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Alto el fuego, Donbass, Donetsk, DPR, Ejército Ucraniano, Minsk, Rusia, Ucrania

En la zona gris

Artículo Original: Yulia Andreenko / Komsomolskaya Pravda

La calle de la sabiduría

Antes de llegar a la calle de Sofía (aquí reside la sabiduría), en la segunda plataforma del distrito Kubishevsky de Donetsk, nos enconamos frente a un puesto de control. Los voluntarios cuentan que no estaba ahí hace solo unos días. Un total de 28 personas viven en toda la calle. Es imposible contar los impactos directos que muestran los edificios. Hay balcones destruidos, ventanas rotas cubiertas de plásticos que ondean al son del viento de diciembre, montones de ladrillos rotos y un parque infantil, que aquí parece una imagen tan ridícula como lo sería alguien en bikini de plumas en una mina de Donetsk. Fotografío el edificio de nueve pisos. Inmediatamente se me acerca un joven vestido de militar que podría ser mi hijo. “Querida, no se puede hacer fotos”, dice dándose importancia en su nuevo traje de camuflaje. “Aquí no se puede vivir, pero aun así, hay gente que vive. Sabes, creo que en el quinto año de guerra, todos los secretos que hubiera ya los conoce el otro lado”, contesto. Aun así, guardo la cámara tapada con una bufanda.

¿Han visto alguna vez un edificio en proceso de conservación? Es cuando un edificio ha sido preservado, pero la vida se ha detenido allí. Los primeros seres vivos que se presentan son los vecinos de cuatro patas: gatos y perros. Se acercan a la gente y otra vez me culpó de no haber traído nada de comida. Gracias a la población que persiste aquí, los animales no han vuelto a un estado salvaje. Un peludo Terrier mueve la cola contento, ladrando de alegría. Recuerdo la desierta calle de Spartak, donde los voluntarios de recomendaron no salir del coche: la manada de perros que corría era peligrosa. Esos perros en libertad son impredecibles y crueles. No tienen miedo a los humanos y, al contrario que los animales salvajes, conocen sus hábitos.

Las facturas siguen llegando a los apartamentos vacíos. Seguimos a los más ruidosos habitantes del edificio: las palomas. Viven libremente en los pisos abandonados, se benefician de que las ventanas quedaran destruidas por los bombardeos de 2014. El viento hace que a la entrada haga más frío que en la calle, donde luce el sol de diciembre sobre el gris hielo. El frío y el viento dejan sin aliento. Las puertas contrachapadas tienen carteles en los que se pueden leer cosas como “no hay nada que robar” y viejas facturas. La gente se marchó en 2014 y sus pisos se llenaron de palomas y alguna “carta de la felicidad” que les pide que paguen o pueden ser denunciados. Cojo una de esas cartas. Parece una broma del destino: aquí casi todos los pisos están llenos de basura. Aun así, por esta deuda de 319, 70 rublos, se amenaza a los dueños con requisar la propiedad, embargar sueldos o pensiones o impedir la salida de la RPD. Esta última amenaza es la más ridícula: si los residentes estuvieran aquí, obviamente pagarían esa ridícula suma (algo más de 4€). La burocracia es verdaderamente indestructible, llega incluso hasta las viviendas destruidas.

Cuatro inquilinos en cuatro portales

Nos recibe amablemente una mujer, Natalia Fedulova, tapada con un caliente pañuelo. El piso no tiene ni calefacción, ni agua, ni gas. De todos los beneficios de la civilización solo queda la electricidad. La cocina es eléctrica, así que Natasha puede preparar la comida. Tiene cuatro estufas por la casa, puestas todas a la vez. No hay otra forma. Una de las ventanas está rota y la puerta quedó dañada por la onda expansiva de una bomba en 2015 y ahora entra el viento por debajo.

