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Cien años de Octubre

Artículo Original: Colonel Cassad

La Revolución de Octubre es uno de esos hechos que cambiaron radicalmente el mundo. No solo cambió algo en un país, como es el caso de la gran mayoría de revoluciones y golpes. Cambió el mundo a nivel global, convirtiéndose en un punto de inflexión que supuso un antes y un después en la historia. Hay muy pocas revoluciones de este tipo en la historia, revoluciones que han acarreado tales consecuencias. El ejemplo más cercano es la Revolución Francesa, que aplastó con el antiguo régimen monárquico-feudal en Europa infligiéndole una herida mortal de la que nunca se recuperaría, a pesar de que, técnicamente, quienes hicieron la revolución y lucharon en la guerra revolucionaria, finalmente fueron derrotados. Su causa siguió viva y dio sus frutos, extendiéndose por numerosos países que siguieron la experiencia francesa, durante muchas décadas símbolo del progreso y de la lucha del nuevo mundo contra el viejo.

De forma similar, Octubre destruyó los últimos vestigios del feudalismo y el colonialismo primero en Rusia y después en otras partes del planeta. Las concesiones que el capitalismo realizó a los trabajadores no fueron el resultado de la buena voluntad sino una reacción necesaria a la Revolución de Octubre, que demostró que era posible otro camino, no solo en Rusia sino en el resto del mundo. La revolución en una lucha, una lucha entre lo viejo y lo nuevo. Si el viejo mundo no está dispuesto a evolucionar y adaptarse a las tendencias de los tiempos, las peticiones de cambios se transforman en exigencias y finalmente en la lucha. Allí donde las clases dirigentes se olvidan de dar respuesta a los retos de cada momento, reciben una respuesta, y bien diferente, del pueblo. Así se acabó con la monarquía en Francia, en Rusia, en China. No pudieron y no quisieron evolucionar y fueron barridos por revoluciones que eliminaron instituciones obsoletas en el país y comenzaron a exportar ideas a otros países, lo que supuso un desastre para regímenes hasta entonces duraderos, que tuvieron que enfrentarse a un peligroso enemigo en el campo de las ideas.

Octubre no fue ni la primera ni la última revolución de esta magnitud, pero su impacto en el destino de todo el planeta es indudable. No solo se cambió el poder, como frecuentemente ocurre en las diferentes pseudo-revoluciones, cuando una facción del poder sustituye a otra, sino que se cambió el significado de la existencia del país, de sus ciudadanos y de la organización de la sociedad. La Rusia de después de 1917 no solo es un Estado completamente diferente a la Rusia de antes de 1917, sino que es una sociedad completamente diferente, aunque siga siendo Rusia, de la misma forma que ocurrió en Francia antes y después de 1789.

El odio a la Rusia soviética es un error histórico, ya que es imposible deshacerse de una parte de la propia historia. Así lo comprendieron rápidamente los propios bolcheviques y el actual Gobierno está comenzando a entenderlo. Cuando el proceso del olvido forzado llega a su fase álgida, el resultado es Ucrania, que nos muestra un ejemplo de lo que ocurre a las personas cuando se les fuerza a eliminar una parte del pasado intentando hacer del pueblo soviético un pueblo inútil.

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Monumento a los héroes de la Segunda Guerra Mundial en Saur-Mogila, donde se libraron fuertes batallas contra la Alemania Nazi, destruido en la batalla de 2014.

Muchos de los que viven en la Rusia capitalista, donde se insiste en los peligros de la revolución, no comprenden que una parte importante de su vida diaria es el resultado de los logros revolucionarios. Los oficinistas se aburren a veces en las ocho horas de trabajo, pero en ocasiones no comprenden que esas ocho horas no son doce gracias a la Revolución de Octubre.

Los diputados de la Duma de la Federación Rusa, que con tanta ira condenan la revolución, olvidan que esa misma Duma fue el resultado de la revolución de 1905, que obligó a Nicolás II a hacer concesiones e introducir en Rusia elementos del parlamentarismo. La Duma no apareció por pura evolución. El trabajo infantil era algo común en la Rusia zarista, que se eliminó tras la revolución. Tampoco desapareció por la evolución. La separación entre iglesia y Estado, que hoy está escrito en la Constitución de Rusia, tampoco apareció gracias a la evolución de la sociedad, ya se sabe cómo fue. La alfabetización, algo que tanto amamos y de lo que estamos tan orgullosos, no apareció de la nada. Incluso la “bomba atómica de las repúblicas nacionales” conviven en paz en la multinacional Federación Rusa. Y muchas otras cosas.

