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Un viaje por la “posverdad”. De Kosovo a Crimea y Donbass

o-crimea-900En un artículo reciente, Antoni Puigverd analiza la dimensión política y moral del acoso sufrido por la fiscal jefe de Catalunya, Ana Magaldi. Según el articulista de La Vanguardia, se trata de un nuevo ejemplo de ese escenario sociopolítico en el que ya “no es posible aclarar nada”. La indefinición de los límites de lo cierto e incierto se resume en la expresión de la “posverdad”, un contexto en el que la verdad se desliga de los hechos objetivables para caer en manos de los prejuicios, los sentimientos y las opiniones. Apelando a Luis Racionero, Puigverd sostiene que la posverdad sería la consecuencia de una visión moderna en la que, al mismo tiempo que se “niega la existencia de una única verdad”, cada visión política cree estar en posesión exclusiva de ella.

Puigverd se opone a este planteamiento. Y con razón. Porque sí: hay hechos objetivables, sobre los que podrían alcanzar acuerdos personas que pretendieran acercarse a ellos de forma objetiva. Pero un ejemplo ayudará a entrever por qué ese acuerdo no es tan fácil en la práctica. Respecto a Kosovo y Crimea, en concreto, de partida pocos coincidirán en señalar que, desde la perspectiva del derecho internacional, se trata de casos similares. Sin embargo, lo son en buena medida.

En términos objetivos, la anexión de Crimea y la independencia unilateral de Kosovo constituyen una evidente vulneración de los principios básicos que han determinado hasta hace algunos años la lógica de la ONU en relación a la autodeterminación. Al menos en lo relativo a la cuestión de la integridad territorial de los Estados. Sin embargo, estas dos actuaciones comparten otro elemento objetivo en el que algunos han fundamentado el reconocimiento de los hechos consumados en Kosovo. Según la Corte Internacional de Justicia, el derecho internacional no prohibía a los albaneses de Kosovo actuar de forma unilateral para imponer la independencia. Ese precedente legitima la actuación de la mayoría rusa de Crimea que aprobó en referéndum la separación de Ucrania y la reintegración en Rusia. En ambos casos, unas mayorías nacionales actuaron por su cuenta y al margen de las normas del estado, e incluso de las resoluciones internacionales, a las que en principio debían someterse.

Es obvio que son pocos quienes aceptan esta interpretación de unos hechos de apariencia tan diferente en lo formal como similares en el fondo. Y ahí se sitúa parte del problema: ¿dónde radica la calidad de los hechos objetivos?, ¿en análisis académicos, en sentencias judiciales o en consensos básicos sobre los principios? Porque es cuando desaparecen esos acuerdos básicos cuando en realidad surge la perversión moral que hoy afecta a la política, tal y como se denuncia en el artículo de Puigverd. En la vida real, la discordia, la renuncia a los hechos y el recurso a la propaganda destructiva empiezan cuando quiebra el imperio de las normas y de los principios compartidos. O cuando las normas objetivadas, que habían constituido el marco de referencia aceptado, pretenden ser de aplicación exclusiva a ciertos casos, no a todos ellos.

En esa batalla por la imposición del relato, el publicista de La Vanguardia es consciente de que “cada bando mediático impone su versión en su territorio de influencia”. Aunque su análisis se centra en aspectos relacionados con el conflicto entre las elites políticas del nacionalismo español y catalán, señala a la Rusia de Putin como principal referencia de las dinámicas políticas perversas que hoy avanzan en el mundo. En referencia a ese régimen, señala que la democracia se ha convertido en una manifestación del poder: “Más que nunca, la democracia es el instrumento de una mayoría para imponer su visión a las minorías”. El modelo Putin sería el de “democracia aparente, poder inclemente”. Una recreación moderna del maquiavelismo político aplicado a la formalidad democrática.

Sin embargo, para muchos es la actual Ucrania europea, que ahora celebra el tercer aniversario de la “revolución de la dignidad”, la que hoy recrea más perfectamente esa perversión de la democracia. El régimen de Kiev ha recuperado un discurso extremo, el de la OUN banderista, para fundamentar su nueva ideología nacional, que reprime toda disidencia, silencia a la oposición y prohíbe partidos. Y “negocia” con el lenguaje de la guerra con quienes se han rebelado contra el levantamiento de Maidan, marcados para siempre con el calificativo de terroristas.

Es en este contexto, el del conflicto que asume la lógica última de la guerra, en el que únicamente encuentra sentido la batalla por el relato, una batalla que poco tiene que ver con las normas morales. Como señala Puigverd, en un pleito que llega a desbordar el marco de una democracia compartida, para plantearse a modo de lucha final, ya no se “dirime la justicia, sino la fuerza”.

¿Pero dónde radica entonces el origen del problema? Por mucho que se quiera tratar de culpar a la otra parte, desde la exclusiva lógica de la propaganda, el verdadero problema radica en la quiebra de la perspectiva de una sociedad compartida y plural. En la renuncia expresa a reconstruir la vida política desde el respeto a la lógica del pluralismo, teniendo en cuenta las distintas identidades. El maniqueísmo moral sólo es en realidad posible cuando el opositor, ya sea como persona o como miembro de un pueblo minoritario, deja de ser considerado como parte de la ciudadanía. Cuando este opositor empieza a ser definido como peligro latente o, mucho más aún, cuando es presentado como terrorista, invasor u ocupante, tal y como sucede en la Ucrania moderna.

Sólo el que se muestra dispuesto a renunciar a los hechos objetivables podría resumir lo ocurrido desde Kosovo hasta hoy a la simple acción de la propaganda de Rusia. Centrar ahí el principal problema al que se enfrentan quienes quieran acercarse a la verdad sitúa al pensador, quizás sin darse cuenta de ello, en el peligroso ámbito en el que pueden acabar imponiéndose los prejuicios o las opiniones. Más allá espera un peligro aún mayor pero que se percibe de forma cada vez más clara en la expresión y el discurso político de Occidente: la cristalización de un sentimiento anti-ruso tan primario como crecientemente alejado de la crítica a un determinado régimen político.

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Comentarios

Un comentario en “Un viaje por la “posverdad”. De Kosovo a Crimea y Donbass

  1. Muy ilustrativo el análisis de Kosovo y Crimea, como se indica la forma fue diferente, pero el fondo es lo mismo, el derecho a respetar la decisión de la voluntad de los pueblos, aunque el caso de Kosovo fue con la violencia de la OTAN, en el caso de Crimea sin ninguna gota de sangre. Que reclama occidente, cuando quiere medir con dos medidas los mismos hechos, el lenguaje hipócrita y banal debe desterrarse, el mundo necesita estabilidad y paz en las relaciones internacionales.

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    Publicado por Vicente Salvador Tapia | 27/02/2017, 12:32

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