Natasha no se marchó en 2014, lo que quiere decir que no se marchará nunca. Es un axioma. He conocido familias así en Sajanka, Spartak, Laspa, todo el frente de la región de Donetsk. A veces incluso tienen niños. Es difícil de entender para alguien que viene de fuera, pero se puede explicar como la inmunidad a una locura prolongada en el tiempo: un estado que no es ni de guerra ni de paz. Aquí son inmunes a ese estado y eso hace sobrevivir a los que perduran. Sin embargo, en el edificio solo quedan tres inquilinos más, que se ayudan entre ellos. “Cojo agua en el hostal y la subo al cuarto piso. Es mi forma de hacer ejercicio”, ríe Natasha. “No hay ni tiendas ni farmacias cerca de aquí, para todo eso hay que ir a Donetsk. Hace poco han venido las autoridades y han prometido reparar las ventanas y la puerta. Tenemos todo el pueblo en conservación, pero eso no va a conservar nuestras vidas. Tengo una huerta al lado de la mina. Y nuestros chicos militares nos ayudan mucho: traen productos y ayudan a arreglar la huerta. Sin ellos sería muy difícil sobrevivir”.

Natasha tiene un nieto que nació durante la guerra. Nunca ha estado en casa de su abuela. Es ella quien va visitarle en el centro de Donetsk. De la idea de paz en la República habla sin sarcasmo: “está bien soñar con reconquistar los territorios desde el seguro centro de Donetsk, sentados en algún café, sin miedo a que vayan a llegar soldados y comience un ataque. Veremos dónde van esos sueños. Hay que recuperar nuestras tierras de otra manera”, dice. “El año pasado comenzaron a disparar y salí disparada sin sentido. Di vueltas en el aire, me caí y me rompí una pierna. Al menos vino una ambulancia”.

Este es otro axioma que se confirma cada vez que nos encontramos en la línea del frente. Nadie pregunta cómo acabará esto. Solo se preguntan cuándo. En el centro se puede plantear la pregunta en un blindado portando una bandera. Aquí solo importa una cosa: sobrevivir. Y es mejor hacerlo sin esperanzas y sin agonía. Gasta menos energías. Y se puede creer en silencio.

Retratos del pasado

Natasha se ofrece a enseñarnos los demás pisos destruidos. Entonces vuelven a enfrentarse el yo periodista y el yo persona. Me siento como un buitre en la casa de otra persona, caminando con sus cosas bajo los pies: libros, CD’s, juguetes, ropa. Pero entiendo que es algo que hay que mostrar. Mentalmente pido perdón a los dueños. No es la primera vez que me llama la atención un libro de historia de Ucrania, o cuentos ucranianos para los niños. Junto a ellos, el símbolo ruso y poemas de Pushkin. En Donbass todo está entrelazado. Y eso no podía deshacerse sin derramamiento de sangre, algo que conocían perfectamente quienes empezaron esta guerra.

Lo más terrible para mí en estas situaciones son los álbumes de fotos. Suelen estar tirados por el suelo entre la basura. Porque quienes huyeron de aquí lo hicieron rápidamente, probablemente en la oscuridad, entre los bombardeos, llevándose solo lo imprescindible: los niños y lo mínimo estrictamente necesario, la documentación y algo de abrigo. Las fotos nunca entran en la lista. Se puede vivir sin ellas. Pero aquí, en los pisos abandonados, sin ventanas, el viento hace moverse las fotos colgadas sobre el papel pintado de la pared, estos álbumes de fotos gritan con sus caras felices. Son como una ventana al pasado: un hombre y una mujer preparando shashlik, niños jugando… Intento no mirar porque es como espiar en las vidas ajenas. El corresponsal de Moscú pasea por ahí, dando a los botones de la cámara con indiferencia.

En los edificios vecinos viven otros solitarios mineros. No tienen agua, ni calefacción, pero tienen la casa bien ordenada. Los voluntarios les entregan algunos productos. “Espero poder levantarme en primavera. Quiero vivir”, dice, convencida, la abuela Antonina, cuyas manos tiemblan cuando el voluntario Lysenko le entrega las cosas. Tiene una fractura de cadera y lleva tres meses en la cama. “Aunque sea duro, hay que vivir. Quiero vivir”. Esas palabras me retumban en la cabeza. Tenemos que vivir, todos nosotros. Aquí y ahora, no hay otra opción. Que el “¿cómo acabará esto?” se quede escondido en alguna parte. Escondido como cuando una persona se tapa una herida. Porque cree que era herida se cerrará. Y habrá una victoria. Esa fe es más segura que los eslóganes vacíos desde un blindado.

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