Los hay que argumentan de forma razonable. El precio, la sangre, la agitación. Y en parte pueden tener razón. La revolución tiene un precio, en ocasiones el precio en sangre es desastroso. Cuanto más se aferra el poder y trata de posponer los cambios necesarios, cuanto más tiempo espera a que el problema desaparezca, más aumenta el deseo de que las cosas cambien y para avanzar, los cambios revolucionarios requerirán medidas más severas. Así que, los gobernantes más sabios tratan habitualmente de dar alguna respuesta a tiempo a las demandas, para evitar así una situación en la que no haya otra salida que la revolución. Intentan reconfigurar el sistema o realizan una revolución desde arriba para impedir una revolución desde abajo. Pero ni los gobernantes ni las clases dirigentes son siempre sabios ni están dispuestas a responder a los retos a tiempo. Ese es, en realidad, el secreto para evitar las revoluciones: mejorar la vida y la existencia de la población a tiempo, solucionar los problemas existentes, reforzar las defensas en caso de agresión extranjera y entonces no será necesaria la propaganda sobre los “límites de la revolución”. Si se opta por vivir según el modelo de “aguantar y no soltar”, hay que estar preparado para que llamen a la puerta o sus propios revolucionarios del país o que, bajo la tapadera de la revolución, aparezcan personas de otros países para solucionar los problemas que no se ha podido o no se ha querido solucionar.

Los ejemplos de Luis XVI y Nicolás II son significativos por el hecho de que, a pesar de una fuerte posición inicial, recursos suficientes y pueblos trabajadores y con talento, fueron incapaces de responder adecuadamente a las exigencias de desarrollo de una sociedad que estaba cambiando más rápido de lo que lo hacía el poder. El aumento de esa distancia es especialmente evidente en el inicio de los movimientos revolucionarios, cuando lo que hasta hacía poco era un poder consolidado, se derrumba en cosa de días. Y también es significativo el destino de la Unión Soviética, cuando las autoridades del país también fracasaron en dar respuesta a los retos del momento y a cambiar a tiempo, como sí pudo hacer China, a la que tanto envidia nuestra izquierda por su éxito y porque pudimos ser nosotros.

Flores en el crucero Aurora en San Petersburgo, cien años después del cañonazo que supuso el inicio del asalto al Palacio de Invierno.

Para sustituir a quienes no podían hacer los cambios necesarios aparecieron quienes tenían la voluntad de realizarlos y la capacidad política de esquivar los obstáculos en el camino del objetivo. En nuestro país, en 1917, los bolcheviques, liderados por Lenin, jugaron ese papel. Evidentemente, Lenin ha sido una de las figuras centrales de nuestra historia y fue capaz de desarrollar de forma creativa y reinterpretar las ideas del marxismo que habían aparecido en Occidente y que adaptó a Rusia. La primera de ellas fue que los revolucionarios comprendieran que no había que depender en los intelectuales y las “clases educadas” sino en el pueblo, al que había que amar y no odiar y al que había que ver como capaz de comprender el significado de las ideas. En octubre de 1917 aparecieron en la forma en que las había creado en su mente Lenin, que fue capaz de convencer, primero a un pequeño círculo de sus asociados, después al partido y finalmente al pueblo, cuando las ideas especulativas que había descrito de forma esquemática en artículos y cartas tomaron forma de Estado, lo que sorprendió al mundo y lo cambió.

En Rusia no hay ninguna idea que pueda compararse en poder y en valor a nivel mundial con esas ideas que desarrolló Lenin. Aún hoy en día, cien años después, en muchos países, las ideas de Octubre definen la existencia política de millones de personas. Desde Lenin, Rusia no ha sido capaz de dar al mundo ideas políticas tan fuertes, que hicieron de Moscú el centro de gravedad de las fuerzas progresistas del mundo. Esas ideas no solo supusieron un cambio en Rusia o en los vecinos de Rusia, sino que también pueblos de diferentes países y diferentes continentes arroparon esas ideas y su puesta en práctica. Muchos países y pueblos fueron liberados gracias a la Unión Soviética y a la fuerza de las ideas que había generado.

Lenin en Ekaterimburgo.

El poder de esas ideas elevó a Lenin a un lugar sin precedentes en la conciencia pública de la Rusia soviética, dándoles un significado mesiánico. Por ese legado lucharon Stalin y Trotsky, que veían de forma diferente ese legado, pero a los que unía el hecho de que sabían que uno de ellos tendría que ser “el primero después de Lenin”. Ahora, en el actual debate de los oscurantistas y reaccionarios sobre el mausoleo, la idea no es principalmente sobre la desaparición de la tumba sino la lucha contra sus ideas, esas que recuerda la presencia del mausoleo, aunque se encuentre escondido detrás de paneles de cartón, tapado por cobardes históricos que intentan esconder su propia historia y el papel que juega Rusia en la imagen de la Unión Soviética. ¿Qué escribirán de ello en cien o doscientos años? ¿Un párrafo? ¿Una nota a pie de página?

