Danko, presidente del Parlamento de Eslovaquia recordando cómo Ucrania había engañado a Europa con el asesinato imaginario de Arkady Babchenko.

Finalmente, el formato de estado de excepción aprobado rompió completamente el escenario soñado originalmente por el presidente e hizo de una esperada victoria una derrota en toda regla. Es más, ha hecho aumentar aún más el número de personas que se oponen radicalmente a Poroshenko, también en su región natal de Vinnitsa. El agresor tozudamente se negó a atacar y pronto todo el país pudo ver que el estado de excepción era una farsa política. El estado de excepción no ha impedido que el Bloque Poroshenko celebrara en Kiev su fiesta de fin de año, tras la cual los diputados progubernamentales se marcharon a resorts en el extranjero pese a que, según la ley, el Parlamento debe continuar sus sesiones en este periodo.

En realidad, el estado de excepción solo ha existido para los ucranianos comunes. Los puestos de control, los constantes registros de documentos y la limitación en la venta de alcohol han causado irritación en la población y en Jerson se produjeron escandalosos incidentes en los que participaron soldados borrachos que atacaron a residentes locales y robaron en un edificio local.

Con sus actos, Poroshenko ha conseguido acabar con los últimos vestigios de confianza de los ucranianos, que a partir de ahora sospecharán, con razón, que quiere usurpar el poder literalmente a cualquier precio. Y los políticos ucranianos han sentido la debilidad del fracasado dictador ucraniano y ahora serán aún más escépticos sobre sus intenciones de extender sus poderes un mandato más. Posiblemente preparen candidatos más prometedores con pasados menos polémicos.

Así que la operación para intentar cancelar las elecciones ha sido el clásico tiro en el pie para Poroshenko. Ahora las perspectivas de un cambio en el Gobierno ucraniano parecen más reales. Eso sí, siempre que Poroshenko no decida dar pasos aún más drásticos para mantener el poder y busque un nuevo estado de excepción, idealmente en toda Ucrania. El tiempo dirá si algo así puede suceder.

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