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Bombardeos, Donbass, Donetsk, DPR, Ejército Ucraniano

A dos pasos de la muerte

Artículo Original: Denis Grigoriuk

ventanaDa miedo recordar. Es posible que solo se hable de estos casos en fechas señaladas. La mayoría intentan olvidar estos hechos terribles y pasar página. Pero creo que no tenemos derecho a olvidarnos de las víctimas inocentes de esta guerra civil.

El sangriento verano de 2014. Bombas, explosiones, devastación, lugares emblemáticos destruidos, informes del frente, bajas civiles y militares, colas para recibir ayuda humanitaria o agua. Todo eso se convirtió en lo habitual en agosto de ese año. El pueblo de Donbass se acostumbró a que las explosiones y la artillería pesada le despertaran por la noche. La guerra estaba en pleno apogeo. El Ejército Ucraniano atacaba a las milicias. Todos los principales canales de televisión ucranianos informaban de la inminente derrota de los terroristas y separatistas. Las Fuerzas Armadas de Ucrania capturarían la capital de la República Popular de Donetsk. Se produjeron batallas en la afueras al norte y al oeste de la ciudad. El Ejército Ucraniano controlaba el aeropuerto de Donetsk y desde ahí bombardeaba barrios residenciales. Pero incluso en los peores momentos, el barrio de Kalinin era considerado como uno de los más seguros y era el lugar al que se mudaban los vecinos de las zonas del frente para sobrevivir.

El 23 de agosto [de 2014], la joven familia Kovalenko descansaba en el parque. Alexander e Irina Kovalenko estaban sentados a la pequeña mesa junto a la entrada. Junto a ellos jugaba su hija pequeña. Sobre las tres de la tarde, escucharon la primera bomba. El padre gritó: “todos a casa”. Solo tendrían unos cinco segundos para esconderse en las escaleras. Cuando corrían a resguardarse en el refugio, situado a escasos metros, una bomba impactó directamente. El padre estaba cerca de la puerta; la madre, junto al banco cerca de la puerta y la niña de 12 años, al lado del garaje. Todos permanecieron allí. Era el día en que iba a morir la niña de la familia Kovalenko. Las bombas hicieron trizas el cuerpo de la niña cuando se encontraba en la entrada. Solo tenía seis años. En menos de un mes iba a ir al colegio por primera vez.

Con cruel ironía, una bomba impactó en su piso. Allí estaban, en aquel momento, el abuelo y la abuela. Sorprendentemente, ellos sobrevivieron. Puede que lo hicieran de milagro, es difícil saberlo. Estaban atrapados por una pared derruida, pero el equipo de rescate logró sacarlos de entre los escombros y sobrevivieron. Aún en shock, el abuelo respondió a las preguntas de los corresponsales de guerra. Sin saber qué había pasado, contó lo que había sucedido. A escasa distancia yacían varios cuerpos. Los expertos obtuvieron los nombres de los fallecidos gracias a los vecinos. El hombre escuchó el nombre de su hijo. Preguntó a un vecino que estaba junto a él: “¿han dicho Sasha?”. Entre lágrimas, el vecino dijo: “Tu Sasha ya no está”. Los periodistas continuaron entrevistando al vecino: “tenía dos niñas pequeñas”, decía. El hombre no podía parar, lleno de lágrimas. Era el dolor normal. El ataque de mortero se llevó la vida de cuatro personas. El 23 de agosto de 2014, toda la familia Kovalenko murió asesinada.

Desde entonces ha pasado ya más de un año. Los supervivientes regresaron al piso destrozado, lo arreglaron y continúan viviendo allí. Las evidencias de aquellos fatales días de agosto prácticamente han desaparecido. Las heridas físicas se han curado, pero las heridas emocionales no lo harán nunca.

tobCada día paso junto a esa casa.  Cada vez que lo hago recuerdo esa tragedia. Y el recuerdo de lo ocurrido no está solo en el piso, sino también en un pequeño tobogán. A primera vista no parece haber nada especial. Al principio no lo noté, hasta mirar con más detenimiento.

Los pequeños agujeros en el tobogán en el que una vez jugaran las hijas de Irina y Alexander, Sasha, Kovalenko me recordaron la terrible tragedia. Las cicatrices nunca se curan, se mantienen de por vida. Nos recordarán las vidas no vividas. Esa niña nunca pudo lucir en su pelo grandes lazos blancos en el colegio, nunca escuchó el primer timbre, nunca sacó su primer 10, nunca llegó a saber qué es ser alumno de primer curso.

No hay que olvidar los crímenes cometidos por los soldados ucranianos. El lado ucraniano continúa intentando desestabilizar la situación en la ciudad. Para ello envían grupos de sabotaje, pero sería correcto llamarlos terroristas. Porque hay una gran diferencia entre los grupos de sabotaje y los terroristas. Los saboteadores destruyen equipamiento militar, puestos de las milicias, armas. Las autoridades ucranianas intentaron atemorizar a la población de la República Popular de Donetsk, para que no se sintieran seguras ni siquiera en las partes más alejadas del frente.

Unos días después de estos hechos, el primer ministro de la RPD, ahora líder de la república, Alexander Zakharchenko, anunció la contraofensiva de las milicias.

Donbass cuenta con cientos, si no miles, de historias parecidas. Ninguna de ellas debe caer en el olvido. Es evidente que es más sencillo olvidar y seguir adelante. Pero debemos recordar el precio que pagaron los habitantes de la República para no caer bajo control nazi. No hay que olvidar a esas víctimas. Su sacrificio debe recordarse siempre.

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