Mi generación no conoció a la Unión Soviética en su mejor momento y probablemente no apreciamos como deberíamos sus éxitos, igual que hacemos ahora. No lo vimos, así que solo pudimos leer sobre la Revolución, la guerra civil, la industrialización, la Gran Guerra, la llegada al espacio, los movimientos de liberación nacional contra el colonialismo. Pero podemos saber de ello gracias a los libros, documentos, fotografías o informes y por las historias de nuestros mayores. Que cada cual estudie y saque sus conclusiones. ¿Cómo se puede poner nota en términos históricos cuando los éxitos se mezclan también con errores? No hay una historia buena o mala, todo lo que pasó después de 1917 en Rusia es nuestra historia, tanto lo que nos hace sentirnos orgullosos como lo que nos avergüenza. La única pregunta es qué parte le importa más a cada cual. Para mí, la respuesta está clara desde hace mucho tiempo: los logros de la Revolución de Octubre superan fácilmente a sus costes, errores y consecuencias. Liberó a nuestro pueblo, mostró las falsedades de los clichés rusófobos que hablaban de un pueblo atrasado y demostró que, con las organizaciones socialistas sería capaz de épicos logros que asombrarían al mundo entero. Y los puntos álgidos de ese trabajo titánico fueron el desarrollo de las fábricas y las ciudades y la llegada al espacio en tiempo récord tras la terrible guerra. Ambos son argumentos que pueden silenciar fácilmente a cualquiera que se aventure a hablar de este “pueblo atrasado”.

Por desgracia, los herederos de quienes protagonizaron la Revolución de Octubre fueron incapaces de apreciar realmente el regalo que había caído en sus manos, que no solo había hecho a Rusia el centro de la lucha por una transformación progresista de la humanidad, sino que elevó a la propia Rusia, como epicentro de esas transformaciones del pueblo, a alturas insospechadas que atemorizaron a aquellos que lucharon contra la Unión Soviética, a la que veían como vehículo de ideas peligrosas para el mundo del capitalismo. Incluso ahora, 26 años después, sigue existiendo un intento sistemático de eliminar a la Unión Soviética, borrar su memoria y abiertamente se dice que hay que olvidar y olvidar, cambiar la forma de pensar, transformarse en “un pueblo libre de la clase consumista”, que no piensa en cómo funciona el sistema y qué se hace con él. Algunos despertaron con la desaparición de la Unión Soviética mientras que otros se beneficiaron cínicamente de la destrucción del patrimonio de Octubre, de la destrucción del trabajo de generaciones.

Pero el poder de las ideas que iluminaron el fuego de la Revolución de Octubre no se ha extinguido. Se puede matar a una persona, se puede matar a millones de personas, se puede matar a un país. Pero no se puede matar una idea. Y no hace falta siquiera que haya propaganda de esas ideas, solo hay que ver la sistemática y constante propaganda contra ella, que obviamente no haría falta si las ideas no tuvieran relevancia política e histórica. Y cuanto más profunda es la crisis de aquellos que airearon el “fin de la historia” o la “victoria sobre el comunismo”, más claro queda que lo que se perdió fue solo una batalla en la confrontación histórica, no la guerra. Y lo que es más importante, hemos podido ver en la práctica que aquellos que nos encaminaron hacia Occidente y hacia el capitalismo nos llevaron a un callejón sin salida, ay que Occidente no va a aceptar a Rusia salvo que sea como colonia. Esta es la ironía de la historia, ya que durante un cuarto de siglo han intentado demostrar que el camino elegido en 1917 con el comunismo era un callejón sin salida y había que regresar a la senda de Occidente, de la que los bolcheviques habían arrancado a Rusia. La conciencia de la naturaleza ilusoria de esas esperanzas comenzó a aparecer en 2014, aunque una parte significativa de la clase dirigente rusa sigue manteniendo la esperanza de que los poderes hegemónicos cambiarán y sustituirán el enfado por piedad.

Comunistas conmemoran el Centenario de Octubre en la Plaza Roja, Moscú.

