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Ecos de la guerra

Artículo Original: RIA Novosti

za-mesjats-chislo-pereselentsev-vyroslo-pochti-na-5-tysjach-ill-foto-vchasnouacom_rect_f12997616c44976725fd5600d35c2bf9Los refugiados de Donbass, que se mudaron al otro lado de la frontera en la región de Rostov hace cuatro años, durante la fase activa de la guerra, aún tratan de regularizar su estatus legal con la esperanza de conseguir la deseada ciudadanía rusa y la paz.

El propio presidente de Rusia se refirió, durante la “línea directa” que realizó el 7 de junio, a los retos y dificultades a los que han tenido que enfrentarse. Ese día, algunas familias pidieron a Vladimir Putin que simplificara el procedimiento para obtener la nacionalidad rusa y expresaron su voluntad para trabajar legalmente en Rusia, con el beneficio que eso acarrea para el Estado.

Ataques a su alrededor

Tatiana Vasileva huyó de Donetsk en mayo de 2014. Apenas tuvo tiempo de salir con sus dos hijos antes de que se formara la bolsa de Debaltsevo. Su marido, como otros muchos hombres, se quedó para proteger su tierra. Llegaron prácticamente sin nada a Rostov. “Acudí a varias organizaciones, pedí lo que necesitaba. Entonces las noches eran muy frías y recuerdo la cara de una de las chicas, que nos dio una manta. No se puede imaginar lo felices que estábamos con esa manta caliente”, recuerda con tristeza.

En las redes sociales, Vasileva conoció la existencia del fondo caritativo de la diócesis de Rostov, donde se habían reunido voluntarios y podía acudirse a por ayuda. Allí conoció a otra compatriota que había llegado a Rostov desde Lugansk, Natalia Kanivets. “Vivíamos en Krasnodon, que está al lado de la frontera. El fuego llegó hasta nosotros. Teníamos que pasar las noches en el pasillo y escondernos en el baño, entonces me di cuenta de cuál era el muro de carga, nunca lo había pensado hasta entonces”, cuenta Tatiana.

Ecos de la guerra

Kanivets se mudó a Rostov con sus dos hijos y su madre. La familia fue acogida por voluntarios. “Vivíamos en la Plaza del Teatro. Cuando empezaron los fuegos artificiales, mi madre agarró a los niños y comenzó a correr. Le dije: mamá, estás en Rostov. Se sentó y se echó a llorar. Ahora, cuatro años después, las emociones no son tan intensas, pero el miedo ha quedado dentro para siempre. Y no solo en ella.

“Cuando nos marchamos, mi hijo pequeño tenía un año. Cuando los niños son pequeños, los tienes en brazos no se te pasa por la cabeza que están pasando por los mismos dolorosos momentos que los adultos, perciben todos los gritos, los bombardeos. Tiene un severo trauma psicológico que ha afectado a su salud”, explica Kanivets.

Natalia Kanivets explica que su hijo padece dolores de cabeza, aumento de presión intracraneal, retraso en el desarrollo y pérdida de visión. “Simplemente se paró, salvo palabras sueltas, no decía nada. Ahora está empezando”.

Una paradoja

En esas circunstancias, Kanivets, como otros muchos refugiados, se enfrenta a ciertas dificultades legales. Por ejemplo, la regla de “90 de 180”, que supone que un extranjero sin un visado adecuado solo puede permanecer en Rusia durante tres meses de cada seis. “No me podía marchar con un niño enfermo, pero no podía seguir donde estaba por infracciones y multas”, explica.

Al mismo tiempo, registrarse también es un reto. “No todos quieren registrar a los refugiados en el territorio, acabamos de conseguirlo”, cuenta Kanivets. El próximo paso debería ser el de registrarse para un permiso temporal de residencia, después el permiso de residencia permanente y, finalmente, la deseada ciudadanía.

Según Vasileva, que ha recibido el permiso temporal de residencia, hay que pensar que los pasos hasta conseguirla llevan meses. Además, para obtener el permiso de residencia, es preciso demostrar los ingresos. Según explica, para una familia de tres, es preciso contar con 210.000 rublos. Ahorrar tal cantidad, teniendo en cuenta el alquiler de un piso, es imposible. “Es una paradoja: o pagas el alquiler y comes o no puedes demostrar los ingresos”, se queja Tatiana.

Según los refugiados, sin registrarse como refugiados, se quedan prácticamente sin derechos: no pueden trabajar legalmente, ni recibir tratamiento médico gratuito, ni conseguir una tarjeta bancaria. “Estoy segura al 1000% de que no voy a volver allí (a Ucrania), como han hecho muchos. Queremos quedarnos aquí, conseguir la nacionalidad, trabajar legalmente, contribuir y vivir como todos los demás”, añade Vasileva.

Obtener la nacionalidad según el programa para personas de habla rusa o reasentamiento no es fácil. Por ejemplo, Rostov no está incluido en el programa de reasentamiento, así que es necesario trasladarse a otra zona del país y obtener un trabajo para obtener la nacionalidad. Además, el proceso es largo y costoso.

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