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Cuatro años bajo tierra

El reciente incidente en el mar de Azov, que ha vuelto a poner a Ucrania en las primeras páginas de la prensa internacional, ha dado lugar a la introducción del estado de excepción en diez regiones del país fronterizas con Rusia. Una de esas regiones es Donetsk, donde la autoridad ya había sido militarizada hace tiempo. Allí, lejos del interés de la prensa occidental que ahora publica grandilocuentes titulares y llama a la OTAN a enviar más tropas a la frontera rusa, aún viven, en estado de guerra, miles de personas que sobreviven en durísimas condiciones. Las mujeres del refugio de Trudovsky, a las afueras de Donetsk, son ejemplo de ello.

En el refugio de Trudovsky

Artículo Original: Izvestia

A mediados de octubre, muchos medios publicaron la imagen de María Ivanovna Tkachenko, una mujer de 86 años que, por quinto año consecutivo, vive en un refugio en las afueras de Donetsk, en la zona de la mina Trudovskaya (situada en el territorio de la RPD). El primero en difundir la imagen de la desdichada anciana en Twitter fue el representante de Estados Unidos Kurt Volker, que afirmó: “Algunas de las víctimas de la agresión rusa en el este de Ucrania”. Pocos días después, la falsedad de Volker fue rebatida por la mujer, que a cámara afirmó que se escondía de la “agresión ucraniana”.

Esa acusación no es injusta, ya que, a pesar de la tregua, la población de Donbass sigue viviendo bajo tierra. El corresponsal de Izvestia ha visitado la zona de la mina Trudovskaya para conocer por qué las personas se ven obligadas a vivir, año tras año, escondidas en sótanos

Más seguro no volver

Antes de la guerra, Trudovsky era conocido por la gran mina. Ahora, la mina está paralizada y la localidad es más conocida por el refugio en el que viven aquellas personas que no tienen dónde ir. En 2014, se escondieron de los bombardeos entre estas paredes de cemento hasta 250 personas. Hoy, esta “residencia” da cobijo a trece personas desfavorecidas.

Desde aquí hasta el puesto de control más cercano hay unos quinientos metros y a las posiciones ucranianas, no más de dos kilómetros. La mitad de Trudovsky no es habitable: es demasiado peligroso, las bombas caen ahí a diario. El refugio está situado a los pies de una de las escombreras. A su lado, en el tendedero se seca la ropa. En la entrada, una señal indica: “refugio”.

María Tkachenko ha vivido toda su vida en Trudovsky. Su profesión era la pintura. Llegó al refugio con su hija durante los bombardeos de 2014. Las paredes de su piso temblaban y se había ido la luz. Desde entonces, la jubilada duerme en una cama de madera. Aun así, la situación de María Ivanovna no es la peor. El refugio está intacto. Su hija se quedó en el piso y la visita durante el día, le trae comida. Pero la mujer no quiere volver a la casa. “Es terrible”, cuanta. “Me siento como una diana. Estoy mejor aquí, es más tranquilo”.

El aforo está completo y otra de las residentes en el refugio es Ludmila, de 66 años. “No hay ventanas y el tejado está dañado, aunque se puede vivir allí”, cuenta. “Pero no puedo. No puedo aguantar los nervios. La casa está en la zona gris, justo al lado del puesto de control. Vuelvo allí un par de veces a la semana, para controlar. Entrar y salir, como si me fueran a matar. En la huerta no se puede plantar nada, la tierra está llena de metralla”.

Ocho metros de protección

Ludmila llegó al refugio en enero de 2015. Antes de eso, pasó ocho horas al día en el suelo de su casa, debajo de la mesa, escuchando las explosiones de los proyectiles a su alrededor. Cuando el bombardeo se relajó, cogió una bolsa de comida y una manta y abandonó la casa. Nunca más volvió a pasar la noche allí. Y duda de si volverá, incluso cuando acabe la guerra: está demasiado destruida. Alquilaría una habitación en alguna parte pero ¿con qué dinero? Sus únicos ingresos son los 3.200 rublos de su pensión [de la RPD, el último pago de pensiones ucranianas en esta zona fue en julio de 2014-Ed], que solo le dan para comer. Antes de la guerra perdió a su marido y sus hijos. En Donetsk tiene un hermano y sobrinos, pero apenas se ven. “Es duro”, dice Ludmila. “Ojalá al menos tuviera a alguien cerca”.

El refugio se encuentra a una profundidad de ocho metros. Tiene escaleras de cemento, pasillos de cemento. Es frío, húmedo y hay mosquitos. En las paredes hay carteles de hace más de treinta años con una imagen de un MiGs soviéticos y submarinos. Sobre ellos, el significativo título, “medios de ataque de Estados Unidos, República Federal de Alemania, Francia”, e instrucciones de protección civil sobre cómo actuar en situaciones de emergencia. Los números de teléfono y los nombres, escritos con tiza en las paredes, han sobrevivido desde esos prósperos años: “personal médico”, “seguridad”.

“Esta es la cámara de ventilación”, me explica Olga, otra residente. “Nos estamos lavando en el frío, calentando agua, que se cae por todas partes. El año pasado, una organización instaló una caldera y tuvimos agua caliente. Hace tres meses, la caldera se estropeó y otra vez hay solo agua fría. Sería necesario arreglarlo. Nos hemos dirigido a la “casa blanca” de Donetsk, pero no hay dinero”.

Olga es una de las pocas que tiene trabajo. Vende en el mercado. Al mes gana 7.000-8.000 rublos, una cantidad digna. La comparte con sus compañeras: es la única con un sueldo y suele traer regalos. Hace tiempo que la ayuda humanitaria no llega hasta aquí. Los benefactores privados son un fenómeno extraño.

La casa de Olga se quedó al otro lado de la frontera, en Marinka, bajo control ucraniano. Su hijo, soldado en el ejército de la RPD, resultó herido en primavera. Su madre preparó la cocina de verano para él: diez metros cuadrados, una mesa y una cama. Todos los días, después del trabajo, antes de volver al refugio, pasa por allí para lavarse con agua caliente y cocinar. Le encantaría alquilar algo para los dos, pero no puede. La cocina cuesta 500 rublos al mes, cualquier otro alojamiento es tres o cuatro veces más caro. El Gobierno les ofrece una habitación, pero es demasiado lejos, en Enakievo o Makeevka. Olga no quiere marcharse y prefiere el refugio, a pocos metros del mercado. Al menos allí es su propia jefa.

Entre quienes no quieren marcharse del oscuro refugio por no abandonar su pueblo natal está Valentina Morgunova. Durante 35 años trabajó en la mina Trudovskaya. Con el estallido de la guerra, perdió su trabajo y su casa. Se mudó al refugio. Y también fue a la Casa de Cultura de la vecina Petrovsky y pidió cantar en el coro. El coro es lo único que le queda a Valentina a estas alturas (en verano ganaron un premio nacional). Dos días a la semana que son como una fiesta. El resto del tiempo lo pasa bajo tierra.

La hija de Valentina, Anya, está en alguna parte. En 2014, se marchó a Rusia, desde donde solía llamar al principio, pero después dejó de hacerlo. No ha sabido nada de ella. Durante la conversación se le humedecen los ojos. “¿Qué es lo primero que echa en falta en el refugio?”, pregunto. “Calor”, contesta Valentina en una aparente referencia al calor humano.

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