Es sorprendente que tantos se nieguen a celebrar el centenario de Octubre de 1917. No celebrarlo es un intento de matar las ideas, aunque no sea con las manos. Vamos a pretender que no ocurrió. Esta venda en los ojos recuerda a la habitual omisión de la restauración borbónica en Francia, para evitar alabar con una mano la Revolución Francesa y criticarla con la otra. La postura de las autoridades es comprensible. Mucho más interesante es la postura de la sociedad. Ya hemos visto la rehabilitación de Stalin en la conciencia colectiva: la figura más calumniada de la historia soviética se ha convertido en una de las figuras históricas más populares. Se acostumbró también a la nueva realidad Dzerzhinsky, a pesar de que muchos gritaban sobre el “terror rojo”. Pero no, el bolchevique-leninista es ahora uno de los símbolos de la seguridad nacional del Estado. Por supuesto, el sentimiento ha aparecido desde abajo, de la necesidad de héroes populares de los que el Estado les privó durante la perestroika y los brillantes años 90 sin sugerir ninguno nuevo (no se puede considerar siquiera a Yeltsin).

Y, por supuesto, cuando el Estado alza su escudo, convenientemente “olvida” el contenido ideológico, ya que, aunque no hay una ideología oficial según la Constitución, la postura del Gobierno en lo que respecta al comunismo está muy clara. Todo es muy simple: sin la capacidad de destruir la idea o la memoria de ciertas figuras históricas, el capitalismo moderno se adecúa a una nueva realidad intentando incluirla despojándola de contenido, como ocurre, por ejemplo, con el Che Guevara.

Así surgen las imágenes de Stalin como “emperador rojo” en lugar de un revolucionario. Pero eso demuestra que la importancia histórica del legado soviético es tan grande que es imposible deshacerlo y hay que vivir con él, así como con la necesidad de “coexistir” con las autoridades soviéticas. Además, es evidente Estados Unidos entiende la destrucción del legado soviético como la fase final de la desintegración de Rusia. Como ha demostrado el éxito en las repúblicas exsoviéticas, donde la desovietización y descomunización son elementos integrales de la estrategia de apartar a Rusia, la lengua y la cultura rusa para que, como soñó Brzezinski, Rusia no pueda volver a levantarse. En la Rusia moderna se produce así un reto filosófico, ya que, por una parte, las autoridades no muestran especial entusiasmo por el pasado soviético, mientras que, por otra parte, son capaces de ver que la lucha contra ese pasado se utiliza, no de forma abstracta en una disputa sobre la historia, sino para la propia destrucción de Rusia. ¿Cómo se puede mantener esa contradicción en la cabeza sin causar disonancia cognitiva?

Como es natural, si las autoridades no son capaces de dar respuestas adecuadas a los retos contemporáneos -el aumento de la desigualdad, la existencia de una clase que odia a su país y a su pueblo, la degradación del sistema educativo- o si el Estado se hunde en la locura de una total descomunización al estilo de la hermana Ucrania, más personas mirarán a ejemplos de vida normal y solución a los problemas o en el pasado, mirando a ejemplos como Octubre, o en los propagandistas que venden “el camino hacia la civilización”, en el que se reparten galletas y palmadas en la espalda solo si se acepta vender el país.

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El Partido Comunista de Donetsk conmemora el centenario de Octubre en Donetsk.

Pero ese problema no es culpa de Octubre de 1917 ni de los bolcheviques. Ellos cumplieron con su misión histórica haciendo todo lo que podían hacer de la mejor manera que supieron. Nadie lo habría hecho mejor que ellos en ese periodo histórico. Hace mucho que todos ellos se fueron, dejándonos un legado tangible e intangible que las siguientes generaciones deben gestionar, ya que no tenemos ni otro pueblo ni más legado que el soviético. Y el futuro de Rusia depende de cómo lo evaluemos, lo comprendamos y lo utilicemos. Los gigantes de Octubre, que nos miran desde posters amarillentos, agrietadas pinturas en el metro y envejecidos monumentos sirven para recordarnos que el ser humano es más que un consumidor compulsivo de bienes y servicios y debe aspirar a algo más que a la simple existencia. La generación de Octubre de 1917 y sus líderes fueron capaces de responder a los retos de principios del siglo XX, liberaron todo el potencial de las personas que vivían en Rusia y, lo que es más importante, de pueblo ruso. Lo que podamos hacer con ello, depende de nosotros.

Feliz aniversario, camaradas.

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Comentarios

Un comentario en “Cien años de Octubre

  1. FELIZ ANIVERSARIO CAMARADA. EN ESENCIA, UD. LO HA RESUMIDO CASI TODO. NO NOS OLVIDEMOS DE LA HISTORIA. LA EVOLUCION DE LA CONCIENCIA HUMANA DEBE SER CONSECUENTE CON LA EVOLUCION DE LA CONCIENCIA SOCIAL, NO PUEDEN SER DIVERGENTES. EL UNIVERSO ES DIALECTICO, POR NATURALEZA.

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    Publicado por Carlos Cabrera | 08/11/2017, 16:50

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